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MONS. STRAUBINGER: JOB, EL MISTERIO DEL MAL, DEL DOLOR Y DE LA MUERTE – VERSIÓN COMPLETA

 

 

A pedido de nuestros lectores ofrecemos a continuación la obra completa de Mons. Juan Straubinger sobre Job

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EL MISTERIO DEL MAL, DEL DOLOR Y DE LA MUERTE

Comentarios y Ensayos de Monseñor Juan Straubinger sobre el Libro de Job

 

PROEMIO

UN LIBRO MISTERIOSO

 

El libro de Job es uno de los más misteriosos de la Biblia. San Jerónimo lo compara a una anguila que se nos escurre de la mano cuando ya creíamos tenerla asida. No es posible entender estos misterios sino con inteligencia sobrenatural.

 

Para ello el mismo Dios nos da tres claves:

 

a) Según el Prólogo, Job era justo (Job 1, 1 y y sus pruebas no fueron un castigo, siendo Satanás, y no Dios, el gran promotor de sus dolores.

 

b) En la teofanía final, el mismo Dios reprende a Job, no por su vida pasada —que ya sabemos era justa— sino porque en su diálogo con los amigos, que forma la trama del Libro, “envolvió (oscureció) las sentencias (de la verdad) con palabras sin inteligencia” (Job 38, 2).

 

c) En el Epílogo (Job 42, 1 ss.), al restituirle con creces todas sus prosperidades, Dios nos hace saber expresamente que Job no pecó en sus disputas con los tres amigos, y que ellos sí pecaron.

 

Sin estos datos, nuestra mente, harto inclinada a juzgar a Dios según la capacidad humana, pensaría muchas veces que Job era un blasfemo y que Elifaz, Baldad y Sofar, sus tres amigos farisaicos, eran modelos de cordura y de piedad.

 

EL LIBRO DE JOB

Y EL MISTERIO DEL MAS ALLÁ

 

 

Este difícil conflicto entre el paciente y sus amigos parece ha de ser planteado por Dios en pleno Antiguo Testamento, para sugerir a la meditación los misterios del más allá, que sólo habrían de revelarse en la “plenitud de los tiempos” (Gal. 4, 4), cuando Dios determinase hacer conocer aquellas cosas “que desde todos los siglos habían estado en el secreto” (Ef. 3, 9 s.; Col. 1, 26); y que las Antiguas Escrituras sólo presentaban envueltas en el arcano de los libros proféticos y sapienciales.

 

No hay duda de que Dios, según el Salmista, habrá de juzgar a los pueblos y a los impíos (Salmo 1, 5; 9, 8-9; 49, 3-4; 81, 8; 95,13; 109, 6; 142, 2), dando a cada uno según sus obras (S. 61, 13), y que su bondad, que es eterna, librará a los justos del Sheol (S. 15, 9-10; 16, 15; 48, 15-16, etc.). Pero, como observa Vigouroux, el Sheol, que suele traducirse por inferno, era simplemente un lugar obscuro y significaba lo mismo que el sepulcro, a donde iban todos los muertos, sin distinguirse en un principio entre buenos y malos, cosa que luego fue aclarándose progresivamente.

 

Lo que las Escrituras anunciaban muchas veces, y cuya necesidad todos admitían, dada la caída del hombre, era un Mesías, libertador de todos. “Es por esto —dice Vacant— que la cuestión de los destinos del individuo se confundía con la de la salvación del género humano y de la venida del Mesías. La muerte del cuerpo era la consecuencia del pecado, y por eso es que la resurrección de los cuerpos era mirada como la consecuencia de la liberación del alma” (Dict. de la Bible, I, 465).

 

De aquí la gran importancia del libro de Job dentro del cuadro del Antiguo Testamento.

No solamente en cuanto enuncia en forma indudable el dogma de la resurrección que nos ha de librar del sepulcro (Job, 13, 15-16; 14, 13; 19, 23-27), sino también en cuanto plantea en forma aguda, la necesidad de una vida futura, en la cual la justicia y la misericordia del Eterno Dios se realicen plenamente, ya que así no sucede en esta vida.

 

Esto nos lleva a meditar una consecuencia preciosa para nuestra vida espiritual y para avivar en nosotros la virtud de la Esperanza. Porque según vemos, aquellos judíos que aun no conocían el dogma de la inmortalidad del alma, se resignaban confiadamente a la muerte, aunque ésta significase para ellos una paralización de todo su ser, ya que sabían que un día todo su ser había de gozar de la resurrección que el Mesías debía traerles.

 

Nosotros, más afortunados, conocemos plenamente el dogma de la inmortalidad del alma, y sabemos, porque así lo definió el Concilio de Florencia, que ella, mediante el juicio particular, podrá, gracias a la bondad divina, gozar de la visión beatífica mientras el cuerpo permanece en la sepultura en espera de la resurrección en el último día. Pero esta consoladora verdad no debe en manera alguna hacernos olvidar ese gran dogma de la resurrección, ni mirar nuestra salvación como un problema individual que llega a su término el día de la muerte de cada uno, con total independencia del Cuerpo Místico de Cristo, que celebrará cuando El venga a las Bodas del Cordero (Apoc. 19, 6-9).

 

Por eso, “cuando comiencen a suceder estas cosas, abrid los ojos y alzad la cabeza, porque vuestra redención se acerca” (Lúe. 21, 28).

 

Por su parte, S. Pablo nos revela que todas las creaturas suspiran con nosotros, aguardando con grande ansia ese día de la resurrección, que él llama de “la manifestación de los hijos de Dios”, y de “la redención de nuestro cuerpo” (Rom. 8,19 ss.). Y en otro pasaje, de donde está tomado el texto del frontispicio del Cementerio del Norte de Buenos Aires, que pone en boca de los difuntos las palabras: “Expectamus Dominum”: “Esperamos al Señor”, vuelve a consolarnos el Apóstol, diciendo: “Pero nuestra morada está en el cielo, de donde asimismo estamos aguardando al Salvador Jesucristo Señor nuestro, el cual transformará nuestro cuerpo, y le hará conforme al suyo glorioso, con la misma virtud eficaz con que puede también sujetar a su imperio todas las cosas” (Fil. 3, 20-21).

 

 

A LA LUZ DEL NUEVO TESTAMENTO

 

Con estas claves divinas nos será posible penetrar el misterio de Job, pero no ciertamente de un modo racional, sino con las luces que nos trajo el Verbo Encarnado, que viniendo a este mundo, iluminó a todo hombre (Juan 1,9); luces que solamente son prodigadas a los humildes o pobres de espíritu, por el Paráclito o Consolador que descendió en Pentecostés; es decir, vemos una vez más cómo, según la fórmula de S. Agustín, gracias al Nuevo Testamento se revelan los misterios del Antiguo.

 

No hay problema humano que no reciba luces del Evangelio. San Juan Crisóstomo, gran apóstol de la Sagrada Escritura, nos la muestra superior a todo ameno huerto de flores y frutos: “Delicioso es el verde prado, ameno el jardín; pero más lo es la lectura de la Sagrada Escritura, En aquéllos, flores que se marchitan; en ésta, pensamientos frescos y vivos. Allí, el soplo del céfiro; aquí, el hálito del Espíritu Santo. En los primeros cantan las cigarras; en los segundos, los profetas. La lozanía del huerto y la del prado dependen de la estación; la Escritura, así en verano como en otoño, siempre está verde y cargada de fruto.”

 

Estos frutos son muy especiales para los que sufren, pues Jesús vino precisamente a traer la “Buena Nueva” (Evangelio) a los pobres, a los tristes, a los oprimidos, a los cautivos y a los ciegos. Así definió Él mismo su misión (Luc. 4, 18 ss.; 7, 22) en palabras del Profeta que así lo anunciaba ocho siglos antes (Is. 61, 1 s.). A esto llamó Él mismo “anunciar el Reino de Dios” (Luc. 4, 43).

 

No puede, pues, sorprender que el Nuevo Testamento nos dé, sobre el misterio de Job y del dolor, luces que antes se ignoraban, así como nos hace también entender en los Salmos y en los Profetas cosas cuyo alcance ellos mismos ignoraban, puesto que Dios no les dictaba para ellos mismos, sino para otros.

 

San Pablo, hablando solamente de su propia misión en el Nuevo Testamento, nos dice que a él mismo le ha sido dado el anunciar las incomprensibles riquezas de Cristo y explicar a todos la economía del misterio que había estado escondido desde el principio en Dios que todo lo creó, a fin de que los principados y las potestades en los cielos conozcan hoy, a la vista de la Iglesia, la sabiduría multiforme de Dios según el designio eterno que Él ha realizado en Jesucristo Señor nuestro (cfr. Ef. 3, 8 ss.).

 

 

LA PERSONALIDAD DE JOB

 

Job no es ni siquiera un hombre de la Antigua Alianza, pues pertenece a la época de los Patriarcas, anterior a Moisés y por tanto a la Ley. Tampoco forma parte del pueblo escogido de Israel, y sin embargo, practica el más perfecto monoteísmo y aun ejerce en su familia funciones sacerdotales (1, 5). Se muestra ejemplarmente caritativo con el prójimo (29, 12-17), y llega hasta proclamar —cosa admirable e inexplicable sin una revelación del plan divino— su firme esperanza en el Redentor que traerá la resurrección de los cuerpos (19, 25-27).

 

El Apóstol Santiago (5, 11), nos lo presenta como ejemplo de la paciencia que llega a feliz término. Y con todo, San Pablo no lo incluye en su gran lista de los antiguos héroes de la fe (Heb. 11).

 

La importancia del libro de Job se concentra principalmente en el problema del dolor y del mal en general.

Y puesto que no hay vida humana sin dolor, sino que al contrario todos nos vemos sitiados por ejércitos de males, por eso la figura del paciente Job ha llegado a ser como un símbolo del género humano; pero infinitamente más alto que él está en la Nueva Alianza, el “Ecce Homo”, el “Varón de Dolores” (Is. 53, 3), sumo Arquetipo del hombre con todos sus dolores y tormentos; único que resumió en su Humanidad santísima todas las miserias humanas, todas las penas y angustias, hasta el dolor y la vergüenza de la cruz (Filip. 2,8).

 

 

JOB, FIGURA DE CRISTO

 

No cabe la menor duda de que Job es figura del Redentor, al cual se asemeja no solamente como justo y a la vez paciente, sino más todavía por la esperanza que pone en Aquel que le resucitará: “porque yo sé que vive mi Redentor, y que yo he de resucitar de la tierra en el último día, y de nuevo he de ser revestido de esta piel mía, y en mi carne veré a mi Dios; a quien he de ver yo mismo en persona y no por medio de otro, y a quien contemplarán los ojos míos” (19, 25-27).

 

La afirmación de los Santos Padres y Teólogos de que es figura de Jesucristo, arroja la primera luz sobre el porqué del caso de Job. De ahí que a este libro como al Salterio, se aplica la siguiente observación de un piadoso prelado: “En vano se pretendería agotar su profundidad; ellos son una verdadera extensión del Evangelio, porque en ellos David y Job, representando al Salvador, se nos muestran sufriendo, con un corazón semejante al de Jesús, en muchas vicisitudes que no pudieron ocurrirle a Él, como son por ejemplo la ingratitud de los hijos, los dolores y angustias de la enfermedad, etc.; lo cual completa nuestra enseñanza para que podamos unirnos a Cristo en todas las circunstancias de nuestra vida cotidiana.”

 

El sentido típico de la figura de Job resalta singularmente de la reprobación que él recibe de los que debieron ser sus amigos, y que presentándose como tales, no hicieron sino aumentar su dolor.

“Todos los que me miran hacen mofa de mí. Hablan con sus labios y menean la cabeza” (Salmo 21, . Tal dice David profetizando a Cristo. Esto nos enseña a sufrir una de las pruebas más dolorosas para el hombre: la incomprensión e ingratitud de los hombres, parientes y amigos.

 

Claro está que si el saber este sentido típico aumenta muchísimo el valor educativo de la figura de Job, ello es en cuanto nos lleva a levantar de él los ojos y fijarlos en la contemplación de Cristo. No ha de pretenderse, pues, que la asimilación de ambas figuras haya de ser completa. Siempre quedará, sobre todo, la diferencia esencialísima de que sólo Jesús tuvo y pudo tener méritos propios. Y sólo ellos pudieron tener valor de Redención.

 

 

JUICIO GENERAL

SOBRE LA CONDUCTA DE JOB

 

 

De todas maneras podemos, con los datos disponibles, sintetizar el juicio sobre la conducta de nuestro héroe. Dice S. Agustín que si se le preguntase acerca de la posibilidad de que un hombre pasase sin pecado por esta vida, él contestaría afirmativamente, mediante la gracia de Dios que no sólo nos muestra lo que hemos de hacer, sino también nos hace capaces de quererlo y de realizarlo (Filip. 2, 13). Pero, agrega, que exista realmente un tal hombre sin pecado, no lo creo (Ench. Patr. 1720).

 

Esta opinión de S. Agustín es perfectamente bíblica, pues ya Salomón enseña que “no hay hombre que no peque” (III Rey. 8, 46; II Par. 6, 36). Cfr. Prov. 20, 9; Ecl. 7, 21; Salmo 142, 2. Y S. Juan nos previene: “Si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros” (I Juan 1, .

 

Frente a esta doctrina podemos decir terminantemente que Job era y había sido un justo, en primer lugar porque el mismo Dios así lo afirma desde el principio del Libro (1, y también porque Job, lejos de atribuirse a sí mismo esa justicia, es el primero en decirle a Dios: “¿Quién podrá volver puro al que de impura simiente fue concebido? ¿Quién sino Tú solo?” (14, 4). Véase a este respecto otra bellísima actitud del Patriarca en 9, 15.

 

Esto, empero, que Job expresa ante la majestad de Aquel que solo es santo, no lo dice ante sus amigos calumniadores, empeñados en hacerle confesar infidelidades que él no había cometido. Porque en su conciencia el Espíritu Santo le da testimonio de su rectitud, como enseña S. Pablo (Rom. 9, 1; 2, 15; II. Cor. 1,12).

 

Quedamos, pues, en que nuestro Patriarca era, ante Dios, justo y lo era ya mediante esa fe que justifica en Cristo y que S. Agustín no vacila en atribuir a Job, diciendo: “Mente conspiciens Christi justitiam”; esto es: “Viendo en espíritu la justificación que nos viene de Cristo” (cfr. Rom. 3, 26).

 

 

*****

 

 

LA FALLA DE JOB

 

 

¿CUÁL ES LA FALTA DE JOB?

 

 

Tratemos ahora de penetrar más hondamente en el misterio. ¿Qué es lo que le faltó a Job? Vemos que Dios empieza haciendo de él una aprobación verdaderamente extraordinaria, extensiva a toda su vida anterior a las pruebas y a la disputa que forman todo el drama: “No hay otro como él en la tierra, varón sencillo y recto, y temeroso de Dios, y ajeno de todo mal obrar” (1, .

 

Vemos también que al final y aun refiriéndose a la actitud de Job en la discusión misma, Dios vuelve a justificarlo, al propio tiempo que censura a los amigos: “Estoy altamente indignado contra ti y contra tus dos amigos, dice el Señor a Elifaz, porque no habéis hablado con rectitud en mi presencia, como mi siervo Job… y el Señor se aplacó en gracia de Job (42, 7-9).

 

Sin embargo, hay una falla de Job Dios, le hace, con paternal benignidad, un reproche irónico, para mostrarle que en algo no ha acertado. El discurso del Señor (cap. 38-42) no se ocupa sino de establecer que sólo el Creador gobierna el mundo y se reserva sus secretos.

 

Pero, ¿qué tiene que ver esto con los sufrimientos de Job? ¿Acaso él ha pretendido penetrar esos secretos de la naturaleza?

 

No los naturales, pero sí los designios de Dios con respecto a él. Y de aquí viene el reproche con que Dios le acusa, de haber oscurecido el plan divino con discursos sin inteligencia (38, 2).

 

Cierto que no ha pecado, pues lo hizo por contestar los pérfidos ataques de sus amigos. Pero el Señor le da a entender que mejor habría hecho en no inquietarse por eso. No porque le haya ofendido a Él, sino porque ha sufrido inútilmente, como quien pretende dar coces contra el aguijón” (Hech. 9, 5) o penetrar lo impenetrable.

 

 

LA SABIDURÍA QUE FALTÓ A JOB

 

La sabiduría se anticipa a aquellos que la codician, poniéndoseles ella misma delante.

Quien la buscare “no tendrá que fatigarse, pues la hallará sentada en su misma puerta” (Sab. 6, 14-15). Y esto es porque el Divino Padre, que es bueno, “dará el buen espíritu a quien se lo pida” (Luc. 11, 13).

 

Esa sabiduría es tal que, “juntamente con ella nos vienen todos los bienes, y recibimos por su medio innumerables riquezas” (Sab. 7, 11).

Por ella nos vienen también “los grandes virtudes, por ser ella la que enseña la templanza, la prudencia, la justicia y la fortaleza, que son las cosas más útiles a los hombres en esta vida” (Sab. 8, 7).

 

Resulta, pues, evidente que conocer el modo de llegar a la sabiduría, es tener la receta infalible para librarnos de toda imperfección que pueda hacernos olvidar lo que agrada a Dios.

 

No le faltó a Job doctrina dogmática, pero sí le faltó algo de esta sabiduría espiritual.

El piadoso paciente habría podido ahorrarse tantas consideraciones con respetar el misterio de ese Dios impenetrable para nosotros —”cuya sabiduría se predica en el misterio, porque es sabiduría escondida” (I Cor. 2, 7)— y atenerse simplemente a la fe en aquel Dios fiel, cuya amistad había frecuentado tantos años, y el cual no podía permitir nada que fuese para su mal.

 

Entonces habría visto, como San Juan de la Cruz, que es mucho más lo que ignoramos de Dios que lo que sabemos; por lo cual, al pensar en Él, debemos, para poder explotar acertadamente lo poco que sabemos, no perder nunca de vista el inmenso margen de lo que ignoramos.

 

Entonces, el Espíritu “que penetra hasta las profundidades de Dios” (I Cor. 2, 10), habría hecho comprender a Job lo que el Ángel Rafael dijo a Tobías: “Por lo mismo que eras acepto a Dios, fue necesario que la tentación te probase” (Tob. 12, 13). Y así habría entendido Job, con el consiguiente consuelo espiritual, que Dios, lejos de reprobarlo por pecados que él no había cometido (y que negó con santa rectitud, pues lo contrario habría sido mentira), le estaba dando una prueba de predilección, para santificarlo aún más, con el aumento de esa esperanza que viene de la prueba o experiencia, gracias a la paciencia, según el proceso que admirablemente nos muestra San Pablo (Rom. 5, 1-5).

 

 

LA LEY DE ADÁN

 

Job, por bueno que fuese, no podía escapar a la ley de Adán; pues de otro modo tendríamos que decir que era un personaje imaginario y no real. Es decir, que sólo por una asistencia enteramente extraordinaria de Dios pudo haberse librado en absoluto de toda falta, cosa que no hicieron ni los más grandes amigos de Dios, Abrahán, Moisés y David.

 

Pero, aun en ese estado de inocencia personal, debió pesar en Job la naturaleza caída; por lo cual, era necesario que la tentación lo probase; lo probase en su fe, como el oro se prueba en el crisol (I Pedro 1, 7), para “perfeccionarlo, fortificarlo y consolidarlo, después de sufrir un poco” (I Pedro 5, 10); lo probase como hace la Sabiduría con sus elegidos “entre temores y sustos… hasta explorar todos sus pensamientos”, y fiarse ya del corazón de él” (Ecli. 4, 19).

 

En una palabra, lo que Dios señala amablemente a Job, es su falta del sentido del misterio. Y para eso, comienza mostrándole que, aun en las cosas de la naturaleza, sobre las cuales Job había reconocido plenamente la divina soberanía (véase los caps. 26 y 28), hay escondidos innumerables secretos.

 

El argumento recuerda el de Jesús a Nicodemo: si no creéis —o si no entendéis— las cosas terrenas, ¿cómo entenderéis las celestiales? (Juan 3, 12).

 

Notemos que esa falta del sentido del misterio que está reservado a Dios, puede llevarnos a obrar como lo hicieron Eva y Adán, movidos por el engaño de Satanás, queriendo descubrir por violencia lo que Dios quiso dejar oculto, e incurriendo en la sanción que grandiosamente expresan los Proverbios: “El que se mete a escudriñar la majestad (de Dios), será aplastado por su gloria” (Prov. 25, 27).

 

En verdad, nuestra conducta suele parecerse en insensatez a la de nuestros primeros padres, más de lo que creemos. Pues teniendo a nuestra disposición los secretos sin límites que Dios se digna revelarnos en la Sagrada Escritura (Ecli. 24, 39; Juan 15, 15), prescindimos muchas veces de ellos, como Adán de los demás frutos del Paraíso, para ir a pretender precisamente aquel único que nos está prohibido; prohibido por una providencia paternal y amante, que sabe que eso no nos conviene.

 

 

JOB, PROTOTIPO DEL HOMBRE

 

Hay en el misterio de Job algo más que esa curiosidad que nos lleva a querer penetrar los designios de Dios a nuestro respecto, y a fijarle plazos y dictarle condiciones sobre lo que debe hacer con nosotros, que somos mucho menos que hormigas en manos del Creador.

 

Hay algo peor que esa preocupación insensata de corregir a Dios, y es: esa ansia de justificarnos, de defendernos, de quedar bien cuando somos atacados o está en tela de juicio nuestra conducta. “Jesús autem tacebat”: “Jesús, empero, callaba y nada respondió” (Marc. 14, 61).

 

El santo Job, que expone admirablemente bien la doctrina de que sólo Dios puede hacer justo al hombre nacido en pecado, no se libra de incurrir alguna vez en ese empeño de que se forme un tribunal entre Dios y él, para que salga a luz su inocencia. He aquí, pues, lo que Dios le reprocha suavemente, pero sin imputárselo a pecado, antes bien reprendiendo a los tres amigos (42, 7), cuya tremenda pesadez pudo sin duda exasperar el ánimo de quien no tuviera la paciencia de Job.

 

Así en el Salmo 105 (vers. 32), el mismo Espíritu Santo deja constancia de que la falta de Moisés en las Aguas de la Contradicción fue por culpa de los que le irritaron.

 

Por eso observamos en una de nuestras notas al presente libro (21, 1), cuan sabio es el consejo de S. Pablo que nos previene contra toda discusión, y cómo en el caso de Job la permitió Dios en beneficio nuestro, a fin de que recogiésemos su ejemplo para escarmiento, y pudiésemos, además, aprovechar para nuestra enseñanza los raudales de riquísima doctrina que fluyen de estas divinas páginas. Job —lo hemos dicho antes— no es un personaje de ficción. Aunque su historia está aquí escrita, en la más alta forma poética, se trata de un hombre verdadero.

 

No puede extrañarnos, pues, que aun siendo santo, haya tenido alguna debilidad, como todo hijo de Adán, fuera del Verbo Encarnado y su inmaculada Madre.

 

 

¿FUE JOB UN ESTOICO?

 

He aquí un aspecto fundamental de la figura que estudiamos. La fama popular, que tiene como proverbial la paciencia de Job, y suele citarla sin conocer bien al personaje, tiende quizás a creer que Job “llevaba penas en silencio”.

 

El que haya leído el libro de Job, sabrá bien que la verdad es todo lo contrario y que Job da rienda suelta a su dolor llenando el aire con sus quejas: esas quejas de las cuales nosotros habíamos de sacar tan saludables enseñanzas.

 

Dedúcese, pues, de aquí una advertencia importantísima: ¡No nos escandalicemos! Tan lejos está la Iglesia de escandalizarse de las quejas de Job, que las ha tomado como único texto para todas las sublimes lecciones del Oficio de Difuntos (véase los textos de esas lecciones señalados al final de nuestra Introducción al Libro de Job). Vale la pena detenerse un instante en esta consideración, porque es una de las más consoladoras para los que sufren.

 

La explosión de llanto que se nos escapa frente al dolor, desde que nacemos, muestra que en este desahogo hay como una necesidad biológica. El pueblo israelita, elegido y amado singularmente por Dios, se caracterizaba, como todos los pueblos orientales, por esas ruidosas manifestaciones, ya fueran de tristeza o de alegría (véase por ej. Esdr. 3, 12, y muchos otros textos). Y el Señor no tomaba a mal esa debilidad, antes por el contrario, la miraba con benevolencia, como cosa de un pueblo niño.

 

Admiremos aquí la suavidad del Divino Padre, que no nos presenta un ideal estoico de sufrimiento, como el de los faquires, yogas y derviches, sino más bien, nos previene contra la soberbia que se esconde en muchos alardes de heroísmo y desprecio por el cuerpo, como puede apreciarse leyendo la Epístola de San Pablo a los Colosenses (Col. 2, 16-23).

 

Porque Dios no se deleita en vernos sufrir, sino que “como un padre se compadece de sus hijos” así tiene el Señor misericordia de nosotros; “pues Él conoce bien nuestra fragilidad, y tiene muy presente que somos polvo” (Salmo 102, 13 s.).

*****

 

 

EL MISTERIO DEL MAL Y DEL DOLOR

 

 

UN CUADRO IMPRESIONANTE

 

Un hombre, de quien el mismo Dios dice que es un justo, sufre de golpe toda suerte de calamidades, en sus bienes y su familia; sufre el abandono y la ingratitud de sus amigos y parientes, la injusta pérdida de su buena fama y, en fin, de su propia salud.

 

Ese hombre se queja de muchos modos, porque no es un estoico, y en ningún momento cifra su orgullo en saber sufrir.

 

Se queja como un niño: con llantos, gemidos y hasta reproches que parecieran de tremenda osadía.

 

Y Dios, que habla personalmente al final del libro, no le inculpa esas quejas y protestas y gritos del corazón. Al contrario, declara expresamente que no ha faltado.

 

Una sola cosa le censura, y es que ha oscurecido el plan divino “con palabras sin inteligencia” (38, 2). Esto es, sin inteligencia de ese divino plan, sin comprender el único móvil que puede inspirar a un padre: el amor.

 

 

HACIA LA SOLUCIÓN DEL ENIGMA

 

El problema con que aquí tropezamos no es solamente el del dolor como tal, ni tampoco el de la existencia del mal, sino especialmente su visible triunfo sobre el justo. Esta es, confesémoslo, la preocupación que más nos abisma, y a la cual menos sabemos hallarle solución. Como que la filosofía es incapaz de explicarlo satisfactoriamente, de ahí que la explicación sólo pueda estar en el terreno de la fe.

 

Ahora bien, Dios sabe que ésa es nuestra preocupación dominante, y por eso no nos ha dejado huérfanos ante el problema. Así como nos ha revelado los secretos de la divina sabiduría, así también nos descubre este otro del mal y del dolor.

 

Cada vez que nos sentimos aplastados por la duda o la tristeza, y nuestra cavilación nos dice que nadie se ha planteado nunca problemas tan trágicos como los que contempla nuestra mente o los que sufre nuestro corazón…, basta abrir la Escritura de la revelación y de las confidencias divinas, para ver cómo nada hay ni puede haber, en el espíritu del hombre, que no esté resuelto en el Libro eterno: resuelto, eso sí, no a la manera teórica de un pensador humano, sino conforme a la realidad sobrenatural. Porque “las cosas que se ven, son transitorias; mas las que no se ven son eternas” (II Cor. 4, 18).

 

Los amigos de Job son exponentes clásicos de la lógica humana, incapaces de ver el verdadero fondo sobrenatural del drama que se desarrolla ante sus ojos. Según ellos, todo el que sufre es un pecador y no hay otro remedio para él que declararse culpable.

 

Tan lejos están del auténtico concepto de los males, que se tienen a sí mismos por justos y al paciente inocente por un criminal e hipócrita.

 

Veremos en adelante, cómo se desenreda el problema a la luz de la doctrina revelada por Dios. Aquí sólo invitamos a leer y meditar, con respecto al mal, el Salmo 36 de David, el Salmo 48 de los Hijos de Coré, el Salmo 72 de Asaf, y el Salmo 93 del mismo David, en los cuales, sin perjuicio de muchos otros, se explica uno de los aspectos del mal: la falacia y vanidad del triunfo en que solemos ver a los impíos.

 

 

LA CIZAÑA EN EL TRIGO

 

Otro aspecto del mal nos es presentado, y con carácter más trascendente, en el Nuevo Testamento, empezando por el mismo Señor Jesús, que no obstante su divinidad y omnipotencia, no obstante su esfuerzo sin límites y el precio infinito que pagó por el mundo, anunció clara y trágicamente que la cizaña estaría mezclada con el trigo hasta que Él volviese para la siega (Mat. 13,24-30).

 

No obstante la santidad que Él comunicaba a su Cuerpo Místico, anunció también que sus discípulos, o sea los verdaderos justos, serían perseguidos siempre como Él lo fue; y no obstante el carácter glorioso con que prometió su segunda venida, dijo asimismo que a su llegada no hallaría fe en la tierra (Lúe. 18, ; que los hombres no creerían en ese anuncio, como sucedió en los días de Noé y en los días de Lot (Mat. 24, 37-39); y que, habiéndose enfriado la caridad de la mayoría (Mat. 24, 12 griego), será tan grande la iniquidad, que aun los elegidos, si posible fuera, se perderían (Mateo 24, 22).

 

Tratándose de palabras del Señor, apenas necesitamos agregar que este destino catastrófico, hacia el cual corre el mundo, arrastrado por el mal, es también afirmado por San Juan, cuando trata del Anticristo y de Babilonia (Apoc. caps. 11-19), y por el Apóstol de los Gentiles, cuando llama a este pavoroso problema: “Misterio de iniquidad” (II Tes. 2, 7).

 

 

EL ORIGEN DE LOS MALES

 

Puesto que hemos presentado y vinculado los dos misterios del mal y del dolor, no pasaremos al segundo sin antes señalar el origen de ambos, porque es uno solo, en el cual se comprende también lo que miramos como el supremo mal: la muerte.

 

Con no poca sorpresa leerán quizás algunos, en el divino Libro de la Sabiduría, la afirmación de que “no es Dios quien hizo la muerte” (Sab. 1,13); afirmación reiterada en Sab. 1, 16 y 2, 24. Este último lugar dice con toda claridad: “por lo envidia del diablo entró la muerte en el mundo”.

 

Reproducimos aquí la explicación que en nuestra edición de la Biblia hemos presentado en la nota puesta al pie del referido texto: “En Gen. 3, 3, Dios prohibió solamente el fruto que acarreaba la muerte. El diablo, por envidia, engañó a la mujer; por medio de ella movió a Adán a que desobedeciese a Dios, y con esto vino la muerte (Rom. 5, 12).

 

Así se explica, además, ese tremendo misterio del poder que Satanás, no obstante ser impotente contra Dios (Juan 12, 31; 14, 30; Luc. 10, 18; Apoc. 12, 7-12), tiene sobre este mundo, al punto de que Cristo le llama “Príncipe” de él. Hubo una elección: el hombre, puesto entre el Reino del Padre, que le había dado todo, y el de Satanás, que no le daba nada, prefirió libremente creer a la víbora.

 

Entró así bajo la potestad del diablo, que tiene sobre él un derecho de conquista (Juan 8, 44; Hech. 13, 10; II Pedr. 2, 19). Desde entonces, somos “hijos de ira” (Ef. 2, 3) y Satanás nos reclama como a cosa propia (Luc. 22, 31; Job 1, 6 ss.). Sólo el Divino Padre, mediante la fe en Cristo, puede “librarnos de la potestad de las tinieblas y llevarnos al Reino de su Hijo amadísimo, en el cual tenemos redención por su sangre” (Col. 1, 12-14).

 

Culpa y muerte, pecado y dolor, están, pues en una relación de causa a efecto, según enseña Santiago: “La concupiscencia… da a luz el pecado; mas «el pecado, una vez que sea consumado, -engendra la muerte” (Sant. 1, 15).

 

Lo mismo quiere sin duda decir la concisa expresión de S. Agustín: “Todo lo que se llama mal, es pecado o castigo del pecado”.

 

Sería una insensatez negarlo y no aprovecharlo para un examen de conciencia.

 

El puente entre ambos no ha sido destruido aun ni lo será mientras dure nuestra naturaleza caída, ya que —no lo olvidemos— su deterioro no fue quitado por el Bautismo que borró la culpa original.

 

Job era hijo de Adán, y por consiguiente, podía y debía decir, como el Rey Profeta: “He aquí que salí a luz en la iniquidad, y mi madre me concibió en pecado” (Salm. 50, 7).

 

 

EL MISTERIO DE SATANÁS

 

No sin razón aparece el diablo en el primer capítulo de Job, ya que él es el “spiritus rector” en la tragedia del santo Patriarca, como lo fue en los albores de la humanidad en la tragedia del Paraíso.

 

Tanto nuestros dolores, como nuestras maldades, como nuestra muerte corporal, se reducen a un común denominador, que es el misterio de Satanás; misterio tanto más grande y asombroso, cuanto que sabemos que este « Ángel caído no es un principio eterno del mal, como los persas conciben a Ahrimán, frente a Ormuzd, principio del bien y en continua lucha con éste hasta el fin. E insistimos en que si esta simple creatura, enemiga del hombre, es llamada “león rugiente” (I Pedr. 5, y “príncipe de este mundo” (Juan 12, 31; 14, 30; 16, 11); si se atreve a amenazar a Dios con que hará claudicar a Job, a fuerza de tentarlo con sufrimientos (Job 1, 6); y si el mismo Jesús llega hasta decir a S. Pedro: “Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como el trigo” (Lúe. 22, 31) es porque el hombre, dotado de plena libertad prefirió someterse al imperio de las tinieblas, dando más crédito a la Serpiente que al mismo Dios que le había dicho: “Del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas; porque en cualquier día que comieres de él, infaliblemente morirás” (Gen. 2, 17).

 

No caigamos, sin embargo, en la tentación de despreciar a nuestro padre Adán, a quien la Iglesia ha puesto en el Santoral. No vayamos a creerlo peor que nosotros; porque Jesucristo vino muchos siglos después a traer al mundo la luz irresistible… y Él mismo nos dijo que los hombres cerraron los ojos a esa luz y prefirieron las tinieblas por amor a sus obras de iniquidad (Juan 3, 19).

 

 

LOS MALES Y LA DIVINA SABIDURÍA

 

No queremos concluir este capítulo sin renovar y afianzar nuestra fe en Aquel que, “todo lo ha hecho sabiamente” (Salmo 103, 24). Los males no contradicen a la Sabiduría de Dios, sino que la confirman, cuando, al final, triunfa siempre su misericordiosa Providencia. Dios conoce las cosas desde arriba, y nosotros sólo las vemos de acá abajo. Por eso nos enseña Jesús que no juzguemos por las apariencias (Juan 7, 24).

 

A veces el hombre se siente irremisiblemente perdido: “Me empujaron y vacilé, próximo a caer”, dice el salmista. Y agrega: “Pero el Señor me sostuvo” (Salmo 117, 13). Es que “el Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado” (S. 33, 18). “No permitirá que resbalen tus pies, ni se dormirá Él, que te protege” (S. 120, 3).

 

A veces dice el alma: “Desfallecen mis ojos de tanto esperar tu promesa. ¿Cuándo será que me consolarás?” (S. 118,”82). Entonces, «sólo la Palabra de Dios puede sostenernos. “A no haber sido tu ley el objeto de mi meditación, hubiera sin duda perecido en mi angustia” (S. 118, 92). Porque en esa palabra vemos que, si el Señor “pone a prueba el «corazón y lo visita durante la noche” (Salmo 16, 3), también es cierto que “nuestro clamor penetra en sus oídos” (S. 17, 7) y que Él “alarga su mano y nos levanta” (ibid, 17) y nos saca a la anchura porque nos ama” (ibid, 20) y no permite el exceso de opresión de los justos, “para que éstos no se echen al partido de la iniquidad” (S. 124, 3).

 

Entretanto, atravesamos la prueba llevando en la mano nuestra esperanza, “como una antorcha en lugar oscuro” (II Pedr. 1,19).

 

Pasada la tormenta, el alma ha subido a un estado más alto, y dice entonces: “Antes de verme humillado pequé, por eso conservo hora tu palabra” (S. 118, 67). “Bien me está que me hayas humillado, para que aprenda tus preceptos” (ibid. 71). “Conozco, Señor, que son justos tus juicios; conforme a tu verdad me has humillado” (ibid., 75).

 

Y entonces amanece el sol de las divinas consolaciones: “Prorrumpirán mis labios en himnos de alabanza cuando Tú me hayas enseñado tus oráculos” (ibid., 171). “Trocaste mi llanto en regocijo… ¡Oh Señor Dios mío, te alabaré eternamente!” (S. 29, 13 s.).

 

Para esta obra de salvación y renovación de nuestra alma, no hay nada que esté fuera del alcance de la sabiduría de Dios Omnipotente y Omnisciente, puesta al servicio de su misericordia. Hasta los demonios le sirven para ello, y el mismo Satanás, el príncipe de este mundo, es instrumento en sus manos como se ve con toda evidencia en el drama de Job.

 

Pongámonos, pues, de rodillas y confesemos con San Pablo: “¡Oh, profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, cuán inescrutables sus caminos.’” (Rom. 11, 33).

 

“A Dios, que es el solo sabio, a Él la honra y la gloria por Jesucristo en los siglos de los siglos” (Rom. 16, 27).

 

 

*****

 

 

LAS PENAS MEDICINALES

 

 

EL CASTIGO COMO MEDICINA

 

Que Dios manda pruebas medicinales con el fin de castigarnos o corregirnos, es cosa hermosamente explicada por San Pablo en el capítulo XII de la Epístola a los Hebreos, donde nos dice, lleno de caritativa suavidad: “Porque el Señor al que ama le castiga y a cualquiera que recibe por hijo suyo, le azota. Aguantad, pues, firmes la corrección. Dios se porta con vosotros como con hijos. Porque, ¿cuál es el hijo a quien su padre no corrige? Pero si estáis fuera de la corrección de que todos han sido participantes, bien se ve que sois bastardos y no hijos. Por otra parte, si tuvimos a nuestros padres carnales que nos corrigieran, y a quienes respetábamos, ¿no es mucho más justo que obedezcamos al Padre de los espíritus, para alcanzar la vida? Y a la verdad, aquéllos por pocos días nos castigaban a su arbitrio; pero Éste nos amaestra en lo que sirve para hacernos santos. Es indudable que toda corrección, por de pronto, parece que no trae gozo, sino pena; mas después producirá en los que son labrados por ella, fruto apacibilísimo de justicia. Por tanto, volved a levantar vuestras manos caídas, y fortificad vuestras rodillas debilitadas, marchad por el recto camino, a fin de que nadie por andar claudicando se descamine, sino antes bien sea sanado” (Hebreos 12, 6-13).

 

Ya los Profetas y sabios del Antiguo Testamento, enseñaban que Dios aborrece al pecado pero no al pecador y que su amor paternal, está siempre encaminado a corregirlo.

 

“¿Acaso quiero Yo la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no antes bien que se convierta de su mal proceder y viva?” (Ez. 18, 23).

 

La misma idea expresa el Libro de la Sabiduría: “A los que andan perdidos, Tú los castigas, poco a poco; y los amonestas y les hablas de las faltas que cometen, para que, dejada la malicia, crean en ti” (Sab. 12, 2).

 

He aquí todo un sistema de pedagogía divina: Castiga, amonesta, habla con ternura y suavidad para que el pecador no se pierda.

 

Al castigarnos obra Dios como un médico.

 

Dice San Juan Crisóstomo: “El médico merece alabanza, no sólo cuando receta al enfermo la permanencia en deliciosos jardines, tibios baños, frescas aguas y exquisitos manjares, sino también cuando le hace pasar hambre y sed, lo recluye en su aposento, lo tiene sujeto en la cama y aun le priva de la luz del sol, mandando cerrar puertas y ventanas, y cuando corta, raja o cauteriza y le obliga a tomar pócimas amargas. Haga lo que quiera, nunca deja de ser el médico, que cura. ¿No es, pues, injusto murmurar contra el Señor cuando nos trata en idéntica forma?”

 

 

HAY UN CASTIGO PEOR: NO SER CASTIGADO

 

También el Apocalipsis nos habla de estas correcciones y nos enseña su carácter de privilegio al decirnos que Dios reprende y castiga a los que ama (Apoc. 3, 19). Y a fe que no es difícil reconocer las ventajas de ese amor que nos sana, cuando vemos cómo el mismo Dios, en los casos de rebeldía, suele retirarse y decir, como en el Salmo 80, ante la dura cerviz de su pueblo: “Pero mi pueblo no ha escuchado la voz mía; no me obedeció Israel; así los abandoné a los deseos de su corazón, que sigan sus devaneos” (Salmo 80, 12-13).

 

Esto que Dios hizo con el pueblo escogido, lo hizo también con los gentiles (Hech. 14, 15). Por donde vemos que no hay peor castigo que el dejarnos seguir esa triste libertad para el mal, que los hombres tanto solemos defender. Abandonarnos a los perversos deseos de nuestro corazón, ¿hay castigo peor que éste? ¿Acaso no enseña Dios a los padres de familia, que la vara del castigo es lo que librará a sus hijos de la muerte? (Proverbios 23, 14).

 

Por esa libertad de entregarse a sus vicios y concupiscencias, como los paganos, cosechó el pueblo de Dios frutos amarguísimos (Cfr. Rom. 1, 28).

 

Ante tal misterio, exclama el Doctor de Hipona: “¡No haber castigo! ¿Qué mayor castigo? Si vives mal y Dios te lo tolera, señal es de su grande enojo.”

 

 

EJEMPLO DE PENAS MEDICINALES

 

Recordemos la muerte del hijo de David y Betsabée (II Rey. 12, 13 s.); ejemplo, en que vemos cómo Dios aplicó el pasaje de Éxodo 20, 5; esto es: no haciendo sufrir al hijo la culpa del padre, sino llevándose al niño para castigo del padre culpable. Y para que conozcamos hasta dónde llega la bondad de Dios en esta clase de correcciones, San Pedro nos reveló que la misma muerte corporal de los hombres del diluvio, les fue aplicada como sanción de sus pecados, a fin de salvarlos eternamente mediante la predicación del Evangelio que el mismo Cristo hizo “a los muertos” (véase I Pedr. 3, 19 s. y 4, 6).

 

No es otro el sentido de las palabras que San Pablo aplica al incestuoso de Corinto, cuando dice: “Sea ése que hizo tal pecado, entregado a Satanás para castigo de su cuerpo, a trueque de que su alma sea salva en el día de Nuestro Señor” (I Cor. 5, 5).

 

Los expositores, en su mayoría, no vacilan en tomar este misterioso pasaje en el sentido de que el incestuoso no sólo fue excomulgado de la comunidad cristiana sino que Satanás recibió permiso de atormentarlo, con enfermedades y vejaciones en el cuerpo.

 

Véase también la historia d Ananías y Safira en Hechos, cap. 5, y la de Elimas en Hechos cap. 13.

 

 

MEDICINA PREVENTIVA

 

Si curar es bueno y caritativo, más lo es aún el prevenir la enfermedad. Y el beneficio es entonces mayor para nosotros, porque nos evita la caída.

 

He aquí un punto en que no solemos pensar.

 

Olvidamos que Dios ve nuestros pasos futuros y que, así como nos ama anticipadamente “tales cuales llegaremos a ser por don suyo, y no cuales somos por nuestros méritos” (Denz. 185), así también nos previene amorosamente cuando ve que tal o cual cosa, que nos parece un bien, va a ser ocasión de nuestra ruina. “Un camino hay que al hombre le parece recto, pero su paradero es la muerte” (Prov. 16, 25).

 

Hay de esto un ejemplo bellísimo en la Sagrada Escritura, una de esas muestras del amor de Dios a su pueblo, que nos arrebatan el corazón de gratitud por su delicadeza. Es el capítulo 8 del Deuteronomio, cuando se prepara Dios a introducir a Israel en la tierra prometida; su corazón de Padre parece temblar —¡y con cuánto motivo!— ante los males que habría de acarrear a los mismos israelitas la ingratitud del pueblo por el abuso de tantos dones, y muy principalmente por la soberbia de creerse merecedor de ellos y por la suficiencia de creerse autor de los mismos.

“Está alerta, le dice Moisés en nombre del Señor, y guárdate de no olvidarte jamás del Señor Dios tuyo” (v. 11).

 

No sea, sigue diciéndole, que después de saciado, se engría tu corazón y eches en olvido a Aquel que te sacó de Egipto y de la esclavitud. Y luego de recordarle los grandes y milagrosos favores que le había hecho entre las pruebas del desierto, le dice: “Y después de haberte afligido y probado, al fin se compadeció de ti” (v. 16).

 

¿Y por qué no antes? ¿Acaso por crueldad?

 

Él mismo da la respuesta: “Para que no dijeras en tu corazón: Mi fuerza y la robustez de mi brazo me granjearon todas estas cosas: sino para que te acuerdes del Señor Dios tuyo por haberte Él mismo dado fuerzas, a fin de cumplir así Él su pacto que juró con tus padres” (v. 17 s.).

 

Vemos así un nuevo aspecto de la cuestión, y esto nos prepara mejor para entender las pruebas del justo Job, haciéndonos comprender esa humildad genérica, en que hemos de vivir como miembros de una raza culpable y decadente, en la cual nadie puede de suyo aparecer justo ante Dios (S. 129, 3; 142, 2, etc.).

 

En efecto, ¿quién hay capaz de enfrentar seguro y humilde la prueba de la prosperidad? “¿Quién es éste? y le alabaremos, porque hizo maravillas”, dice el Eclesiástico (31, 8 ss.). Y si recordamos el paso del camello por el ojo de la aguja, que Jesús mismo indicó a los ricos (Mat. 19, 24), frente a la bienaventuranza de los pobres, de los que lloran y de los perseguidos, entonces recogeremos sabiamente el consejo de San Pablo: “El que piensa estar en pie, mire no caiga” (I Cor. 10, 12), y recibiremos amorosamente la prueba de las manos paternales de ese Dios a quien nuestros dolores le duelen más que a nosotros, según Él mismo repite muchas veces (II Rey. 24, 16; Luc. 15, 20; Mat. 14, 14; Marc. 6, 34, etc.).

 

El que no estuviera dispuesto a concebir a Dios de esta manera, no diga que cree en la Encarnación Redentora, según la cual el Padre nos amó hasta dar su Hijo (Juan 3, 16). En cambio, el que crea en este dogma divino que encierra todas las dulzuras abrácese del Crucifijo que nos fue dado para remedio como la Serpiente de Bronce (Juan 3, 14; Núm. 21, 9), y experimentará su eficacia.

 

Así lo recuerda el piadoso proverbio: “Donde entra la Cruz se van las cruces”. Se van porque Dios las quita, o porque nosotros descubrimos sus ventajas y aprendemos a amarlas, según expresa la fórmula de San Agustín: Ubi amatur, non laboratur; aut si laboratur, labor amatur.

 

 

LA EFICACIA DEL DOLOR

 

El bien por excelencia que el dolor nos trae, reside indudablemente en la saludable humillación que nos vuelve a la realidad. “En la aflicción, oh Señor, te buscaron; y la tribulación en que gimen es para ellos instrucción tuya” (Is. 26, 16).

 

Porque ordinariamente vivimos —al menos el mundo vive así, y ¿quién no es más o menos del mundo?— vivimos en el mareo de una semiinconsciencia, que nos hace olvidar nuestra nada y nos lleva a la infatuación.

 

Vivimos, como dice el Sabio, en la “fascinación de la bagatela” (Sab. 4, 12), que oculta el verdadero bien.

 

Entonces, tomando por realidades esas fugaces apariencias de aquí abajo, nos sentimos rebosantes de vida y de poder, sin darnos cuenta de que somos generales de cartón. Sin recordar que una teja caída sobre la cabeza, y aun la simple picadura de un mosquito infeccioso, pueden en un instante reducirnos a la impotencia.

 

Para eso sirve de medicina precisamente el dolor: para recordarnos la verdad y volvernos a la realidad suavemente, o fuertemente, según los casos.

 

Por lo general la prueba es progresiva, según enseña el libro de la Sabiduría, de modo que se librará de pruebas mayores quien sea pequeño y responda al primer llamado (Sab. 12, 1 ss.).

 

De esto nos da un hermoso ejemplo el Salmo 38. El hombre, encogido por el dolor, se hace pequeño, diciendo al Señor: “A los recios golpes de tu mano desfallecí cuando me corregías.” Y entonces confiesa humildemente: “Por el pecado castigas Tú al hombre”; y volviendo a la realidad termina: “Y haces que su vida se consuma como la araña. En vano se agita el hombre” (S. 38, 12).

 

E inmediatamente vemos el fruto de oración y humildad que este remedio produce: “Oye, Señor, mi oración y mi súplica; atiende a mis lágrimas; no guardes silencio; pues soy delante de Ti un advenedizo y peregrino, como todos mis padres. Afloja un poco conmigo, y déjame respirar, antes que yo parta y deje de existir” (v. 13-14).

 

¿No es cosa admirable el observar la técnica que el afligido sigue aquí con Dios, justamente a la inversa de lo que se hace con el mundo? Porque aquí, para recomendarse el hombre, en vez de alegar títulos, habla en tono humilde de sí y de su abolengo: pobre advenedizo… ¿Cómo no tenernos compasión, al ver que así confesamos nuestra impotencia y necesidad? Es ésta una de esas grandes e innumerables lecciones de psicología espiritual que descubrimos cuando meditamos la Sagrada Escritura.

 

¿Cuántos hay—digamos al pasar— cuántos hay entre los cristianos de hoy, que gocen habitualmente este sabor que derrochan las Escrituras para nuestro consuelo y enseñanza?

 

 

LO QUE DIOS ODIA

 

En cambio hay una revelación sorprendente que Dios nos hace en la Sagrada Escritura.

 

Él, que ama a los pobres más que a nadie, nos hace saber que lo primero que Él odia es el pobre soberbio (Ecli. 25, 3 s.). Y esto se entiende por lo que venimos estudiando: en el rico se explica fácilmente el extravío, y de ahí que le sea difícil la salvación (Mat. 19, 24). Pero cuando un pobre, malgrado sus pruebas, continúa soberbio, muestra con ello una rebeldía verdaderamente obstinada.

 

Quiere decir, pues, que ni aún el dolor es remedio eficaz cuando la soberbia se entroniza en el corazón. Esa misma prueba que arranca gemidos de contrición al rey David, lleva a Saúl a arrojarse sobre su espada, por no querer hacerse pequeño ante Dios.

 

Es Dios mismo quien explica cómo la soberbia es la causa del dolor, de modo que no podemos dudar. “¡Ay de vosotros los que os tenéis por sabios en vuestros ojos, y por prudentes en vuestro interior!” (Is. 5, 21.).

 

“Tú te has tenido por seguro en tu malicia, y dijiste: No hay quien me vea. Ese tu saber y ciencia te sedujeron, cuando dijiste en tu corazón: Yo soy, y juera de mí no hay otro.

 

Caerá sobre ti la desgracia, y no sabrás de dónde nace; y se desplomará sobre tí una calamidad, que no podrás alejar con víctimas de expiación” (ibid. 47, 10 s.).

 

¡Y con qué paterna solicitud Dios lo expresa! Como diciendo: Yo no quisiera que sufrieses, pero nada puedo hacer, porque tú en tu soberbia te sientes suficiente y no quieres aceptar mi remedio. Yo soy el Médico que todos necesitan, porque “sin Mí nada podéis hacer” (Juan 15, 5).

“Y vosotros no queréis venir a Mí para tener vida” (Juan 5, 40).

 

¿Acaso esta desgarradora queja del Corazón de Jesús no nos muestra idénticos sentimientos en el Corazón del Padre?

 

De ahí que no hayamos de confiar demasiado en el dolor por sí mismo, sino pedir ante todo al divino Padre, sin cuya fuerza nada podemos, la rectitud del corazón: “Crea en mí, Señor, un corazón limpio, y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud” (Salmo 50, 12).

 

 

RECUERDOS APOCALÍPTICOS

 

Pero es también el mismo Dios que nos dice: “¿Quién hay entre vosotros que escuche y atiende y piense en lo que ha de venir?” (Is. 42, 23).

 

La historia más próxima a nosotros nos confirma tristemente que los dolores de la horrible guerra mundial (1914-18) no prepararon un mundo mejor, como muchos creían, ni trajeron la simplicidad de una nueva Edad Media. Porque los hombres, faltos de doctrina sobrenatural, conservaron su fe puesta en el mundo, y las privaciones no hicieron sino aumentar el apetito del placer que desbordaría luego… hasta que una nueva guerra mundial volviera a traer el luto sobre la humanidad.

 

¿No es que estamos en un tiempo muy parecido a los acontecimientos que anuncia el Vidente de Patmos? Cuando suena la sexta trompeta y son soltados los cuatro Ángeles de exterminio, perece, dice el Profeta de Dios, la tercera parte de la humanidad, pero “los demás hombres, que no fueron muertos en estas plagas, no se arrepintieron de las obras de sus manos” (Apoc. 9, 20).

 

Y así siempre: Cuando la cuarta copa es derramada en el sol y le es dado que queme a los hombres por el fuego, repite San Juan: “Y los hombres… blasfemaron el Nombre de Dios… en vez de arrepentirse”(Apoc. 16,9 griego).

 

Y cuando el quinto Ángel derramó su copa sobre el trono de la bestia, los hombres se mordían la lengua de dolor, pero no dejaron de blasfemar, y no se arrepintieron de sus obras (ibid. 10 s.).

 

Ante estas terminantes palabras de Dios, único que conoce lo porvenir, quizás se preguntará el lector, en qué puede fundarse el anuncio repetido por tantos escritores, como un leitmotiv, de que tras de la noche amanecerá de nuevo un día radiante para la humanidad.

 

¿Cómo podremos, después de esto, sorprendernos del dolor de los hospitales y campos de batalla? Y sin embargo, ese espectáculo es lo que a tantos hace vacilar en la fe, y aun juzgarlo a Dios, repitiendo la frase de Schopenhauer: “Si Dios existe, yo no quisiera ser ese Dios, porque la miseria del mundo me desgarraría el corazón.”

 

Es que los hombres, por el olvido e ignorancia de las divinas Escrituras, han perdido el sentido de la realidad sobrenatural. ¡Cuántos salen del templo, donde quizás acaban de leer en la liturgia alguna de las tantas profecías con que Dios nos previene constantemente (v. gr. los Evangelios del primero y del último domingo del año eclesiástico), y pasada esa pesadilla, vuelven a hablar de los progresos de la cultura, como podría hacerlo el más pagano de los humanistas del Renacimiento!

 

¿De qué puede enorgullecerse la humanidad, si no es de haber convertido en un infierno anticipado, esta tierra en que Dios prometió que nada nos había de faltar con tal que buscáramos primero su reino y su justicia? (Mat. 6, 33).

 

 

Recapitulemos, pues, los párrafos que preceden, resumiéndolos en la frase que pusimos a su frente: Lo que Dios odia es el orgullo, porque la gloria no pertenece más que a Él (véase S. 148, 13; Is. 42, 8; 48, 11; I Tim. 1, 17, etc.). Y porque los hombres se olvidaron y siguen olvidándose de esta verdad fundamental, hay y habrá penas en este mundo.

 

 

*****

 

 

LAS PRUEBAS DEL JUSTO

 

 

EL SENTIDO DE LAS PRUEBAS

 

Entramos con esto al caso concreto del misterio de Job: ¿Para qué sufrimientos si no son castigos? ¿Para qué remedios si no existe enfermedad?

 

He aquí el problema que tortura nuestra inteligencia y que nadie podría afrontar con la sola razón, sino con aquella luz sobrenatural de la fe que nos enseña, según San Pablo, a “someter todo entendimiento a cautividad en obediencia de Cristo” (II Cor. 10, 5).

 

Entonces la pregunta ¿por qué sufre el justo? se aclara plenamente y el Espíritu Santo nos da la respuesta: “Porque la sabiduría… le prueba desde el principio en medio de las tentaciones… Entonces le afirmará, le allanará el camino, le llenará de alegría, le descubrirá sus arcanos y le enriquecerá con un tesoro de ciencia y de conocimiento de la justicia (Ecli. 4, 18 ss.).

 

Si Job hubiese sabido esto, sus penas habrían tenido inmenso lenitivo, porque no sólo se habría librado de esa cavilación que agrava el dolor con la angustia de querer vanamente hallarle una explicación; sino también que habría visto en todo momento en su prueba ese carácter de privilegio que implica el ser elegido por la Sabiduría, esa superioridad que señala Bossuet en su estudio sobre “La eminente dignidad de los pobres en la Iglesia”, y que no es en definitiva sino la gran paradoja del Sermón de la Montaña, donde aprendemos que todas esas cosas que el mundo llama desgracias, son “bienaventuranzas”.

 

Esta doctrina de la prueba del justo es exactamente la que nos enseñó Jesús al decirnos que su Padre, el Viñador, corta por inservible el sarmiento que no da fruto, y al que produce lo poda para que dé más frutos” (Juan 15, 1 s.).

 

¿No es acaso explicable esta ley del progreso? ¿Acaso el Rey podría elegir para esposa a una pastora, sin pulirla según los modales de su rango? ¿O podría elegir un privado, sin alejarlo de las disipaciones mundanas para que pudiese estudiar los altos negocios del Estado?

 

Tal fue el caso de Job, y así hemos de mirarlo, a menos de prescindir del dogma del pecado original y hacer de aquél un personaje de tal manera imposible, que carezca de la realidad necesaria para ser aleccionador.

 

Es decir, pues, que Job era justo, pero ni él ni nadie entre los mortales pudo poseer tal perfección que no fuese susceptible de aumentarse a los ojos del Divino Rey.

 

Agreguemos aquí, ya que se trata de recoger lecciones, que el misterio revelado por Jesús en el citado texto, llega más lejos aún, cuando Él añade: “Vosotros ya estáis limpios, o causa de la palabra que os he predicado” (Juan 15, 3). Lo cual nos muestra que el contacto permanente con las palabras del Evangelio, puede hasta librarnos de las pruebas.

 

¿Acaso no es eso lo que entendió David, al decir (Salmo 1) que un tal hombre, que medita la palabra de Dios día y noche, será como un árbol junto al río, para el cual no habrá sequía como para los demás, y dará con certeza su fruto en tiempo oportuno… esto es, sin necesidad de ser podado?

 

 

LA ELECCIÓN

 

No puede decirse que el caso de Job sea regla general. Es precisamente su carácter singular lo que nos lo presenta como un misterio que necesitamos desentrañar.

 

La regla general, sobre la cual nos hablan muchas veces el Antiguo y el Nuevo Testamento, es la que está contenida en el Salmo 127: El hombre fiel a Dios será próspero también en esta, vida y gozará del fruto de sus trabajos junto a la esposa, comparada a la parra fecunda, rodeada en su mesa de sus hijos como renuevos de olivo.

 

La dichosa paz de la vida patriarcal —”tanta cuanta cabe en este destierro”—; la historia de Tobías, etc., son ejemplos de esas bendiciones con que Dios premia a sus amigos en la tierra.

 

Advirtamos que ello explica, en parte, aunque no la justifica, esa, insistencia fanática con que los amigos de Job invocan tal regla, para deducir que si éste no goza de las prosperidades prometidas a los justos, no puede ser sino un pecador.

 

De ahí que en la dialéctica de los amigos abunden esos argumentos que son exactos si se los considera parcialmente, al punto de que San Pablo cita como verdad enseñada por la Escritura, las palabras de uno de aquéllos, Elifaz de Teman: “Porque la sabiduría de este mundo, dice el Apóstol, es necedad delante de Dios”, y agrega, citando el libro de Job: “Porque está escrito: Yo prenderé a los sabios en su propia astucia” (I Cor. 3, 19; Job 5, 13).

 

 

El error de los amigos está en querer atar la libertad de Dios, y suprimir todo misterio en su conducción de las almas, siendo así que nuestra vida espiritual está llena de misterios; de ahí la palabra “mística”, como lo sabe cualquiera que ha vivido la experiencia religiosa.

 

No advertían ellos que Dios podía confirmar la regla poniendo excepciones que contuviesen más altas enseñanzas. Porque la sabiduría de Dios, dice San Pablo, se trata en el misterio (I Cor. 2, 7).

 

En realidad tenemos un precedente en el caso de Tobías, llamado “semejante al santo Job” (Tob. 2,12 ss.), que en medio de su prosperidad sufre una gran prueba, que mantiene su preciosa fidelidad, y no obstante los insensatos consejos de su mujer, no sólo no se rebela, sino que “no se contrista contra el Señor” (Tob. 2,13) y que finalmente es colmado de bendiciones en su familia y descendencia.

 

Tobías, ejemplo de la más completa felicidad del hogar cristiano, lo es también de la prueba del justo, y el Ángel Rafael insinúa ya, en una breve sentencia, todo el misterio de la elección divina que había de desenvolverse a fondo en el libro de Job: “porque eras acepto a Dios, fue necesario que la tentación te probase” (Tob. 13, 13).

 

 

LAS PRUEBAS DE JOB EN EL PLAN DIVINO

 

Este carácter de las pruebas de Job, como tentación de su fe, resulta claramente del pacto inicial, en que Dios acepta el desafío de Satanás. Ya verás, le dice éste varias veces, cómo Job te desprecia en tu cara (1, 11; 2, 5).

 

Dios que todo lo sabe, permite entonces la tentación, no sólo porque prevé que Job saldrá triunfante y beneficiado, sino que también el mismo divino Padre se dispone a darle primero la fuerza para triunfar y luego el premio del triunfo. Con lo cual vemos verificarse lo que dice San Agustín: “Dios corona (premia) en nosotros sus propios dones.”

 

Si Job resulta un arquetipo en esto de las pruebas que no son castigos, no podemos decir, ni mucho menos, que fuese único en la materia: “Y si delante de los hombres han padecido tormentos, nos dice la Sabiduría, hablando de los justos, su esperanza está llena de inmortalidad; su tribulación ha sido ligera y su galardón será grande; porque Dios hizo prueba de ellos y hallólos dignos de sí” (Sab. 3, 4-5).

 

Hemos de insistir en el postulado firmísimo de que Dios permitió la prueba de Job como un acto de su misericordiosa providencia, sabiendo que Job saldría triunfante, y que entonces se cumpliría con él la promesa eterna: “No son de comparar los sufrimientos de lo vida presente con aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros” (Rom. 8, 18), y también la promesa temporal: “Muchas son las tribulaciones de los justos, pero de todas los librará el Señor” (S. 33, 20).

 

¿Acaso la prueba del justo Job duró toda su vida? No, por cierto. Apenas fue una etapa de ella. El mismo Jesús, varón de dolores, que padeció infinitamente más de cuanto somos capaces de pensar, no estuvo sin embargo toda su vida clavado en la Cruz. Sus persecuciones, luchas, ingratitudes, duraron tres años. El sumo tormento de la Pasión duró una noche y una mañana. El de la Cruz terminó en tres horas.

 

Gran lección es ésta para recordar lo pasajero de las penas, como también lo fugaz de los goces de aquí abajo, a fin de no alegrarnos desmesuradamente por éstos, ni entristecernos por aquéllos.

 

El recuerdo de los innumerables beneficios recibidos de Dios (S. 102, 2) y de las incontables veces que lo había consolado en su tribulación (S. 70, 20) acompañaba a David en sus insomnios (S. 62, 7) a fin de no caer en el desaliento. “¿Es posible, empezaba diciendo, que Dios me abandone para siempre…? ¿O pondrá fin a sus misericordias?” (S. 76, 8-9). Pero luego agregaba: “Hago memoria de las maravillas que has hecho desde el principio, y medito todas tus obras, y considero todos tus designios” (ibid., 12-13). Y entonces, consolado, concluía: “Oh Dios, santo es tu camino. ¿Qué Dios hay que sea grande como el Dios nuestro? Tú eres el Dios autor de los prodigios” (ibid., 14-15).

 

 

LAS PRUEBAS DE LOS JUSTOS

EN EL PLAN DIVINO

 

 

Pero es necesario que ahondemos todavía para comprender mejor el plan divino en la prueba del justo, y más aún como cristianos, o sea como hombres a quienes se ha concedido el ser hijos de Dios, mediante la fe en la Redención de Cristo (Juan 1, 12), como invitados al gran Banquete del Cuerpo Místico, pero que para ello necesitan revestirse del traje nupcial (Mat. 22, 12).

 

Si los justos del Antiguo Testamento ya se salvaron por la fe en la Promesa del Redentor, y no por la Ley, la cual nadie cumplía plenamente (Juan 7, 19; Gal. 3, 11; 6, 13; Rom. 7, 11), ¿cuánto más necesaria no será, esa fe viva en los méritos de Cristo, después de la Encarnación y de la Pasión?

 

Y sin embargo, nuestra fe es pobrísima, como ya lo reprochaba Jesús a los Apóstoles. Tan pobre es, que no hay nada bastante pequeño con que compararla, ya que si fuera solamente como el mínimo grano de mostaza, podríamos mandar a los árboles que se trasplantasen sobre el agua del mar, y nos obedecerían al instante, según la asombrosa promesa del mismo adorable Salvador (Luc. 17, 6).

 

Entendamos, pues, que lo que Dios necesita probar en nosotros, no es la resistencia física, como en los animales, ni “nuestras” virtudes, pues es dogma de fe que ninguna virtud tenemos propia. Es la fe (II Pedr. 1, 7), el crédito que damos a los misterios revelados; es la confianza que tenemos en la eficacia salvadora de la Redención; es, como dice San Bernardo, el aplicarnos verdaderamente a cada uno de nosotros, el valor de la Sangre de Cristo. Es esta una verdad muy sobrenatural, que difícilmente admitimos la bastante en la realidad de nuestra vida espiritual.

 

De ahí la necesidad de la prueba. Porque el cristiano cuya fe no es viva, el que no se siente justificado por los méritos de Cristo que se le aplican mediante esa fe (Ef. 2, , fatalmente incurrirá en uno de los dos extremos: o la tremenda desesperación, viéndose incapaz de justificarse por sí mismo y no teniendo quien lo salve, o la detestable presunción del que se cree suficiente para salvarse por su solo esfuerzo.

 

De ahí, pues, la necesidad que todos tenemos de ser probados en la fe: para que la comprobación de nuestra impotencia nos enseñe a recurrir al Padre Celestial, y a poner en Él toda nuestra confianza, por los méritos de su Hijo Jesucristo. Véase Mat. 6, 33.

 

En cuanto al género de esas pruebas, notemos que no se anuncia al cristiano especiales enfermedades o miserias. Lejos de ello. Jesús promete que el Padre nos dará por añadidura cuanto necesitamos, si buscamos con preferencia su Reino, esto es, si lo amamos sobre todas las cosas.

 

La prueba máxima que está anunciada a los creyentes es la persecución, por la confesión del Evangelio. Por eso, mártir quiere decir testigo. Es lo que más cuesta a muchos, pues preferirían sufrir dolores físicos a sufrir en su amor propio el desprecio y la burla.

 

Para el que se hace pequeño y confía en Dios, esa prueba se reduce a casi nada, pues, como dice Santo Tomás, el segundo fruto de la Palabra divina, después de darnos la fe, es darnos también el desprecio del mundo, por donde resulta que nuestro corazón, ya no se aflige, y más bien se goza, ante la insensata burla de los hombres.

 

Entonces comprendemos que el yugo de Jesús es suave (Mat. 11, 30), tan suave, que nos alivia en vez de pesar (ibid., 29).

 

 

EL PRIVILEGIO DE LA PRUEBA

 

Hemos visto, en el capítulo titulado “Elección”, que Dios tiene sus privilegiados, escogidos especialmente, como los Apóstoles, a quienes Jesús dijo: “No me elegisteis vosotros a Mí, sino que Yo os elegí a vosotros para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Juan 15, 16).

 

Va sin decirlo, que esta elección de privilegio comporta la necesidad de corresponder a ella, de aceptarla con la alegría, la confianza y la gratitud que convienen a quien se siente objeto de una altísima distinción y sabe que ella le trae ventajas incomparablemente superiores a los esfuerzos que pueda demandarle.

 

La prueba de la tribulación es uno de esos altos dones de Dios, porque trae consigo privilegios muy grandes para el que la acepta en unión con Cristo, según sus propias palabras: “Vosotros sois los que constantemente habéis perseverado conmigo en mis tribulaciones: por eso Yo os preparo el Reino como mi Padre me lo preparó a Mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino, y os sentéis sobre tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel” (Lúe. 22, 28-30).

 

¿Quién no aceptará, si tiene un ápice de fe, esa gloriosa vocación de su Padre, que lo escoge como a hijo predilecto, a semejanza de Cristo, y para ello lo prueba, simplemente con el propósito de poner rectitud y verdad en su corazón que todos tenemos maleado mientras Dios no lo purifica? “Crea en mí, oh Dios, un corazón puro; y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud” (S. 50, 12).

 

Este lenguaje del rey David, es el propio de todo hombre que no reniega del Cristianismo. Porque, como no es posible vivir ajeno a Cristo, sino que hemos de estar con Él o contra Él (Luc. 11, 23), no podemos rehuir la luz que viene del Salvador, sin incurrir en la terrible condenación de aquel juicio que el mismo Jesús reveló a Nicodemo con estas palabras: “Este juicio consiste en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, por cuanto sus obras eran malas. Pues quien obra mal, aborrece la luz, y no se arrima a ella, para que no sean reprendidas sus obras. Al contrario, quien obra según la verdad, se arrima a la luz, a fin de que sus obras se vean, como que han sido hechas según Dios” (Juan 3, 19-21).

 

 

Por lo mismo que no podemos pecar contra la luz y rechazar la iluminación que nos viene de Cristo, no podemos tampoco renunciar a ese privilegio de la elección, para la cual Él mismo suele prepararnos probando nuestra fe por medio de la persecución, y a veces también de las tribulaciones, que nos ayudan a despegar totalmente el corazón de los bienes aparentes, para arraigarlo en los bienes reales e inmarcesibles (II Cor. 4, 18).

 

¿Y por qué no podemos declinar el privilegio, y permanecer simplemente en esa penumbra espiritual en que la mayoría de los hombres vegetan, como si no hubieran sido redimidos por la Sangre de un Dios? Jesucristo nos da la respuesta: “Porque se pedirá cuenta de mucho aquel a quien mucho se le entregó; y a quien se han confiado muchas cosas, más cuenta le pedirán (Luc. 12, 48).

 

¡Ay de los que rechazan la invitación al banquete del Reino! “Pues os protesto que ninguno de los que antes fueron convidados, ha de probar mi cena” (Luc. 14, 24).

 

 

LA FIDELIDAD DEL PADRE CELESTIAL

 

También se cumplieron en Job las divinas promesas cuando Dios lo colmó, al final, de mayores bienes (42, 10-16). Debe, pues, recordarse, para inmenso consuelo de los que sufren, esto que hemos llamado postulado firmísimo, que se funda en la fe y se palpa en la experiencia: Dios es un recompensador generoso y nunca se deja superar en largueza y magnanimidad.

 

A los que le piden les da siempre más de lo que merecen, y si Él impone una carga es también rico en dar las fuerzas para llevarla. “Fiel es Dios que no permitirá seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que de la misma tentación os hará sacar provecho para que podáis sosteneros” (I Cor. 10, 13).

 

Nótese una vez más en este pasaje que la lealtad del divino Padre no se limita a evitarnos tentaciones irresistibles, sino que es Él quien nos da la fuerza para salir de ellas, como lo enseña David cuando dice: “Él es el Dios que me ha revestido de fortaleza y ha hecho que mi conducta fuese inmaculada” (S. 17, 33). “Me has salvado con tu protección, me has amparado con tu diestra; tu disciplina me ha corregido en todo tiempo. Esa misma disciplina tuya será mi enseñanza” (S. 17, 36). “Todo lo puedo en Él que me conforta” (Fil. 4, 13). “Por lo demás, hermanos míos, confortaos en el Señor y en su virtud poderosa” (Ef. 6, 10).

 

Ten pues, confianza, oh alma afligida, y Dios estará contigo en la hora de la prueba, como lo dice el Salmista “Estoy con él en la tribulación” (S. 90, 15).

 

 

ALGO QUE SÓLO DIOS SABE HACER

 

En cuanto al mayor provecho que nos proporcionan las pruebas o tentaciones, conviene señalar una característica que sólo corresponde al gran Señor del cielo y de la tierra, al Dios generoso y amante y omnipotente y libérrimo: la capacidad maravillosa de sacar bien del mal.

 

Si consideramos todo el divino plan de la creación, veremos que la ingratitud del hombre, creado en situación envidiable, no fue sino motivo para mayor derroche de la paterna magnanimidad; y el que sólo podía llamarse hijo de Dios a título de creatura, lo sería en adelante a justo título, como hermano verdadero de Cristo: “Mirad qué amor hacia nosotros ha tenido el Padre, queriendo que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos” (I Juan 3, 1).

 

La Iglesia sintetiza este paso hacia adelante que la Redención significa con respecto a la creación, al decir en la Misa que si maravillosamente creó Dios la dignidad de nuestra humana substancia, más maravillosamente la reformó (“mirabilius reformasti”).

 

Muchísimos textos de la Sagrada Escritura nos muestran este mismo misterio.

 

¿Quién no conoce la historia de José vendido por sus hermanos (Gen. 37), calumniado por la mujer de Putifar y echado en prisión, pero milagrosamente salvado de la cárcel para ser primer ministro del rey de Egipto y para salvar al pueblo de Israel? “Por vuestro bien, dice José a sus hermanos, dispuso Dios que viniese yo antes que vosotros a Egipto… No he sido enviado acá por designio vuestro, sino por voluntad de Dios; el cual ha hecho que yo sea como padre de Faraón, y dueño de su casa toda, y príncipe en toda la tierra de Egipto” (Gen. 45, 5 ss.).

 

Si seguimos las etapas del inmenso drama que viene perpetuándose, entre la grandeza de Dios y la miseria nuestra, vemos también que cuando falla del todo la fidelidad del pueblo escogido; cuando resulta ineficaz el cautiverio de Asiria y de Babilonia, enviado como humillación al pueblo rebelde; cuando los suplicios de Israel que refieren los libros de los Macabeos, lejos de convertirlo, lo preparan al rechazo de Jesucristo y se consuma el deicidio en la muerte del Cordero, entonces vuelve a ingeniarse Dios para sacar del mal nuevos bienes, extendiendo su mano a los gentiles (Rom. 11, 30) y fundando la Iglesia, para que, por los méritos de Cristo, reuniese en un cuerpo a los hijos de Dios que estamos dispersos (Juan 11, 52).

 

El libro de Job es también, en su fondo, una justificación de esa admirable providencia del Todopoderoso que sabe sacar bien del mal. El Espíritu Santo nos muestra allí cómo las pruebas tan despiadadamente infligidas a Job por Satanás y agravadas por sus amigos, son causa de su mayor prosperidad temporal y eterna, por lo cual hoy “lo tenemos por bienaventurado” y por ejemplo de paciencia, “visto el fin que el Señor le dio: porque el Señor es misericordioso y compasivo” (Sant. 5, 11).

 

 

EL FALSO CONSUELO DEL MUNDO

 

Si algún hermano nuestro en Cristo, abatido por la tribulación, pasa sus ojos por estas líneas escritas para su consuelo y provecho, dígnese considerar que el mayor lenitivo que podemos darle no consiste en llevar su pensamiento al propio dolor, sino en acercarlo a estas sublimidades de la doctrina.

 

El mundo es quien pretende consolar con sentimentalismos, y bien sabemos cuán precario es ese apoyo, ofrecido audazmente por quien no sabe cómo apoyarse a sí mismo.

 

“Aparta mis ojos para que no vean la vanidad”, dice David a Dios (S. 118, 37), y esto nos enseña que hay que huir de esa cavilación que Ernesto Hello llama elocuentemente “la passion du malheur”, característica en el pesimismo de los poetas románticos, según la cual la imaginación engañosa nos lleva a buscar consuelo embriagándose en el propio dolor y revolviendo el puñal en la herida.

 

Algo de eso permitió Dios que hiciera también Job, para que nosotros aprendiéramos la necedad de tal procedimiento. Por eso advertimos desde el principio que no sería una explicación puramente filosófica lo que había de brindarnos esta meditación sobre el divino Libro. Si tal pretendiéramos, incurriríamos en la misma falla que Dios reprochó a Job.

 

Otro aspecto, inverso esta vez, pero no menos falso, del consuelo del mundo, es el querer marearnos con su bullicio, tal como vemos hoy por ejemplo en las visitas de pésame, tantas veces carentes de caridad, y en esos intentos infantiles de arrancar la risa al que está apenado, sin comprender que “cantar canciones a un corazón afligido es como echar vinagre sobre el nitro” (Prov. 25, 20).

 

Huyamos, pues, del mundo en nuestras penas. No para encerrarnos en la amarga cavilación “como los que no tienen esperanza” (I Tes. 4, 12); ni menos para buscar en la soberbia estoica esa pecaminosa satisfacción de creernos fuertes; sino para librarnos de la desolación entrando en el santuario del espíritu “a fin de que mediante la paciencia y él consuelo de las Escrituras mantengamos la esperanza” (Rom. 15, 4).

 

Entrados en ese santuario con la guía de las revelaciones divinas depositadas en las Escrituras, hallamos allí verdades que encierran abismos de consuelo, de provecho espiritual y de esperanza. Porque hemos de saber que esta virtud, muy poco explotada, viene de la prueba, como enseña San Pablo: “La tribulación produce la paciencia; la paciencia la prueba (o experiencia); y la prueba la esperanza” (Rom. 5, 3).

 

 

CONSOLARSE PARA PODER CONSOLAR

 

Otra verdad de gran dulzura que enseña el mismo Apóstol, es que “el Padre de los misericordias y Dios de toda consolación nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que podamos también nosotros consolar a los que se hallan en trabajos, con la misma consolación con que somos nosotros consolados por Dios; porque a medida que se aumentan en nosotros las aflicciones de Cristo, se aumentan también nuestras consolaciones por Cristo” (II Cor. 1, 3-5).

 

Es decir que, así como no podemos convertir a otros sin habernos primero convertido, según lo enseña Jesús a Pedro (Luc. 22, 32), así tampoco podremos sanar el dolor de otros, si no lo hemos experimentado primero.

 

El que no ha sufrido ¿qué sabe? dice la Imitación de Cristo. Esta verdad la veía ya el pagano Virgilio, cuando ponía en boca de la infortunada reina Dido aquel hermoso verso: “Haud ignara mali, miseris succurrere disco.” “Conocedora del mal, he aprendido a consolar a los que sufren” (Eneida I, 630).

 

Consolar es algo más que una técnica. Enséñanlo únicamente la experiencia de los sufrimientos y sobre todo la caridad que se compenetra con el dolor ajeno. Los “consoladores” de Job no poseían ni la una ni la otra. El mismo Job los llama gravosos, llenos de palabras hueras y cuya compasión mueve los labios pero no el corazón (véase 16, 1 ss.).

 

Si tu dolor es hondo como un abismo y si tu amor al paciente es el que nos enseña el Evangelio, no necesitas buscar palabras.

 

“Jesús y María consoláronse al pie de la cruz en silencio, con los ojos. A veces llorar con el que llora es el mejor consuelo, como Jesús lloró con María de Betania” (Mons. Keppler, Escuela del Dolor, núm. 277).

 

 

CONSUÉLATE CONSOLANDO

 

Hay una medicina eficacísima para el dolor.

 

Si te sientes incapaz de consuelo y si te parece que ya no hay remedio para ti, ponte en contacto con otros que sufren, llévales consolación y ayuda, y al punto experimentarás un alivio en la tensión interior que te agobia.

 

Sobre este tema siempre actual, sobre todo en tiempos de guerra como los que presenciamos hoy en el más pavoroso espectáculo de furia y sangre cual nunca ha visto el mundo, dice el mismo autor que acabamos de citar:

 

“Consuélate consolando. En lugar de estar con la vista enclavada en tu propia tribulación, vuelve los ojos a la ajena. En lugar de encontrar insoportable tu carga, toma también sobre tus hombros la de otro. En lugar de lamentarte, compadece a los que aun están peor. En lugar de mendigar consuelo, dalo tú. Y verás que, muchas veces, no sabrás explicarte lo que te ocurre: al quitar al prójimo una carga, has quedado libre de la tuya. Quisiste cuidar a un enfermo, y has curado la herida de tu corazón.

Quisiste consolar a afligidos, y has consolado tu propia alma. Quisiste atenuar un dolor ajeno, y has moderado la agudeza del tuyo. Quisiste dar, y has recibido. En ti se ha cumplido la hermosa profecía de Isaías: Parte tu pan con el hambriento, y acoge en tu casa a los necesitados y a los que no tienen hogar, y viste al que veas desnudo, y no desprecies tu propia carne (al prójimo).

Si esto haces, amanecerá tu luz como la aurora, y tu sanidad presto llegará; y delante de ti irá tu justicia, y la gloria del Señor te acogerá. Invocarás entonces al Señor y Él te oirá; clamarás y Él te dirá: Aquí estoy (Is. 59, 7 ss.)”.

 

Consuélate consolando. Nada abrevia ni endulza tanto el dolor como practicar la misericordia para con los que tienen afligidos y oprimidos sus corazones.

 

 

CONSUELO DE LA SAGRADA ESCRITURA

 

Con el Libro de los Libros, cuyas sagradas páginas citamos tantas veces en este tratado, ningún otro puede compararse en fuerza consoladora.

 

De su contenido eterno dice el Sumo Sacerdote Jonatás: “Tenemos para nuestro consuelo los santos libros que están en nuestras manos” (I Mac. 12, 9); y de la misma manera habla San Pablo del “consuelo de las Escrituras”, en la Carta a los Romanos (15, 4).

 

Siguiendo estas huellas, los Padres de la Iglesia no se cansan de recomendar la Biblia como libro de consuelo. Escribe, por ejemplo, San Juan Crisóstomo: “Sea cual fuere la desgracia que pese sobre el ser humano, en la Escritura encontrará el antídoto adecuado que ahuyente todo pesar”.

 

Al leer los Salmos, San Agustín se sintió tan transformado, que no fue capaz de comprender la depresión que le aplastaba antes de su lectura, y no pudo menos de compadecer a los que nada sabían de tan preciosa medicina.

 

La fuerza consoladora de las Sagradas Escrituras consiste esencialmente en el conocimiento del Corazón de Dios y del misterio de Jesús, del cual pende nuestra eterna salud: porque “la vida eterna consiste en conocerte a Ti, solo Dios verdadero (el Padre), y a Jesucristo, a quien Tú enviaste” (Juan 17, 3).

 

De ahí que el Sumo Pontífice reinante nos dijese desde el principio: “El gran misterio del Cristianismo, es el misterio del Corazón de Dios”.

 

El comentario más autorizado a esta verdad lo hace el mismo Papa Pío XII en la nueva Encíclica bíblica “Divino Afflante Spiritu”, cuando dice: “Pues a Jesús, autor de la salud, le conocerán los hombres tanto más plenamente, le amarán tanto más intensamente, le imitarán tanto más fielmente, cuanto mayor sea el empeño con que se muevan al conocimiento y meditación de las Sagradas Escrituras y, sobre todo, del Nuevo Testamento. Porque, como dice el Estridonense (San Jerónimo): “La ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo”, y “si hay algo que en esta vida contenga al varón sabio y entre las incitaciones y torbellinos del mundo le persuada a permanecer con ánimo sereno, creo que es en primerísimo lugar la meditación y la ciencia de las Escrituras” (S. Jerónimo, In Ephesios, prologus). Porque quienes están fatigados y oprimidos por adversos y tristes sucesos, de aquí sacarán los verdaderos consuelos y la virtud divina para padecer y sufrir; aquí —es decir, en los Santos Evangelios— tienen todos a Cristo, sumo y perfecto ejemplar de justicia, caridad y misericordia, y están abiertas para el género humano, herido y tembloroso, las fuentes de aquella divina gracia que, cuando se la desprecia y olvida, ni los pueblos ni sus gobernantes pueden iniciar ni consolidar la tranquilidad social y la concordia; finalmente, aquí aprenderán todos a Cristo, “que es cabeza de todo principado y potestad” (Col. 2, 10) y “que se hizo para nosotros sabiduría de Dios, justicia, santificación y redención” (I Cor. 1, 30).

 

 

LA ESPERANZA

FUNDAMENTO DE LA PACIENCIA

 

Nunca podremos insistir bastante sobre la distinción entre el estoicismo pagano y la paciencia cristiana, siendo aquél un falso heroísmo que suele llevar al suicidio, mientras que ésta, la paciencia, produce como fruto la esperanza, esa esperanza que “jamás será confundida” (Rom. 5, 5).

 

Valdría la pena recoger en un libro de oro todos los pasajes en que el Espíritu Santo nos enseña el valor de la paciencia, comenzando por el libro de Job, el cual es el himno más grandioso a ese don de Dios, hasta el Apocalipsis, que concluye, como San Pablo su Ia Carta a los Corintios, con el “Maranatha” o “Ven, Señor” (Apoc. 22, 20); la expresión más viva de la esperanza de los primeros cristianos, que se preparaban para el retorno glorioso de Cristo no sólo cada día, sino cada hora, como dice San Clemente Romano (II ad. Cor. 12) y alegraban su paciencia con esta “bienaventurada esperanza” (Tit. 2, 13).

 

No otro es el motivo que el Apóstol Santiago da como fundamento de la paciencia a los pobres y afligidos: “Tened, pues, oh hermanos, paciencia, hasta la venida del Señor. Mirad como el labrador con la esperanza de recoger el precioso fruto de la tierra, aguarda con paciencia las lluvias, temprana y tardía. Esperad, pues, también vosotros con paciencia y esforzad vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca” (Sant, 5, 7 s.).

 

San Pablo, usa palabras casi idénticas: “No queráis, pues, perder vuestra confianza, la cual recibirá un gran galardón. Porque os es necesaria la paciencia para que haciendo la voluntad de Dios obtengáis la promesa. Pues dentro de un brevísimo tiempo vendrá el que ha de venir, y no tardará. Entretanto, el justo mío vive por la fe” (Hebr. 10, 35-38).

 

Y otra vez: “El Señor está cerca. No os inquietéis por nada, sino haced presentes vuestras necesidades a Dios por medio de la oración y de las plegarias, acompañadas de acciones de gracia. Y la paz divina, que sobrepuja todo sentido, sea la guardia de vuestros corazones y de vuestras inteligencias en Cristo Jesús” (Filip. 4, 5-7).

 

 

¿Y LA MUERTE?

 

Importa mucho notar que en ninguna parte de las Sagradas Escrituras, se nos da como consuelo del dolor la idea de la muerte. ¡Triste consuelo, en verdad! Bien sabía el Apóstol que “nadie aborreció nunca su propia carne” (Ef. 5, 29). Y que lo que deseamos, cuando gemimos agobiados, no es “vernos despojados (de esta tienda del cuerpo) sino ser revestidos por encima” (de ella), de manera que la vida absorba lo que hay de mortalidad en nosotros” (II Cor. 5, 4).

 

Pues bien, tal idea que pareciera un sueño, tal esperanza de librarnos de la muerte, es exactamente lo que San Pablo nos promete, como un admirable misterio que no quiere que ignoremos, para ese suspirado día de la Parusía de Jesús, que puede ser cuando menos pensamos, pues, que el Señor anuncia que vendrá como un ladrón, cuando menos lo pensamos (Luc. 12, 40; I Tes. 5, 2; II Pedr. 3, 10; Apoc. 3, 3; 16, 15).

 

Veamos lo que nos dice en I Cor. 15, 51-55 (texto del original griego): “He aquí un misterio que os revelo: no todos nos dormiremos (moriremos), pero todos seremos transformados, en un instante, en un guiño de ojo, al son de la última trompeta; porque la trompeta sonará y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros (los vivos) seremos transformados. Porque es menester que este cuerpo corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este cuerpo mortal se revista de inmortalidad. Cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de incorruptibilidad, y este cuerpo mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte ha sido absorbida por la victoria. ¡Oh muerte!, ¿dónde está tu victoria? (la que obtuviste sobre los muertos, pues ahora resucitan). ¡Oh muerte!, ¿dónde está tu aguijón?” Esto es, el aguijón con el cual matabas a los vivos, pues he aquí que estos vivos no morirán, sino que serán revestidos de eternidad lo mismo que los muertos resucitados (I Tes. 4,16).

 

Según San Jerónimo, en este capítulo no se trata sino de la resurrección de los fieles justificados. Muchos de ellos se hallarán entre los vivos en el momento de la venida de Cristo, pero no por eso entrarán en la gloria con su cuerpo natural. Han de transformarse, sin pasar por la muerte, según lo explican San Agustín y Santo Tomás. El complemento de esta revelación está en I Tes. 4, 14-17, como todos los expositores han notado: “Los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos (los resucitados) sobre nubes al encuentro de Cristo en el aire, y allí estaremos con el Señor eternamente” (I Tes. 4, 16).

 

¿Puede haber perspectiva más consoladora? Pero, ¿qué mucho que se nos descubra así estas revelaciones en el Nuevo Testamento, si ya las vemos anunciadas por el mismo Job?

 

En efecto, después de insinuar como escondidamente (14, 13) el misterio de la resurrección de la carne, nuestro Patriarca lo presenta más adelante con una amplitud que asombraba ya a San Jerónimo (véase cap. 19, vers. 23 ss. y las notas respectivas).

 

 

¡BIENAVENTURADO

EL QUE SUFRE LA PRUEBA!

 

He aquí todavía un pequeño ramillete de palabras divinas sobre el privilegio que significa la paciencia, y sobre la excelencia de esta vocación a que todos somos llamados. Lo ofrecemos a las almas pequeñas que en medio de las tormentas de esta vida buscan a Dios con sincero corazón.

 

Eclesiástico 2, 3-5: “Aguarda con paciencia lo que esperas de Dios. Estréchate con Dios y ten paciencia, a fin de que en adelante sea más próspera tu vida. Acepta todo cuanto te enviare, y en medio de los dolores sufre con constancia, y lleva con paciencia tu abatimiento; pues al modo que en el fuego se prueba el oro y la plata, así los hombres aceptos se prueban en la fragua de la tribulación.”

 

Tobías 2, 12: “El Señor permitió que (a Tobías) le sobreviniese esta prueba, con el fin de dar a los venideros un ejemplo de paciencia, semejante al del santo Job.”

 

Judit 8, 21-24: “Ahora, pues, oh hermanos míos, ya que vosotros sois los ancianos del pueblo de Dios… alentad sus corazones, representándoles cómo nuestros padres fueron tentados, para que se viese si de veras honraban a su Dios. Deben acordarse de cómo fue tentado nuestro padre Abrahán, y cómo después de probado con muchas tribulaciones, llegó a ser el amigo de Dios. Así, Isaac, así Jacob, así Moisés, y todos los que agradaron a Dios, pasaron por muchas tribulaciones, manteniéndose siempre fieles. Al contrario, aquellos que no sufrieron las tentaciones con el temor del Señor, sino que manifestaron su impaciencia y prorrumpieron en injuriosas murmuraciones contra el Señor, fueron exterminados. “

San Pablo: “Antes bien, nos portamos en todas las cosas como ministros de Dios, con mucha paciencia en medio de tribulaciones, de necesidades, de angustias, de azotes, de cárceles, de sediciones…” (II Cor. 6, 4-5).

 

“Los frutos del Espíritu son: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad” (Gal. 5, 22-23).

 

“Si padecemos con Cristo, reinaremos también con Él” (II Tim. 2, 12).

 

“Tú, varón de Dios… sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre” (I Tim. 6, 11).

 

“Porque os es necesaria la paciencia, para que haciendo la voluntad de Dios, obtengáis la promesa” (Hebr. 10, 36).

 

Véase también Rom. 5, 3-5, citado más arriba.

 

San Juan: “Ya que has guardado la doctrina de mi paciencia, Yo también te libraré del tiempo de la prueba” (Apoc. 3, 10).

 

Santiago: “La prueba de vuestra fe produce la paciencia. Mas la paciencia perfecciona la obra para que seáis perfectos y cabales, sin faltar en cosa alguna” (Sant. 1,3-4).

 

“Bienaventurado aquel hombre que sufre tentación, porque después que fuere probado, recibirá la corona de la vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (Sant. 1, 12).

 

San Pedro: “Si obrando bien sufrís con paciencia, en eso está el mérito para con Dios” (I Pedr. 2, 20).

 

Jesucristo: “Mediante vuestra paciencia salvaréis vuestras almas” (Luc. 21, 19).

 

“Dad frutos en paciencia” (Luc. 8, 15).

 

“Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mat. 5, 9-10).

 

 

¡HÁGASE TU VOLUNTAD!

 

El libro de Job nos ayuda a decir a nuestro Padre Celestial lo que Jesús nos enseñó como lo más perfecto: ¡Hágase tu voluntad! (Mat. 6, 10).

 

Nos libra así de los escrúpulos y de la tentación de confundir la voluntad de Dios con el puro dolor voluntario del propio cuerpo, según enseña San Pablo: “Estas cosas no tienen más que una apariencia de sabiduría, naciendo de una falsa piedad y de una humildad afectada que no cuida del cuerpo privándolo del sustento necesario.” (Col. 2, 23. Véase a este respecto Summa Theologica 2-2, q. 88, 2 ad 3; q. 147, 1 ad 2; q. 188, 6 ad 3).

 

No es eso lo que aprendemos de Jesús; es más bien una sana y veraz desconfianza de nosotros mismos y una filial sumisión a los designios de Dios, lo que el Divino Maestro nos pone por delante, tanto en la humilde oración de Getsemaní, pidiendo que el Padre aparte de Él el cáliz, cuanto en la caída de Pedro que reniega de Él tres veces, ante la servidumbre, después de haber jurado que daría por Él la vida, y que sin duda no habría incurrido en tal miseria si hubiera desconfiado de sí mismo.

 

Así, cuando Santa Gertrudis, en una visión tiene por delante para elegir la salud o la enfermedad, no busca ni la una ni la otra, sino que se arroja en el Corazón de Cristo para que sea Él quien resuelva.

 

¡Hágase tu voluntad! Recemos así, pero no como quien agacha la cabeza ante una fatalidad ineludible y cruel, sino como el niño que dice al Padre: Elige tú lo que me conviene, pues lo sabes mejor que yo, y sé que quieres mi bien.

 

María dice Fiat y también Magníficat.

 

Tal es la espiritualidad auténticamente evangélica, que en estos últimos tiempos ha proclamado Santa Teresa de Lisieux, como fácil camino de infancia espiritual, como ascensor que nos lleva al cielo en los brazos de Cristo, y que los soberanos pontífices han señalado y recomendado como verdadero secreto de la santidad, fundándose en la terminante sentencia de Jesús: “Si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mat. 18, 3).

 

El gran mérito de Sta. Teresita, observa acertadamente el Cardenal Bourne, es el haber sabido suprimir “las matemáticas de la santidad”, esos mil escrúpulos que obstaculizan el camino de la infancia espiritual y filial sumisión a los designios del Padre.

 

¡Hágase tu voluntad! Hagamos nosotros esta humilde oración de Jesús y digamos con Él: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Luc. 22, 42); “No lo que Yo quiero, sino lo que Tú quieres” Marc. 14, 36).

 

La sagrada voluntad del Padre sea nuestra obsesión como lo era de Jesús: su comida (Juan 4, 34); su propósito (Juan 5, 30); su obra toda (Juan 17, 4). Y todo eso redundó en favor nuestro, porque como observa S. León: “¿Quién podría soportar los odios del mundo, los torbellinos de las tentaciones, los terrores de las persecuciones, si Cristo, padeciendo en todos y por todos, no hubiera dicho al Padre: Hágase tu voluntad?”.

 

 

NEGARSE A SI MISMO

 

“Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y cargue con su cruz y sígame” (Mat. 16, 24). ¿No suenan estas palabras de Jesús como un Evangelio de dolor?

 

Bien es cierto que muchos las toman en sentido pesimista, viendo en el Cristianismo la religión de la desgracia, pero no menos cierto es que el negarse a sí mismo, en boca de Cristo, lejos de ser una crueldad es una amorosa advertencia para que nos libremos de nuestro peor enemigo que somos nosotros mismos.

 

“La carne es flaca”, dice Jesús (Mat. 28, 41); sólo “el espíritu está pronto”. Ahora bien, el espíritu no es cosa propia nuestra, sino que nos es dado, como enseña San Pablo (Rom. 5, 5; I Tes. 4, . Es el Espíritu Santo, qué viene a nosotros y nos anima, como el viento es capaz de hacer volar una hoja seca.

 

De ahí la fórmula de San Ireneo: “El nombre es cuerpo y alma. El cristiano es cuerpo, alma y espíritu” (véase I Tes. 5, 23).

 

Este espíritu, que siempre “está pronto”, es lo único que puede vencer a esa carne débil y mala, cuyos deseos son contrarios al espíritu.

 

Mientras obra en nosotros el espíritu, San Pablo nos asegura que no realizaremos esos malos deseos de la carne (Gal. 5, 16 s.).

 

Éstos son los que nos llevan, no sólo al pecado, sino también a la tristeza y al desaliento en las pruebas.

 

Negarse a sí mismo es entonces, en primer lugar, desconfiar de nosotros y buscar consuelo y fuerza en los pensamientos revelados por Dios. Es la receta que da el mismo Jesús a los discípulos en el pasaje antes citado, durante las angustias de Getsemaní: “Velad y orad para no entrar en la tentación” (Mat. 26, 41).

 

 

BIENAVENTURADOS

LOS POBRES DE ESPÍRITU

 

Vemos, pues, que no se trata solamente de renunciar a los propios vicios; sino también a las virtudes propias. Porque el Espíritu de Dios es el único que las puede dar, y las da precisamente al que confiesa que es pobre e incapaz de tenerlas.

 

Recordemos una vez más aquí las negaciones de Pedro, que seguramente no habrían sucedido si él hubiese sido menos valiente en prometer. Es la suprema lección que nos da María Santísima: “A los hambrientos llenó de bienes y a los ricos dejó vacíos” (Luc. 1, 53).

 

Los peores ricos son los ricos de espíritu, que se sienten capaces de ser valientes por sí mismos. Son, dice San Agustín, lo opuesto a los “pobres de espíritu”, a quienes Jesús llama bienaventurados (Mat. 5,3).

 

Jesús, espejo de la misericordia del Padre, sólo nos pide que nos hagamos pobres en nosotros mismos, o mejor que reconozcamos que lo somos, para poder llenarnos con las riquezas de esa misericordia, que Él nos conquistó.

 

De ahí su afán por vernos humildes. El soberbio se siente rico en sí mismo, es decir, cree que no necesita de nadie, y entonces impide al Divino Padre y al Divino Hijo el ejercicio de esa misericordia.

 

De ahí, pues, que para ser ricos debamos hacernos pobres. Podemos poseer cuanto queramos de virtudes prestadas por Dios. Propias no podemos poseer ninguna. En eso consiste el error de ciertas almas, que quieren con mucho esfuerzo levantar el edificio de su propia santidad, sin comprender que no lo podrán jamás y que si lo consiguieran sería para su mayor daño, pues se sentirían dignas de mérito propio, robando a Dios la gloria que es lo único que Él no cede a nadie (S. 148, 13; Is. 42, 8; 48, 11; I Tim. 1, 17; Est. 3, 2; 13, 14; Luc. 6, 22 y 26; Juan 5, 44; 12, 43).

 

Así el conocimiento de la propia pobreza y de las riquezas infinitas del Corazón de Dios nos lleva a vivir en estado permanente de contrición perfecta que es el único estado lógico de aquel que se encuentra ante la Majestad divina y sabe que no puede justificarse por sí mismo.

 

María comprendió esto mejor que nadie, y por eso, siendo la más pobre, fue la más rica en dones de Dios.

 

 

AMAD VUESTRA PEQUEÑEZ

Con esta frase profundísima nos presenta la Santa de Lisieux otro aspecto del negarse a sí mismo, muy opuesto por cierto al culto de la propia excelencia que predicaban los paganos pretendiendo hacer de su vida una obra de arte.

 

Varios santos cada vez que se sorprendían a sí mismos en debilidad o ingratitud para con Dios, le repetían, acomodándolas al caso, aquellas palabras del Salmista: “Nuestra tierra da su fruto” (S. 84, 13), como diciéndole: “¿Qué otra cosa puedes esperar de mí, que soy mala tierra, sino malas yerbas? ¿Acaso el cardo se sorprenderá de que su perfume no sea como el de la rosa?”

 

Es, pues, una forma muy importante de la paciencia el ser paciente consigo mismo, porque el diablo aprovecha constantemente nuestra tendencia contraria, para llevarnos al escrúpulo, y por éste al desaliento, a la desconfianza y a la desesperación, que es un pecado contra la fe.

 

Porque “al que viene a Mí no lo echaré juera”, dice Jesús (Juan 6, 37).

 

El que recuerda estas palabras insuperables de divino consuelo, se hace invencible “en Cristo Jesús”. Se habituará, como David, a vivir en esa contrición, tan humilde en el confesar, como segura en el confiar (cfr. Salmo 50). Y al experimentar la dulzura inmensa de ser perdonado, crecerá cada día en el amor, según aquella divina sentencia de Jesús: “Ama menos aquel a quien menos se le perdona” (Lúe. 7, 47).

 

 

MÁS SOBRE LOS ESCRÚPULOS

 

Nada suele agravar tanto la amargura de las pruebas, como el sentimiento de que no las llevamos bien y de que Dios no está contento con nosotros. Esta inquietud es un nuevo regalo que el diablo, nuestro eterno enemigo, trata de añadir a lo que ya sufrimos.

 

Persigue, como dice el Salmista, a aquel que ya está herido, y agrega dolor al dolor de nuestras llagas (S. 68, 27).

 

Con esto se propone llevarnos a la desesperación que sería su máximo triunfo, o sea el naufragio total de nuestra fe.

 

Este sentimiento que tiende a inquietarnos para impedirnos que aprovechemos en paz los tesoros de enseñanza que podemos ganar en las pruebas, es siempre una tentación y procede de esa humildad falsa por la cual el alma se sorprende de no ser bastante heroica, en vez de tener bien sabida nuestra propia miseria e insuficiencia.

 

Bien hemos visto en las muchas lamentaciones del Patriarca Job un ejemplo para librarnos de ese escrúpulo.

 

Un alma amiga de Dios, que tenía experiencia en esas lides, cuando Satanás la tentaba por este lado, del descontento consigo mismo y con la idea de un Dios sin misericordia, sabía bien cómo confundir a ese “padre de la mentira” (Juan 8, 44), recordándole cuán opuestas tentaciones le había presentado otras veces. “¿Cómo es eso, le decía, que ahora resulto yo tan mala, y ayer no más tú me soplabas la idea de que era tan buena que debía complacerme en mi propia excelencia?”

 

Sepamos también en esto distinguir lo que es tentación —o sea ocasión de mérito— de lo que es consentimiento, según lo mostramos en la nota a Job 31, 7.

 

Las tentaciones, dice San Francisco de Sales, son como las abejas. Pican a los que se asustan y alborotan con ellas. Cuando no se les hace caso, se retiran.

 

 

EL APOSTOLADO DE LA OBEDIENCIA

 

Una de las formas que reviste esa tendencia al pesimismo, es la de enrostrarnos nuestra inutilidad cuando estamos enfermos o impedidos de obrar.

 

Dios no se contradice. No puede querernos ocupados en obras exteriores, cuando permite que estemos postrados por falta de salud, de libertad o de otros medios.

 

Esta pasividad santa es el apostolado de la obediencia. Es más exacto llamarlo así y no apostolado del dolor. Porque esto podría dar la impresión, falsísima, de que Dios se gozara en vernos sufrir. Y además, correríamos riesgo de creernos redentores, y sentirnos muy importantes.

 

El dolor no es virtud en sí mismo; y aun en la Pasión de Cristo, lo que la hace infinitamente acepta para la gloria del Padre, es la amorosa obediencia con que la sufrió. Ver Luc. 22, 42; Fil. 2, 8 s.

 

María estaba sentada a los pies de Jesús, mientras Marta se movía mucho. Y Jesús —¡qué paradoja!— declaró que la quietud de María era la óptima parte (Luc. 10, 42). Es que ella estaba obedeciendo al deseo de Jesús.

 

Es evidente que si Él hablaba, era para que se le escuchase, y ningún trabajo del mundo podría justificar el desaire de volver la espalda y dejar que hablase en vano Aquel que entonces hablaba en Betania y hoy también, presente en el Sagrario, sigue hablándonos y en las páginas del Evangelio. ¿Estamos seguros de que lo atendemos bastante en esa conversación? ¿Acaso creemos saber ya todo lo que Él dice?

 

Si Dios nos tiene impedidos, ¿no es evidente el error de ese escrúpulo que pretende llevarnos a la actividad externa? Si ésta no es en tal caso la voluntad de Dios, quiere decir que con ella no lo buscábamos rectamente a Él, sino a nuestra voluntad. Y esto es precisamente lo que hay que negar en el apostolado de la obediencia.

 

“Omnia tempus habent” (Eclesiastés 3, 1), es decir, cada cosa tiene su tiempo, fijado por la omnisciente Providencia. Cuando los parientes de Jesús le instan, con criterio mundano, a que se manifieste públicamente en Jerusalén durante la fiesta de los Tabernáculos, Él les responde: “Mi tiempo no ha llegado aún”. Y agrega, no sin cierta ironía: “El vuestro siempre está a punto” (Juan 7, 6).

 

Jesús revela a Santa Gertrudis que nuestro sincero deseo de hacer una buena obra, así fueran mil, vale para Él, como si ya las hubiésemos cumplido.

 

Esta revelación inefablemente consoladora nos recuerda una vez más que lo que Dios nos pide es el corazón (Prov. 23, 26); que eso es lo que Él mira y no como los hombres, las cosas exteriores (I Rey. 16, 7); pues eso es lo que le interesa, como a Padre amante.

 

De ahí que Él mismo nos recuerde que no necesita de nuestros bienes (S. 15, 2), y que nos diga: “Si Yo tuviese hambre no acudiría a ti, porque mía es la tierra y cuanto ella contiene. ¿Acaso he de comer Yo la carne de los toros o de beber la sangre de los machos cabríos…? Entended esto bien, los que os olvidáis de Dios… El sacrificio de alabanza, ése es el que me honra, y ése es el camino por el cual manifestaré al hombre la salvación de Dios” (S. 49).

 

 

SACRIFICIOS DE JUSTICIA

 

“Ofreced sacrificios de justicia, y confiad en el Señor”, nos dice el Espíritu Santo por boca del profeta David (S. 4, 6). Sacrificios quiere decir ofrenda. Justicia, según la Sagrada Escritura, es el cumplimiento de la Ley de Dios. Sacrificios de justicia son, pues, los actos de obediencia a la divina Voluntad.

 

Como observa Monseñor Gay, estos actos que Dios nos pide, son superiores a los de iniciativa propia, porque en estos últimos, depende de nuestra voluntad el fijar cuándo comienzan y cuándo terminan; en tanto que aquéllos son actos perfectamente santos, pues que se fundan en la voluntad sapientísima de Dios, que es infinitamente santa.

 

De ahí que el aceptar, con obediencia filial, las pruebas que nos manda el divino Padre, es para Él más grato que el provocarlas.

 

Nótese a este respecto cuan frecuente es oír quejas y protestas, p. ej. contra el calor que hace, o contra el frío, o contra “esa maldita lluvia”. ¿Cómo puede ser maldita, si es obra hecha exclusivamente por Dios, sin la menor intervención de la mano del hombre, que pudiera hacerla imperfecta? ¿Pero es que acaso Dios no lo sabe? El sacrificio de justicia, en todos estos casos, consiste en obedecer a esa voluntad que Dios nos manifiesta.

 

Y lo mismo sucede en toda clase de pruebas, en las enfermedades, y principalmente en esas injusticias y agravios que recibimos del prójimo, sobre los cuales Jesús nos enseña que la voluntad del Padre es, no sólo que no nos venguemos, sino que perdonemos y devolvamos bien por mal, y que amemos a ésos que así nos tratan. Esta es la esencia del Sermón de la Montaña (ver Mat. 5, 38-48), y del Sermón del Llano (Luc. 6, 27-38).

 

Llegamos así al punto más central de la doctrina de este Libro: el punto de intersección entre el dolor y la caridad, que es lo que valoriza el dolor, y sin la cual nuestros actos no valen nada (I Cor. 13).

 

Llegados aquí, descubrimos cómo esos “sacrificios de justicia” son ante todo sacrificios de caridad. Y esto se explica fácilmente, pues que antes vimos que la justicia, según Dios, está en obedecer a su Ley; y ahora vemos que esa Ley es esencialmente de caridad.

 

San Pablo expone con claridad maravillosa este concepto, con relación a la caridad fraterna, diciéndonos que el que ama a su prójimo, no obra ningún mal, por lo cual el amor es el cumplimiento pleno de la Ley (Rom. 13, .

 

Y en otra parte lo reitera diciendo: “Porque toda la Ley se cumple en una palabra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gal. 5, 14; Lev. 19, 18; Mat. 22, 39).

 

Gracias a la meditación de estos puntos medulares de la doctrina, se nos aclara de un modo definitivo el horizonte de nuestra vida espiritual, y comprendemos que hemos de tener la obsesión de la caridad con el prójimo, no sólo porque ésta es el alma de las demás virtudes, y porque Dios la acepta como la más alta de todas, sino también porque se trata de una obligación rigurosamente jurídica, y no de un simple consejo cuyo cumplimiento significase para nosotros un mérito extraordinario.

 

Sacrificio de justicia no significa, en lenguaje cristiano, realizar la justicia pagana del Derecho Romano, que consiste en dar a cada uno lo suyo. Acabamos de ver que, según la Revelación de Dios, hacer justicia significa obedecer a su Ley, y que esta Ley nos propone no como consejo, sino como riguroso precepto, y como mandamiento principal el amor a Dios y el amor al prójimo (véase Mat. 22, 34-40), con el agregado de que el mismo Maestro se nos ofrece como divino Modelo de la caridad: “Amaos como Yo os he amado” (Juan 13, 34), es decir con una misericordia sin límites.

 

Y San Juan vuelve a tomar, no ya sólo como Modelo, sino también como razón y fundamento de nuestra caridad fraterna, ese amor de Cristo hacia nosotros, que no es sino un eco del amor con que el Padre nos entregó su único Hijo: “Carísimos, amémonos los unos a los otros; porque la caridad procede de Dios, Y todo aquel que ama, es hijo de Dios, y conoce a Dios. Quien no tiene amor, no conoce a Dios, puesto que Dios es caridad. En esto se demostró la caridad de Dios hacia nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que por Él tengamos la vida. Y en esto consiste la caridad: que no es porque nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero a nosotros, y envió a su Hijo a ser víctima de propiciación por nuestros pecados. Queridos, si así nos amó Dios, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (I Juan 4, 7-11).

 

Si comprendemos así que el sacrificio de justicia contiene la obligación del amor, tocamos el verdadero fondo del misterio cristiano.

 

El primero de los mandamientos nos ordena el amor, y no un amor cualquiera, “sino sobre todas las cosas”, esto es: “con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente” (Deut. 6, 5; Mat. 22, 37)… “porque Dios es celoso” (Deut. 6, 15), es decir nos ama con celos (Sant. 4, 5), y llama “adúlteros” a los que quieren compartir su amor con la amistad del mundo (Sant. 4, 4; I Juan 2, 15; Lúe. 16, 13).

 

¿Por qué decimos que este es el fondo del misterio cristiano? Porque ese misterio es de Redención, o sea, consiste en el acto de un gran Rico que pagó por nosotros lo que nosotros, pobres, no podíamos pagar, y sin lo cual estábamos irremediablemente condenados al infierno.

 

Ahora bien, ese Rico, que lo dio todo gratis; que, siendo inocente, se dijo culpable para que nosotros, siendo culpables, pudiésemos aparecer inocentes; que, para cumplir esa hazaña, aceptó la más dolorosa muerte… ese Rico puso una condición para los que quisiesen aprovechar de aquel Pago que Él hacía libremente: y esa condición consiste en que nosotros miremos a los demás, como Él nos miró a nosotros, es decir, con esa misericordia que perdona, renunciando a exigir justicia, a fin de que Dios no nos aplique la misma ley de justicia a lo humano, según la cual nadie se salvaría de la condenación: “Porque si vosotros perdonáis a los hombres las ofensas, también vuestro Padre Celestial os perdonará vuestros pecados. Pero si vosotros no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados” (Mat. 6, 14 s.).

 

Vemos así que el sacrificio de justicia por excelencia está en practicar la misericordia que Dios nos manda. Tal doctrina frecuentemente expuesto en las Sagradas Escrituras (I Rey. 15, 22; Prov. 21, 3, etc.) se halla expresada en la Profecía de Oseas con estas palabras: “Porque la misericordia es lo que Yo quiero, y no el sacrificio; y el conocimiento de Dios, más que los holocaustos” (Os. 6, 6).

 

Y Jesús la confirma, citándola expresamente en Mat 9, 13.

 

 

O BEATA SOLITUDO !

 

Viene a nuestra mente, de un modo especial en esta hora, el recuerdo de los que sufren cautiverio o prisión, víctimas quizá de la injusticia humana y por eso, más parecidos a Cristo. A ellos, y a todos los cautivos que la enfermedad o el dolor retiene lejos del mundo, dedicamos especialmente este libro.

 

Ellos serán sin duda los que mejor lo aprovechen, gracias a que son más ricos que nadie para disponer de ese oro del tiempo, que es la tela de que está hecha la vida.

 

Los que están libres, o creen estarlo en el mundo, son los menos dueños de su libertad, porque no se vive hacia afuera, con movimientos corporales, sino hacia adentro, y en la medida en que la atención puede vacar al espíritu.

 

El caso de San Ignacio, que debió a la cárcel el abrir los ojos a la luz, es tan frecuente como el de Cervantes, que le debió El Quijote.

 

Del Evangelio se deduce otra consideración, que es inmensa para la felicidad de los que así sufren cautivos, o enfermos, o hambrientos o desnudos.

 

¿Quién no se alegraría en su pena, al saber que el Rey había manifestado vehementes deseos de ayudarlo? Pues bien, si yo quiero avivar mi fe y apreciar los sentimientos que Cristo me manifiesta, veré que Él me ama con una predilección tal, que llega hasta agradecer, y sentir como hecho a Él mismo, todo cuanto se haga en favor mío: “¿Y cuándo, Señor, te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo, pues, te vimos peregrino y te hospedamos, o desnudo y te cubrimos? Y respondiendo el Rey le dirá: En verdad os digo: cada vez que lo hicisteis a alguno de estos hermanos míos más pequeños, me lo hacíais a Mí” (Mat. 25).

 

¿Y acaso podemos pensar que ahora se dejará estar ocioso el Rey? ¿Acaso quien tanto desea nuestro socorro, hasta mirarlo como propio, no se encargará de mandárnoslo, eligiendo a ese prójimo que debe traerlo, o trayéndolo Él mismo en cualquier forma?

 

Nuestro socorro no viene de un cualquiera, sino de Aquel que hizo el cielo y la tierra: “Adjutorium nostrum in nomine Dómine, qui fecit cælum et terram” (S. 123, .

 

 

DESCONFIAR DEL CORAZÓN

 

Desconfiar, pues, de ese yo enemigo que llevamos dentro, empezando por desconfiar del corazón, que ya hemos visto nace maleado y no es sino “la carne que desea contra el espíritu” (Gal. 5, 17).

 

Balmes, en “El Criterio”, muestra en forma amena y brillante, aun del simple punto de vista humano y psicológico, las fallas de ese corazón traidor, que un día parece colmado de sublime generosidad, y otro día (o al cuarto de hora) nos llevaría simplemente al odio y al crimen, y así también nos lleva a unas alegrías locas, para sumergirnos luego en la más negra melancolía.

 

¿Puede haber peor consejero que éste en las pruebas del dolor? ¿Cómo, pues, no quitar a semejante tirano el dominio de nuestra vida?

 

En cuanto a desconfiar de nuestra inteligencia y sabiduría, basta recordar las palabras del Salmista (S. 93, 11) que San Pablo cita e interpreta en I Cor. 3, 20: “El Señor penetra las ideas de los sabios y conoce la vanidad de ellas”.

 

Es notable que David se refiriera de un modo general a todos los hombres, y el Apóstol refiere la cita a los sabios, mostrando así que ella se aplica aun a los más eminentes. Léase a este respecto los cuatro capítulos iniciales de esa primera Epístola a los Corintios y se verá lo que él pensaba sobre este aspecto de nuestra suficiencia.

 

Las citas de otros textos serían muy copiosas, por lo cual simplemente señalamos algunas a los lectores que se interesen por ahondar en esta materia fundamental: Luc. 10, 21; S. 115, 2 citado en Rom. 3, 4; Sab. 9, 14; Is. 40, 23; Rom. 1, 22; 3, 27; Gal. 1,12; Col. 2, 8; I Tes. 5, 21; I Tim. 4,1 ss.; II Tim. 3, 1-5; I Juan 4, 1, etc.

 

 

¿ES DIFÍCIL NEGARSE?

 

Pretender que el hombre pueda negarse a sí mismo mientras no desconfíe de sí mismo, es pedir un absurdo: ¿Cómo voy a renunciar yo a lo que creo bueno?

 

De ahí que la humildad ha de ser reflexiva, es decir, apoyada en una convicción dogmática. La Escritura nos brinda innumerables textos para enseñarnos esta verdad fundamental. Y por su parte, el Magisterio infalible la tiene definida de modo categórico al señalar, contra la herejía de Pelagio, que es la de Rousseau y de los semipelagianos, el alcance de nuestra caída original.

 

Porque: “de tal manera declinó y se deterioró el libre albedrío, que nadie desde entonces puede rectamente amar a Dios, o creerle, y obrar por amor a Dios lo que es bueno sino aquel que haya sido socorrido previamente por la gracia de la divina misericordia” (Denz. 199).

 

Estas admirables enseñanzas, que el mundo nos hace fácilmente olvidar, nos dan la fórmula básica para renunciar a nosotros mismos: desconfiar.

 

Entonces la renuncia resulta fácil, pues vemos claramente que no hay en ello tal sacrificio, como a primera vista parece, sino que vamos a pura ganancia.

 

“Maldito el hombre que confía en hombre, y se apoya en un brazo de carne”, nos dice Dios por boca de Jeremías (Jer. 17, 5). Y Jesús nos lo confirma mostrándonos que Él no se fiaba de los hombres, “porque sabía Él mismo lo que hay dentro del hombre” (Juan 2, 24 s.). De ahí que Él nos enseñase la sencillez de la paloma para con Dios, y la prudencia de la serpiente para con los hombres: Guardaos de ellos (Mat. 10, 17); guardaos de los falsos profetas; lobos con piel de oveja son (Mat. 7, 15), etc.

 

Ahora bien, ¿cómo cumplir esta regla específica de desconfiar, de no poner nuestra fe en el hombre, si no empezamos por aplicárnosla a nosotros mismos?

 

De aquí la gran luz sobrenatural que nos hará mucho más fácil librarnos de nuestro hombre viejo, ya que nos persuadimos de que no perdemos gran cosa con dejarlo, antes por el contrario, vamos a pura ventaja.

 

Puestos así en este terreno de la desconfianza sistemática, la abnegación de sí mismo, que tanto choca al orgullo humano, se vuelve fácil y aún muchas veces agradable. De otra manera, no podría Jesús haber dicho que su yugo es suave, si fuera pesado eso de negarse a sí mismo, que Él puso, según vimos, como una condición indispensable para ser su discípulo (Mat. 16, 24).

 

Poco nos cuesta dejar un amigo cuando le hemos perdido la estimación. Porque, como enseña Jesús, nuestro corazón está donde está nuestro tesoro, o sea, nos lleva hacia aquello que creemos deseable. El día en que descubrimos que no es deseable, lo dejamos sin esfuerzo, para correr tras el nuevo amor que preferimos.

 

¿No es éste, acaso, el sentido de las Parábolas de la Perla Preciosa y del Tesoro Escondido? (Mat. 13). El que los encuentra, no se adhiere a ellos como una obligación, sino con ansia vehementísima.

 

 

¿Y QUÉ ES EL DOLOR?

 

El filósofo griego definía el placer como “la cesación del dolor”. Hay buena partida verdad en esto, y de ahí el gran consuelo que nos viene cuando pasan las pruebas: consuelo que tantas veces usamos para volver al mal, como lo expresa la hermosa oración de San Agustín: “Si hieres, clamamos que nos perdones. Si perdonas, otra vez te provocamos a que hieras.”

 

Como el placer suele ser la cesación del dolor, así también nuestros dolores suelen no ser sino el cese de placeres que antes gozábamos, y de los cuales quizás hacíamos poco caso, por aquello de que el bien no se conoce hasta que se lo pierde.

 

¿Qué no daríamos por recuperar un ojo, un brazo, una pierna perdidos, nosotros que ahora los disfrutamos como cosa normal y sin soñar que con esa salud poseemos una riqueza superior a todo otro bien temporal?

 

Todas éstas son simples verdades naturales.

 

Si nos elevamos al orden sobrenatural que es la única realidad para el cristiano, veremos que (fuera del dolor físico, en el cual ni siquiera Job fue tentado sobre sus fuerzas) el mal moral no existe sino en el pecado. El sabio aforismo popular: “No hay mal que por bien no venga”, no es sino la expresión de lo que para el cristiano constituye una verdad de fe: que Dios, siendo bueno, todopoderoso y amante de los hombres, no puede admitir nada que no sea para nuestro bien, aunque nuestra ignorancia sea incapaz de verlo.

 

Aquel que, siendo nosotros sus enemigos, fue capaz de darnos su Hijo único, ¿cómo podría, dice San Pablo, dejar de darnos con Él todos los bienes? (véase Rom. 5, 8 s.; 8, 32).

 

Si no creemos en esto, negamos la fe y a nadie podemos culpar más que a nosotros mismos, del desconsuelo en que vivimos.

 

 

¿PUEDE DIOS SER UN IMPOSTOR?

 

¿Qué diríamos si alguien formulara tal acusación contra Dios Padre, y contra su Hijo Jesucristo, y aun afirmara que no hay en el mundo impostores más grandes que ellos?

 

Meditemos esto: Cuando alguien no está muy dispuesto a cumplir, se mide en el prometer, a menos que sea hombre falso y se proponga engañar. Frente a esta verdad, consideremos el grado sin límites a que llegan las promesas de Jesús, en nombre de su Padre. Él, que tilda a Pedro de ser muy prometedor (porque se atreve a prometerle que no le negaría y vemos que lo negó) no vacila en prometer por su parte, hasta hacernos dejar, por ejemplo, la más elemental preocupación de lo porvenir, queriendo que no pensemos en el mañana, porque de ello cuida el divino Padre que alimenta a los pájaros muy inferiores al hombre.

 

Pensemos ¿qué nombre merecería un amigo que nos apartase de toda medida de previsión, prometiéndonos su ayuda, y luego nos la negase? ¡Qué especie de falsía y maldad tan refinada!

 

Pues tales son, y muchas más, las promesas que Jesús nos hizo hace veinte siglos en su Evangelio. ¡Qué fama tendría si hubiese fallado en ellas…! Y vemos, cosa singular, que quienes se han atenido a esas promesas, jugándose el todo por el todo —es decir, los que más desengañados debían sentirse por haber sido crédulos— son precisamente los que proclaman la indefectible, la superabundante fidelidad de su cumplimiento: “Oh Dios mío, habéis sobrepujado cuanto yo esperaba”, exclama Teresa de Lisieux.

 

Y David, desde el Antiguo Testamento, pone una y mil veces en boca de Israel palabras como éstas: “En medio de la tribulación invoqué al Señor; y otorgóme el Señor libertad y anchura…

Voces de júbilo y de salvación se oyen en las moradas de los justos. La diestra del Señor hizo proezas; la diestra del Señor me ha exaltado, triunfó la diestra del Señor.

No moriré, sino que viviré; y publicaré las obras del Señor. Castigado me ha el Señor severamente; mas no me ha entregado a la muerte… Te canto himnos de gratitud, por haberme oído, y sido mi salvador (Salmo 117, 5. 15-18. 21).

 

 

¿TENEMOS ALGÚN DERECHO NATURAL?

 

Después de tantas meditaciones como llevamos hechas sobre los distintos aspectos del misterio del dolor, vayamos finalmente al fondo del problema, para aplicarnos plenamente las enseñanzas que el libro de Job nos da a través de toda la Escritura.

 

Hemos-visto ya la necesidad que tenemos de ser probados, seamos justos o pecadores; hemos visto que no estamos entre aquéllos sino entre éstos; hemos reconocido que todo en nuestra naturaleza está fuertemente inclinado al mal, desde que Satanás adquirió dominio sobre ella. Y hemos visto, por otra parte, la bondad paternal de Dios, las ventajas de las pruebas que Él permite para nosotros, el sostén y los consuelos que fielmente nos promete, y la sublimidad de nuestra bienaventurada esperanza.

 

Veamos ahora, después de tantas luces: Si alguien, que fuese elegido como Job para grandes pruebas, no quisiera reflexionar ni aceptar ninguna de las dulces e infinitas verdades que hemos contemplado, ¿le asistiría acaso algún derecho a la rebeldía, desde cualquier punto de vista en que quisiera colocarse?

 

Pensemos, por ejemplo, en esos lamentables oradores que en el sepelio de un amigo se quejan contra la injusticia de Dios o del destino, después de haber hecho profesión de ateísmo.

 

Si no existe tal Dios, ¿hay nada más absurdo que desatarse contra lo que no existe, sólo por hacer un desahogo irracional de nuestra ira?

 

Y si existe ese Dios infinito, que por definición tiene que ser tan superior a nosotros, ¿no es grotesco querer pedirle cuenta de lo que Él hace?

 

Tal es el argumento que Dios formula a Job, cuando irónicamente se presenta Él mismo como un colegial, e interroga a Job, como si éste fuera su maestro, y le dice: “Yo te preguntaré y tú respóndeme: ¿dónde estabas tú cuando Yo echaba los cimientos de la tierra? Dímelo, ya que tanto sabes…” (Job 38, 3 s.). Véase también Job 23, 15 y 27, 2, con las notas respectivas.

 

Quiere decir, pues, en primer lugar, y según el orden natural, que hemos aparecido en el mundo por obra de una voluntad y de una fuerza totalmente ajenas a nosotros mismos, sin que se nos pidiese para ello ni nuestra colaboración, ni siquiera nuestro propio consentimiento.

 

¿Puede haber algo más contundente para situarnos en nuestra modestísima posición de creaturas? “Polvo eres y al polvo volverás” (Gen. 3, 19), nos repite la Iglesia. Y San Bernardo nos ayuda con este vigoroso tríptico: “¿Qué fui? Semen putridum. ¿Qué soy? Saccus stercorum. ¿Qué seré? Cibus vermium.”

 

Ante estas saludables verdades naturales, y si hemos de prescindir de la fe y del amor, cualquiera puede comprender la razón terminante de San Pablo cuando nos dice: “Oh hombre, ¿quién eres tú para reconvenir a Dios? ¿Acaso un vaso de barro dice al que lo labró: Por qué me has hecho así? (Rom. 9, 20; Jer. 18, 6).

 

 

¿TENEMOS ALGÚN

DERECHO SOBRENATURAL?

 

Si pasando ahora al orden del espíritu, nos preguntamos: ¿qué derecho puede tener el hombre a la rebeldía contra su Creador?, nos encontramos con que ya fue rebelde, desde el principio.

 

Entonces Dios, no pudiendo pedirle una reparación, porque el hombre es del todo insolvente y miserable, le anunció desde el Protoevangelio (Gen. 3, 15), lo que luego sería la Encarnación redentora, esto es, lisa y llanamente, que Él resolvía en un prodigio de misericordia, consumar —por decirlo así— una injusticia gigantesca, condenar a un inocente en lugar de los culpables y, como dice San Agustín, por salvar al siervo, entregó al Hijo, que para ello se le ofrecía desde la eternidad, diciéndole: “Tú no querías sacrificios ni oblaciones… Tampoco pedías holocausto ni víctima por el pecado. Yo dije entonces: He aquí yo vengo…” (S. 39, 7 s.)

 

El Hijo inocente asumió un día la naturaleza humana y cumplió con plenitud sin límites esa oblación reparadora, que le costó la vida y toda su Sangre. Como dice el Apóstol: “Se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo; se hizo semejante a los hombres y se redujo a la condición de hombre. Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz” (Filip. 2, 7-8).

 

Conquistó así los méritos infinitos con los cuales pagó por nosotros “lo que no había robado” (S. 68, 5).

 

Sólo por este Sacrificio inmenso, pudo la humanidad culpable librarse de correr la misma suerte que Satanás y los Ángeles rebeldes.

 

 

EL PRIVILEGIO DE LOS QUE SUFREN

 

Y ahora, frente a esta situación, frente al Crucifijo, que es como una fotografía tomada para perpetuar en nuestro recuerdo la realidad eterna de esa Sangre, que sigue goteando y lavándonos constantemente, tú me dirás, querido lector, si podemos tener algún derecho para rebelarnos, en vez de buscar con ansia el modo de agradecer al Padre que nos dio su Hijo y al Hijo que nos dio su vida.

 

Agradecerle, no con favores que no necesitan, sino con lo único que Jesús nos pide de parte de su Padre, según lo sintetiza San Juan: “Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros, como Él nos mandó” (I Juan 3, 23).

 

He aquí el privilegio de los que sufren: poder realizar mejor que nadie este doble programa divino:

 

a) La alabanza al Padre de los cielos, que consiste ante todo en una fe viva en la bondad con que nos dio al Hijo, y una confianza sin límites en los méritos de este Salvador que extendió a todos el amor con que el Padre le ama a Él, “a fin de que el amor con que me amaste, en ellos esté y Yo en ellos” (Juan 17, 26).

 

Esta fe viva es té que nos lleva al amor (Gal. 5, 6), es decir, ante todo a cumplir el supremo mandamiento de amor a Dios sobre todas las cosas, en correspondencia a ese inmenso amor que Él nos tiene y que Él mismo pone en nuestros corazones para hacernos capaces de amarlo, según enseña San Pablo en Rom. 5, 5. De esta manera la fe nos hace unirnos con Cristo que es el gran Maestro y Modelo de amor al Padre, y esta unión a Jesús es tan íntima, que nos hace verdaderos miembros vivos de su Cuerpo Místico.

 

La unión con Cristo nuestro hermano que con la gran familia de los creyentes, unida en el mismo Espíritu, forma un solo Cuerpo, el Cuerpo Místico, del cual Él es la cabeza y nosotros los miembros. ¿Es acaso atrevido decir que en esta unión mística hay participantes privilegiados?

 

Éstos son precisamente aquellos que sufren con Él. Porque “si padecemos, reinaremos también con Él (II Tim. 2, 12). “Dios ha puesto tal orden en todo el cuerpo, que se honra más lo que de suyo menos honor tiene” (II Cor. 12, 24).

 

 

b) De tal actitud para con Dios procederá nuestra capacidad para la imitación del amor divino en nuestra actitud con el prójimo; actitud ante todo interior de perdón para los que nos hacen sufrir, de tolerancia, de benevolencia, aun para con nuestros enemigos.

Esa disposición interior es la que nos dará el ánimo para las demás obras buenas; “que Dios ha preparado para que nos ejercitemos en ellas” (Ef 2, 10), siendo también Él quien nos da para ellas “no sólo el querer sino también el ejecutar” (Fil. 2, 13).

 

 

EL SANTO ABANDONO

 

El santo abandono o la santa indiferencia no es otra cosa que “el ejercicio perfecto de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, juntas en una” (Garrigou-Lagrange), es el dejarse guiar por la divina Providencia, abandonando los propios juicios y deseos. Se puede discutir si Job al principio se elevó a esta cumbre de la doctrina cristiana, donde está el secreto de la alegría espiritual que Jesús nos expuso en el Sermón de la Montaña.

 

Vemos, sin embargo, que las últimas palabras que Job pronuncia ante la Majestad de Dios, encierran la entrega completa en manos de la Providencia, en un acto supremo de contrición y de confianza (Job 42, 1-6).

 

Hay que hacer abandono de sí mismo con ese espíritu de fe que cree con S. Pablo “que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios” (Rom. 8, 28). El Apóstol de los Gentiles no se cansa de pintar como modelo al Patriarca Abrahán, el cual, “habiendo esperado contra la esperanza, creyó que vendría a ser padre de muchas generaciones” (Rom. 4, 18), a pesar de no tener hijo, porque “consideraba dentro de sí mismo que Dios podrió resucitarlo después de muerto” (Heb. 11, 19), para cumplir la promesa de que de él saldría numerosa descendencia.

 

El abandono es, pues, fe y confianza; es confianza filial en el amor del Padre, del cual “viene toda dádiva preciosa y todo don perfecto” (Sant. 1, 17); es fe solidísima que cree posible hasta las cosas increíbles; es la esperanza que espera lo imposible sin quejarse nunca, aunque nos parezca que no se cumple lo que esperábamos.

 

“Nuestro Señor ama con extremada ternura, dice San Francisco de Sales, a aquellos que cifran su dicha en abandonarse totalmente a su cuidado paternal, dejándose gobernar por la divina Providencia, sin pararse a considerar si los efectos de esta Providencia les serán útiles y provechosos o perjudiciales; guíales la certeza que tienen de que nada les ha de enviar este divino y amabilísimo Corazón, ni cosa alguna permitir que les suceda, que no sea para utilidad y provecho de sus almas, con sólo que pongan en Él toda su confianza.”

 

El Salmo 22, cuya lectura y constante repetición recomendamos como un remedio a todos los que sufren, es una expresión perfecta de este espíritu de abandono: El Señor es mi pastor; nada me faltará. El me coloca en lugar de pastos; me conduce a las aguas reconfortantes; hace revivir mi alma, me guía por los senderos de la justicia, para gloria de su nombre. Así, aunque caminase yo en tinieblas de muerte, ningún mal temeré, porque Tú estás conmigo; tu vara y tu báculo son mi consuelo.

 

 

EL YUGO DEL MIEDO

 

La ordinaria condición de los mortales nos pinta el hijo de Sirac en el divino Libro del “Eclesiástico” con estas palabras: “Una molestia grande es innata a todos los hombres y un pesado yugo abruma a los hijos de Adán, desde el día en que salen del vientre materno, hasta el día de su entierro en el seno de la común madre” (Ecli. 40, 1).

 

El miedo es la característica de ese estado de naturaleza caída en que nos encontramos normalmente. No se trata del miedo excepcional, característico de la mala conciencia que, como dice Moisés, huye sin que nadie persiga (Lev. 26, 17), y, como dice David, tiembla de terror donde no hay motivo (Salmo 52, 6). Se trata del miedo en su acepción más lata, y de él poseemos una definición admirable que nos da el Sabio del Antiguo Testamento.

 

El libro de la Sabiduría, según la Vulgata, nos dice que “no es otra cosa el miedo sino el pensar que uno está destituido de todo auxilio” (Sab. 17, 17). El texto griego (v. 12) define el miedo como “el abandono de los recursos que nos daría la reflexión”, cosa que, según sabemos, puede llegar hasta el terror pánico que casi enloquece.

 

En contraste con tal situación de ánimo, el Salmista nos muestra, como propia del justo, esta característica: “No temerá las malas noticias”.

 

Y agrega que su corazón es inconmovible y no temblará ante sus enemigos, antes bien los despreciará hasta que los vea abatidos (Salmo 111).

 

A este respecto, el Salmo 36 de David ofrece una gran luz, que se aclara aún más si consultamos el original hebreo. En efecto, se nos exhorta a no envidiar a los que obran la iniquidad (Noli æmulari in malignantibus), aunque nos parezca que los vemos triunfar, porque pronto se marchitarán y secarán como el heno. Y el hebreo precisa más el concepto, diciendo: “No te acalores a causa de los malos”.

 

Y lo mismo más adelante (v. , en lugar de: “no quieras ser émulo en hacer el mal”, el hebreo dice: “No te irrites, pues sería para mal”. De ahí que S. Isidoro de Sevilla recomiende la lectura y meditación de este Salmo como medicina contra las murmuraciones y contra las inquietudes del alma.

 

Muchos otros Salmos, p. ej. el 48, y especialmente el 72, explican igualmente el problema del mal que se impone y de la prosperidad que suele gozar el malvado, para enseñarnos a no turbarnos y a no temer. Por lo que hace a esta actitud valiente del sabio frente al mal, y aún a la persecución propia, puede verse muchas otras sentencias —cuya exposición aquí nos llevaría muy lejos— en los Salmos 3, 7; 22, 4; 26, 1; 55, 5; 117, 6; Mat. 10, 28; Rom. 8, 31, etc.

 

 

EL CAUTIVO DEL PECADO

 

Miremos también el caso del pecador, que nos presenta el Salmo 31. Primero, la dramática descripción del infierno de los remordimientos, para el que no quiere confesarse culpable: “Mientras callé, se consumieron mis huesos; mi gemir era continuo. Porque día y noche me hiciste sentir tu pesada mano. Revolcábame en mi miseria, mientras tenía clavada la espina” (S. 31, 3-4).

 

Luego se ve que la cirugía del dolor ha cortado la pústula y hecho salir el pus que nos ahogaba: “Te manifesté mi delito y no oculté mi injusticia. Confesaré, dije yo, contra mí mismo al Señor la injusticia mía” (v. 5).

 

Es la vuelta del hijo pródigo, que se decide a ir al padre y decirle que ha pecado, y confesarle su indignidad, no esperando ya nada de la propia justicia, sino todo de la misericordia paterna.

 

Ésta no se hace esperar ni un instante, y el pecador concluye lleno de gozo: “Y Tú perdonaste la malicia de mi pecado… Tú eres mi asilo… ¡Tú, oh alegría mía!” (v. 5 ss.).

 

Y en adelante: “Yo te daré inteligencia” (v. , dice Dios, consolando al penitente.

 

Esto también es fundamental. Así como nada podemos en el orden de la conducta si no es por el auxilio gratuito de Dios que se nos anticipa y nos acompaña hasta el fin, así nada podemos en el orden de la inteligencia, sin su previa iluminación. De otra suerte el hombre se haría semejante “al caballo y al mulo, que no tienen entendimiento” (v. 9), porque, como observa S. Agustín, “cuando el hombre descuida en sí mismo esto que lo hace superior a los animales, destruye, deturpa y borra la imagen de Dios”.

 

Agreguemos aquí una sugerencia que se refiere a la felicidad interior del pecador arrepentido.

 

Consiste en la paz inconmovible de la conciencia, este don precioso que el Padre Celestial regala a los que en Él confían. Si ves que has sido fiel, sábete que es don de Dios esa fidelidad que te llena de gozo. Por lo cual no te gloríes. “Después que hubiereis hecho todas las cosas que se os han mandado (por Dios), habéis de decir: siervos inútiles somos” (Lúe. 17, 10).

 

Si ves que has sido infiel, y estás de ello pesaroso, también es don de Dios esa contrición que te pone tan cerca de Él como cuando eras fiel, y aun más, porque el corazón contrito es el sacrificio grato a Dios (Salmo 50).

 

De ahí el extraordinario amor del Padre al hijo pródigo que se arrepiente (Luc. 15,11 ss.).

 

La felicidad interior nace, como hemos visto, de la paz, tantas veces prometida a los hombres de buena voluntad (Lúe. 2, 14); de aquella paz que Jesús deseaba y comunicaba al saludar a todos invariablemente con la fórmula: “La paz sea con vosotros”; o al empezar el mayor de sus discursos (Juan caps. 14-16), diciendo: “No se turbe vuestro corazón” (Juan 14, 1). Esa paz es el supremo anhelo de Cristo, al despedirse de sus discípulos: “La paz os dejo, la paz mía os doy; no os la doy Yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Juan 14, 27).

 

 

¿IMPOTENTES?

 

¿Impotentes? Ciertamente si Dios lo quiere así. ¿Hay abnegación más grande que ésta? Mucho más cuesta la inacción que las obras porque en éstas desahogamos los deseos del corazón.

 

El sumo ejemplo es el de Jesús —Verbo por quien fueron hechas todas las cosas (Juan 1, 13)— reducido a la inmovilidad de pies y manos en la Cruz. Pasión es pasividad.

 

Y en seguida viene el ejemplo de María, la Virgen Sapientísima, que vivió en el silencio. Prefiere sufrir la sospecha y la infamia antes de descubrir el misterio de la Encarnación realizado en Ella (Mat. 1, 19). ¿Qué no habría podido escribir Ella? ¿Qué verdades y luces de oración no habría podido gritar a la humanidad?

 

Lo hizo una sola vez en el Magníficat, y fue precisamente para enseñar esa pequeñez que fue su virtud más propia, repitiendo en cada verso como si no tuviera otra cosa que decir, esa misma gran paradoja de que Dios da grandeza a los que no la tienen y la quita a los que creen tenerla.

 

Fuera de esto, María se abstuvo de defender a su Hijo. No se sintió abogada del Verbo Eterno, ni creyó que podía hacer favores a Dios, como dice Job a sus amigos; sólo sabemos que hizo favores al prójimo, cuando Dios se los puso por delante: en la Visitación y en Cana.

 

Refiere la vidente Catalina Emmerich que María presenció aquellos azotes de Jesús (los cuales, según dice la vidente, eran tan innumerables, que el Padre tuvo entonces que conservarle milagrosamente la vida). Uno de los sayones que destrozaban las carnes divinas de Cristo, apercibió allí cerca a la Madre del “Reo” y, al mismo tiempo que la señalaba a la atención de sus colegas como un objeto pintoresco que aumentaba el interés de la escena, juzgó prudente darle una lección moral y le dijo: “Si hubieras educado mejor a tu hijo, no lo verías ahora en este trance…”

 

Y María no dijo nada. ¿Creemos acaso que no sintió el ansia de explicarlo todo, de protestar, de aclarar el monstruoso error? “Silui a bonis” dice el Salmista (S. 38, 3): Callé aun lo bueno que habría podido decir. Esto sí que es fe y obediencia y reconocimiento de que Dios es poderoso para disponerlo y solucionarlo todo —como entonces lo hizo para sacrificar al Redentor— aunque no podamos intervenir nosotros.

 

 

También calló María al pie de la Cruz, donde parecía evidente que el Ángel la había engañado al prometerle que ese Hijo, allí moribundo, iba a sentarse sobre el trono de David su padre y a reinar eternamente sobre la casa de Jacob (Lúe. 1, 32-33). Y que también la había engañado Simeón, al decirle que Él sería luz para las naciones y gloria para ese pueblo (Lúe. 2, 31-32) que así rechazaba su realeza y no dejaba de ella sino el cartel irónico: “Este es el Rey de los

Judíos” (Marc. 15, 26).

 

Pero María calló y no hizo nada. Como Abrahán, el padre de la fe (Rom. 4,11).

 

 

¿FRACASADOS?

 

He aquí una palabra que suena muy amarga.

 

¡Error profundo! Es porque miramos con ojos mundanos.

 

Jesús nos enseña a no juzgar según lo que aparece, sino con “un justo juicio” (Juan 7, 24) que no puede ser sino el que se aprende en el Evangelio, donde Él mismo, Maestro y Modelo, se nos presenta como signo de contradicción (Luc. 2, 34).

 

Más, aún, como ejemplo de fracaso. De sumo fracaso, como que, después de empezar en un establo, y no obstante sus hazañas de sabiduría, de milagrosa omnipotencia, de amor y de bondad, terminó rechazado y condenado a muerte como criminal.

 

Y por eso mismo dice San Pablo, “Dios (el Padre) le ensalzó y le dio un Nombre que está sobre todo nombre” (Filip. 2, 9).

 

Hay más todavía: también en adelante será Jesús un “fracasado”; pues Él advierte muchas veces a sus discípulos que padecerán persecuciones, y anuncia que aun al final, cuando Él vuelva, en lugar de verlos triunfantes, siquiera entonces, será todo lo contrario, no habrá fe en la tierra (Luc. 18, ; se habrá impuesto la apostasía y el Anticristo (Mat. 24; II Tes. 2, 3) y Él tendrá que venir, dice el Salmo 109, en el día de su ira a destrozar a los reyes, a llenarlo todo de ruinas, a estrellar las cabezas de muchos por el suelo. Y el Salmo 2: a regirlos con vara de hierro y desmenuzarlos como vaso de alfarero. Y el Salmo 149: a poner en manos de los santos espadas de dos filos para ejecutar la venganza en las naciones y castigar a los pueblos; para aprisionar con grillos a sus magnates; para ejecutar en ellos el juicio decretado, etcétera. (Véase Apoc. 1, 16; 19, 15; 20, 4; 2, 27; 6, 10.).

 

Entonces sí terminará el “fracaso” de Cristo y de su Cuerpo Místico. El citado Salmo 109 concluye, lo mismo que hallamos en San Pablo: por el camino bebió agua del torrente. Por eso levanta erguida su cabeza.

 

¿Y nosotros? ¿Fracasados? No, vive Dios, sino sometidos y con gozo a la ley que Cristo siguió y enseñó, según la cual si la semilla caída en tierra no se pudre y muere, queda sola y sin fruto (Juan 12, 24).

 

Los aplausos no son deseables, ni aceptables, puesto que Jesús los destina para los falsos profetas (Luc. 6, 26).

 

El triunfo es siempre al final, como lo expresa el proverbio, pero mucho mejor la Sagrada Escritura: “Llorando iban cuando echaban la semilla. Pero ahora vienen exultantes de gozo, trayendo las gavillas” (Salmo 125, 6).

 

He ahí la prueba del cristiano: esperar la cosecha. La naturaleza, dice Jesús, nos da el ejemplo con la semilla que al principio parecía perdida entre la tierra y luego brota sola, sin necesidad de nosotros (Marc. 4, 26-29). Y también declara Jesús la verdad del proverbio hebreo que dice: “Uno es el que siembra y otro el que recoge” (Juan 4, 37).

 

Si no vemos el fruto, tanto mejor; pues eso sí que se llama vivir de fe y negarse a sí mismo, o sea tener el sello más auténtico de los que son de Cristo. ¿Acaso otros no lo hacen por un simple ideal humano, industrial o científico?

 

¡Esperar! La vid parece un palo seco en invierno, y nos da ganas de quitarla por fea e inútil. Pero el que sabe la vida escondida que hay en ella, espera, y un día la halla verde, y otro día cargada de racimos.

 

La corona está prometida al que cree hasta la muerte, es decir, aunque le cueste la vida (Apoc. 2, 10). San Pablo promete la corona “a los que aman su Venida” (II Tim. 4, , esto es, a los creyentes que lo esperan con gozo porque saben que todos los bienes nos vendrán con Él.

 

¡Fracasados! Así nos dirá el mundo y aun quizás algunos de nuestros amigos, como los de Job.

 

Fracasados no; vive Cristo, “vive mi Redentor”, decía Job (19, 25). Triunfantes, pero solamente con Aquel que es nuestra vida. No queremos triunfar solos mientras Él es rechazado, mientras nuestros hermanos son enviados “como ovejas al matadero”, sino cuando triunfe con Él la Santa Iglesia.

 

¡Dichosos los convidados a la cena de las Bodas del Cordero! (Apoc. 19, 9).

 

 

EL HOMBRE FELIZ…

 

Sabida, aunque harto olvidada, es la enseñanza de aquella célebre parábola según la cual, después de mucho buscar, se descubrió un solo hombre feliz en el mundo; y al querer llevar su camisa para curar la misteriosa enfermedad de un gran rey, como lo habían recetado los astrólogos, se halló que aquel hombre, pacífico habitante del desierto… no tenía camisa, ni la necesitaba para ser feliz, en tanto que el monarca languidecía de dolor en medio de su opulencia.

 

“No depende la vida del hombre de la abundancia de sus recursos”, nos dice Jesucristo para precavernos de la avaricia (Lucas 12, 15). Y poco después añade que nadie es capaz siquiera de añadir un codo a su propia estatura (ibid., vers. 25).

 

Todo el que tiene alguna experiencia ha comprobado mil veces esta verdad. Ya los paganos la habían visto, y decía uno de ellos, recomendando la sobriedad: “Si quieres ser rico, no aumentes tus bienes; disminuye tus necesidades.” Horacio encomia la beatitud del que vive alejado del mundo “procul negotiis”.

 

Virgilio, como luego lo haría Fray Luis de León, celebra la vida simple y retirada de aquel que “cultiva los dioses agrestes”.

 

Y otro verso ingenioso y profundo, dice: “¡Oh cuan felices serían los agricultores si supieran lo felices que son!” “O fortunatos nimium, sua si bona norint, agrícolas!” (Virgilio, Georg. II, 458).

 

A este respecto, nada más elocuente que el Salmo 54, donde David, hastiado del mundo que reina en la ciudad llena de iniquidad y de discordia, suspira por esa soledad donde Dios nos habla al corazón (Os. 2, 14), y exclama: “¡Quién me diera alas como a la paloma, para echar a volar y hallar reposo!” (Salmo 54, 7).

 

Queda, pues, como cosa bien averiguada, ese carácter subjetivo de la felicidad, no sólo porque ella depende del corazón, y no de lo que se posee, sino también en cuanto es verdad que “todo es según el color del cristal con que se mira”, y mientras los unos se quejan por no disfrutar los placeres con que los seduce la ciudad, los otros —los-más sabios— ansían librarse de ella. Y vemos también cuan precario es el goce de los que parecen gozar, al punto de que ellos mismos suelen ignorar que gozan, y aun a veces se lamentan de su hartura como aquellos que fundaron, según Oscar Wilde, el “Club of the tired hedonists” (Club de hedonistas cansados).

 

No terminaremos este capítulo sin subir más alto, al terreno de la plena verdad sobrenatural, que es el objeto de nuestro libro. En un escritor católico piadoso y valiente, que dijo muchas verdades, hallamos una amarga expresión, fruto, sin duda, de un momento de pesimismo en que creyó ver como verdad de doctrina lo que no era sino impresión subjetiva de su ánimo abatido. “Cuando uno goza, dice él, siempre hay otro que paga.”

 

No puede aceptarse como principio de la economía cristiana del universo, semejante “malthusianismo” espiritual que parece revelar una mezquina idea de Dios, como si Él necesitara quitar a unos lo que da a otros; o, lo que es peor, como si los méritos de la Sangre de Cristo no alcanzasen para todos, siendo así que basta una sola gota de esa Sangre divina, como dice Santo Tomás, para redimir de todas sus iniquidades al mundo entero.

 

No se trata, pues, de que paguen justos por pecadores, sino que “el alma que pecare, ésa morirá” (Ez. 18, 4 y 20). Lo cual no impide en manera alguna esa maravillosa solidaridad y comunicación de bienes espirituales que existe entre los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, según el Dogma bellísimo llamado de la comunión de los santos.

 

En el Evangelio es, donde —como siempre— hallamos la solución de este punto, releyendo la Parábola del rico epulón y el mendigo Lázaro (Luc. 16,19-31). Para entenderla bien, conviene recurrir al texto original griego, que en la edición del P. A. Merk S. J., reza así (v. 25): “Hijo, acuérdate de que has recibido tus bienes durante tu vida, y Lázaro de igual manera los males. Ahora él es consolado aquí, y tú sufres.” Entonces recordamos la expresión igual que Jesús repite por tres veces en el Sermón de la Montaña (Mateo 6, 2, 5 y 16) para enseñar que los que son honrados de los hombres por sus limosnas, sus oraciones o sus ayunos, ya tienen con ello su recompensa. Es decir: esa recompensa que ellos buscaron, esos bienes en que pusieron el corazón, ya les fueron dados; no tienen, pues, nada que esperar de la otra vida.

 

¡Felices, pues, los Lázaros, que aquí reciben el lote de sus males, como el santo Job! Han recorrido el mal camino, y ya no les quedará sino el reposo sin término en el seno de aquel Padre que es mayor que Abrahán.

 

 

ALEGRÍA Y JÚBILO

 

“El cristianismo ha sido el primero en ofrecer al mundo el ejemplo de un dolor alegre y jubiloso. En los conmovedores himnos de júbilo, inspirados por el dolor, no hay una nota falsa ni disonante, ni un ruido que indique excitación morbosa, ni irritación de nervios, ni fanfarronería; son notas claras y limpias, como de campanas, dadas por almas humildes, sanas y nobles” (Mons. Keppler).

 

Hemos de cuidarnos, sin embargo, de no deformar la doctrina afirmando que el cristiano tenga que buscar una vida de dolor. La suprema lección en esta materia está en que el mismo Jesús nunca pidió al Padre que le diera o aumentara dolores, sino al contrario que lo librara de ellos, salvo siempre la voluntad paterna.

 

A este respecto remitimos al lector a nuestro comentario sobre los Salmos 21 y 68, que son los más directamente vinculados con la Pasión de Cristo, y principalmente el versículo 21 de este último Salmo, donde Jesús ora a su Padre y le reclama auxilio de una manera tan apremiante que llega hasta decirle (según el texto hebreo): “Estoy titubeando.”

 

No menos significativo es el hecho de que Jesús jamás anunciara a sus discípulos enfermedades o indigencias, pero sí, la persecución y el rechazo de parte del mundo. Una es la gran prueba del cristiano; una es la cruz que él tendrá que llevar en seguimiento del divino Modelo: la persecución, esa misma persecución en cuya virtud el Hijo de Dios fue reprobado por las autoridades religiosa y civil de su pueblo y contado entre los malhechores (Marc. 15, 28), como lo tenía vaticinado el Profeta ocho siglos antes (Is. 53, 12).

 

Pero las persecuciones que padecemos son otras tantas notas en el himno de alegría que han de entonar los discípulos de Cristo en medio de la tribulación, recordando la voz del Maestro que les promete: “Dichosos seréis cuando os maldijeren y persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros, mintiendo por razón de Mí: gozaos y exultad, porque mucha es vuestra recompensa en los cielos. Porque así persiguieron a los Profetas que fueron antes que vosotros (Mat. 5, 11 s.).

 

Comprendemos entonces que es el eco de esta divina voz el que resuena en San Pablo, cuando nos cuenta sus propias persecuciones (II Cor. 11, 19 ss.); cuando nos muestra que el destino de los verdaderos apóstoles es ser tratados “como la basura del mundo” (I Cor. 4, 13), y cuando, a pesar de todo, nos dice: “estoy inundado de consuelo, reboso de gozo en toda mi tribulación” (II Cor. 7, 4).

 

Tan lejos está nuestra doctrina de ser “una derrota al pie del Crucifijo”, como impíamente la llamó un escritor francés (Romain Rolland), que el mismo Dios nos da, como un escudo, estas palabras del Espíritu Santo: “La alegría del corazón, ésta es la vida del hombre y un tesoro inexhausto de santidad” (Ecli. 30, 23).

 

La prueba terminante de lo que decimos, está en la solemne declaración con que Jesús nos asegura que el Padre nos dará “por añadidura” todos los bienes a los que busquemos su Reino (Mat. 6, 33), que es “justicia, paz y gozo del Espíritu Santo” (Rom. 14, 17).

 

 

“¡OH, PROFUNDIDAD…!”

(Rom. 11, 33.)

 

El que se sorprendiese del misterio del dolor y de la necesidad de una prueba para nuestra naturaleza caída, misterio que es uno solo, como antes hemos visto, con el misterio del pecado y de la muerte, puede consolarse viendo otro misterio semejante, pero infinitamente mayor, que no se nos aplica a nosotros sino al Hijo Unigénito de Dios, el cual no sólo fue el Santo, sino la fuente de toda santidad: “¿Por ventura no era conveniente que el Cristo padeciese todas estas cosas, y entrase así en su gloria?” (Lúe. 24, 26).

 

Es este el misterio de los misterios, en el cual y por el cual todos los problemas de la humanidad se esclarecen primero, y luego se solucionan, según veremos en seguida.

 

 

JESÚS LO EXPLICA TODO

 

Dios, el Padre, quiso que su Hijo, Verbo Eterno, fuese también hombre como nosotros, participando de nuestra naturaleza humana a fin de que nosotros participemos de su naturaleza divina. Así lo enseña San Pedro (II Pedro 1, 4), y lo recuerda cada día la Iglesia al poner en el cáliz la gota de agua que representa al linaje humano, para que se confunda con la Sangre de Cristo, pidiendo que por la virtud de ese misterio “seamos partícipes de la Divinidad de Aquel que se dignó participar de nuestra humanidad”.

 

Bien parece que habría bastado tal humanización del Hijo de Dios para llenarnos de reconocimiento, y que el Padre podría soberanamente haber glorificado a la Humanidad Santísima de su amado Hijo con aquella gloria que en Él tuvo como Verbo antes que el mundo fuese (Juan 17, 5), sin necesidad de exigirle otra condición.

 

Sin embargo, ya lo hemos visto: Era conveniente que Cristo padeciese antes de entrar en su gloria. Tenemos ya aquí un primer pensamiento de grandeza abismante. Si el Hijo, que era dueño de todo lo del Padre, pagó tan cara su glorificación como Hombre, ¿podría nadie admirarse de que nosotros, culpables y sin derecho alguno, hayamos de pasar por la tribulación, infinitamente menor que la suya, ya que hemos de ser sus co-herederos en aquella misma divina herencia?

 

Si, partiendo de este primer pensamiento, seguimos contemplando a Cristo, nos encontramos con que Él fue el Cordero de Dios que cargó con todos los pecados del mundo; que después de nacer entre animales, porque no le dieron lugar entre los hombres, fue declarado blanco de la contradicción; que no tuvo una piedra donde reposar su cabeza; que Él mismo dijo: “Yo estoy entre vosotros como un sirviente” (Luc. 22, 27); que aunque “todo lo hizo bien” y “pasó haciendo el bien”, rechazaron su Verdad y reprobaron su Persona, cumpliéndose en Él lo que había dicho David: “Me odiaron sin motivo”; que, en fin, para poder “restituir lo que no había robado” (Salmo 68,5), fue “contado entre los malhechores” (Is. 53, 12), hasta sufrir una Pasión sin medida y sin consuelo, y morir renegado por sus amigos y abandonado por todos.

 

He aquí porque dijimos que el Misterio de Jesús lo explica todo. El brevísimo cuadro que precede es el espejo en que hemos de mirar cada vez que nos atormente la duda. En él se explica todo lo que de suyo es inexplicable.

 

 

JESÚS TODO LO REMEDIA

 

Jesús, con lo que Él sufrió siendo quien era, nos hace comprender por qué sufrimos, frente al misterio del pecado, del dolor y de la muerte, que reinan en este mundo por obra de Satanás, a quien Él llamó príncipe de este mundo.

 

Ahora bien, Jesús no vino para contagiarnos sus dolores, sino precisamente para vencer a esos enemigos nuestros. Él es el vencedor del pecado, de Satanás y de la muerte (Apoc. 3, 21). Él es también quien vence al mundo, perseguidor de los que quieren ser sus discípulos (Juan 16, 33).

 

Pero, hay más. Si conociéramos un gran señor de proverbial generosidad y riqueza, diríamos: ¡dichosos los pobres que se le acercan!

 

Jesús conoce esa generosidad de su Padre y por eso nos dice: Dichosos los pobres, los que lloran, los que tienen hambre, los que padecen persecución. Eso significan las Bienaventuranzas que Él nos revela en el Sermón de la Montaña (Mat. 5).

 

Y como este Hijo de aquel gran Señor sabe que el Padre le ha puesto todas las cosas en su mano, y vemos que le dice: “todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Juan 17, 10), he aquí por qué nos dice: “venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, que Yo os aliviaré” (Mat. 11, 28).

 

Y nos enseña su secreto, como otra de sus incontables paradojas. Ese alivio nos vendrá precisamente de tomar su yugo, porque, contra todas las apariencias, ese yugo no pesa ni carga, sino que con él “hallaréis él reposo de vuestras almas porque suave es mi yugo y ligero el peso mío”(Mat. 11,29).

 

¿Cómo explicarse esto? Simplemente porque cuando nos asociamos a su Cruz, es Él quien carga con nuestra parte de cruz, como ya lo hizo una vez. Tal es el sentido de esas palabras que Él repite tantas veces en el Evangelio, cada vez que hace un milagro en favor de los que sufren: “Tu fe te ha salvado”.

 

El secreto está, pues, en entender y creer que si Él nos asocia a su Cruz, no es para hacernos cargar la suya sino para tomar la nuestra Él, que ya cargó una vez, como Cordero, con todos los pecados del mundo y que ahora es el triunfador poderoso y ansioso de auxiliar.

 

Él es la vid, nosotros los sarmientos (Juan 15, 1 ss.). Puesto que los sarmientos no dan nada a la vid, sino que lo reciben todo de ella: la savia, la vida, y por lo tanto también el fruto que ellos producen, es evidente que no somos nosotros quienes llevamos la Cruz de Cristo, sino Él, la nuestra (véase Filip. 3, 9 s.).

 

El secreto está, decimos, en creerlo, aunque tanto amor nos parezca imposible. Si no hay fe viva todo es inútil; pues Él nos da como regla constante: “que os sea hecho según vuestra fe” (Mat. 9, 29).

 

Y para que no caigamos en la funesta ilusión de pensar que ya tenemos esa fe viva, Él repite constantemente a los suyos este reproche (el único que les hizo en su vida no obstante el abandono y las ingratitudes de ellos): “Hombres de poca fe”; “generación incrédula”; “oh necios y tardos de corazón en creer”.

 

Y les dice que su fe no es siquiera como el pequeñísimo grano de mostaza (Luc. 17, 6), en tanto que alaba la fe de los extranjeros, de la Cananea (Marc. 7, 28), del Centurión (Mateo 8, 10).

 

Tal es, pues, la condición para gozar de todas las maravillosas promesas de Cristo: creerle a Él, dar crédito a sus palabras, honrarlo no dudando de su veracidad.

 

Lo menos que se requiere para que un médico pueda curarnos es tenerle fe. No olvidemos que dudar de quien tanto promete, es como llamarlo impostor.

 

Dudar de la Palabra del Hijo es tratar de mentirosos, dice San Juan, a Él, y al Padre que lo envió y dio testimonio de Él (I Juan 6,10). Por eso, “el que no le cree al Hijo, no verá la vida, y la ira del Padre permanecerá sobre él” (Juan 3, 36).

 

Para tal problema, el más arduo de todos, también tiene Jesús la solución, puesto que esa fe que se nos pide como condición para colmarnos de bienes, es un don del mismo Dios (Filip. 1, 29), de ese “Padre de las luces”, de quien “procede todo don perfecto” (Sant. 1, 17), pues que nada tiene el hombre que no le sea dado del cielo (Juan 3, 27).

 

Esta fe, tan deseable como instrumento de todas las bendiciones, nos será dada gratis, si la queremos, como se da gratis la sabiduría (Sant. 1, 5). Para ello, se nos enseña en el Evangelio la fórmula del alma deseosa, que sabiamente desconfía de sí misma: “Señor, auméntanos la fe” (Luc. 17, 5): “Creo, Señor, ayuda Tú mi incredulidad” (Marc. 9, 23).

 

 

CRISTO SUFRE EN NOSOTROS

 

“Los justos están en manos de Dios, dice la Sabiduría, y no llegará a ellos el tormento de la muerte” (Sab. 3, 1). Es decir, que esa serenidad del justo, lo acompaña desde esta vida, como observa Fillión. El amigo de Dios “no teme las malas noticias” (S. 111, 7), ni “a los que matan el cuerpo” (Mat. 10, 28).

 

Santa Felicitas, dando a luz en vísperas de su martirio, se quejaba de esos dolores, y un criado le decía: “¿Qué será cuando te veas despedazar por las fieras?”. Ella contestó: “Ahora soy yo quien padece, entonces habrá otro que sufra en mí, Jesucristo…”

 

De ahí la muerte gozosa de tantos mártires, como el caso de San Lorenzo que hallaba fuerza para decir a sus verdugos, en tono festivo, que ya estaba bien tostado por un lado y podían seguir asándolo por el otro. ¿Hay acaso, algún héroe capaz de hablar así por sí solo, sin perder el sentido en semejante suplicio?

 

La explicación de estos fenómenos, se halla plenamente en la palabra de San Pablo: “Se os ha hecho la gracia (por los méritos de Cristo), no sólo de creer en Él, sino también de padecer por Él” (Filip. 1, 29).

 

Con lo cual, vemos no sólo el beneficio de aliviar nuestros dolores, sino también otro, mayor aún: la seguridad de que unidos a Cristo, en Él, con Él y por Él, nuestras pruebas, inútiles por sí mismas, adquieren un valor de eternidad.

 

 

SÓLO RECIBEN LOS NECESITADOS

 

¡Qué pobres somos los hombres! “Nemo habet de suo nisi mendacium et peccatum”, dice el segundo Concilio de Orange: “Nadie tiene de suyo propio más que la mentira y el pecado” (Denzinger 195).

 

“Es doctrina asentada entre los doctores y maestros de la fe, y verdad puesta fuera de toda duda por la Iglesia, que no teniendo el hombre nada que no haya recibido, nada tiene tampoco que pueda dar ocasión a su vanagloria y a su envanecimiento, si no es ya que se vanaglorie y se envanezca de ser el autor del mal, del pecado y del desorden” (Donoso Cortés).

 

Aquel gran señor de que hablábamos, que ansía dar a raudales, no anda buscando, naturalmente, a los orgullosos y ricos, sino a los que se sienten pobres y enfermos y desean auxilio.

 

Jesús recalcó esto intensamente, diciendo que no venía para los justos sino para los pecadores; que no venía para los sanos sino para los enfermos que necesitan de médico; que venía para que los ciegos viesen, y los que creían ver quedasen ciegos (Juan 9, 39).

 

David expone ya, de parte de Yahvé este mismo concepto, que nos revela, en el corazón de Dios, ese abismo de generosidad, que a nuestro material egoísmo le cuesta concebir (S. 80, 11). Abre tu boca para que Yo la llene, dice Dios a su pueblo, como diciendo: no me pidas poco. Por eso, en el Miserere, David, pide a Dios que le haga misericordia, no en cualquier forma, sino según la grandeza de su divino Corazón, lo cual es como pedir a un potentado que nos obsequie con una gran fortuna, digna de lo que él puede dar.

 

El Ángel Gabriel, de parte de Dios, elogia por dos veces al Profeta Daniel llamándole “varón dé deseos”. Los que desean, pues, los ambiciosos, los que agradan a Dios brindándole ocasión de favorecerlos, y no lo ofenden mirando sus dones con indiferencia, ésos son los privilegiados en recibir, y María se expresa de un modo lapidario al final del Magníficat: “A los hambrientos los llenó de bienes y a los ricos los dejó sin nada” (Luc. 1, 53).

 

 

LA VENTAJA DEL DOLOR

 

Y la ventaja del dolor consiste precisamente en eso, en que él nos hace sentirnos miserables, y entonces recurrimos más fácilmente a la gracia, que cuando estábamos en prosperidad. “Porque todo el que pide, recibe —dice Jesús— y el que busca encuentra, y al que llama se le abrirá” (Mat. 7, .

 

¡Bendito el dolor que nos lleva a pedir y obtener! ¡Funesta prosperidad la que nos llevase a no pedir nada y no obtener nada!

 

Cuando Israel se vio amenazado de una muerte irremediable, todo el pueblo clamó al Señor, orando unánimemente, dice el libro de Ester (13,18). Con lo cual nos enseña que el alma dolorida se inclina más a la oración.

 

No otra cosa nos dice la receta del Apóstol: ¿Hay alguno de vosotros que esté triste? Haga oración. ¿Está contento? Cante Salmos” (Sant. 5, 13).

 

El mismo Jesús nos da ejemplo de esto, cuando dice de Él San Lucas (22, 43): “Y entrado en agonía, oraba más intensamente.”

 

Notemos aquí, de paso, que se trata, como decíamos, de un ejemplo que el Señor quiso darnos para los casos de tribulación, y tal fue lo que Él mostró con su actitud en ese momento.

 

No incurriremos, pues, en la irreverencia de decir, como a veces se hace, que Jesús oraba en aquel momento con mayor fervor que otras veces, como si todo en Él no fuera siempre de la más infinita e insuperable perfección.

 

¿Y en qué ha de consistir esta oración del triste y necesitado, sino en pedir ayuda? Así lo enseña, entre muchos otros, el Salmo 54, vers. 23, al decirnos: “Arroja sobre el Señor tus ansiedades, y Él te sustentará”.

 

 

*****

 

 

CONCLUSIÓN

 

EL JUSTO VIVE DE LA FE (Heb. 2, 4)

 

Esta insondable sentencia que nos repite y explaya San Pablo (Rom. 1, 17), es como una síntesis de todas las Sagradas Escrituras y, por lo tanto, también del libro de Job, ya que uno solo es el Espíritu que la inspira y que habló por todos los profetas.

 

Vive en esta sentencia una verdad que nunca se agota, ya sea en cuanto nos enseña que nadie puede ser justo sin tener fe; ya en cuanto la fe es la vida del hombre justo, el cual desfallece si le falta esa fuerza con que sobrellevar las pruebas de la vida, muchas de las cuales, y ante todo la persecución, le vienen precisamente por ser justo, por no querer transar con el mundo, y sobre todo por adherirse de pleno corazón al gran escándalo de la cruz (I Corintios 1, 23).

 

El consuelo que se halla en Job, es, pues, todo espiritual. Es como la paz que nos da Jesús. “La paz mía os doy”, dice Él (Juan 14, 27), y bien sabemos que nada es más verdadero. Pero agrega que esa paz que nos da, es la paz suya, y no la que ofrece el mundo.

 

Porque, aunque nos duele confesarlo, la paz que da el mundo es falsa, y cuando no queremos admitirlo por meditación, tendremos que aprenderlo por dolorosa experiencia.

 

Como todo lo que es sabiduría, esta gran verdad práctica exige hacerse pequeño para poder comprenderla (Prov. 9, 4), pues choca fuertemente con lo que nos parece buen criterio.

 

Ese buen sentido del mundo es condenado por San Pablo como “sabiduría de la carne”, a la cual llama muerte (Rom. 8, 6), y también cuando él nos dice que solamente el hombre espiritual puede conocer las cosas que son del Espíritu de Dios (I Cor. 2, 14).

 

Como ejemplo de esos falsos consuelos que ofrece el mundo, están ahí los amigos de Job. ¿No han sido acaso puestos en el diálogo como un contraste? para movernos a buscar el consuelo y la paz sólo en Aquel que dijo: “Al que viene a Mí no le echaré fuera” (Juan 6, 37).

 

Si recurrimos a la sabiduría espiritual, que ve todas las cosas a la luz de la fe, nos libramos automáticamente del dolor. Porque, así como mientras estamos ocupados en escuchar a Dios, no podemos pecar, tampoco podemos entonces sentir la obsesión del sufrimiento presente, que es lo que más lo agrava.

 

El que suavemente aproveche de estas consideraciones, partiendo siempre del más precioso de los dogmas, que es el de que Dios nos ama, podrá sacar del libro de Job y sus numerosas notas un caudal sin límites de consuelo.

 

Entonces, no sólo nos sentiremos consolados, sino también embriagados de gratitud hacia ese Padre que para perdonarnos sacrificó su Hijo, y hacia ese Hijo, “que transformará nuestro vil cuerpo para hacerlo conforme al cuerpo de su gloría,” {Filip. 3, 21).

 

“En el momento en que nos creemos perdidos y absolutamente abandonados de Dios, es precisamente cuando Él nos busca con una bondad infinita y está cuidando de nosotros. Aun en su ira detiene la espada de su justicia y sigue derramando sobre nosotros los tesoros de su inagotable misericordia” (Catecismo Romano).

 

Concluyamos esta íntima excursión que en seguimiento de Job hemos hecho por los caminos del espíritu, entonando junto con San Pablo el himno agradecido y triunfante que brota de la fe en el alma que se sabe amada de Dios con la ternura de un padre hacia sus hijos (S. 102, 13), y que se sabe amada por Jesús con ese apego que el dueño siente por las ovejas que le pertenecen en propiedad (Juan 10).

 

“¿Qué diremos ahora a esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros está? El que ni a su Hijo perdonó, sino que le entregó por todos nosotros, ¿cómo después de habérnoslo dado a Él, dejará de darnos cualquier otra cosa? ¿Y quién puede acusar a los escogidos de Dios? Dios es el que los justifica. ¿Quién osará condenarlos? Cristo Jesús, que murió, más aún, que resucitó, y está sentado a la diestra de Dios, en donde asimismo intercede por nosotros. ¿Quién, pues, podrá separarnos del amor de Cristo? ¿La tribulación o la angustia? ¿El hambre o la desnudez? ¿El riesgo o la persecución o el cuchillo? Según está escrito: por ti somos entregados cada día en manos de la muerte; somos tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero de todas estas cosas, triunfamos por virtud de Aquél que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni virtudes, ni lo presente, ni lo venidero, ni la fuerza, ni lo más alto, ni lo más profundo, ni otra creatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, que se funda en Cristo Jesús, Señor Nuestro” (Rom. 8, 31-39).

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