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la Virgen Maria

María ... ¿Quién eres?

  VIRGEN REINA MARIA CORONADA

1. ¿Quién es María?
María nació en Nazaret, Galilea, 15 ó 20 años antes del nacimiento de Cristo. Sus padres, según la tradición, fueron Joaquín y Ana. María era judía. Fue educada en la lectura de los libros santos y en la obediencia a la ley de Dios. Hizo voto de virginidad. Se desposó con José estando ambos de acuerdo en permanecer vírgenes por amor a Dios. Un ángel del Señor se le apareció y le comunicó que el Espíritu Santo descendería sobre ella, y que de ella nacería el Hijo de Dios (Lc. 1, 35). María aceptó tan maravilloso destino con estas palabras: «Hágase en mí según tu Palabra», y en aquel instante Jesús fue concebido en su seno. El nacimiento del Niño fue en Belén de Judea y fue acompañado de diversas circunstancias, que refieren los Evangelios de Mateo y de Lucas.
¿Qué se sabe acerca de María después del nacimiento de Jesús?
Al cabo de algún tiempo, vemos a María, a José y al Niño instalados en Nazaret. Allí hay un solo episodio notorio: la pérdida y hallazgo del Niño, a los 12 años, en Jerusalén. Fue el tiempo que llamamos de la «vida oculta» de Jesús, su vida de hogar, de familia, de trabajo. Jesús empieza su vida «pública», su vida apostólica y misionera, hacia los 30 años. María lo acompaña, a veces de cerca, a veces más lejos. El Evangelio nos la muestra en Caná asistiendo a un matrimonio, y al pie de la cruz en que Jesús está muriendo. También en varias otras oportunidades. El libro de los Hechos la menciona en el Cenáculo junto a los apóstoles, después de la Resurrección del Señor. La Tradición sugiere que murió en Efeso -en el Asia Menor- en casa de Juan el Evangelista.
 
2. ¿Cómo era María?
Del Evangelio se desprende que María era humilde y pura; que era decidida y valiente para enfrentar la vida; que era capaz de callar cuando no entendía y de reflexionar y meditar; que se preocupaba de los demás y que era servicial y caritativa; que tenía fortaleza moral; que era franca y sincera; que era leal y fiel. María es, como mujer, un modelo para las mujeres. Es también para los hombres el tipo ideal de mujer.
 
3. ¿En qué consiste principalmente la grandeza de María?
En ser madre de Dios. Algunos han dicho que María es madre de Jesús «en cuanto hombre», pero no de Jesús «en cuanto Dios». Esta distinción es artificial y, de hecho, nunca la hacemos. Una madre es madre de su hijo tal cual es o llega a ser. No decimos que la madre de un presidente, por ejemplo, ha sido la madre de él como niño pero no como presidente o que nuestra mamá sea madre de nuestro cuerpo solamente, pero no de nuestra alma que es infundida por Dios. Nunca hacemos esta distinción; decimos simplemente que es nuestra madre. María es Madre de Jesús. Jesús es Dios. Luego, podemos decir que María es Madre de Dios y en eso consiste fundamentalmente su grandeza.
 
4. ¿Tiene María alguna relación especial con la Santísima Trinidad?
Sin duda. Es la hija predilecta del Padre. Se lo dice el ángel el día de la Anunciación: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc. 1, 28). Tiene también con el Espíritu Santo una relación que se ha comparado a la de la esposa con el esposo. Lo dice el ángel: «El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño que nacerá de ti será llamado Santo e Hijo de Dios» (Lc. 1, 35). «No temas María porque has encontrado gracia delante de Dios» (Lc. 1, 30).
 
5. ¿Qué dice la Biblia?
Vamos por parte: Es cierto que esos privilegios no están contenidos «explícitamente» en la Biblia. La Biblia, por ejemplo, no habla de la Inmaculada Concepción ni de la Asunción. Pero están contenidos implícitamente en la Biblia. Por ejemplo, en una semilla de rosal no está la rosa. No se ve la rosa, pero ahí está en germen y poco a poco con la savia que viene de la tierra húmeda y con el calor del sol brotará el rosal y en él florecerá la rosa.
Así también todo lo que la Iglesia enseña de María ha brotado de la semilla del Evangelio, al calor del Espíritu Santo, que sigue iluminando al Pueblo de Dios y lo lleva a descubrir de a poco toda la riqueza que El mismo ha colocado, como en un germen, en la Escritura inspirada por El.
Todo lo que la Iglesia enseña acerca de María es coherente con la imagen de María que nos formamos al leer el Evangelio, con humildad y con espíritu de fe.
 
6. ¿Qué dicen los evangelios acerca de las hermanas y hermanos de Jesús?
El idioma que usaba Jesús y sus discípulos no tiene muchas palabras para distinguir los distintos grados de parentesco. Para todo se usaba la palabra «hermano» y así lo vemos en Génesis 13, 8 y en Mt. 13, 55. Las palabras originales que traducimos en castellano por «hermanos» y «hermanas» significan no sólo los hermanos carnales sino también los primos y otros parientes cercanos. La Virgen María no tuvo otros hijos. Jesús es el «único hijo» de María. Esto se muestra claramente por el hecho de que al morir, Jesús entregó su madre a Juan (Jn. 19, 27).
 
7. San Pablo dice que Jesucristo es el único Redentor y ¿por qué dice la Iglesia católica que María es corredentora?
Así es. Jesús es el único Redentor, pero San Pablo enseña también que nosotros colaboramos a la redención uniendo nuestros sufrimientos a los de Cristo. «Me alegro por lo que sufro por ustedes, porque de esta manera voy completando en mi propio cuerpo lo que falta a los sufrimientos de Cristo por la Iglesia, que es su cuerpo» (Col. 1, 24). María sufrió durante la pasión de su Hijo como nadie jamás ha sufrido, porque tenía, más que nadie, horror al pecado, porque amaba a su Hijo más que nadie; porque amaba a los hombres por quienes su Hijo sufría y moría. Por eso ha participado tan íntimamente en la redención. No es ella la redentora; hay un solo Redentor, Jesucristo. Pero se la puede llamar corredentora con toda propiedad explicando bien el alcance de este término.
 
8. Algunos dicen que los católicos adoran a María como si fuera Dios, o creen en María más que en Dios ¿es cierto esto?
Adorar a María sería una idolatría, un pecado contra el primer mandamiento de la Ley de Dios. «Sólo a Dios adorarás» (Lc. 4, . Jamás la Iglesia ha enseñado cosa semejante. María es una mujer, una creatura, la más santa de todas las creaturas, pero solamente una creatura.
A María la queremos, la veneramos, conversamos con ella en la oración, le damos culto no de adoración que está reservado sólo a Dios, sino un culto de veneración como se lo damos a los santos que, como ella, son seres humanos, simples creaturas; y le pedimos que nos haga conocer, amar y seguir a Jesús como ella lo conoció, lo amó y lo siguió.
 
9. ¿No será que el culto a María distrae del culto a Cristo?
No distrae de él, sino que conduce a él. María presintió el culto que le sería dado a lo largo de los siglos, cuando exclamó: «Desde ahora me proclamarán bien-aventurada todas las generaciones» (Lc. 1, 42). Ya Isabel, su prima, se lo había anunciado: «Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre» (Lc. 1, 48). Los millares de iglesias dedicadas a María, las multitudes de personas que acuden a sus santuarios, los millones de Avemarías que se rezan diariamente en el mundo, han confirmado ese presentimiento y ese anuncio. El que conoce a María la ama, y se esfuerza por darla a conocer y por conocer y amar a Cristo. Se alimenta de su Palabra. Se integra en la vida de la Iglesia, cumple los mandamientos y participa de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía.
 
10. ¿Cual será la relación de María con Cristo?
María es madre. Es también discípula, su más perfecta discípula, su primera y fidelísima seguidora y su inseparable colaboradora. María es un reflejo de la santidad de su Hijo Jesús. Se la ha comparado a la luna que nos ilumina de noche con una luz más suave que la del día y que no es sino un reflejo de la luz deslumbrante del sol.
 
11. ¿Cuál es la relación de María con la Iglesia?
Siendo madre «de Cristo» y, siendo nosotros por adopción, hermanos de Cristo, María es también Madre «nuestra». Así lo dijo también expresamente Cristo en la cruz cuando le dijo a Juan: «He ahí a tu madre» (Jn. 19, 27). María, siendo discípula y seguidora de Cristo, es nuestro modelo, la que va delante en nuestra peregrinación hacia Cristo, la que nos muestra el camino y nos anima a seguirlo: modelo de fe, de esperanza y de amor. Estando María ahora en el cielo, intercediendo por nosotros, nos encomendamos a ella para que nos ayude a vivir aquí en la tierra como cristianos y alcanzar nuestro destino final que es el cielo.
 
12. Los títulos de la Virgen
¿Por qué hablan algunos de la Virgen «del Carmen» y otros de la Virgen «de la Tirana» o de «Lourdes»? ¿Por qué hay tantas imágenes y advocaciones distintas de la Virgen? ¿Son acaso muchas las Vírgenes?
La Virgen María es una sola. La que conocemos en el Evangelio, con la fe de la Iglesia, es María de Nazaret, la Madre de Jesús. Los diversos nombres y las distintas imágenes aluden a las circunstancias o misterios de su vida. La Mater Dolorosa al pie de la cruz es una mujer madura, traspasada de dolor. La Virgen del Tránsito o de la Asunción es una mujer transfigurada, entrando en la gloria.
Otros nombres se refieren a los distintos lugares en que se celebra su culto: Virgen de Lourdes, de Guadalupe... Pero la Santísima Virgen es una sola. Los miles de artistas que han querido pintarla y esculpirla se la han imaginado cada cual a su manera, buscando, sin embargo, su inspiración en el Evangelio y en la fe de la Iglesia.
 
13. ¿Qué se debe entender por apariciones de la Virgen?
La Santísima Virgen puede, si quiere, intervenir desde el cielo en asuntos humanos por amor a los hombres. Puede «aparecerse» a tal o cual persona, habitualmente a niños o personas humildes, y entregarles un mensaje para que los hombres se conviertan y vuelvan a Dios.
 
14. ¿Cree la Iglesia, así no más, a cualquiera que dice que se le apareció la Virgen?
La Iglesia tiene mucha prudencia y sabiduría y es muy lenta en reconocer una aparición. Primero estudia, averigua y comprueba, a fin de no inducir a nadie a engaño. Y hechas las averiguaciones y después de varios años se pronuncia y reconoce con su autoridad si la aparición es real o ficticia. En algún caso la Iglesia se ha convencido de la autenticidad de una aparición por la santidad de vida del vidente, por la pureza del mensaje entregado o por los hechos ocurridos en el lugar de la aparición: curaciones, conversiones, etc. Esto es lo que ocurrió en Lourdes, Francia, en 1858 y en Fátima, Portugal, en el año 1917. En otros casos la Iglesia ha rechazado las supuestas apariciones o simplemente no se pronuncia esperando que el tiempo establezca la verdad.
 
15. ¿Cuál es la mejor manera de orar a la Santísima Virgen?
La oración principal es la del Ave María que consta de dos partes: la primera parte está tomada del Evangelio, del relato de la Anunciación y de la Visitación: «Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor está contigo» (Lc. 1, 28). «Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre» (Lc. 1, 42).
La segunda parte ha sido agregada por la Iglesia: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».
 
16. ¿Qué es el santo rosario?
Es una manera de unirnos a la Santísima Virgen María rezando cinco veces un Padre nuestro, diez Avemarías y un gloria, y recordando cada vez un misterio de la vida del Señor. Hay 5 misterios gozosos, que se rezan los lunes y jueves, 5 misterios dolorosos, que se rezan los martes y viernes, y 5 misterios gloriosos que se rezan los miércoles, sábados y domingos. Otras hermosas oraciones a la Virgen son la «Dios te salve Reina y Madre»; el «Bendita sea tu pureza», etc.
 
Cuestionario:
¿Qué sabemos de María? ¿Dónde radica su grandeza? ¿Podemos llamar a María «Madre de Dios»? ¿Por qué? ¿De qué nos acusan algunas sectas? ¿Adoramos los católicos a María? ¿Qué significa que le damos culto de veneración? ¿Qué anunció María en lo referente a su memoria? ¿Cómo la recuerda la historia a través de los siglos? ¿Se ha aparecido la Virgen María? ¿Dónde y cuándo? ¿Cuál ha sido su mensaje. ¿Qué es el Santo Rosario? ¿Es bíblica?






 

 

 

 

 

NUESTRA RAZONES CATOLICAS DE VENERAR

 A LA SANTISIMA VIRGEN MARÍA

 

 

1)      “ADORARÁS AL SEÑOR TU DIOS Y SÓLO A ÉL DARÁS CULTO"

Tengo la impresión que uno los mayores complacencias de algunas confesiones no católicas, es hacernos ver que no respetamos el mandamiento entregado a Moisés (Dt 6,13) “A Yahvé tu Dios temerás, a él le servirás, por su nombre jurarás. No vayáis en pos de otros dioses, de los dioses de los pueblos que os rodean, porque un Dios celoso es Yahvé tu Dios que está en medio de ti”, es decir “Adorarás al señor tu Dios y sólo a él darás culto". Esto es algo que he venido escuchando siempre, y por desconocimiento nos dicen en forma acusatoria, que adoramos a María como si fuera una Diosa. Luego en  Éxodo (Ex 20,3) encontramos « Yo, Yahvé, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No habrá para ti otros dioses delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás.

2)      ADORAMOS A DIOS Y CON ALEGRIA VENERAMOS A MARIA

Parte de la ignorancia de quienes gozan de acusarnos, nace por una parte el no saber distinguir entre adorar y venerar, por otra parte comenten una falta de respeto y consideración enorme con Dios, no tener una veneración es decir una máximo respeto de su elegida para engendrar a su hijo Jesucristo, en especial, el negar que María es Madre de Dios, por que si Jesucristo es Dios, y nació del vientre de María, entonces por consiguiente ella es Madre de Dios.

De las tanta Lecturas Bíblicas de las que gozamos en nuestra Fe y finalizamos diciendo es “Palabra de Dios”, encontramos en Colosense 1, 15-19, que dice: “El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia. El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud”., Y esta Palabra de Dios, ha sido amada por la Iglesia desde su inicio, y no solo aceptando, sino que con el absolutamente convencimiento divino en Dios Padre y en Jesucristo como dice la misma lectura: Jesucristo es quien "es la imagen visible de Dios, que es invisible". Y aún mas: “Pues ha sido juzgado digno de una gloria en tanto superior a la de Moisés, en cuanto la dignidad del constructor de la casa supera a la casa misma. Porque toda casa tiene su constructor; mas el constructor del universo es Dios. Ciertamente, Moisés fue fiel en toda su casa, como servidor, para atestiguar cuanto había de anunciarse, pero Cristo lo fue como hijo, al frente de su propia casa, que somos nosotros, si es que mantenemos la entereza y la gozosa satisfacción de la esperanza.  Por eso, como dice el Espíritu Santo: Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones  (Hebreos 1, 3-7), porque:"El es el resplandor glorioso de Dios, la imagen misma de lo que Dios es".

Por tanto, si aquellos acusadores conociesen bien a nuestra Iglesia, fundada por Jesucristo ya hace 2000 años, a diferencia de muchas otra Iglesias de reciente fundación y dentro de los últimos 300 años, sabrían que solo a Dios adoramos y que a nuestra Santísima Virgen María, la veneramos, porque es la santa mujer elegida por Dios, nuestro Padre para que diera a luz a su hijo unigénito, y tal como lo dice la lectura: “El ángel le dijo: « No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo”, (Lc 1, 30-32) y La mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones  (Apocalipsis 12, 5)

Seguimos leyendo  y encontramos al ángel Gabriel enviado por Dios diciendo: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. (Lc 1,38), mostrando de esta forma como Dios se fijado en ella de entre muchas mujeres de aquel tiempo y le trae de parte de Dios un saludo de mucho ánimo y deleite, “Alégrate”, estas colmada de Bendiciones, entonces si Dios, nuestro Padre se fijado en ella, ¿con cuanta más razón no nos fijaremos nosotros sus hijos?. Su propia prima Isabel, en cuanto la vio exclamando con gran voz, dijo: “Bendita tú entre las mujeres” (Lc 1,42)

3)      UNA VIRGEN DESPOSADA

La lectura Bíblica, dice: “a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.  (Lc 1, 27)

Otro desconocimiento es el sentido de la palabra desposada, que no significa en ningún caso casada, sino que prometida. La tradición judía daba un período que llamaban desposorio o compromiso matrimonial, período que podía durar de seis meses a un año. Tiempo prudente para que el esposo construyera su casa y acondicionara su campo o lugar de trabajo donde recibiría a su esposa. Durante ese tiempo la desposada, es decir la novia y futura esposa vivía en la casa paterna del novio, protegida por el papa de este, por tanto a las órdenes de su futuro suegro mientras no se casara. Y ellos muy respetuoso del la Ley, velaban porque esta promesa de matrimonio exigía completa fidelidad y cualquier acto de infidelidad debía ser castigado tal como lo determina la Ley de Moisés; en este caso la lapidación.

Entonces los Libros Sagrados, inspirados por Dios y exentos de toda falsedad, pero no siempre leído o interpretados orando con Dios, no dan a conocer quien era y como era la vida de María y nos muestran con sencillez a una joven de raza Judía de unos 15 años de edad, que vivía en el pequeño pueblo de Nazaret (Israel), y estaba comprometida en matrimonio con José, descendiente del rey David.

4)      JOSE UN HOMBRE JUSTO

“El origen de Jesús como Cristo fue así: estando desposada María, su madre, con José, antes de que conviviesen, se halló encinta por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, siendo justo y no queriendo denunciarla (o revelarlo), resolvió separarse secretamente (Mt 1,18-19).”

Es así, como decimos que San José es un hombre Justo, él esta convencido de la virtud de María, aunque al principio se turbo porque no concia el misterio de la Encarnación, entonces entre el convencimiento de la santidad de María, se encuentra frente a un misterio que no le es fácil de comprender, y entre eso en un momento decide dejar a María.

San José no conocía el misterio obrado en María, pero Ella si lo conocía, y dejo que Dios mismo saliera en defensa de su virtud y de esta forma luego sucedió.

San José fue un hombre razonable, sensato, prudente y confiado con la justicia de Dios, y esta es la santidad, el confió en Dios. Dice el canto el Salmo 34, 9, “Dichoso el hombre que se refugia en el Señor”, y el canto el Salmo 84, 13, “Señor de universos, feliz el hombre que confía en Ti”

El matrimonio de José con María, tenía una misión importante, ser padre del hijo de María, por eso decimos también que José es un "justo" elegido por Dios para esta misión. Y Para Dios un hombre justo, es un hombre santo, y a los santos, los consideramos venerables y en este santo encontramos un hombre natural, obediente y de gran respeto. Este  humilde servidor, supo acoger en secreto este misterio de la acción de Dios en María y él hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, recibir a su esposa, respetarla, cuidarla, acompañarla siempre, participar del nacimiento del Hijo, a quien “puso por nombre Jesús" (Mt 1,24-25).

5)      LAS VIRTUDES DE MARIA

María, “llena de gracias”, era una joven de muchas virtudes, es decir de muchas moralidades, dignidades e integra, tanto que el Señor se fijo en ella. Una de las grande virtudes de María y tan olvidadas hoy efectuarla por los hombres, es la obediencia a Dios, y ella lo demuestra acogiendo con intenso amor el mandato de Dios diciendo: Señor; “hágase en mí según tu palabra”, (Lc 1, 38), y además ella lo hace mostrando otra de la virtudes ejemplares frente de las personas que aman a Dios, la humildad, pues ella responde: “He aquí la esclava del Señor”; (Lc 1, 38)

6)      EL MISTERIO DE LA CONCEPCIÓN

Y el ángel enviado por Dios le dijo a María: “vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.”

María muestra toda su pureza e inocencia, y Dios le revela a los sencillos, a los pobres y humildes sus misterios, entonces cuando María responde al ángel: « ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?, El ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.  (Lc 1, 34-35)

La concepción del Hijo de Dios, es fruto del Espíritu Santo y el poder del Dios Altísimo, que descansó sobre ella como una nube, del mismo modo cómo sucedía cuando Yahvé descendía en la Tienda del Encuentro del Santuario, construido por Moisés (Éxodo 40,35). Y es así como la Virgen María es llamada por los teólogos como el “nuevo Santuario”.

7)      LA POBREZA EN LA VIDA DE MARIA

María y José, eran pobres, José vivía de su trabajo de carpintero, es decir labrando con sus manos esas cosas que siempre se hacen con amor y con tanto cuidado. Pero a la vez José era un hombre hijo de una familia de gran dignidad, leemos en el relato: “Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David”, (Lc 2, 1). Y el mismo relato nos muestra su pobreza: Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento. (Lc 2, 6-7)

Otro de los relato que nos muestran su humilde condición es cuando ellos van a presentar al niño Jesús al templo: “Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor 24 y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. (Lc 2, 22-24)

En Levíticos, 12, 1-8, están fijadas la obligaciones a las que se refieren, que cuando una mujer concibe y da a luz a un hijo Varón, "Cuando se cumplan los Días de su Purificación, por un hijo o por una hija, Llevará al sacerdote un cordero de un año para el holocausto y luego agrega: “Pero si no tiene lo suficiente para un cordero, traerá dos Tórtolas o dos pichones de paloma, el uno para el holocausto” Y este es el caso de María, que además era pobre, por cuanto llevo para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones.

8)      MARIA Y JOSE, UNA RELACION DE AMOR CON JESUS

Los Evangelios nos muestran con mucha claridad la relación de amor de María con su único hijo, relación desde la Misma Encarnación, durante su embarazo, durante el alumbramiento de Jesús, la misma relación de amor de José, quien la cuida y la protege.

Como sabemos, según este relato que hace san Mateo, los magos ya se habían regresado, cuando en el descanso de José, padre de Jesús, en sueños recibe el mensaje del Ángel del Señor, y le ordena que tome al Niño y a su esposa María y huyan a Egipto. La Sagrada Familia, es decir, Jesús, María y su Esposo, José es el de menos dignidad, pero a su vez el de mayor autoridad, el representa la cabeza de la familia, por eso el Ángel se le aparece a él, y él es que da la orden de partir al exilio y seguramente, San José se puso al frente de todo, especialmente al frente de su familia, por tanto al frente de la marcha.

Otro motivo para admirar la humildad y la obediencia, característica de san José, quien sabe perfectamente quien es el Niño, el tiene mucha conciencia de quien es María, el sabe, porque el Ángel se lo ha revelado, tiene a su cargo el cuidado de Jesús y su Madre, responsabilidad que asume con gran amor. San José, es modelo de obediencia, “Levántate, toma al niño y a su madre”, le dice el Ángel, y él, no hace ningún cuestionamiento, no titubea y obedece de inmediato.  Así es, como José con prontitud, sin esperar que amanezca, prepara la huida a Egipto, sale entonces esa misma noche con su familia (Mt 2, 13-18)

Otro capitulo muy interesante, es su angustia al encontrar después de tres días de desaparecido a Jesús de doce años, sentado entre los doctores de la ley en el santuario de Jerusalén (Lucas 2, 48), guardando todas estas cosas en su corazón (Lucas 2, 51).

Este fragmento del Evangelio según San Lucas, invita a fijarse en varios puntos, donde se habla de las costumbres de las familias judías en tiempos de Jesús, reflejadas en la vida del matrimonio de San José y María Santísima, pero también invita a reflexionar sobre como Jesús, hace ver que su prioridad es su Padre celestial frente a la más que legítima angustia con que María y José anduvieron tres días buscándolo a él, extraviado y hallado finalmente en el templo.

En los primero versículos, detalle muy importante a considerar, dice: Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Es decir, José y María tenían por costumbre subir a estas fiestas de la Pascua, con este detalle, se puede afirmar aún más la virginidad de María, como es lógico pensar, si hubiese estado embarazada y con más hijos pequeños, no hubiese podido subir cada año a Jerusalén, ya que habría tenido que cuidarse y su pequeños no le hubiesen permitido hacerlo.

También los Evangelios nos muestran otra parte importante de su relación con su único hijo, en el comienzo del ministerio de Cristo cuando le pide que realice el milagro de la conversión del agua en vino. La fidelidad a su Hijo en la bodas de Caná, al indicarle a los que estaban sirviendo el vino, "Hagan todo lo que el les diga" (Juan 2,5); y en el Pentecostés, cuando recibe el Espíritu Santo en forma de llamas de fuego, en compañía de los once apóstoles, los parientes de Jesús y otras mujeres (Hechos 1, 12  14).

Y así María, acompaña a su hijo hasta la cruz, con todo el dolor de toda buena madre, que sufre al ver a Cristo clavado en la cruz lleno de heridas y golpes en todo el cuerpo (Juan 19, 25; Isaías 52, 13…“14), hasta el punto que era como si una espada le traspasara su alma. Cumpliéndose así la profecía de Simeón, cuando el pequeño Jesús fue presentado por sus padres en el templo de la Ciudad Santa según la ley mosaica ( Lucas 2,22-35; Juan 19,31-34).

Y Con todo, clavado y agonizando en la Cruz, a pesar del agotamiento físico y la cruel agonía en el madero, su único hijo, el Hijo de Dios, antes de Morir sacó fuerzas suficientes para encomendar el cuidado de su madre, a Juan, el discípulo amado: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. 26 Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. “ 27 Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre.” Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa. (Jn 19, 26-27)

Por cuanto nosotros los católicos, tenemos muchos argumentos bíblicas, para reconocer que María es la “madre del Señor” (Lucas 1,43), quien tomó la naturaleza humana al nacer de su vientre para traer la salvación a toda la humanidad (Gálatas 4,4; Filipenses 2,6-8). Como si fuera poco, la Santísima Virgen proclama que todas las generaciones la llamarán “Bienaventurada» porque el Todopoderoso ha hecho en ella grandes cosas” (Lucas 1,48 -49), por tanto son muchos los motivos para venerar, y de rodillas admirar a la Santísima Virgen María

9)      "TU MADRE Y TUS HERMANOS ESTÁN AHÍ AFUERA Y QUIEREN HABLARTE".MT 12, 46-50

De este evangelio, nuestros hermanos que profesan su fe a nuestro mismo Dios y a nuestro mismo Cristo Jesús, buscan dar interpretación a nuestro modo de sentir la Palabra de Dios, algo muy distinto. En efectos, con mucha insistencia buscan mostrar que la Virgen María tuvo más hijos dándole otra explicación y no dejando en claro cual es el verdadero sentido de la palabra hermano para los judíos.

Jesús estaba hablando a la multitud, Alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte. Ante la presencia de estos vínculos familiares, Jesús aprovecha la oportunidad para dar una gran lección, señalando con la mano a sus discípulos, agregó: Éstos son mi madre y mis hermanos, pues añadió: Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. No niega el amor a su madre ni a sus familiares, y habla de esa otra gran familia cristiana. No queda atado al solo amor humano de una familia. Hay otra familia espiritual a la que ama, en un orden espiritual y sobrenatural, con amor más entrañable y profundo que el amor humano con que se ama a la madre y a los hermanos.

Sin embargo, Jesús, es un hijo ejemplar de María, la enaltece, la elogia, la alaba, la pone como ejemplo total de mujer y de Madre, ella escucho la palabra divina, y dijo: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". (Lucas 1, 36-38), por eso Jesús dice: Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ésa es.. Mi madre. Una vez, estando hablando Jesús a la gente, alzó la voz una mujer y dijo: “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron.” Y Jesús le respondió: “Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc 11,27-28).No es tal vez María la primera entre aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen? Sin lugar a dudas, María es digna de bendición por el hecho de haber sido para Jesús Madre según la carne, pero también y sobre todo porque ya en el instante de la anunciación ha acogido la palabra de Dios, porque ha creído, porque fue obediente a Dios, porque guardaba la palabra y la conservaba cuidadosamente en su corazón. Esa es mi Madre nos Dice Jesús, ella es modelo, María, amorosamente y obedientemente hizo la voluntad de su Padre, nadie como ella fue tan fidelísima esclava del Señor, en la encarnación y en cada momento de su vida.

Así es como también, extendiendo sus brazos hacia sus discípulos dice estos son mis hermanos, porque sus íntimos reconocen al seguir a Jesús quien es el único Padre, y nos enseña que somos la gran familia de Dios.

Es así como hoy formamos la gran familia cristiana, unidos por el parentesco espiritual.

Este es un reconocimiento de nuestra fraterna unión con todos y nos invita a reflexionar como debemos vivir como verdadera familia comprometidos al proyecto de la construcción del Reino de Dios.

Esta es una invitación a ser parte de la familia de Jesús, compartiendo nuestra vida con El, como buenos hermanos, ayudándonos, siendo solidario, compartiendo las necesidades de esta gran familia, apoyándonos, a vivir sin egoísmo, a compartir la misma mesa, y a obedecer al mismo Padre.

Es infinita la bondad de nuestro Hermano Jesús, ante todo los que hablaba, muestra su divina inclinación a hacer el bien, como en todo y siempre dispuesto a señalar cual es nuestro camino para el Reino, esto es, haciendo la voluntad del Padre, y nos llama con dulzura, suavidad y amabilidad hermanos, para que aprendamos a tratarnos como tal y para vivir unidos por el amor del Padre.

Hoy más que nunca, nos urge comprender este llamado que nos hace Jesús, formamos una comunidad cristiana, unidos por lazos de parentesco espiritual, unida entre sí por el amor al Padre que esta en los cielos, y cumpliendo su voluntad, Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano, Es así, como debemos tener entre nosotros un trato de hermanos, viviendo fraternalmente, con amor de hermanos, con gran respeto entre si, afectuosos y en comunión.

Cristo Jesús, María Santísima y san José, vivan en sus corazones

Muchas Bendiciones

 

 

ALTARCATOLICO

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I. En la cima del desmedrado cerrillo, bañado por los primeros resplandores del sol naciente, al amanecer del 9 de diciembre de 1531, parecía a Juan Diego oír un cantar, “semejaba el canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores, y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitoso, sobrepujaba al del “coyotótotl” y del “tzinnizcan”, de otros pájaros lindos que cantaban…” Cuando el canto cesó, oyó el indio “que le llamaban y cuando llegó a la cumbre vio a una Señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara”. Entre otras cosas que aquella celestial Señora dijo al dichoso indio, oyeron sus oídos estas palabras de María: “Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar todo mi amor y compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra, y a los demás amadores míos que me invoquen y en mi confíen: para oír aquí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores”. Estas son las candorosa palabras que en la vetusta narración del prodigio Guadalupano nos conservan, con todo el aroma delicado de lo que aquella mañana pasó en Tepeyácac, el intento amoroso de la Madre de Dios. Encontramos en las palabras de María, no sólo la ternura exquisita de la más tierna y amorosa de las madres: “Yo soy vuestra piadosa madre”; no sólo el amor de predilección que quiso dispensar a México: “Para en el (en el templo que deseaba se le construyera) mostrar y dar todo mi amor… a ti, a todos vosotros juntos, los moradores de esta tierra”; sino también sus designios, mejor dicho los designios amorosísimos de Dios, al señalar a su Madre un papel y oficio y misión especial y regaladísima sobre todos los hombres; por esto, a mi entender, prosiguió la Reina de los cielos: “Y a todos los demás amadores míos que me busquen e invoquen y en mi confíen”. Maternidad divina de María que lleva consigo en el plan de Dios la maternidad espiritual de la Santísima Virgen con relación a todos los hombres; maternidad espiritual de María que entraña la mediación universal de Madre de Dios; mediación universal que se extiende a todos los hombres, y cuya esfera de acción son todas nuestras necesidades, las cuales remediadas por un don de Dios, es decir, en un sentido o en otro por una gracia, lleva al conocimiento de que la esfera de acción de esa mediación, universal en cuanto a los individuos, es también universal en cuanto a todas las gracias. Ocioso parece insistir en la actualidad del suavísimo tema: los pueblos todos de la tierra levantan sus voces al sumo Pontífice desde hace varios lustros para pedir la definición dogmática de la Mediación universal de la Madre de Dios; los teólogos se esfuerzan cada vez con mayor ahínco en hacer ver que en el depósito de la revelación está contenido el privilegio gloriosísimo e inaudito de la Mediación universal; los prelados de numerosísimas diócesis juntan sus voces a las del pueblo cristiano; los mismos Sumos Pontífices, cada vez con más claridad, con más amor, con mayor ternura, con mayor confianza, de la manera más elocuente, contestan que si, que María es nuestra Medianera, que el pueblo cristiano hace bien en mirarla como su refugio y amparo, que los prelados y maestros hacen bien en fomentar ese nuevo brote de devoción, que los teólogos no van errados al buscar las pruebas de que en el depósito de la revelación está contenido el privilegio de María. No podría celebrarse el presente Congreso Mariano, en honra y gloria de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre verdadera de Dios verdadero; sin que llamara nuestra atención lo que tan de relieve pone la Virgen Santísima; su Mediación universal. Por esto es preciso que tratemos de ella. . . II. Las palabras de María en el Tepeyac elevan el espíritu cristiano para ver en la cumbre de los cielos al Redentor del mundo derramando su sangre por la salvación de los pueblos todos de la tierra; en la tierra y en un lugar concreto de ella, a un pueblo, entonces hundido en las tinieblas de un paganismo repugnante y sanguinario, y hasta entonces como olvidado y abandonado de todos; en medio de ese pueblo y de ese Redentor, como si fuera el canal por donde las aguas de la gracia habían de bajar, como si fuera la nube gloriosísima que mitigara un poco los resplandores infinitos del sol de justicia para que los ojos enfermos de ese pueblo pudieran resistir tanta luz y tan asombrosa claridad, como si fuera la tabla de salvación arrojada en medio de ése naufragio moral para que los pobres náufragos se salvaran: está la Madre de Dios, revestida con el ropaje propio de Nuestra Señora de Guadalupe. Nos encontramos en el Tepeyácac el cuadro completo de la Redención, concretado, sensibilizado, aplicado a un caso particular, y en perfecta armonía con el fondo mismo del dogma cristiano y del plan providencial de Dios. Así es; detrás de este cuadro de gloria y de ternura, cualquiera que haya profundizado en las enseñanzas de la Teología, y esté familiarizado con la interpretación de las Escrituras y haya de solazar su ánimo gastado, sus días y sus noches con la lectura de las obras de los Padres de la Iglesia, que conozca a fondo las enseñanzas de nuestros grandes teólogos, y se haya puesto en contacto con el instinto de piedad del pueblo cristiano; no podrá menos que ver aparecer otro cuadro triste y lamentable, pero que tiene también su aspecto de gloria de ternura. Para derrocar al hombre y hacer de la tierra una antesala del infierno, quiere el enemigo de la humana naturaleza, después de haber arrastrado en su caída a una multitud de ángeles, rebeldes y soberbios como él, arrastrar al género humano en el camino de la perdición, valiéndose de la mujer. Un ángel que engaña, una mujer que incita y coopera al pecado, un hombre que pierde para sí y para los suyos todos los tesoros de orden sobrenatural y perfectamente gratuitos que Dios había concedido al género humano. Y Dios ordenando lo desordenado, sacando mayores bienes de los males que el abuso de la libertad había introducido en el plan de la Providencia: Dios descubriendo tesoros no soñados de sabiduría y de amor y de providencia infinita, formando un nuevo plan en el que el levantamiento y exaltación de sus criaturas racionales fuera paso a paso desandando el camino trazado por el tentador y recorrido por Eva y por Adán, al precipitarnos en la caída. En vez del Príncipe de este mundo, el Señor del universo; en vez de la mujer que incita y coopera al pecado, otra mujer que dedica toda su persona y su actividad y su vida a la grandiosa obra de la Redención; en vez del hombre rebelde al mandato de Dios, el hombre obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Sería imposible recorrer esta noche los acentos dulcísimos y uniformes de la tradición cristiana: los Padres de los tres primeros siglos enseñan constante y unánimemente que el papel de María en la obra de Jesucristo fue el mismo que tuvo la desgracia de desempeñar Eva en la funesta obra de Adán. Los Padres de los siglos IV y V, y los posteriores, se fijan más en el Calvario, realización de la promesa del Génesis, y en el Calvario ven un árbol que sustituye al del paraíso: la cruz del Redentor; un hombre que obedece en vez del desobediente Adán: el Redentor; una mujer que lleva a ese hombre a la cruz y lo inmola y con él se inmola, como Eva había llevado a Adán al árbol de la ciencia del bien y del mal, y lo había ligado con el deleite pecaminoso de gozar su fruto, y con él lo había gustado. Las voces del oriente y occidente son unánimes y constantes los mismos acentos se repiten a través de todos los siglos. Junto con Justino y Tertuliano, Policarpo el discípulo de Juan; Cirilo de Jerusalén, San Efrén, Epifanio, el Crisóstomo, Gregorio el Taumaturgo, forman un coro magistral que resuena en las plácidas y misteriosas tierras orientales, y que es contestado, como en la antiestrofa del coro de una tragedia griega, por las voces de Jerónimo, de Agustín, de Pedro Crisólogo, de Bernardo, y de la multitud de teólogos y predicadores que en la sucesión de los siglos les siguieron. María desempeña para salvarnos el papel que Eva desempeño para perdernos, y ese papel fue dado en el plan de Dios para levantar al hombre, el de cooperadora imprescindible, es decir, el de Medianera propiamente tal. . . III. En ese papel de “Nueva Eva”, asignado providencialmente a María en el plan de la Redención, encuéntranse contenidos conceptos importantísimos para la materia que estamos tratando: es el primero el que la nueva Eva debía ser la Madre del Redentor. Y no creemos necesario insistir en este punto, ya que durante el año varias veces se ha tratado de él, a propósito del centenario del Concilio de Éfeso. Ello, por lo demás, no puede ofrecer dificultad alguna. El segundo concepto importantísimo, es el que la Madre del Redentor debía cooperar a la obra de la Redención. Conviene en este punto y para dar a nuestra exposición toda la claridad que requiere y que esté a nuestro alcance darle, el que nos concretemos al concepto mismo de cooperación. No queremos tratar, pues, del mérito, que ordinariamente va junto con la cooperación: queremos limitarnos al concepto mismo de cooperación. La Madre del Redentor cooperó, y de distintas maneras, a la obra de la Redención y esta cooperación nos la enseñan a la par las Sagradas Escrituras, la tradición cristiana, el magisterio ordinario de la Iglesia y aún el mismo sentir de los fieles. Tuvo María cooperación física, aunque mediata, en la obra de la Redención, ya que por ella tuvimos al Redentor; ésta cooperación física consistió en el hecho de engendrar y ser la Madre verdadera del Redentor. Tuvo María cooperación, en el orden de causalidad moral, en la obra de la Redención; y ésta cooperación que si no produce físicamente el efecto, no por eso deja de ser con toda propiedad alguna “causalidad” la tuvo María, así por su consentimiento expreso al aceptar voluntariamente y libremente el papel que le asignaba la providencia divina, como por su participación libre y espontánea en el sacrificio del Redentor, estando a él unida por la fe y la compasión. Ven los Padres de la Iglesia en el misterio de la Encarnación las nupcias de la Naturaleza divina con la humana, y la Naturaleza humana venía representada por María, como si ella fuera la esposa que debe dar su consentimiento, y lo da no sólo en su nombre, sino en nombre de todos los hijos de Adán. Interminables seríamos si uno tras otro enumeramos los testimonios de los Padres, de los teólogos, de los predicadores, explicando estos conceptos grandiosos, que forman el fondo mismo de las enseñanzas de la Iglesia sobre el misterio de la Encarnación, en cuanto éste se refiere a la Redención del hombre por Jesucristo. Agustín y Gregorio el Grande, San Ildefonso y San Bernardo, Dionisio el Cartusiano, Santo Tomás y las obras de muchos teólogos insignes, todos ellos inculcan esta verdad, y fijándose en la unión de Cristo con la Iglesia, vienen a explicar y comentar lo que ya enseñaba San Pablo en los versículos 31 y siguientes del capítulo quinto de la carta a los fieles de Éfeso. No se detienen aquí las enseñanzas de la Iglesia, siguen adelante, y ven la conveniencia del consentimiento prestado por María, para que se realice el plan de Dios: tener en el curso de nuestra Reparación la participación consentimiento de la mujer, de la misma manera que se dio el consentimiento y cooperación de la mujer en el hecho de la caída, es la idea inculcada por el Crisóstomo y desarrollada magistralmente por Bossuet. Pero cuando el amor entusiasmado de los Padres de la Iglesia sube de punto, y no encuentran ellos palabras para glorificar a María y mostrarle un agradecimiento sin límites, es cuando nos enseñan que ella, libre y espontáneamente, con pleno conocimiento de causa, al dar su consentimiento, ese consentimiento que esperaban los cielos y la tierra para que se realizara el ministerio de la Encarnación; lo daba queriendo y pretendiendo la salvación de todos los hombres. Conmovedoras son las palabras de Bernardo de Claraval, de Pedro Crisólogo, de Ireneo. Teólogos y apologistas, ¿qué más? Aún uno que otro de los escritores protestantes, no pueden menos de ver la luz clarísima de la tradición cristiana, y juntarse ocasionalmente al coro de la Iglesia para proclamar la cooperación de María en la obra de nuestra Redención. Pasan los Padres de las consideraciones relativas al misterio de la Encarnación, a la explicación de dos pasajes de nuestros Libros Sagrados. La presentación del divino Niño en el Templo de Jerusalén, y el sacrificio de Jesús en el Calvario. En uno y otro ven, y no podía menos de verse, a María cooperando, con su libre consentimiento y su libre voluntad a la obra de Jesús. Si Jesús se ofrece como el primogénito esperado durante tantos siglos por el Padre celestial, para reparar los pecados de su pueblo, María es la que lo lleva al Templo, María es la que lo ofrece, María es la que junta su voluntad con la del primogénito ofrecido, María es la que al recibirlo de brazos del sacerdote, mira en El lo que ya era entonces Jesús, la víctima real y verdaderamente aceptada por el Padre para la Redención del mundo. Y por esto sube María con Jesús al Calvario: por esto atraviesa su alma la espada profetizada por Simeón, por esto está de pie al pie de la Cruz, inmolando a su Hijo, y uniéndose con su Hijo. Si en la literatura cristiana, así antigua como moderna, hay algo claro y repetido, es la actitud y la significación que tenía María en el Calvario, sobre todo después del siglo V, en el que, concretándose con mayor claridad las ideas, enseñan los Padres y los comentaristas con toda precisión que no era a Juan solo, sino a todo el género humano, a quien Jesús decía: “He allí a tu madre”, porque, aquella Señora había desempeñado el papel de madre de todos los redimidos, por su cooperación a la obra de la Redención. La Nueva Eva, pues, coopera a la Redención, lo cual quiere decir que tuvo papel y oficio de verdadera causa en la obra de nuestra Redención, es decir, que es con toda propiedad medianera, así como con toda propiedad es nuestro Medianero, Jesucristo Nuestro Señor. . . IV. Si junto con Cristo, si dependientemente de Cristo, si apoyada en Cristo, si subordinada a Cristo, pero real y verdaderamente, María coopera a la obra de nuestra Redención; su misión y su influencia no se limita a esto, sigue en la sucesión de los siglos, así como en la sucesión de los siglos sigue la eficacia de la obra redentora de Jesús. Al aplicarse a cada uno de los redimidos la obra de la Redención, es a saber, al participar de hecho cada uno de los hombres de la obra redentora; María tiene así mismo su papel y su oficio. Y así como junto a Cristo ejecuta la obra de la Redención, así junto con Cristo y subordinada a Cristo, aplica la obra de la Redención, es decir, de la gracia y todas las gracias. Consultemos las liturgias, los libros de los oradores y ascetas, los ternísimos sermones de Bernardo, las efusiones encendidas de Buenaventura, las elucubraciones de Dionisio el Cartujo, los arranques místicos de Gerson, los ardorosos y encendidos párrafos de Bernardino de Sena, los tratados solidísimos de Antonio de Florencia o de Alberto Magno, los documentos oficiales de los Sumos Pontífices: repetidas sin interrupción vemos la misma idea, que llena el alma de confianza y de júbilo al mismo tiempo: “La voluntad de Dios es que todo, absolutamente todo, nos venga por medio de María”. Y al repetirlo en estos momentos, brillan, como rayos dulcísimos de sol primaveral en mi memoria, las palabras de Cirilo de Alejandría, las series encantadoras de lo que se llama las salutaciones, o las “Aves”, las enseñanzas de Germán, el patriarca de Constantinopla, lo que predicaba Andrés de Creta y Teodoro Sturdita y el Damasceno. Y estas palabras viene a confirmarlas el hecho de que en realidad todo nos viene de María y por María. No podremos resistir al deseo de citar palabras solemnísimas y autorizadísimas, las de Nuestro Santísimo Padre, el Papa León XIII, quien en su encíclica “Jucunda semper”, sobre el Rosario, toma y hace suyas las palabras que Bernardino de Sena aprendió de San Bernardo: “Toda gracia comunicada a este siglo nos viene por medio de una triple procesión: de Dios a Cristo, de Cristo a la Virgen, de la Virgen a nosotros”. Y León XIII no hacía sino seguir las enseñanzas de Pío IX, y Pío IX no hacía sino repetir lo que durante todos los siglos anteriores habían cantado la Iglesia de oriente y la Iglesia de occidente, y la Iglesia de oriente y occidente no hacían sino manifestar el consentimiento unánime del pueblo cristiano y de sus Pastores y maestros, es decir, expresar un sentimiento común guiado, según la promesa de Jesucristo, por el Espíritu de Verdad, que no puede guiar a la Iglesia de Jesucristo sino a la verdad, y que tiene la misión de guiarla única y exclusivamente a la verdad. . . V. No nos parece prudente ni necesario fatigar vuestra atención en determinados aspectos que más bien pertenecen a una discusión e investigación teológica. Quédese para los teólogos la faena dulcísima de encontrar las armonías de este con los demás dogmas de la fe, la confirmación de esas armonías y el fundamento de ellas, en las Escrituras y en los Padres. Quédese para nosotros la persuasión de que en la tradición cristiana, resumida admirablemente en las encíclicas de los últimos Pontífices, Pío IX, León XIII, Pío X, Benedicto XV, se encuentra claramente contenido, suficientemente precisado, admirablemente expuesto, amorosamente repetido, el que María es la Medianera Universal de todos los hombres. Por esto, os decíamos al principio, que en las Apariciones de Nuestra Madre Santísima de Guadalupe, nos veíamos una aplicación a un caso concreto, del plan grandioso de la Redención. Para salvar a un pueblo, para hacerlo participante de la Redención de Jesús, para hacer escudo y sostén y ayuda y consuelo y remedio e intercesora; aparece la que en el plan de la Providencia tiene el papel de Intercesora y Medianera Universal, y para que ese pueblo aprenda con la facilidad con que aprende el niño pequeñito y tiene de labios de su madre las verdades primeras más necesarias para la vida; María dice en concreto, con requiebros de madre, con ternura inefable que enciende el corazón, con arrullos encantadores, con delicias del cielo: “no temas, porque la Madre de Dios que soy yo, es también tu Madre, y como Madre es tu medianera; bajo el cariño de tal Madre, y la omnipotencia suplicante de tal Medianera, todo lo tienes asegurado, y todo lo puedes y lo debes esperar”. Por esto al ver en la diócesis que Dios nos ha confiado, lo que vimos durante nuestro ministerio sacerdotal, y lo que presenciamos desde que tuvimos uso de razón: esa fe, esa confianza, esa persuasión de nuestro pueblo de la eficaz intercesión y mediación de María; al ver cómo se levantan los ojos de todos hacia la milagrosa imagen de la Virgen de Guadalupe; al ver cómo se mueven los labios y cómo derraman los ojos lágrimas, y cómo se escapa de los pechos de todos, la petición confiada, el recurso filial en que se pide con la misma seguridad y la misma fe todo, absolutamente todo, a la Madre de Dios; no vemos sino un caso particular y una aplicación concreta de lo que la Iglesia Universal ve en todas partes, y lo que en todas partes se enseña, y lo que en todas partes se practica, es a saber, que movidos por el Espíritu Santo, maestros y fieles, pastores y ovejas, Iglesia docente e Iglesia discente, cree y confiesa que María es la Medianera universal de todas las gracias. Un anhelo recóndito y vehemente de mi corazón de Pastor y de mi corazón de Hijo de María quiero que sea la última palabra que dirija el actual Arzobispo de México a esta veneranda, honorable y piadosa reunión: arden nuestras almas en deseos de hacer un obsequio notable a nuestra Madre. He buscado que podríamos presentar como humildísimo obsequio a la Medianera Universal del género humano, en su advocación de Guadalupe, para nosotros tierna y regalada como la fibra más sensible de nuestro propio corazón, y la que he visto proclamada Patrona de la América Latina, coronada solemnemente, en nombre del Sumo Pontífice, con corona de oro, como Reina de la América Latina, su culto litúrgico con oficio y misa propia, su fiesta elevada al rango de fiesta de precepto, su devoción enriquecida con numerosas indulgencias. ¿Qué podríamos pedir, que podríamos conseguir, que podríamos ofrecer como muestra de nuestro amor y de nuestra gratitud a la que lo tiene todo, a la que han honrado incalculablemente nuestros predecesores, a la que debemos todo, a aquella de quien esperamos todo, como de Madre tierna y omnipotente? ¿Qué podríamos conseguir? Y revolviendo en mi corazón de Pastor y en mi corazón de hijo estas ideas, me ha ocurrido, ya que los Sumos Pontífices se han indignado conceder y aprobar el culto litúrgico de María Santísima como Medianera Universal, me ha ocurrido, digo, que podríamos los obispos aquí reunidos elevar una súplica humilde y rendida a la Cátedra de Pedro depositaria de la Verdad, en la que, exponiendo nuestro amor y devoción, y nuestro celo por la gloria de Jesucristo y la glorificación de María, como obsequio digno de Ella, como petición instantísima a Ella, en las circunstancias porque atravesamos, pidiéramos a Su Santidad se dignara definir como dogma de fe, la verdad contenida en la Escritura y en la Tradición, predicada por los maestros, ratificada por el magisterio ordinario de los Sumos Pontífices, expuesta en las obras de los teólogos, practicada por el pueblo cristiano. De este modo el obsequio de México a María en el cuarto centenario de las Apariciones Guadalupanas, sería el participar de una manera solemne y eficaz a la glorificación universal de la Madre de Dios, para que, junto con su título de Madre de Dios, de Inmaculada, ostentara también el glorioso título de Medianera Universal del género humano. ¡ Ojalá que nuestros ojos vieran esta nueva glorificación de nuestra Madre! ¡Ojalá que al rendir nuestros entendimientos ante el Supremo y Definitivo Magisterio de la Iglesia, nuestra devoción predilecta fuera ese nuevo dogma de fe, y las palabras de María tuvieran de ese modo un nuevo significado y un nuevo atractivo para nuestras almas de cristianos!
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