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la religion demostrada 7

PARTE 7


Contenido
 


Compendio de la Doctrina Cristiana[1]

La doctrina cristiana es la que Jesucristo reveló a los Apóstoles y que nos enseña por medio de la Iglesia Católica.

Esa doctrina comprende: 1°, las verdades que hay que creer; 2º, los deberes que hay que practicar; 3°, los medios que hay que adoptar para conseguir la salvación eterna.

I. Dogma o verdades que hay que creer

Las verdades que debemos creer están contenidas, en  compendio, en el Credo o Símbolo de los Apóstoles[2].

El símbolo de los Apóstoles se divide en tres partes y comprende doce artículos. La primera parte se refiere a Dios Padre y a la obra de la Creación. La segunda se refiere a Dios Hijo y a la obra de la Redención. La tercera se refiere al Espíritu Santo y a la obra de la santificación de los hombres que lleva a cabo mediante la Iglesia. El Credo es la historia de los beneficios que Dios ha hecho al hombre. Vamos a dar una breve: explicación de sus artículos[3].

 

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1º Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador  del cielo y de la tierra

1º Creo en Dios. Tengo por verdad cierta que hay un Dios y que solamente hay uno. Dios es eterno: ha existido y existirá siempre. Dios es un Espíritu puro: no tiene cuerpo, y por eso nuestros ojos no pueden verlo. Está presente en todas partes, lo ve todo y lo conoce todo, hasta los pensamientos más ocultos, hasta los sentimientos más íntimos. Es infinitamente Bueno, Justo y Santo; posee, en una palabra, todas las perfecciones, todas las buenas cualidades, en grado infinito.

Su naturaleza es el océano, la plenitud de todo lo que es Bueno y Perfecto, la plenitud del Ser, de la Vida, de la Bondad, de la Belleza, de la Sabiduría y de todos los bienes: o mejor, es el Ser, la Vida, la  Verdad, la Belleza, la Bondad misma, porque es todo esto por esencia. Una cosa buena puede dejar de serlo; pero la Bondad es siempre buena; es su esencia misma.

Dios gobierna todas las cosas con su Providencia y nada acontece en este mundo sin su orden o permiso. Él es Señor absoluto de todas las cosas, y el primer deber del hombre es, conocerle, amarle y servirle en la tierra, para verlo y poseerlo un día en el cielo.

2º Creo en Dios Padre. No hay más que un solo Dios,pero este Dios subsiste en tres Personas realmente distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Padre es el principio; el Hijo es engendrado por el Padre; y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. El Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios, pero no son tres dioses, sino un solo Dios verdadero en tres Personas, perfectamente iguales, no teniendo las tres más que una sola y misma naturaleza o substancia. Cree pues, que Dios único en esencia, subsiste en tres personas: esto es lo que se llama el misterio Ide la Santísima Trinidad.

Nosotros no vemos cómo esto sea posible, porque no comprendemos los términos: naturaleza divina y persona divina; sólo sabemos que la naturaleza no es la persona; lo que nos basta para ver que no hay contradicción en este misterio de un solo Dios en tres personas.

En nuestra alma tenemos una imagen de la Trinidad Augusta. Nuestra alma existe; produce su pensamiento y ama este pensamiento. Así, nuestra alma es, a la vez, principio, pensamiento y amor, y estas tres cosas distintas permanecen unidas y no forman más que un solo yo indivisible. Pues lo mismo sucede en la naturaleza divina: el Padre existe desde toda la eternidad, se conoce a sí mismo y este conocimiento produce el Verbo o el Hijo. El Padre conoce y ama a su Hijo, y es conocido y amado por éste; de ese amor eterno del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo, que es Dios como el Padre y el Hijo.

3º Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Todas las obres que Dios hace fuera de Él son la obra de la Trinidad entera: Sin embargo, la Sagrada Escritura atribuye al Padre la Creación, al Hijo la Redención, al Espíritu Santo la Santificación.

Dios ha creado el cielo y la tierra y todo lo que hay en ellos. Para hacer una obra, el hombre necesita de materiales: ladrillos o piedras, el albañil; madera, el carpintero, etc. Dios lo ha sacado todo de la nada por su omnipotencia: éste es el misterio de la Creación.

El poder de Dios es infinito. Nada es imposible para Dios; excepto lo que implica pecado o contradicción. Creó el universo con una sola palabra; y del mismo modo podría crear millares de mundos nuevos; conserva la existencia de las criaturas, que caerían en la nada sin el auxilio de la omnipotencia. Todo le es igualmente fácil tanto en el orden de la gracia como en el de la naturaleza. Usa de este poder como mejor le place, con una libertad perfecta; de acuerdo con las miras de su sabiduría y de su santidad infinitas.

Creación de los Ángeles. Las criaturas de Dios más perfectas son los Ángeles y los hombres. Los Angeles son espíritus puros, libres e inmortales, que Dios ha creado parra su gloria y su servicio: Los creó en estado de santidad: les dio, con la vida natural, la vida sobrenatural de la gracia, mediante la cual debían, después de una corta prueba, alcanzar su fin sobrenatural: la visión beatífica.

Unos, abusando de su libertad, se rebelaron contra Dios por orgullo: estos Ángeles malos, o demonios, fueron arrojados del cielo y precipitados en el infierno; su ocupación es tentar a los hombres en la tierra y atormentar a los réprobos en el infierno.

Otros, los Ángeles buenos, fueron puestos para siempre en posesión del cielo, donde están ocupados en adorar a Dios, en bendecirle y en ejecutar sus órdenes. Dios da a cada uno un ángel guardián que ora por nosotros y cuida de nuestra alma y de nuestro cuerpo. Debemos respetarle, honrarle, invocarle, darle gracias y seguir sus inspiraciones.

Creación del hombre. El hombre es una criatura racional compuesta de cuerpo y alma: Dios le creó con el mismo destino que los Ángeles; conocer, amar y, servir a Dios para merecer la felicidad del cielo.

Al crear a Adán y Eva, el primer hombre y la primera mujer, padres del género humano, Dios les dio una doble vida: la vida natural, propia de la naturaleza humana, y la vida sobrenatural de la gracia. Esta vida hacía al hombre hijo de Dios por adopción, le elevaba al orden sobrenatural y le hacía capaz de alcanzar su fin sobrenatural: la visión intuitiva de Dios o a participación de la bienaventuranza infinita de Dios mismo[4].

Caída del hombre. Pecado original. Dios colocó a Adán y a Eva en un Jardín de delicias, llamado Paraíso terrenal. Debían vivir allí en la inocencia hasta el momento en que, sin morir, hubiera subido al cielo. Sin embargo, tenían que merecerlo, como los Ángeles, por su fidelidad.

Con este fin, Dios les impuso un precepto severo, pero fácil de cumplir: les prohibió, bajo pena de muerte, comer de los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal. El demonio, ocultándose bajo la forma de una serpiente, los indujo a que desobedecieran a Dios. Comieron de la fruta prohibida, cometiendo así un pecado gravísimo en sí mismo y en sus circunstancias.

Por su desobediencia, Adán y Eva perdieron la vida sobrenatural de la gracia y todos los dones preternaturales que la acompañaban: quedaron reducidos a la condición de esclavos del demonio, sujetos  a la condenación eterna y a multitud de miserias del cuerpo y del alma. Estas miserias son: la ignorancia, la concupiscencia, los sufrimientos y la muerte.

Pero Adán no perdió para él solo la gracia y la felicidad, las perdió para todos sus descendientes. Adán, cabeza física y moral de la humanidad, tenía por misión transmitir a sus descendientes, junto con la vida natural, la sobrenatural, como un bien de familia cuya administración le estaba encomendada. Por desgracia, el padre y representante del género humano pecó, y por el pecado perdió para sí y para su posteridad la vida de la gracia. Privado de esta herencia común, no pudo ya transmitirla a sus descendientes.

Nacemos, pues, privados de la gracia de Dios, desheredados del cielo, y sujetos a numerosas miserias. Este estado de desgracia, en que nacemos por culpa del pecado de Adán, se llama pecado original, que no es un pecado actual, sino un estado de pecado y de desgracia, resultante de la rebelión de nuestro primer padre contra Dios.

Los únicos entre los descendientes de Adán que no contrajeron el pecado original, son Jesús y su bendita Madre, María Santísima. El Hijo de Dios, la santidad misma, no podía unirse a una naturaleza manchada. María, destinada a ser Madre de Dios, fue exceptuada de la ley universal, por privilegio y en virtud de los méritos futuros del Redentor.

Nada más fácil de justificar que este dogma del pecado. Qué hubiera sucedido si, antes de tener hijos, Adán se hubiera suicidado? Hubiera matado en su persona a todo el género humano. No siendo más que un cadáver no hubiera podido dar la vida corporal a los que debían nacer de él. El género humano quedaba, pues, sepultado en una muerte eterna, siempre que Dios, autor de la vida, no interviniera para resucitar a Adán.

De la misma suerte cometiendo el suicidio espiritual del pecado, el jefe de la humanidad hirió de muerte espiritual a toda la raza. Sus hijos podían nacer todavía según la Carne y recibir de él la vida corporal, pero no la vida espiritual, perdida en su fuente.

Sin embargo, Dios se compadeció del género humano y prometió a Adán un Redentor que expiara su culpa y le devolviera la gracia perdida. Conservó en la humanidad la esperanza de este Redentor, mediante promesas, figuras y profecías.

 

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2º Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor

¿Quién será este Redentor? Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre por nuestro amor.

Jesús quiere decir: Salvador, porque el Hijo de Dios vino para salvarnos y rescatarnos.

Cristo significa: Ungido o consagrado, porque el Hijo de Dios ha sido consagrado por su divinidad como Rey, Sacerdote y Profeta.

Él es Nuestro Señor, es decir, nuestro soberano Dueño: como Creador, nos ha creado; como Salvador, nos ha rescatado y pagado con el precio infinito de su Sangre divina.

Después del pecado, Dios era perfectamente libre para dejarnos perecer; nada le obligaba a salvar al hombre perdido por su propia culpa. Dios podía también contentarse con una satisfacción incompleta, como la que podía dar la criatura; entonces se hubiera ejercitado sólo la misericordia y la justicia hubiera tenido que renunciar a sus derechos.

Pero Dios quiso dar a su justicia y a su misericordia una satisfacción igual.

La reparación plena y entera del pecado declamaba la Encarnación de una Persona divina. La injuria hecha a Dios por el pecado del hombre es infinita, puesto que la gravedad de la ofensa se mide por la dignidad de la persona ofendida, y Dios posee una dignidad infinita. Por consiguiente, para ofrecer a Dios una satisfacción igual a la ofensa, es decir, infinita, era necesario un mediador que fuera a la vez Dios y hombre. Hombre, podía sufrir y expiar por nosotros; Dios, podía dar a sus sufrimientos y a su expiación un valor infinito, un valor capaz de reparar nuestras faltas, de saldar nuestras deudas, de pagar nuestro rescate y de recuperar la gracia: Por esto el Hijo de Dios se hizo hombre.

La unión de la naturaleza divina y la naturaleza humana en la misma y única persona del Hijo de Dios se llama el misterio de la Encarnación: Et Verbum caro factum est. Y el Verbo se hizo Carne (Jn. 1, 14).

Encarnarse, es tomar un cuerpo y un alma, es hacerse hombre.

Antes de la Encarnación, la Segunda persona de la Santísima Trinidad se llama el Hijo de Dios o el Verbo de Dios. Después de su Encarnación, le llamamos también Nuestro Señor Jesucristo.

Él es Dios y hombre juntamente. Como Dios, posee la misma naturaleza divina que el Padre y el Espíritu Santo y como Dios hecho hombre, posee también la naturaleza humana, es decir, un cuerpo y un alma semejantes a los nuestros.

El Hijo de Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios. Él, nada ha perdido de su divinidad encarnándose, como un rey no perdería nada de su realeza vistiéndose de harapos para ir a socorrer con más facilidad a los pobres. Es, pues, verdaderamente Dios como el Padre y el Espíritu Santo.

Jesucristo es también verdaderamente hombre como nosotros. Tomó un cuerpo semejante al nuestro, nació como los otros niños, creció como ellos y como los demás descendientes de Adán, tuvo hambre y sed, sufrió y murió…

Tomó un alma semejante a la nuestra, pero mucho más perfecta. El alma de Jesucristo es una criatura espiritual, inteligente, libre, inmortal: Residen en ella todos los tesoros de la gracia, de la sabiduría, de la ciencia. Nunca estuvo manchada por el pecado ni turbada por la concupiscencia; su belleza encanta a los Ángeles y a los elegidos.

Hay por consiguiente, en Jesucristo, dos naturalezas: la naturaleza divina y la naturaleza humana; dos inteligencias: divina una y humana otra; dos voluntades: la voluntad divina y la voluntad huma; dos operaciones: la divina y la humana. Estas dos naturalezas, perfectamente distintas, están indisolublemente unidas y pertenecen a una sola y misma persona, la persona divina del Hijo de Dios.

La unión de estas dos naturalezas en Jesucristo se llama hipostática o personal. Se llama persona a lo que obra en nosotros, a lo que manda; a lo que es responsable, a lo que dice: Yo. En todos los otros hombres, la naturaleza humana está dotada de personalidad: cada uno tiene su yo propio, independiente.

En Jesucristo, la naturaleza humana tiene el privilegio de no tener personalidad propia y ser gobernada por la persona del Hijo de Dios. Por eso no hay en Jesucristo más que una sola persona, un solo principio de responsabilidad, un solo sujeto, un solo yo, un yo divino, el yo del Hijo de Dios.

Tenemos en el hombre una imagen sorprendente de esta unión de dos naturalezas en una sola Persona. El hombre se compone de dos cosas: el cuerpo y el alma que son dos substancias diferentes. El cuerpo y el alma reunidos hacen un solo hombre, porque no tienen para los dos más que una sola persona. De la misma manera, la naturaleza divina y la naturaleza humana, unidas en la persona del Verbo, no hacen más que un solo Jesucristo.

El hombre se atribuye las operaciones de su alma y de su cuerpo; así se dice: el hombre piensa, digiere, aunque sea el cuerpo solo el que digiere y el alma sola la que piensa. Así también se atribuyen a Jesucristo las operaciones propias de la naturaleza divina y las de la naturaleza humana. Se dice, por ejemplo: Dios ha sufrido, ha muerto, o bien: en Jesucristo un hombre es Dios, un hombre es Todopoderoso, Eterno, etcétera., Siendo Jesucristo Dios y hombre a la vez, en una sola Persona, se pueden afirmar de Él cosas que parecen contradictorias, pero que, en realidad no lo son, porque expresan las propiedades de sus dos naturalezas diferentes. Así como yo obro espiritualmente por mi alma y materialmente por mi cuerpo, así Jesucristo obra divinamente por su naturaleza divina y humanamente por su naturaleza humana.

De la Encarnación del Hijo de Dios se derivan tres consecuencias:

1º La naturaleza humana en Jesucristo es adorable, porque es la humanidad del Hijo de Dios.

2º Todas las acciones de Jesucristo, tienen un valor infinito porque son hechas por una persona divina: son las acciones de un Dios.

3º La Virgen Madre es realmente Madre de Dios, porque es Madre de Jesucristo que es Dios.

Conclusión. El hijo de Dios ha tomado la naturaleza humana y, permaneciendo Dios como su Padre, es hombre como nosotros, es uno de los Hijos de la gran familia de Adán, incorporado a nuestra raza. Este hombre_Dios puede tratar con Dios, puede reparar los pecados de sus hermanos de adopción y rescatar la vida divina perdida.

De este modo, la vida espiritual de la Gracia se le devuelve al género humano. El Hombre_Dios, el Cristo, el nueva Adán, se convierte en Padre y Cabeza del linaje humano, en cuanto a la gracia y en cuanto a la gloria: “Dios ha amado tanto al mundo, que le ha dado a su Hijo único… Y el Verbo se hizo Carne y habitó entre nosotros… Y vino para que tuviéramos la vida, y una vida más abundante” (Jn. 3, 16; 1, 14; X, 10).

Resultados. De la Encarnación del Hijo de Dios resultan: la confusión del demonio, el honor del hombre y la gloria de Dios.

1º La confusión del demonio que después de haber triunfado del primer hombre ve su imperio deshecho por el Mesías.

2º El honor de la naturaleza humana que está rehabilitada delante de Dios _reintegrada en sus derechos_, unida a la divinidad en la persona de Cristo y, gracias a esta unión, adornada en Él con todas las perfecciones divinas, colmada de todas las gracias que es capaz de recibir.

3º La gloria de Dios, puesto que la Encarnación es una obra más admirable que la creación del universo. La Encarnación manifiesta de una manera más luminosa las perfecciones divinas y nos recuerda la Omnipotencia de Dios, su Justicia y su Misericordia.

Además, como Jesucristo resume en sí todos los seres creados: el mundo de los espíritus por su alma, el mundo material por su cuerpo, ofrece a Dios, en nombre de la creación entera homenajes de adoración, de agradecimiento y de amar que son plenamente dignos de la majestad del Creador. Cada uno de estos homenajes es más agradable a Dios que todos los actos de virtud de los Ángeles y de los Santos juntos.

 

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3º Creo en Jesucristo, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y nació de la Virgen María

¿Cómo se realizó el misterio de la Encarnación? Este misterio se realizó, por obra del Espíritu Santo, en el seno de la Virgen María, es decir, por un milagro de la Omnipotencia de Dios.

El Hijo de Dios, para hacerse hombre, se eligió una Madre. El inefable honor de tal maternidad fue conferido a María Virgen, de la tribu de Judá, de la familia de David, hijo de San Joaquín y Santa Ana, esposa de San José[5].

Desde toda la eternidad, Dios había predestinado a María Santísima para esta sublime misión. No le dio bienes de la tierra, puesto que María fue pobre, pero la preservo del pecado original, la libró de la concupiscencia, la hizo Inmaculada en su Concepción y la colmó de gracias.

El día fijado en los decretos divinos, el Ángel Gabriel se apareció a María en su humilde casita de Nazaret, y le anunció que Dios la había elegido para Madre del Mesías: María pregunta ¿cómo será? ya que tenía hecho un voto de virginidad perpetuo. El mensajero celestial le aclara diciéndole: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y te cubrirá con su sombra” (Luc. 1, 35). La Santísima Virgen contestó: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Tan pronto como la Santísima Virgen prestó su consentimiento, el Espíritu Santo, por un prodigio incomparable, contrario a las leyes de la naturaleza, formó de la Sangre purísima de María, un cuerpo humano perfectísimo; Dios Padre formó de la nada un alma semejante a la nuestra, pero más bella, santísima, inmaculada, y la unió a aquel cuerpo y, en el mismo instante, a ese cuerpo y a esa alma se unió el Hijo de Dios con un lazo indisoluble: Et Verbum caro factum est, y el que era Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre. La Encarnación, pues, se hizo por abra milagrosa del Espíritu Santo, sin que María dejara de ser virgen. Así se realizó la célebre profecía de Isaías: “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Is, 7, 14).

La Iglesia celebra todos los años el aniversario de la Encarnación del Hijo de Dios el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación[6].

Jesucristo, como Dios, tiene por padre al Padre eterno, y no tiene madre; como hombre, Jesucristo no tiene padre y tiene por madre a la Virgen María. Jesucristo es, pues, el Hijo de Dios e hijo de María Virgen. La Santísima Virgen se ha convertido en Madre de Dios porque Jesucristo, su Hijo, es Dios: es la Madre de Dios, aunque no le haya dado la divinidad, como la madre de un rey es madre del rey, aunque no le haya dado la realeza; o como nuestras madres son madres de un hombre aunque no intervengan para nada en la creación de nuestras almas.

Dios he conferido a María el honor de ser Madre sin dejar de ser Virgen; y este gran milagro Dios lo renueva en el nacimiento del Salvador. A la manera que el sol pasa por un cristal sin romperlo ni man charlo, así el Hijo de Dios hecho hombre salió del seno de María sin alterar en nada la virginidad de su Madre. Por eso, en el parto María Santísima no tuvo dolor. La perpetua virginidad de María, antes del parto, en el parto y después del parto es un artículo de fe.

La Maternidad divina es para María el fundamento de todos sus privilegios. Esta dignidad incomparable  de Madre de Dios la dota de una santidad perfecta, de un poder ilimitado de intercesión Y le da derecho a un culto especial.

a) Una santidad perfecta. Como Madre de Dios, María es evidentemente una criatura aparte, única, con la cual nada puede ser comparado. ¿Cómo no había Dios de santificar a su Madre y acumular sobre ella los favores más excepcionales? El amor que le profesaba, el respeto que se debía a sí propio, eran dos razones suficientes para colmarla de gracias sin límite y sin medida.

Por eso:

1º María es Inmaculada en su Concepción, es decir, exenta del pecado original desde el primer instante de su existencia.

Fue preservarla de todo pecado actual, aun del más leve, y de toda imperfección durante toda su vida.

Recibió todos los dones sobrenaturales de la gracia en grado supremo, gracia que ella devolvió sin cesar por sus méritos; gracia, en fin, más abundante, según el sentir de los más ilustres teólogos, que la de todos los Ángeles y de todos los Santos reunidos.

Su mismo cuerpo no conoció la corrupción de la tumba, sino que, devuelto a la vida por una resurrección anticipada, fue transportada al cielo.

5º Finalmente, María ha sido elevada sobre todas las criaturas, aun las más perfectas, e instituida Reina de los Ángeles y de los Santos.

b) Poder ilimitado de intercesión. María goza en el cielo de una omnipotencia suplicante, porque está segura de obtener de Dios, su Hijo, todo lo que pida en favor de los hombres. Y para honrar a su Madre bendita, Jesucristo ha depositado en manos de María todos los frutos de la Redención; todas las gracias necesarias para la salvación nos llegan par intermedio de María. Es el canal, la dispensadora de los favores divinos.

c) Hay que rendir a María un culto especial. Es imposible honrar a Jesucristo y no honrar a María Santísima. Rendir culto a la Virgen Madre es proclamar la divinidad del Hombre_Dios. Y ésta es la razón por la cual la Iglesia honra a María con un culto especial, llamado Hiperdulía, y coloca en su poderosa intercesión una confianza universal, ilimitada, confianza recompensada con innumerables milagros.

Jesucristo nació en Belén, en la noche del 25 de diciembre. Tuvo por asilo un establo y por cuna un pesebre. Su nacimiento fue anunciado por los Ángeles y los Pastores y a los Magos de Oriente por una estrella milagrosa. Ocho días después fue circuncidado y llamado Jesús, es decir, Salvador.

Vivió en el trabajo, en la pobreza, en la humildad y en la práctica de todas las virtudes. Después de treinta años de una vida oculta, empezó su vida pública. Durante tres años ejerció su apostolado en Judea y en Galilea. Anunció el Evangelio, probó su divinidad con grandes y patentes milagros y formó a los Apóstoles, que debían continuar su obra en la tierra.

 

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4º Creo en Jesucristo, que padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado

Jesucristo había venido a rescatar al mundo, perdido por el pecado. En la época en que Poncio Pilatos era gobernador romano de la Judea, Hijo de Dios hecho hombre sufrió, en su cuerpo y en su alma, los más crueles tormentos para expiar nuestras culpas. Sufrió la agonía en el Huerto de los Olivos y, luego, la flagelación, la coronación de espinas en el pretorio de Pilatos. Después de haber soportado todo género de humillaciones y de ultrajes, fue clavado de pies y manos en una cruz. Por último, al cabo de tres horas de atroces sufrimientos, murió el Viernes Santo, hacia las tres de la tarde.

El misterio de Jesucristo muerto en la cruz por rescatar a los hombres, librarlos de la esclavitud del demonio y abrirles el cielo  es el misterio de la Redención. Jesucristo ha satisfecho a la justicia divina por nuestros pecados y ha merecido la gloria del cielo y las gracias necesarias para alcanzarla.

La palabra Redención significa la acción de rescatar pagando cierta cantidad.

¿En qué consiste la obra de la Redención? La obra de la Redención realizada por Jesucristo es, al mismo tiempo, una liberación, una reconciliación y una restauración.

1º Una liberación.  Ya que:

a) El género humano, a consecuencia del pecado original, había quedadte bajo el dominio del espíritu del mal.

b) Cada hombre en particular, esclavo del pecado y del demonio, privado del socorro de la gracia, no podía, por sus solas fuerzas, romper las cadenas de su esclavitud, ni merecer el cielo.

2º Una reconciliación, porque el pecado original había atraído la cólera divina sobre toda la humanidad, representada y contenida en la persona de Adán. He ahí por qué Jesucristo es el Mediador entre Dios y los hombres: Él se interpone entre el cielo y la tierra culpable para reconciliarlos; con su Sangre divina borró la sentencia de condenación dictada contra la humanidad por la justicia divina.

3º La Redención es también una restauración, puesto que la naturaleza humana, despojada de sus dones sobrenaturales, viciada por el pecado de nuestros primeros padres, no ofrecía a los ojos del Creador, más que el espectáculo lamentable de un edificio en ruinas.

La Redención es obra de un Hombre_Dios. Un hombre no podía ni reparar el mal que había sufrido la naturaleza humana ni satisfacer completamente por ella. Por otra parte, un Dios no puede ni sufrir, ni morir. Sólo Jesucristo Dios y hombre juntamente, podía rescatarlos. Él sufre como hombre y como Dios da a sus sufrimientos un valor infinito, capaz de pagar con exceso toda la deuda de género humano.

Cualidades de la Redención de Jesucristo. Esta satisfacción presenta tres caracteres: es libre, superabundante y universal.

1º Es libres. Jesucristo se ofreció voluntariamente en sacrificio: no teniendo nada suyo que expiar, ha dado su Sangre y su vida por los hombres culpables, únicamente porque quiso.

2º Es superabundante. Jesucristo, siendo Dios, podía realizar la redención de los hombres con una sola gota de Sangre, etcétera; la menor de sus acciones era de un valor infinito y suficiente para nuestro rescate. Pero este bondadoso y generoso Salvador no se contentó con lo estrictamente necesario; quiso hacer más: sufrir todo lo que es posible sufrir, a fin de probarnos con eso el exceso del amor que nos tiene, merecernos gracias más abundantes, inspirarnos un horror mayor al pecado y hacernos conocer mejor el valor de nuestra alma.

3º Es universal. Jesucristo murió por todos y por cada uno de nosotros sin excepción; por los justos como por los pecadores, por los réprobos como por los escogidos. Tomó sobre sí y expió los pecados del mundo entero. Su Redención, aceptada por su Padre, se extiende a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todas las razas, sin distinción.

Aplicación individual de los frutos de la Redención. No basta que Jesucristo haya muerto por todos los hombres; es necesario que las satisfacciones y los méritos del Redentor nos sean aplicados. Para eso también son necesarias ciertas condiciones de parte nuestra. Dios, que nos ha creado sin nosotros, no quiere salvarnos sin nosotros. La Redención de Cristo es un remedio infalible contra la muerte eterna; pero para sanar, cada uno debe tomarlo voluntariamente por sí mismo. Es un tesoro inagotable de gracias, pero también hay que ir a tomarlas personalmente.

Por eso se verifica que:

1º El sacrifico de expiación, ofrecido por Jesucristo en la Cruz, no nos dispensa de satisfacer nosotros mismos por nuestras pecados; únicamente nuestra penitencia, que por sí sola sería estéril e ineficaz, unida por la fe a los sufrimientos del Salvador, adquiere la virtud de calmar la justa cólera de Dios.

2º Los méritos adquiridos por Jesucristo no nos dispensan de adquirirlos por nosotros mismos, mediante la observancia de los mandamientos y la práctica de las virtudes cristianas. Debemos trabajar personalmente para merecer el galardón eterno de nuestras buenas obras. Estas, por sí mismas, no tienen valor alguno sobrenatural, y por consiguiente, no pueden merecer la felicidad del cielo; pero cuando están hechas con espíritu de fe, en unión con Jesucristo, participan del valor infinito de las obras del Redentor (Servais, Resumen de la doctrina Cristiana).

Jesucristo, después de su muerte, fue desclavado de la cruz, envuelto en sábanas y sepultado en un sepulcro nuevo, tallado en la roca del Calvario. Los príncipes de los sacerdotes hicieron sellar la piedra que cerraba el sepulcro y confiaron su custodia a un piquete de soldados: Estas medidas de precaución vinieron a ser beneficiosas para nuestra fe: los guardas apostados junto al sepulcro fueron luego los primeros testigos de la resurrección del Hombre_Dios.

 

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5º Creo en Jesucristo, que descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos

Cuando murió Nuestro Señor su alma quedó separada de su cuerpo, pero la divinidad quedó siempre unida a su cuerpo y a su alma. Su cuerpo fue colocado en el sepulcro y su alma descendió a los infiernos, es decir, al Limbo de los justos, para visitar a las almas de estos muertos antes de su venida y anunciarles su próxima liberación.

Desde el pecado de Adán, el cielo estaba cerrado; Jesucristo acababa de abrirlo con su pasión y muerte en la cruz, y así anunció a estas santas almas, que suspiraban por su venida, que, después de cuarenta días, entrarían triunfantes con Él en el cielo.

Los profetas habían vaticinado que el cuerpo del Mesías no quedaría en el sepulcro, y Jesús en persona había asegurado que resucitaría al tercer día después de su muerte. Apenas empieza este tercer día, Jesucristo unió nuevamente su alma a su cuerpo y salió del sepulcro, vivo, glorioso e inmortal. Salió sin romper ni mover la piedra, en virtud de su poder divino, como sólo Dios puede hacerlo, probando de esta manera evidentísima que Él era Dios y que, por consiguiente, su religión es verdadera y divina.

En el momento en que Jesús salió del sepulcro, la tierra experimentó una violenta sacudida; un ángel, refulgente como el rayo, apareció entre los soldados guardianes y éstos, atemorizados, cayeron de espaldas. El ángel hizo rodar la piedra sellada del sepulcro y se sentó encima de ella, mientras los soldados, no del todo repuestos de su espanto, corrían presurosos a anunciar la novedad a los fariseos y a los príncipes de los sacerdotes. Se celebraba la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo el día de Pasque, que e la mayor festividad del año.

La Resurrección de Jesucristo es el fundamento de nuestra fe, el modelo de nuestra vida espiritual y la causa de nuestra resurrección futura.

 

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6º Creo en Jesucristo, que subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso

Después de su Resurrección, Jesucristo permaneció en la tierra por espacio de cuarenta días para mostrar que realmente había resucitado y para continuar la instrucción de sus Apóstoles. Durante este tiempo, se muestra frecuentemente a sus discípulos para hablarles del Reino de Dios; coloca a Pedro a la cabeza de su Iglesia; da a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados y los envía a predicar y a bautizar a las naciones.

Terminada la obra de nuestra Redención, Jesús reunió en el Monte de los Olivos a sus Apóstoles y a un gran número de sus discípulos. Allí, al mediodía, después de haberles prometido otra vez que les enviaría el Espíritu Santo, extiende sus manos para bendecirlos y se eleva glorioso y triunfante hacia los cielos. El aniversario del día en que Jesucristo subió a los cielos se llama la fiesta de la Ascensión. Desde entonces, Jesucristo está sentado a la diestra de Dios; esta expresión figurada significa que Jesucristo, como Dios, es igual a su Padre en poder y en gloria, y que como hombre, participa de la autoridad, de la gloria y de la felicidad de Dios. Él es Rey y Juez: un rey está sentado en su trono; un juez, en su tribunal.

Y ahora, ¿dónde está Jesucristo? Como Dios, Jesucristo está en todas partes; como Dios y hombre está en el Cielo y en el Santísimo Sacramento del altar, en todas las hostias consagradas.

 

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7º Creo en Jesucristo, que vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos

Jesucristo volverá al mundo, al final de los tiempos, para ejercer su poder de Juez soberano. Este juicio, llamado público, universal, último, es necesario para justificar la divina Providencia, glorificar a Jesucristo, alegrar a los justos y confundir a los impíos.

El Salvador vendrá como Hijo de Dios hecho hombre, con todo el esplendor de su majestad y de su gloria, a juzgar a los vivos y a los muertos, es decir, a los justos y a los pecadores.

Jesucristo es nuestro Redentor, nuestro Abogado, nuestro Juez; la primera de estas funciones la desempeñó en la cruz; la segunda la ejerce actualmente en el cielo; la tercera la cumplirá sobre la tierra al fin del mundo.

El primero de los advenimientos o venidas de Jesucristo a la tierra se verificó en la humildad, en la pobreza, en el sufrimiento: tenía por objeto salvar a los hombres. El segundo se verificará con gloria, majestad y poder, y tiene por objeto juzgar y dar a cada uno el premio o castigo según sus obras. Volveremos más adelante sobre este segundo advenimiento del Hijo de Dios.

 

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8º Creo en el Espíritu Santo

He aquí la tercera  parte del Símbolo. Dios Padre es el Creador; Dios Hijo, el Redentor; Dios Espíritu Santo, el Santificador.

La obra de nuestra santificación, como todas las obras exteriores de Dios, es común a las tres personas de la Santísima Trinidad; pero se atribuye especialmente al Espíritu Santo, porque Él es el amor recíproco del Padre y del Hijo y porque la santificación no es otra cosa que la difusión del amor divino en nosotros.

El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Posee la naturaleza divina totalmente como el Padre y el Hijo, de los cuales procede como de un solo y mismo principio, a la manera de un hálito o espiración, por el cual se llama Espíritu de Dios; se añade Santo, porque es infinitamente santo por su naturaleza y porque nos santifica. Debemos adorar al Espíritu Santo, invocarlo con ardientes súplicas, y seguir dócilmente sus inspiraciones.

En el momento de subir al cielo, Jesucristo recomienda a sus Apóstoles que no se alejen de Jerusalén: “Recibiréis, les dice, la virtud del Espíritu Santo, y seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea y hasta en los confines de la tierra” (Hech.  1, . El día de Pentecostés, diez días después de la Ascensión, el Espíritu Santo descendió visiblemente sobre los Apóstoles, bajo la forma de lenguas de fuego; transformó a aquellos hombres débiles, ignorantes, tímidos; los iluminó, los fortaleció y los hizo capaces de anunciar el Evangelio y de propagar la Iglesia.

Misión del Espíritu Santo en la Iglesia. El Espíritu Santo ha sido enviado por el Padre y el Hijo, para verificar y fecundar la Iglesia. Él es quien la gobierna, la inspira, la asiste, para que sea infalible en sus enseñanzas y fecunda en Santos y en buenas obras. Él la hace invencible contra los embates de sus enemigos.

Operaciones del Espíritu Santo en las almas. El Espíritu Santo es la vida de cada alma en particular, como es la vida de la sociedad cristiana. Por eso se le llama Espíritu vivificador. Habita en las almas en estado de Gracia como en un templo, y es para ellas el principio de la vida sobrenatural, en cierto modo como el alma es el principio de la vida corporal; por eso podía decirse que, si el hombre está compuesto de cuerpo y alma, el cristiano está compuesto de cuerpo, alma y Espíritu Santo.

El Espíritu Santo se da a los fieles, particularmente, por los Sacramentos del Bautismo y de la Confirmación y a los Sacerdotes, por el Orden Sagrado. Comunica a las almas la vida sobrenatural, la desenvuelve, la perfecciona, y lleva a los fieles a la práctica de las buenas obras. Con este fin, las enriquece con sus dones que en número de siete, producen en el alma actos eminentes de virtud, llamados los doce frutos del Espíritu Santo. En una palabra, aplica a cada uno la Redención realizada por Cristo, y para esto se vale del misterio de la Iglesia.

 

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9º Creo en la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos

Jesucristo fundó una Iglesia para continuar en el mundo su misión divina: instruir, santificar y salvar a los hombres. Reunió en sociedad a sus discípulos bajo el gobierna de los Apóstoles, a cuyo frente puso a San Pedro para que fuera su Vicario o representante. Le dio las llaves del reino de los cielos, le encargo que apacentara o gobernara todo el rebaño, pastores y fieles (Mt. 16, 19; Jn, 21, 15-17).

Al día siguiente de Pentecostés, gracias a las numerosas conversiones hechas por la predicación de San Pedro, la Iglesia contaba en Jerusalén con ocho mil fieles y se hallaba fundada con todas las condiciones de una verdadera sociedad bien establecida.

En ella se descubre una jerarquía perfecta: en la cima, Pedro, que es el jefe supremo; después, los Apóstoles, que administran y gobiernan ayudados por auxiliares; y por último, la muchedumbre de los fieles que escucha y obedece.

En la actualidad, la constitución de la Iglesia es idénticamente la misma: en la cima, el Papa, sucesor de San Pedro, jefe supremo de la Iglesia; después, los Obispos, sucesores de los Apóstoles, encargados del gobierno espiritual de la diócesis, son ayudados en sus tareas por los Sacerdotes que trabajan en la salvación de las almas; finalmente, los fieles forman, como antes, el rebaño confiado al cuidado de los Pastores.

Jesucristo no ha fundado más que uña Iglesia y le ha impreso ciertos caracteres o notas que permiten reconocerla con certeza. La verdadera Iglesia de Jesucristo debe ser: Una en su cabeza, en su doctrina, en su moral, en sus medios de salvación; Santa en su enseña, en sus leyes, en sus prácticas, en sus miembros, en sus obras; Católica fundida por todas las partes del mundo; Apostólica, gobernada por los legítimos sucesores de los Apóstoles, únicos encargados por el Divino Maestro de predicar el Evangelio al mundo.

La verdadera Iglesia de Jesucristo es la Iglesia Católica Romana. Es la Iglesia del Papa, sucesor de San Pedro, la única Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.

Jesucristo hizo a su Iglesia depositaria de su doctrina, de sus poderes y de sus gracias. Por consiguiente, fuera de la Iglesia de Jesucristo no hay salvación posible. Todo el que quiera salvarse debe:

1º, entrar en la Iglesia Católica por el Bautismo;

2º, creer en su enseñanza, obedecer a sus jefes y recibir sus Sacramentos. Todo el que voluntariamente permanece fuera de la Iglesia de Jesucristo no podrá, alcanzar jamás la salvación eterna.

“Pero la salvación es posible para aquellos que involuntariamente están fuera de la Iglesia. Ignorando inculpablemente su existencia o su divinidad, no tienen más obligación que servir al Dios de la mejor manera que les sea posible, mediante el cumplimiento de los deberes que les prescribe su propia conciencia… Si así lo hacen, con entera buena fe, estando dispuestos a abrazar la verdad cuando la conocieren, por eso mismo desean pertenecer a la Iglesia. Este deseo suple la incorporación real. Son vivificados por el Espíritu Santo y pertenecen al alma de la Iglesia” (Moulin).

La Iglesia posee tres propiedades esenciales: la visibilidad, la perpetuidad, la infalibilidad.

1º La visibilidad consiste en que la Iglesia puede ser vista y reconocida por los hombres como una sociedad religiosa fundada por Jesucristo. Si fuera invisible, los hombres no podrían recibir de Ella ni la doctrina de Jesucristo, ni sus leyes, ni su gracia; por lo tanto, no estarían obligados a formar parte de la misma, puesto que no la podrían ver ni conocer.

2º La perpetuidad o indefectibilidad consiste en que la Iglesia debe durar sin interrupción, hasta el fin del mundo, y conservar inalterable su doctrina, su moral y su culto. Jesucristo instituyó su Iglesia para todos los hombres y para todos los tiempos.

3º La infalibilidad es el privilegio concedido a la Iglesia de no poder engañarse, ni engañar cuando enseña la doctrina de Jesucristo. Es la asistencia particular del Espíritu Santo, que impide que la Iglesia caiga en error.

Solo son infalibles aquellos que, en nombre de la Iglesia, tienen la misión y el derecho de declarar cuál es la verdad revelada por Dios y de condenar el error opuesto; es decir, el Papa, y los Obispos unidos al Papa. A Pedro es a quien Jesucristo confirió la autoridad infalible (Lc. 22, 32).

Creo en la Comunión de los Santos. Los miembros de la Iglesia forman una sola y misma familia. En una familia hay comunidad de bienes entre el padre, la madre y los hijos: todos trabajan por la familia, y el trabajo de cada uno aprovecha a todos. De la misma manera, en la gran familia de Jesucristo todos los cristianos se aprovechan de los tesoros, que son como las rentas espirituales de la Iglesia. Estos bienes espirituales son:

1º, los méritos infinitos de Jesucristo; 2º, los de la Santísima Virgen y de los Santos; 3º, el Santo Sacrificio de la Misa y los Sacramentos; 4º, las oraciones y las buenas obras de todos los fieles.

Esta comunicación de bienes existe, no solamente entre los fieles de la Iglesia militante, sino también entre los Santos de la Iglesia triunfante y las almas de la Iglesia purgante. Nosotros estamos en comunicación con los Santos del cielo por las oraciones que les dirigimos y por las gracias que ellos nos obtienen. Estamos en comunión con las almas del purgatorio por las oraciones y buenas obras que hacemos para conseguir su libertad.

 

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10º Creo en el perdón de los pecados

Creer en el perdón de los pecados es creer que Jesucristo ha dado a su Iglesia el poder de perdonar todos los pecados, de borrarlos.

Sólo Dios puede perdonar los pecados, porque es al ofendido a quién corresponde perdonar la ofensa recibida. Jesucristo posee este poder como  Dios y como Salvador de la humanidad culpable. Ha delegado este poder en su Iglesia, que lo ejerce mediante los Sacramentos. Por el Bautismo, la Iglesia perdona el pecado original, y en los adultos, los pecados actuales cometidos antes de recibirlo; y por la Penitencia, todos los pecados actuales cometidos después del Bautismo.

Jesucristo instituyó el Sacramento de la Penitencia el mismo día de su Resurrección cuando dijo a los Apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo: como me envió mi Padre, así también Yo os envío. A los que le perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes los retuviereis, les serán retenidos”[7].

El Salvador dio esté poder a sus, Apóstoles, a fin de que los pecadores, asegurados de su perdón, puedan vivir en paz y alegría. El Sacramento de la Penitencia es uno de los mayores beneficios de Dios, uno de los frutos más preciosos de la pasión de Jesucristo. Pero es un medio necesario, puesto que Jesucristo no instituyó otro. Los que no pueden recibir este Sacramento deben tener, por lo menos, el deseo de recibirlo y la contrición perfecta.

 

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11º Creo en la resurrección de la Carne

La muerte es la separación del alma y el cuerpo. Después de esta separación, el alma, que es espiritual, inmortal, incorruptible, sigue viviendo; el cuerpo, del que aquella está separada, se corrompe y se convierte en polvo. Pero la separación del alma y el cuerpo no será eterna. Al fin del mundo, todos los muertos resucitarán con los mismos cuerpos y almas que tuvieron en vida.

El cuerpo ha sido para el alma y el alma para el cuerpo. Por eso conviene que un día estén ambos nuevamente reunidos, a fin de que la obra de Dios, deshecha por un momento a causa del pecado y de la muerte, sea definitivamente restaurada.

Además, es el hombre entero el que hace el bien o el mal, y el cuerpo ha contribuido así a la salvación como a la condenación. El hombre debe ser recompensado o castigado todo entero en su cuerpo y en su alma. Resucitaremos, pues, para recibir en cuerpo y alma el premio de nuestras buenas obras o el castigo de nuestros pecados. No es más difícil para Dios rehacer nuestro cuerpo que hacerlo por primera vez. El grano que se deposita en la tierra y se pudre, da un tallo que produce muchos granos. Así sucederá con nuestro cuerpo, cualquiera que sea la transformación por la que pase nuestra Carne, siempre tendrá un germen que Dios hará revivir.

Todos los hombres resucitarán, pero sus cuerpos no serán semejantes. Los cuerpos de los réprobos volverán a la vida horriblemente afeados y estarán sujetos a terribles sufrimientos, Los cuerpos de los elegidos, al contrario, serán: 1) impasibles, y estarán exentos de toda dolor; 2), resplandecientes como el sol y radiantes de belleza; 3), ágiles, es decir, rápidos como la luz y el pensamiento; 4), sutiles, es decir, espiritualizados y capaces de penetrar por todas partes, del mismo modo que la luz atraviesa el cristal.

¡La resurrección de la Carne! ¡Qué estímulo para el bien, que fuente de fuerza en las enfermedades y en la práctica de la mortificación cristiana! La Carne, crucificada con Jesucristo, será glorificada con Él.

 

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12º Creo en la vida perdurable

La última verdad enseñada por los Apóstoles en el Símbolo es la existencia de una vida futura, eternamente feliz para los buenos, eternamente desventurada para los malos.

Los hombres resucitados no volverán a morir: los buenos vivirán y en una bienaventuranza eterna, y los réprobos en un suplicio que no tendrá fin. Eternidad feliz en el cielo, eternidad desgraciada en el infierno… ¿Cuál será la nuestra? Está en nuestra mano elegirla ¿Pensamos en ella seriamente?

Postrimerías del hombre. El dogma de la vida eterna supone otras cinco verdades, que se llaman los novísimos o postrimerías del hombre: la Muerte, el Juicio, el Cielo, el Purgatorio, el Infierno y la consumación de los siglos.

1º La Muerte. La muerte es la separación del alma y del cuerpo. El cuerpo es devuelto a la tierra, de donde salió; el alma vuelve a Dios, que la creó, para recibir la sentencia de su destino eterno. Es cierto que todos tenemos que morir, pero las circunstancias de la muerte son absolutamente inciertas. Dios nos deja en esta incertidumbre para obligarnos a vivir bien y a estar siempre preparados para morir.

2º El Juicio. La muerte es el fin de la prueba y de las obras meritorias. Tan pronto como el Alma se separa del cuerpo, comparece ante Dios para ser juzgada de todos sus pensamientos, palabras, acciones y omisiones; ese el juicio particular. Pronunciada la sentencia, se ejecuta sin demora, y el alma va al Cielo, al Infierno, o al Purgatorio por un tiempo más o menos largo; al Paraíso o al Infierno, para siempre.

3º El Paraíso o el Cielo es un lugar de delicias donde el hombre está destinado a gozar de la bienaventuranza eterna.

Esta felicidad comprende:

1) La exención de todos los males, así del alma como del cuerpo.

2) La posesión de todos los bienes para el alma y para el cuerpo.

3) Y la deliciosa seguridad de poseer esta bienaventuranza infinita por toda la eternidad: Creo en la vida eterna.

La felicidad del cielo es proporcional a los méritos personales. Además de la gloria esencial, reservada a todos los elegidos, hay en el cielo glorias accidentales, que se llaman aureolas, concedidas como recompensas a los Santos que han conseguido señaladas victorias. Se distinguen tres: la aureola de los Mártires, que han vencido al mundo; la de los Doctores, que han vencido al demonio, padre de la mentira; la de las Vírgenes, que han vencido la Carne y sus placeres.

4º El Purgatorio. El Purgatorio es un lugar de sufrimientos, donde las almas justas acaban de expiar sus pecados antes de ser admitidas en el cielo.

No hay más que dos puntos de f e acerca del Purgatorio: 1º, existe un lugar de expiación; 2º, las almas que allí se encuentran pueden ser socorridas por los sufragios de la Iglesia militante, sobre todo por el Santo Sacrificio de la Misa.

“Es un pensamiento santo y saludable el rezar por las muertos”, dice la Sagrada Escritura (II Macab. 16, 46). La razón misma reconoce la existencia del Purgatorio como necesaria. Porque: 1º, es imposible que Dios mande al Infierno a un alma adornada con la gracia santificante, y  2º, es igualmente imposible que esta alma, manchada con una falta, por leve que sea, pueda ser admitida inmediatamente a ver a Dios, que es la Santidad Infinita. Es pues necesario que esta alma se purifique para poder entrar en el Cielo. Por eso los mismos paganos habían comprendido y admitido la existencia de un lugar de expiación temporal para los muertos.

En el Purgatorio hay dos clases de penas:

a) La privación de la visión beatífica, o pena de daño.

b) La pena de sentido, que según el común sentir de los teólogos, consiste en el fuego y en otros tormentos más rigurosos que todos los sufrimientos de la vida presente. La intensidad y duración de estas penas son proporcionadas a la culpabilidad de cada alma.

5º El Infierno. El Infierno es un lugar de suplicios donde los condenados están separados para siempre de Dios y atormentados con los demonios en el fuego eterno. Hay tres puntos de fe relativos al Infierno: 1º, existe un Infierno; 2º, el Infierno es eterno; 3º, las almas de los que mueren en pecado mortal van a él inmediatamente después de la muerte. Estas verdades se repiten en cada página de la Escritura.

La eternidad de las penas no se opone a la bondad de Dios y a su justicia, porque el hombre, pecando mortalmente, renuncia a Dios y se adhiere a la criatura, de la que hace su fin último. Consiente, pues, estar separado de Dios para siempre: un hombre que se arranca los ojos, consiente en estar ciego para siempre. Por lo demás, la existencia del Infierno es tan conforme a la razón, que se halla admitida en todas las religiones paganas: testigo el Tártaro de los griegos y de los romanos. Las penas del Infierno consisten:

1) En estar separado de Dios para siempre. Esta pena de daño es, sin comparación, el mayor tormento del Infierno. ¿Por qué? Porque Dios es el Bien infinito; pero la privación del bien infinito y necesario causa una pena tan grande como Dios mismo. Tanta pena quantus ille.

2) En ser atormentado con los demonios en el fuego eterno. Esta pena se llama de sentido. Cada sentido será atormentado por diferentes suplicios, sobre todo por el fuego devorador. Este fuego, dicen los teólogos, es un fuego material, real, más violento que el fuego de este mundo, porque Dios lo encendió en su enojo para castigar a sus enemigos y le dio propiedades para atormentar directamente a los espíritus como también a los cuerpos.

3) ¡¡¡Y estos suplicios durarán siempre!!!

Estas penas del Infierno no son iguales para todos los condenados; son proporcionadas a la naturaleza y al número de pecados de cada uno: cuanto más culpable es uno, tanto más se sufre. Los condenados conservan en el Infierno todas sus facultades naturales y, después de la resurrección, tendrán también sus cuerpos en las llamas.

Lo que aumenta el horror de estos suplicios es la compañía de los demonios y de todo lo que la tierra ha contenido de más corrompido y perverso. Las relaciones de los condenados entre sí son una fuente nueva e inagotable de sufrimientos.

6º La consumación de los siglos. Se entiende por consumación de los siglos los últimos acontecimientos que pondrán fin al estado temporal del mundo y fijarán para siempre la suerte de la humanidad. Esa consumación comprende: 1º, el fin del mundo; 2º, la resurrección universal; 3º, el juicio universal.

Es cierto que este mundo visible dejará de existir en la forma que hoy tiene; será purificado y transformado por el fuego, y habrá un nuevo cielo y una nueva tierra. Pero nadie sabe cuándo llegará el fin del mundo: es un secreto de Dios.

Sin embargo, Jesucristo nos ha indicado ciertas señales precursoras que harán conocer la proximidad de ese gran día: la predicación del Evangelio en todo el universo, una apostasía casi general, la conversión de los judíos, la venida del Anticristo y el transtorno de la naturaleza.

Cuando todos los hombres hayan muerto, Jesucristo enviará a sus Ángeles para que toquen las trompetas. Se oirá una gran voz: Surgite, mortui!: “¡Levantáos, muertos!”, y esta voz repercutirá hasta en los más profundos abismos.

A este llamamiento, todas las almas dejarán, unas el cielo, otras el infierno, otras el purgatorio, y vendrán a reunirse con sus cuerpos para hacerlos vivir de nuevo. Y los muertos, resurgiendo en todos los puntos del globo, se hallarán al principio mezclados todos, justos y pecadores. Bien pronto los Ángeles, ministros del supremo Juez, los reunirán en el lugar destinado para el Juicio.

Juicio universal. Dios, para glorificar la humanidad de su divino Hijo, le confió el juicio de los hombres: todos debemos compadecer ante el tribunal de Cristo (II Cor. 14, 14).

La Sabiduría, la Justicia y la Providencia de Dios, públicamente despreciadas en la tierra, deben ser públicamente glorificados en presencia de todas los hombres.

Jesucristo ha sido voluntariamente desconocido, condenado en su persona y en la persona de los miembros de su Iglesia, es justo, por tanto, que aparezca como el soberano Juez y el Rey de los siglos.

Los justos han sido despreciados y tratados como locos: es justo que sean glorificados y reconocidos como los únicos sabios.

Los malvados han sido los unos, altivos e insolentes en sus crímenes, los otros han ocultado sus iniquidades y sus torpezas: justo es que los primeros sean humillados y abatidos, y los segundos cubiertos de confusión y de vergüenza.

Cuando todos los hombres estén reunidos en el valle del juicio, Jesucristo descenderá visiblemente del cielo, sobre una nube resplandeciente, con todo el brillo de su poder y de su majestad. Sentado en un trono de gloria, rodeado de sus Ángeles y de sus Apóstoles, que serán sus asesores, manifestará a todos las acciones, las palabras, los pensamientos, aun los más ocultos, de los vivos y de los muertos, es decir, de los justos y de los pecadores.

Terminado el juicio, el soberano Juez pronunciará la sentencia: Dirá a los buenos: “ Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os ha sido preparado desde el principio del mundo”. Y a los malos: “Apartaos de Mí, malditos, id al fuego eterno que ha sido preparado para Satanás y sus Ángeles” (Mt. 25, 34-41).

Entonces el infierno, abriendo sus abismos, tragará cuerpos y almas, la muchedumbre de los réprobos, y se cerrará sobre ellos para siempre. Y los ele idos con sus cuerpos espiritualizados y glorificados, subirán al cielo en pos de Jesucristo para gozar allí de la felicidad eterna.

CONCLUSIÓN FINAL. Tales son las verdades contenidas en el Símbolo de los  Apóstoles. Nosotros debemos creerlas con una fe sincera, no por la palabra de los hombres, sino porque han sido reveladas por Dios y no son enseñadas por su Iglesia infalible.

 

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II. La Moral o los deberes que hay que cumplir para merecer el cielo

Para salvarse es necesario no sólo creer todas las verdades contenidas en el Símbolo, sino también vivir cristianamente, es decir, observar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, evitar el pecado y practicar, la virtud: “La fe sin las obras es una fe muerta” (Sgo. 2, 11).

El Símbolo es el compendio de todo lo que debemos creer; el Decálogo, el compendio de todo lo que debemos practicar para salvarnos. Los tres primeros mandamientos, escritos en la primera tabla, encierran todos los deberes para con Dios. Los otros siete, escritos en la, segunda tabla, nos prescriben los deberes para con nosotros mismos y nuestros prójimos.

Los mandamientos positivos son los que prescriben algún bien que hacer: no obligan siempre, ni en todas las circunstancias. Los mandamientos negativos son los que nos prohíben hacer el mal. Obligan siempre y en todas las circunstancias, porque el mal no puede ser permitido.

En cada mandamiento hay: una parte positiva y una negativa, es decir, una orden y una prohibición.

 

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1º No tendrán otro Dios más que a Mí.

El primer mandamiento nos obliga: 1) a creer en Dios; 2), a esperar en Él; 3), a amarle con todo nuestro corazón; 4), a adorarle a Él solamente.

Cumplimos con estas cuatro obligaciones mediante la práctica de las tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad, y mediante la virtud de la Religión; que nos hace rendir a Dios el culto que le es debido.

1º Hay que creer en Dios. Sin fe es imposible agradar a Dios: ella es el fundamento y la razón de ser de nuestra justificación.

a) Objeto de la fe. ¿Qué debemos creer? Debemos creer todas las verdades reveladas por Dios y enseñadas por la Iglesia. Es el objeto de la fe el conjunto de las verdades reveladas. Pero no estamos obligados a creer de la misma manera todas las verdades de fe. Unas hay que deben ser creídas explícitamente, es decir, en particular y en sus pormenores, y otras que basta creer implícita mente, o sea, en general, diciendo: Creo todo lo que la Iglesia cree y enseña.

I) Toda cristiano, si quiere salvarse, debe saber y creer de una manera explícita con necesidad de medio las verdades siguientes:

a) La existencia de un Dios único, Creador de todas las cosas a las que conserva con su Providencia.

b) La inmortalidad del alma y la existencia de otra vida, donde Dios recompensa a los buenos y castiga a los malos.

e) A estas dos verdades hay que añadir, según la mayoría de los teólogos, desde la promulgación del Evangelio, los tres principales misterios: de la Trinidad, de la Encarnación y de la Redención.

II) Es necesario, con necesidad de precepto, saber, al menos en cuanto a la substancia y creer explícitamente, los artículos del Símbolo, los preceptos del Decálogo, la doctrina de la Iglesia acerca de los Sacramentos que cada cual debe recibir: el Bautismo, la Eucaristía y la Penitencia.

a) No basta tenerla fe interior; muchas veces hay que profesarla exteriormente con nuestras palabras y con nuestros actos. Nuestro Señor negará, en presencia del Padre celestial, a aquellos que le hayan negado  a Él en presencia de los hombres.

b) Motivos de la fe. ¿Por qué debemos creer? El motivo de nuestra fe es la soberana veracidad de Dios, que no puede engañarse, ni engañarnos: Creemos las verdades reveladas por el testimonio de Dios. El testimonio de un hombre está sujeto a error, el de Dios es infalible, y Él es el que engendra la certeza absoluta de la fe de los cristianos.

c) Pecados contra la fe. Descuidar el estudio de las verdades de fe. Dudar voluntariamente de alguna verdad revelada. Negarse a creer lo que la Iglesia enseña: infidelidad, herejía. Renunciar formalmente a la fe: apostasía. Avergonzarse de aparecer cristiano: respeto humano. Exponerse a perder la fe con lecturas, programas televisivos o compañías peligrosas.

2º Esperar en Dios. La esperanza es necesaria como la fe, ya con necesidad de medio, ya con necesidad de precepto: “Por la esperanza, dice San Pablo, nosotros nos salvamos” (Rom. 8, 24).

a) Objeto de la esperanza. ¿Por qué debemos esperar? Los motivos de la esperanza son: la Bondad de Dios, su Omnipotencia, su Fidelidad a sus promesas y los Méritos infinitos de Jesucristo. Dios se ha comprometido, en vista de los méritos de Jesucristo, a dar la vida eterna a todos los hombres, siempre que observen la ley divina, particularmente el precepto de la oración: las promesas de Dios son condicionales.

No tener esperanza es hacer a Dios el mayor de los ultrajes, porque es dudar de su amor a nosotros; de su poder para socorrernos, o de su fidelidad en el cumplimiento de sus promesas, o del valor de los Méritos del Salvador que, con sus padecimientos y su muerte, nos ha merecido gracias infinitas.

b) Pecados contra la esperanza. Se peca contra la esperanza de dos maneras: por desesperación o por presunción.

I) Se peca por desesperación, cuando se desespera de la salvación, del perdón de los pecados, de las victorias sobre las pasiones; cuando se desconfía de la Providencia en las necesidades de la vida.

II) Se peca por presunción cuando se abusa de la Misericordia de Dios para cometer el pecado y diferir la conversión; cuando se presume de alcanzar el cielo sin hacer nada para merecerlo; o de tener la gracia sin recurrir a los sacramentos y a la oración; o cuando, contando con sus propias fuerzas, se expone uno voluntariamente al peligro de ofender a Dios.

3º Amor a Dios de todo corazón. Sin la caridad nadie está justificado ante Dios y no puede merecer la vida eterna. El precepto de la caridad es formal: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Este es el primero y el más grande de los mandamientos” (Mt. 22, 37-38).

a) Motivos de la caridad. ¿Por qué debemos amar a Dios? Debemos amar a Dios por varios motivos: Por los bienes recibidos de Él: es el amor de gratitud; por los bienes que esperamos de Él: es el amor de esperanza; por su bondad infinita: es la caridad propiamente dicha.

Amar a Dios con amor de gratitud y de esperanza, es amar a Dios porque es bueno con nosotros. Este amor interesado, llamado caridad  imperfecta, es bueno y laudable pero no basta: Dios debe ser amado por sí mismo y sobre todas las cosas.

Por sí mismo, por causa de sus perfecciones infinitas que le hacen soberanamente amable. Hay que amar a Dios sobre todas las cosas, más que a nuestros bienes, más qué a nuestros padres, más que a todas las criaturas, más que a nosotros mismos. El amor debe ser proporcionado al objeto amado. Es así que Dios es el Supremo Bien: luego, debe ser amado y estimado sobre todas las cosas. “Aquel, dice Jesucristo, que ama a su padre y a su madre más que a Mí, no es digno de Mi” (Mt. 10, 37).

El acto de amor de Dios consiste en amar a Dios sobre todas las cosas, porque Él es infinitamente perfecto, infinitamente bueno, infinitamente amable.

No es necesario que nuestro amor sea sumo en su intensidad, es decir, que excite en nuestra sensibilidad un afecto superior a toda otra afección; basta que sea sumo en su apreciación, es decir, que ame a Dios más que a todas las cosas y que lo prefiera ante todo hasta el punto de preferir perder todo antes que ofender a Dios. Así, Abrahán amaba a su hijo con mayor intensidad sensible que Dios: sin embargo, le hubiera sacrificado porque estimaba más la voluntad de Dios que la vida de Isaac.

b) Señales de caridad. ¿Cómo podemos estar seguros de que amamos a Dios? Estamos seguros de amar a Dios: 1º Si observamos sus mandamientos y los de su Iglesia; 2º Si estamos dispuestos a sacrificarlo todo antes que ofenderle. 3º Si ejecutamos todas nuestras acciones con la mira de agradarle. La prueba del amor son las obras: “Aquél, dice Cristo, que practica mis mandamientos, me ama” (Jn. 14, 15).

c) Pecados contra la caridad. Todo pecado mortal destruye la caridad. Los pecados más opuestos al amor de Dios son:

El odio contra Dios: Pecado inconcebible porque Dios es la bondad por esencia.

Pecados de superstición. La superstición en general, es omisión voluntaria de los deberes religiosos. Es atribuir poderes a quién no los tiene.

La preferencia dada a la criatura: amar a personas o cosas tanto o más que a Dios. Nuestro amor por las criaturas debe referirse a Dios, como a su último fin.

Adorar sólo a Dios. La adoración consiste en reconocer a Dios por Creador y Señor de todas las cosas, y en anonadarse en presencia de la Majestad divina. La adoración se llama culto de Latría: este culto no es debido más que a Dios, puesto que es el único Creador y el único Señor.

No basta adorar a Dios con actos interiores de fe, de esperanza, de caridad, de sumisión, etc.; hay que rendirle también un culto externo y público: Rendimos a Dios el culto externo con la oración vocal, con los diferentes actos exteriores de religión y el culto público, asistiendo con recogimiento a los oficios de la Iglesia, particularmente al Santo Sacrificio de la Misa.

Debemos adorar Dios: cada domingo, asistiendo a la Misa; cada día, con las oraciones de la mañana, del día y de la noche, y frecuentemente con oraciones jaculatorias.

Pecados contrarios a la adoración: los unos se oponen a la virtud de religión por defecto, y son los pecados de irreligión; los otros por exceso, y son los pecados de superstición.

1º Los principales pecados de irreligión son la negligencia, en la oración; la indiferencia en lo concerniente a los deberes de cristiano: el desprecio de las cosas santas; y, finalmente, el sacrilegio.

Se comete sacrilegio cuándo se profanan las cosas santas, como los Sacramentos; los lugares santos, como las iglesias, los cementerios; o cuando se ultraja a las personas consagradas a Dios, como los sacerdotes, los religiosos, etc.

Pecados de superstición. La superstición,  en general consiste en rendir a Dios un culto ilegítimo, o a la criatura culto divino.

a) El culto es ilegítimo cuando es falso o superfluo: imaginar falsos milagros, falsas revelaciones; añadir prácticas vanas a los actos religiosos aprobados por la Iglesia.

b) Se rinde a la criatura el culto divino con: la idolatría, la adivinación, la vana observancia, la magia, el maleficio (hacerse tirar las cartas, consultar el futuro, pedir a algún curandero éxito en el amor, en el trabajo o bien desgracia para otros, etc.).

La idolatría es la adoración de la criatura, ordinariamente representada por un ídolo. En la antigüedad pagana, el ídolo era la forma bajo la cual los demonios se hacían adorar, dando, mediante ellos, oráculos, y haciendo cosas maravillosas. Este género de idolatría sigue practicándose en los templos masónicos.

La adivinación es una invocación tácita o expresa del demonio para conocer las cosas que no son humanamente cognoscibles. Supone un pacto con el demonio: pacto explícito cuándo se le invoca; implícito, cuando se emplean medios que son naturalmente impotentes para revelar lo que se desea.

Se relaciona con la adivinación el espiritismo, que invoca a los espíritus para consultarlos.

N. B. Tampoco está permitido hacerse tirar las cartas y consultar a los que dicen la buenaventura, y a los curanderos que curan con pretendidos secretos. La intervención del demonio es cierta cuando los resultados obtenidos no guardan proporción con los medios empleados. La vana observancia consiste en atribuir a ciertas prácticas y observancias un efecto y un significado que Dios no les ha atribuido. Tales son: llevar ciertos amuletos llamados mascotas; atribuir funestos resultados a ciertos números, a la caída de un salero, al encuentro con ciertas personas o animales; creer que los sueños predicen lo porvenir; que el viernes o el martes son días aciagos, etc.

La magia es el arte de operar, con el auxilio del demonio, cosas maravillosas: se trata aquí de la magia negra o diabólica (también la llamada magia blanca que operan los macumbas y algunos curanderos).

Cuando la magia tiene por objeto hacer daño a alguien, toma el nombre de sortilegio, mala suerte lanzada sobre los hombres o los animales. No se debe creer fácilmente en los maleficios, ni acusar ligeramente a nadie de brujería.

Conclusión. “En otro tiempo, Dios había prohibido severamente a su pueblo recurrir al demonio: La Iglesia no es menos rigurosa en las prohibiciones hoy en día, y la experiencia nos dice que tiene razón. Estas supersticiones, esencialmente malas, llevan a la ruina de la religión y de la moral, perturban la paz de las familias y conducen fácilmente a la locura, al crimen, al suicidio” (Cauly).

 

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2º No tomarás el nombre de Dios en vano

El segundo mandamiento nos ordena honrar el Santo Nombre de Dios, porque el Nombre de Dios merece el respeto que debemos a Dios mismo.

Este mandamiento nos prohíbe: 1º, juraren vano; 2º, blasfemar; 3º, proferir imprecaciones; 4º, violar nuestros votos.

1º Jurar en vano es hacer un juramento:

a) contra la verdad, para afirmar una cosa que uno sabe que es falsa: es el perjurio; es siempre pecado mortal;

b) contra la justicia, cuando uno se compromete a cometer una mala acción;

c) sin necesidad, cuando se jura por cosas insignificantes.

Hay que cumplirlas promesas juradas, si lo que se ha prometido no es malo ni está prohibido.

No está permitido cumplir el juramento de cometer una mala acción; se pecó al jurar, y se cometería un nuevo pecado al cumplir el juramento; el juramento que no se ha debido hacer, tampoco debe ser cumplido.

La blasfemia es una palabra injuriosa contra Dios, los Santos o la Religión. El ultraje hecho a los Santos o a la Religión cae sobre Dios mismo. Se blasfema contra Dios de tres maneras:

a) negando las perfecciones de Dios, como su justicia, su providencia, o atribuyéndole lo que es contrario a su naturaleza;

b) maldiciendo a Dios y deseándole mal;

c) hablando de Dios o de sus atributos con desprecio o burla.

Todas las blasfemias contra Dios, si se pronuncian con advertencia, son pecados mortales, porque ultrajan a la Majestad divina. En la Ley Antigua, el Señor había ordenado que los blasfemos fuesen apedreados. San Luis, rey de Francia, les hacía atravesar la lengua con un hierro candente[8]. La blasfemia es un pecado sin excusa y sin provecho; es el crimen de los demonios; los que se les parecen en esta vida, merecen participar de los mismos castigos en el infierno.

Hay que evitar a toda costa ciertas expresiones utilizando el nombre de Dios ante una desgracia o también contando cuentos y nombrando cosas sagradas para hacer reír a los demás.

Las imprecaciones son palabras de rabia o de cólera para desear algún mal al prójimo o a sí mismo. Estás maldiciones que impetran la venganza divina sobre sí o sobre los demás; hieren el corazón de Dios, siempre pronto para bendecir y para hacer bien.

El voto es una promesa hecha a Dios de realizar alguna buena obra, con la intención de obligarse bajo pena de pecado. El voto es un acto del culto de latría, que no es debido sino a Dios: la voluntad de obligarse bajo pena de pecado, distingue al voto de la simple promesa. El voto es cosa útil y santa, siempre que se haga con discreción y prudencia. Si se trata de un voto importante, conviene orar antes mucho y consultar al propio confesor. Es siempre pecado faltar a sus votos o llamadas promesas.

La Iglesia, en virtud del poder de atar y desatar que ha recibido de Jesucristo, puede, por justos motivos, dispensar de los votos o conmutarlos por otras buenas obras. Este poder pertenece al Papa y a los Obispos, que lo ejercen por sí mismos o por sus delegados.

 

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3º Acuérdate de santificar las fiestas

El tercer mandamiento nos ordena que santifiquemos el día del Señor. Nos prohíbe profanarlo.

La ley natural prescribe al hombre consagrar, de tiempo en tiempo, un día al culto de Dios, pero no lo determina:

En la Ley Antigua era el sábado, en memoria del reposo de Dios después de la creación; en la Ley Nueva es el domingo en honor de la Resurrección de Jesucristo y de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.

Este día de descanso por semana nos recuerda las tres grandes maravillas de Dios: la Creación, la Redención y la Santificación. El domingo es el tributo del Señor: Dios es el dueño de los hombres, y elige los sacerdotes consagrados a su culto. Dios es el dueño del espacio, y exige edificios sagrados. Dios es el dueño del tiempo, y se ha reservado un día por semana, el domingo. Dios ha dado seis días al hombre para su trabajo, y se reserva el séptimo para su culto. Nada más justo ni razonable.

¿Qué hay que hacer para santificar el domingo? 1º Hay, que abstenerse de obras serviles y 2º dedicarse a obras de religión.

I. Las obras serviles son los trabajos en que el cuerpo tiene más parte que el espíritu. Están prohibidas aún en el caso de que se ejecutaran sin interés o por hacer una buena obra.

Dios nos prohíbe las obras serviles en los domingos: a) a fin de que podamos ocuparnos en nuestros deberes religiosos y en la salvación de nuestra alma; b) para dar al cuerpo el descanso necesario.

La ciencia demuestra que el descanso de un día, cada siete, es requerido por nuestra constitución física. Dios ordena pues, al hombre, el santo reposo del domingo para bien de su alma y de su cuerpo.

Los que hacen trabajar a otros, o dejan que sus subalternos trabajen, son tan culpables como si trabajaran ellos mismos: son responsables del pecado de los otros y del escándalo que dan.

Hay causas que pueden excusar el trabajo en domingo:

1º La necesidad, cuando se trata de detener, apagar o localizar un incendio, impedir una inundación, reparar los caminos necesarios para el servicio público, recoger una mies en peligro o hacer cualquier otro trabajo que no pueda omitirse sin daño notable, (ej. un Carneo).

2º El servicio divino permite ciertas obras serviles para el culto, como preparar las andas para una procesión, etc..

3º La caridad autoriza el trabajo en favor de los enfermos y de los pobres que se hallan en necesidad extrema.

4º La dispensa, concedida con justo motivo por los superiores eclesiásticos, el Obispo, el Párroco.

II. La obra de religión conque debemos santificar el domingo es la asistencia a la Santa Misa. En este Sacrificio se halla la esencia del culto cristiano, la perfecta adoración de Dios y la santificación de los hombres.

Es un pecado mortal no asistir a Misa los domingos, a menos que uno esté enfermo o impedido por una causa grave: un viaje, un trabajo imprescindible no dispensan de la Misa, cuando es posible asistir a Ella.

Hay que oír Misa entera, con respeto, atención y devoción y preferentemente la Misa parroquial (de una parroquia), porque se celebra para los fieles y en ella se predica.

Para santificar el domingo se recomienda la asistencia al catecismo y a la adoración y bendición del Santísimo por la tarde. ¿No es acaso conveniente consagrar una parte notable de este santo día al servicio de Dios y a las buenas obras?

Está permitido recrearse el domingo, siempre que se eviten las diversiones peligrosas, como ciertos bailes, la frecuentación prolongada de las tabernas, cafés, las reuniones nocturnas, etc.

El domingo es el día del Señor, el día del hombre, el día de la familia, el día de la sociedad. El precepto de santificar el domingo es muy importante, muy fácil, muy ventajoso.

En cambio la profanación del domingo es un gran crimen a los ojos de Dios, un gran mal para el hombre, una causa de ruina para la sociedad, que no puede vivir sin Religión. Por eso Dios castiga, aun en este mundo, a los profanadores del domingo y, al contrario, derrama sus más abundantes bendiciones sobre los hombres, las familias y las naciones fieles en la santificación de este día.

 

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4º Honra a tu padre y a tu madre

Los tres primeros mandamientos regulan nuestras relaciones con Dios. El cuarto, las relaciones del hombre con los representantes de Dios: los padres y los superiores espirituales o temporales.

Este mandamiento tiene por objeto directo los deberes de los inferiores para con sus superiores, y por objeto indirecto los deberes de éstos para con aquéllos. Los derechos y deberes son correlativos.

Las relaciones de los superiores con los inferiores resultan del orden social establecido por Dios. Las principales sociedades son: la familia, la sociedad doméstica, la sociedad religiosa; la sociedad civil.

 

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I. La Familia

1º deberes de los hijos para con sus padres

El cuarto mandamiento nos ordena: 1º, amar a nuestro padre y a nuestra madre; 2º,respetarlos; 3º, obedecerlos; 4º asistirlos en sus necesidades.

1º Amar a sus padres es tener una sincera disposición a servirlos, sacrificándose en su obsequio; la cual disposición nos lleva a desearles y a hacerles todo el bien posible. Debemos amar a nuestro padre y a nuestra madre, porque Dios nos lo ordena y porque, después de Dios, a ellos les debemos la vida. Nada puede dispensarnos del amor filial.

2º Respetar a sus padres es tratarlos con toda atención, soportar sus enfermedades y sus defectos: ellos son para nosotros los representantes de Dios. La falta de respeto al padre atrajo sobre la raza de Cam la maldición divina. Es una práctica santa y cristiana pedir la bendición a sus padres.

3º Obedecer a sus padres es ejecutar sus órdenes, seguir sus consejos, cumplir fielmente sus últimas voluntades: los padres son los depositarios de la autoridad de Dios, y obedecerlos en todo lo que es justo es obedecer a Dios mismo.

4º Asistir a sus padres es suministrarles los socorros espirituales y corporales que necesiten: durante su vida, y rogar por ellos después de su muerte: es justo que cuidemos de ellos como ellos cuidaron de nosotros.

Estos cuatro deberes de la piedad filial obligan a los hijos, a los nietos y a los pupilos.

 

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2º Deberes de los padres para con los hijos

El padre y la madre están obligados a proveer a las necesidades sus hijos, a educarlos cristianamente, a corregir sus defectos y darles buen ejemplo.

Los padres están obligados, en una palabra, a dar a sus hijos la educación física y la educación moral y religiosa.

La educación física comprende tres deberes: 1º, velar sobre la vida y la salud de los hijos: 2º, darles el alimento, la habitación y los vestidos convenientes a su condición; 3º, proveer a su suerte futura, sin poner trabas a su vocación.

La educación moral comprende dos partes: la formación del espíritu, o la instrucción religiosa y profana, y la formación del corazón, o la corrección de los defectos y el ejercicio de las virtudes.

La educación debe ser cristiana, es decir, debe tener por base la doctrina y la moral de Jesucristo. En virtud de la ley positiva de Dios, todos los hombres están obligados a vivir de acuerdo con la doctrina del Evangelio. Una educación que no sea cristiana no es una educación verdadera, sino una formación falsa y mala. Sin instrucción religiosa es imposible dirigir al hombre a su último fin; y sin Religión es asimismo imposible domar las pasiones del corazón humano y hacer feliz al hombre.

Los deberes de los padres con relación a la educación comprenden: la instrucción, la vigilancia, la corrección y el buen ejemplo.

La educación cristiana empieza en la familia y se completa en las escuelas. Los padres tienen el estricto deber y el derecho inviolable de confiar sus hijos a las escuelas cristianas que los formen en la virtud al mismo tiempo que en las ciencias profanas.

N. B. Los padres que faltan a este gran deber de la educación cristiana son ordinariamente castigados, aun en esta vida; y su castigo es tanto más cruel cuanto que sus mismos hijos son muchas veces sus verdugos. ( Hay un dicho que dice: “Cría cuervos y te arrancarán los ojos”).

 

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II. Sociedad Doméstica Deberes de los criados y de los amos

Los inferiores ( obreros, empleados, subordinados) deben a sus superiores (patronos, directivos, jefes, etc.): 1º, respeto; 2º, obediencia en todo lo que concierne a su servicio y a su buena conducta; 3º, fidelidad en el empleo del tiempo, en el cuidado de los intereses, en la discreción acerca de los secretos de la familia.

Los superiores deben: 1º, tratar a sus inferiores como ellos quisieran ser tratados; 2º, inducirlos a llevar una vida honesta y cristiana; 3º, pagarles exactamente el salarlo debido a sus servicios.

 

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III. Sociedad Religiosa Deberes de los fieles para con los Sacerdotes

Los superiores eclesiásticos son para los fieles, en el orden espiritual lo que los padres para sus hijos en el orden natural. Los superiores espirituales son: el Papa, Jefe universal de la Iglesia; el Obispo de la diócesis, el párroco y los Sacerdotes encargados de dirigir nuestras almas.

Los fieles deben a sus superiores eclesiásticos: 1º, respeto por causa de su carácter sagrado; 2º, amor por todos los bienes recibidos mediante su ministerio; 3º, obediencia por razón de su autoridad divina; 4º, auxilios materiales, porque, dice San Pablo: “Los que sirvan al altar deben vivir del altar” (I Cor. 9, 13).

Los principales deberes de los superiores eclesiásticos son: Enseñar la Religión; exhortar a la virtud; combatir los errores, los abusos, los escándalos; administrar los Sacramentos; visitar a los enfermos; asistir a los moribundos, aun con peligro de la propia vida.

 

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IV. Sociedad Civil Deberes de los súbditos y de los gobernantes

Cada hombre es, en la tierra, miembro de una nación o Patria, gobernada por un poder soberano. La Patria se llama así porque es como la extensión del dominio paternal; el jefe del Estado es el padre de la Patria, los ciudadanos son los hijos.

Es un deber común a gobernantes gobernados venerar y honrar a la Patria amarla dedicarse a su defensa y a su gloria: El amor de Dios inspira el amor a la Patria; en todas partes los hombres sin Dios son hombres sin Patria.

Los gobernados deben: 1º Honrar al jefe del Estado y a sus representantes. “Ellos son los ministros de Dios para el bien” (Rom. 13, 4).

2º Obedecer a los depositarios de la autoridad civil en todo lo que es justo y conforme a las leyes de Dios y de la Iglesia: “Toda autoridad viene de Dios” (Rom. 13, 1).

3º Contribuir a los gastos del Estado con el pago de los impuestos.

4º Ejercer lealmente los derechos que les confiere la Constitución del Estado, particularmente el derecho del voto para la elección de los mejores candidatos.

Los gobernantes deben: 1º Proteger a los ciudadanos en sus vidas, en propiedad, en su libertad, en su honor: hacer y mandar hacer justicia a todos, sin distinción de personas.

2º Respetar y hacer respetar las leyes de la Religión y los principios de la moral.

3º No confiar las funciones públicas, los cargos, los empleos, sino a hombres capaces, dignos, íntegros y virtuosos.

4º Favorecer as obras de beneficencia, las fundaciones de utilidad pública para la asistencia de los pobres, moralizar al pueblo, ayudar los padres de familia en la obra de la educación, pero sin usurpar nunca sus derechos paternales.

El poder civil ha sido establecido por Dios para el bien del Estado, como la autoridad paterna para el bien de la familia.

 

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Apéndice

El deber del voto

1º Hay que votar. El medio de que pueden valerse los súbditos para ser bien gobernados es votar por hombres honrados, concienzudos, capaces y resueltos a defender los intereses de la Religión, de la familia y de la sociedad. Votar es el deber más importante de la vida civil.

Nadie tiene el derecho de abstenerse: frecuentemente, la abstención favorece el triunfo de un candidato hostil a los intereses de la religión y de la Patria.

Se dice: Un voto más o menos, ¿qué importa? Si todos dijeran lo mismo y tienen el mismo derecho que vosotros no habría elección posible. Son los votos acumulados los que hacen las mayorías. El deber ante todo: debemos evitar que Dios nos eche en caza el haber dejado el campo libre a los enemigos del orden.

2º Hay que votar bien. El voto es una cosa muy seria: de nuestros votos dependen los intereses de la Religión, de la familia y de la sociedad. Los electores hacen a los elegidos. Pues bien, los elegidos senadores, diputados nacionales, diputados provinciales o concejales pueden, con sus leyes o decretos, poner trabas a la libertad de la Iglesia, violar los derechos de los padres de familia, comprometer la seguridad y la prosperidad de la Patria.

El elector es responsable del mal cometido por sus elegidos, como sería responsable de robo aquél que, a sabiendas, prestara una escalera al ladrón para introducirse en la casa del vecino. El proverbio popular dice: “Tan ladrón es el que mata la vaca ajena, como el que la tiene de la pata”.

Dios, pedirá a los electores una cuenta más estricta de sus votos que de sus acciones privadas. El voto, en realidad, es un acto público que afecta, no solamente al interés del individuo, sino al de todos sus conciudadanos. Hay obligación de votar bien, como la hay de guardar los mandamientos de Dios y de la Iglesia.

3º ¿Cómo se pueden distinguir los buenos candidatos de los malos? Se los distingue:

a) Por su vida privada: Si teme a Dios; si cumple y hace cumplir sus mandamientos; si tiene una familia bien constituida; si vive su fe; si cumple los Mandamientos y recibe los Sacramentos de la Iglesia; si habla poco; si promete poco; si es desprendido; si tiene familia numerosa (esto es clave); si ama a la Patria; si respeta y atiende a sus propios padres sin haberlos abandonado a un asilo, pues quien no se interesa por sus propios padres ¿qué interés puede tener por los demás?; etc..

b) Por sus partidarios: los buenos candidatos son defendidos por la gente honrada, por los amigos del orden y de la libertad. Los malos candidatos son patrocinados por gente mala, por los enemigos declarados de los sacerdotes y de la Religión…

c) Por sus votos anteriores, si ya han desempeñado un mandato electivo.

d) Por los diarios, periodistas, programas o personas en general que lo defienden: los buenos candidatos están sostenidos por los diarios buenos, y los malos, por diarios impíos, sectarios, destructores del orden social.

N. B. -El elector incapaz de formar opinión propia debe consultar a una persona prudente e instruida. Votar a sabiendas por un candidato malo por interés personal, vender su voto, son infamias de las que hay que responder ante el tribunal de Dios.

“El voto, dice Larousse, debe ser libre, es decir, que al votar no hay que obedecer a ninguna tentativa de intimidación o de corrupción.

“Concienzudo, es decir que hay que votar por aquellos a quienes creemos más capaces y más dignos de estar al frente de los negocios públicos.

“Ilustrado, es decir que hay que procurar conocer bien los sentimientos y las aptitudes de los candidatos.

“Finalmente desinteresado, es decir, que debemos votar por aquellos que, a nuestro juicio, serán más útiles al bien general, y no por aquellos que no nos parece han de servir a nuestro interés personal, porque son nuestros parientes o nuestros amigos, o porque nos han hecho promesas” (Memento Larousse, pág. 604).

 

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5º No matarás[9]

El quinto mandamiento ordena practicar la caridad cristiana consigo mismo y con el prójimo. Nos prohíbe todo lo que puede dañar al cuerpo y al alma del prójimo o de nosotros mismos.

I. Caridad cristiana.

1º Consigo mismo. Hay que amarse a sí mismo con un amor cristiano, que somete el cuerpo al alma y el alma a Dios. Estamos obligados a cuidar razonablemente de nuestra salud y a velar por la conservación de nuestra vida: es un depósito que Dios ha confiado para procurar su gloria.

Debemos preservar nuestra alma del pecado, que le arrebata su vida divina y hacerla progresar en la virtud para asegurar su salvación eterna. “¿Qué aprovecha ganar el mundo entero si se pierde el alma?” (Mt. 16, 26). El amor desordenado de sí mismo se llama egoísmo.

2º Caridad fraterna. Debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, por el amor de Dios. Con el nombre de prójimo debemos comprender a todos los hombres, incluso a nuestros mismos enemigos.

Amar el prójimo como a sí mismo es desearle y procurarle, en lo posible, los mismos bienes que a sí mismo:

a) la felicidad eterna y las gracias necesarias para merecerla;

b) los bienes temporales suficientes para pasar la vida.

Amar al prójimo con un amor semejante, pero no igual: la caridad bien ordenada empieza por uno mismo.

Motivo de caridad. ¿Por qué hay que amar al prójimo? Se puede amar al prójimo:

- por sí mismo, en gracia a sus cualidades físicas o morales;

- por nosotros mismos, por interés, porque nos es útil o por simpatía, porque nos agrada;

-se le puede amar por Dios, con el fin de agradar a su divina Majestad.

Amar al prójimo por él mismo o por nosotros no es caridad cristiana: es una afección natural, que fácilmente se convierte en afección carnal.

La caridad consiste en amar al prójimo por amor de Dios[10].

1º Por dar gusto a Dios, que nos lo ordena.

2º Por imitar a Jesucristo, que nos lo enseña con sus ejemplos y sus palabras.

Por causa de las relaciones íntimas del prójimo con Dios; él es la criatura de Dios, la imagen de Dios, el hijo de Dios, rescatado por la Sangre de Jesucristo y llamado, como nosotros, a la herencia del cielo.

¿Cómo hay que amar al prójimo? Hay que amarle con un amor universal, sobrenatural, eficaz. He aquí las principales reglas de la caridad fraterna:

1º No hagas a los otros lo que no quisieras que te hicieran a ti.

2º Haz a los otros lo que, razonablemente quisieras que te hicieron a ti.

3º Esfuérzate en amar al prójimo como Jesucristo nos ha amado.

Ama a tus enemigos por amor de Dios; haz bien a los que te odian; reza por los que te persiguen y calumnian.

La caridad con el prójimo se ejerce mediante las obras espirituales y corporales de misericordia.

Las obras de misericordia espirituales son siete: 1) Enseñar al que no sabe las cosas necesarias para la salvación: propagación de la fe, instituciones catequísticas, misiones, escuelas cristianas, etc.. 2) Corregir a los pecadores, advertirlos de sus defectos y de sus pecados, como se advierte a un ciego que va a caer en un abismó. 3) Dar buenos consejos a los que lo necesitan. 4) Perdonar las injurias, como queremos que Dios nos perdone. 5) Consolar a los afligidos. 6) Soportar con paciencia las molestias y flaquezas de nuestro prójimo. 7) Rogar a Dios por los vivos y por los muertos. Estas diversas obras de misericordia están más o menos a disposición de todo el mundo. No quiere decir que sean las únicas, solo se nombran algunas, las principales.

Las siete obras corporales de misericordia se resumen en el deber de la limosna. La limosna es de precepto para todos aquellos que se hallan en condiciones de hacerla. Jesucristo dirá, en el día del Juicio: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis” (Mt. 25, 41-43).

Los que tienen bienes superfluos están obligados a socorrer los indigentes. Deben abstenerse de todo gasto vano y frívolo, particularmente en las calamidades públicas, o cuando los pobres se hayan en una necesidad apremiante. Los que apenas tienen para sí no están obligados a ayudar sino invitados hacerlo, como la viuda del evangelio que puso apenas un óvolo, lo único que tenía y fue alabada por Cristo ante los Apóstoles.

La limosna es una fuente de bendiciones: Es un préstamo a interés hecho a Dios… Ella cubre una multitud de pecados y nos obtiene las riquezas del cielo (Prov. 19, 17; I Ped. 4, .

II. Homicidio corporal: El quinto mandamiento nos prohíbe causar nuestra muerte o la de nuestro prójimo. Por consiguiente, condena:

1, el suicidio; 2, el homicidio; 3, el duelo; 4, todo lo que hiere la integridad de…la vida corporal.

1) El suicidio. Está prohibido atentar contra la propia vida, por desgraciado que uno sea, porque nuestra vida pertenece a Dios. El suicidio es un crimen contra Dios, cuyos derechos usurpa una cobardía, porque es lo mismo que confesarse incapaz de soportar las penas de la vida; una locura, porque si uno se libra de los males presentes es únicamente para caer en una desgracia eterna.

Está igualmente prohibido mutilarse; abreviar la vida con excesos de trabajo, de intemperancia o de avaricia; exponer la existencia si no es por motivo de caridad, y de desearse la muerte para dejar el peso, de la vida.

2º El homicidio es la muerte voluntaria e injusta del prójimo: Se llama parricidio, fratricidio, infanticidio, según que la persona asesinada sea un padre, un hermano, un niño. El homicidio es un crimen horrible, un atentado contra el dominio soberano de Dios, una injusticia contra la víctima, la familia y la sociedad.

Se es culpable de homicidio voluntario cuando se tiene el deseo o la intención de matar, aunque no se mate, del corazón salen todos los crímenes, o desear que se muera.

Se es culpable de homicidio por imprudencia cuando se mata a otro sin querer. La falta es más o menos grave, según lo sea la imprudencia cometida.

Hay tres casos en que es permitido matar (pero nunca asesinar):

a) En caso de legítima defensa, si uno no tiene otro medio para librarse de un injusto agresor que atenta contra nuestra vida, o contra la del prójimo, o contra nuestro pudor.

b) En el caso de guerra, siempre que ésta sea justa (entra dentro de la legítima defensa, no sólo personal, como la anterior, sino mía y de mi familia y mis hermanos compatriotas).

c) En la aplicación de la pena de muerte dictada contra a un criminal por la justicia pública[11].

3º El duelo es un combate premeditado entre dos personas. Los duelistas cometen un triple crimen: una usurpación de los derechos de Dios, un atentado contra la propia vida y un atentado contra la vida del prójimo. Por eso la Iglesia castiga con excomunión a los que se baten en duelo y a todos aquellos que cooperan eficazmente a este acto, como son los padrinos, etc..

El duelo es un absurdo, porque una puñalada o un disparo no pueden lavar una afrenta, reparar el honor ni dar razón al que no la tiene.

El honor consiste en cumplir con su deber. Nos ordena olvidar y perdonar las injurias. “No debe confundirse el honor con aquel feroz prejuicio que hace depender todas las virtudes de la punta de una espada, cuando en realidad de verdad sólo sirve para formar valientes malvados” (J. J. Rousseau).

4º El quinto mandamiento prohíbe asimismo todo lo que daña a la vida del cuerpo: los golpes, las heridas, los malos tratos, etc. (podríamos agregar: la droga, el tabaco y el alcohol, estos dos últimos en desproporción); y todo lo que conduce al homicidio: el odio, la cólera, las injurias, los altercados, los deseos de venganza, (podríamos agregar: los deportes donde se arriesga la vida o se atenta seriamente a la salud mental o física).

III. Homicidio espiritual, escándalo. El escándalo es toda palabra, acción u omisión, mala en sí o aparentemente, que induce al prójimo a ofender a Dios.

El escándalo es activo en el que lo causa y pasivo en el que lo recibe.

El escándalo activo es directo si el que lo da tiene la intención de hacer caer al prójimo: se incurre en él cuando se enseña, manda o aconseja lo malo. Es indirecto cuando se dan malos ejemplos sin intención de pervertir al prójimo.

El escándalo pasivo es el escándalo de los débiles, si proviene de la debilidad o de la ignorancia de aquel que lo recibe; si proviene de su malicia, el escándalo es farisaico, llamado así de los fariseos, que se escandalizaban de las mejores acciones de Nuestro Señor Jesucristo. No hay que hacer caso alguno del escándalo farisaico.

El escándalo verdaderamente tal, directo o indirecto, añade una nueva malicia al pecado cometido y constituye una circunstancia que hay obligación de declarar en la confesión.

Gravedad del escándalo. 1º El escandaloso trabaja con el demonio en la perdición de las almas, rescatadas por la Sangre de Jesucristo. Y si es un crimen quitar al prójimo la vida del cuerpo, ¿cuánto mayor no lo será el arrebatarle la vida del alma?

2º El escandaloso causa frecuentemente un mal inmenso e irreparable. Los escandalizados pueden, a su vez, hacer otras víctimas, y determinar un número infinito de pecados que dimanan todos del primer escándalo. ¿Cómo detener el mal?

3º Por eso Jesucristo condena al escandaloso con estas terribles palabras: Ay de aquel por quien viene el escándalo (Mt. 18, .

Son gravemente culpables de escándalo:

a) Los que hacen alarde de impiedad y trabajan por arrancar la fe de las almas.

b) Los que publican, venden, o prestan películas, libros, revistas, periódicos, malos.

c) Los que componen o cantan canciones malas[12].

d) Los que hacen o exponen estatuas, pinturas o dibujos inmorales (pornografía en los puestos de revistas, en televisión, en avisos publicitarios, etc..

e) Los que propagan la depravación y violan las leyes de la decencia en sus vestidos o en su porte.

 

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6º No cometerás acciones impuras.

9º No desearás la mujer de tu prójimo.

Estos dos mandamientos tienen por objeto salvaguardar la angélica virtud de la castidad. Prohíben los pecados contrarios a ella. La castidad es obligatoria para todos, ora se la considere según los principios del orden natural, o a la luz de lo que pide el orden sobrenatural.

1º Considerada del primer modo, la castidad somete la Carne al espíritu; conserva su poder a las facultades del alma; da al cuerpo vigor y belleza; a la familia, el honor y la prosperidad; a la sociedad, la unión y la paz.

2º Según los principios del orden sobrenatural, la castidad nos obliga, como hijos de Dios, miembros de Jesucristo, templos del Espíritu Santo, llamados a la herencia del Reino de los Cielos.

El sexto mandamiento condena los pecados externos de impureza; el noveno, los pecados internos; ambos prohíben exponerse a las ocasiones próximas de estos pecados.

Pecados contra la pureza. Se peca contra esta virtud con pensamientos, deseos, miradas, palabras y acciones.

1) Se peca con pensamiento cuando, advertidamente y con delectación, se detiene uno en representaciones imaginativas deshonestas. El pensamiento es la mirada del alma: así como está prohibido mirar con los ojos del cuerpo, voluntariamente y con complacencia, un objeto deshonesto, así también está prohibido mirarlo con los ojos del alma, representándoselo con la imaginación. Los malos pensamientos engendran los malos deseos y las malas acciones. Se puede tener 80 años y pecar con el pensamiento.

2) Se peca con deseos cuando se aproxima la idea de procurarse algunos placeres deshonestos, aunque de hecho no se los busque. En el mal, el deseo, cuando es deliberado y voluntario, es ya el mal, ya es un pecado: del deseo a la acción no hay más que un paso. Se puede ser anciano y pecar con el deseo, como también de miradas, palabras y acciones (puede leerse la historia de Susana en la Biblia: Capítulo 13 del profeta Daniel).

3) Se peca con miradas cuando se detiene la vista, sin necesidad y con placer, en personas u objetos indecentes. Los ojos son, las ventanas del alma y por la vista la muerte ha entrado frecuentemente en ella.

4) Se peca con palabras cuando se tienen conversaciones impuras o se cantan canciones malas. Las conversaciones malas corrompen las buenas costumbres (I Cor. 15, 33).

5) Se peca con acciones cuando uno se permite actos o libertades deshonestas, solo o con otras personas. Nuestros cuerpos están conságrados a Dios por el bautismo: hay que tratarlos como vasos sagrados.

Todo lo que haría avergonzar a un ángel debe hacer avergonzar a un cristiano.

II. Gravedad de la impureza y sus funestas consecuencias. El pecado de impureza es abominable a los ojos de Dios:

1), degrada al hombre, sometiendo su alma a los instintos más vergonzosos del cuerpo.

2), profana nuestros cuerpos, convertidos por el bautismo en miembros de Jesucristo y templos del Espíritu Santo.

3), trae aparejadas consecuencias desastrosas y castigos terribles.

Las consecuencias de la impureza son las recaídas, los malos hábitos, los sacrilegios, causados por la vergüenza de confesar este vicio, los escándalos y una multitud de pecados. En fin, este vicio produce la ceguera del espíritu, el endurecimiento del corazón, la desesperación, la impenitencia final.

 

Los castigos de la impureza son, en esta vida, la pérdida del honor, de la riqueza, de la salud y frecuentemente, una muerte prematura; después de la muerte, el fuego eterno. La impureza, dice San Alfonso María de Ligorio, es la puerta más ancha del infierno; de cada cien condenados noventa y nueve caen en él por causa de este vicio.

Los pecados directamente contrarios a la pureza son mortales por naturaleza propia; sólo el defecto de advertencia plena y de pleno consentimiento puede hacerlos veniales.

III_ Ocasiones o causas de la impureza. Las ocasiones más ordinarias de la impureza son: los bailes, los teatros, las modas indecentes, la lectura de novelas pecaminosas, la intemperancia, las malas compañías y familiaridades entre personas de diverso sexo[13].

Las causas de la impureza deben ser evitadas como el pecado mismo. Nuestro Señor ha dicho: “Si tu ojo derecho _una persona o una cosa tan querida como vuestro ojo derecho_ es para vosotros una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti, porque es mejor ir al cielo con un ojo, que caer en el infierno teniendo los dos” (Mat. 18, 9).

Por consiguiente, ponerse voluntariamente en la ocasión de cometer pecados de impureza es ya una falta, una falta más o menos grave, según sea la ocasión más o menos próxima: lo que depende de las personas y de las circunstancias.

Cuando la ocasión es necesaria, se debe consultar al propio confesor acerca de los medios que hay que emplear para alejar el peligro. No es lícito vender, prestar, ni conservar malos libros o fotografía indecentes, sin hacerse culpable de las faltas a que estos objetos dan ocasión.

IV. Preventivos y remedios. Para prevenir los pecados de impureza hay que:

1), evitar las ocasiones; 2), dedicarse a la penitencia y al trabajo; 3), orar con fervor; 4), vivir en la presencia de Dios; 5), frecuentar los Sacramentos; 6), tener una gran devoción a la Santísima Virgen, Madre de la pureza.

Llevamos el tesoro de la pureza en vasos muy frágiles y estarnos rodeados de lazos y enemigos. Para no caer en la tentación, ha dicho Nuestro Señor Jesucristo, hay que vigilar, ayunar y orar (Mc. 9, 28 y 14, 3 y sig.). a) La vigilancia aleja las causas del mal; las causas interiores: el orgullo, la intemperancia, la ociosidad; las causas exteriores: las ocasiones próximas, como la televisión, las lecturas, relaciones peligrosas, etc. b) El ayuno, la mortificación, da al alma la fuerza necesaria para dominar el cuerpo y regir sus sentidos de acuerdo con la modestia. c) La oración, bien hecha, obtiene de Dios la gracia, sin la cual nadie puede ser casto. El ejercicio de la oración comprende: el recurso humilde a Dios en las tentaciones; el pensamiento de la presencia de Dios y el de los Novísimos o Postrimerías; la Confesión, que _purifica el alma y la fortalece contra las recaídas; la santa Comunión, que debilita la tendencia al mal. Finalmente, la devoción a la Santísima Virgen Inmaculada, que está encargada por Dios de aplastar la cabeza de la serpiente tentadora: Recitar mañana y noche alguna jaculatoria pidiendo su protección contra ésta clase, de tentaciones, cómo, por ejemplo, el Bendita sea tu pureza, las tres Avemarías, de manera particular el rezo del Santo Rosario.

Estos remedios son necesarios por causa de la gran corrupción de nuestra naturaleza, de la perversidad del mundo y de las continuas tentaciones del demonio. Y son infalibles, si se los emplea con perseverancia; No hay, por tanto, excusa alguna para caer o quedar en la impureza.

 

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7º No hurtar.

10º No codiciar los bienes ajenos.

Dios ha querido que los bienes terrenales fueran repartidos entre los hombres, a fin de que la sociedad viviera en el trabajo, en el orden y en la paz. Porque si los bienes fueran comunes, muchos hombres no trabajarían, se desentenderían de los negocios y pasarían su vida pleiteando. La humanidad viviría en estado salvaje, sin agricultura, sin industria, en la miseria y en la degradación.

“De manera que, mirando por el bien general, el hombre ha recibido de Dios el derecho de propiedad, es decir, el derecho de hacer algo suyo y de disponer de ello a voluntad” (Moulin).

Dios asegura el derecho de propiedad con dos mandamientos: el séptimo y el décimo.

Nos prohíbe: 1º, tomar injustamente el bien ajeno; 2º, retenerlo cuando sabemos que no nos pertenece; 3º, causar daño al prójimo. Por consiguiente, nos ordena la restitución de lo mal adquirido o la reparación del daño injusto causado por nosotros.

El décimo mandamiento, para cortar el mal en su raíz, prohíbe todo deseo voluntario de apoderarse del bien ajeno por medios injustos.

I. El robo. Se apodera uno injustamente del bien ajeno: 1), por robo; 2), por fraude; 3), por usura.

1º Se es culpables de robo cuando se quita alguna cosa al prójimo contra su voluntad, presunta y razonable.

2º Se es culpable de fraude cuando se engaña en los contratos; por ejemplo, sobre la calidad, peso y medida de las mercaderías.

3º Se culpable de usura cuando se exigen por el préstamo intereses ilegítimos o superiores al interés legal.

II. Injusta retención. Se retiene injustamente el bien ajeno: 1) No devolviendo lo que se ha tomado.

2) Ocultando lo que otro ha tomado. 3) No pagando las deudas. 4) Negando los salarios a los obreros y criados. 5) Aprovechándose, a sabiendas, de un error en las cuentas. 6) No cumpliendo las cláusulas de un testamento. 7) Haciendo una quiebra fraudulenta. Apropiándose los objetos hallados sin averiguar quién sea el dueño.

III. Daño injusto. 1) Deteriorar o destruir los bienes del prójimo. 2) Intentar contra él procesos injustos. 3 ) Privar a un empleado de su puesto, a un comerciante de su crédito, con informes temerarios o calumnias, o iniciando juicio a otro sabiendo que es inocente para intentar sacarle dinero. 4) Descuidar el cumplimiento de las obligaciones propias del estado individual de cada uno: jueces, abogados; escribanos, médicos, maestros de escuela, patronos, obreros, etcétera, puede causar perjuicios graves. 5) Cooperar a las injusticias cometidas por otros, mandarlas, aconsejarlas, permitirlos, cuando se está obligado a impedirlas.

IV. Gravedad del robo. La injusticia rompe todos los lazos y todos los deberes que unen a los hombres entre sí; quebranta y destruye, en el fondo de la conciencia, la regla de eterna justicia, grabada por la mano del Creador y reconocida por todos los pueblos, aun los más bárbaros. Sin la justicia no puede haber vínculos sociales ni fraternidad entre los hombres.

Por eso la sociedad, fundada sobre la justicia y establecida para hacerla reinar, castiga el robo como su primer enemigo, como un atentado antisocial. No hay nombre más ignominioso que el de ladrón. Si la injusticia envilece al hombre, ¡cuánto más al cristiano! … Ser un perfecto hombre honrado es empezar a ser cristiano.

El robo o la injusticia es pecado mortal cuando la materia es grave. Se considera generalmente como materia grave lo que bastaría para hacer vivir durante un día al robado y a su familia. También se debe tener en cuenta si uno roba lo que cuesta un kilo de pan a una persona con mucho dinero no es lo mismo si se lo roba a un pobre, el daño es mayor en este último aunque con el mismo dinero.

V. Reparación de ta injusticia. Los que han violado el séptimo mandamiento están obligados: 1) A confesar el pecado cometido. 2) A restituir lo que poseen injustamente. 3) A reparar el daño causado al prójimo.

Con la confesión se satisface a Dios; con la restitución al prójimo. La obligación de restituir es por ley natural y la ley divina. Esta obligación es grave en materia grave, leve en materia leve.

“No se perdona el pecado, dice San Agustín, si no se restituye lo robado”. Restitución o condenación. ¿A quién hay que restituir? A aquel que sufrió el daño. ¿Y si ya no vive? A sus herederos. ¿Y si es imposible descubrirlos? Hay que dar lo mal adquirido a los pobres o emplearlo en buenas obras. No está permitido guardar el bien ajeno.

¿Cómo hay que restituir? Sin demora. Todo retardo agrava la injusticia hecha al prójimo y expone al causante a morir sin haber cumplido con esta grave obligación. Si uno se halla en la imposibilidad de restituir, debe dar, desde luego, todo lo que pueda; tener voluntad de devolver lo que falta, apenas pueda, y ponerse en condiciones de hacerlo con la mayor rapidez.

Todos los cómplices de una injusticia están obligados a repararla y están obligados solidariamente, es decir, uno en defecto del otro: primero a cada uno su parte de reparación; después, la parte de los otros que nos pueden restituir o reparar; el prójimo tiene derecho a una indemnización completa.

El socialismo o comunismo. El derecho de propiedad, que tiene su salvaguardia en el séptimo mandamiento, es combatido por los socialistas, comunistas, colectivistas. Divididos entre sí acerca de los medios de organizar la sociedad por ellos soñada, están de acuerdo en la abolición de la propiedad individual y hereditaria, a fin de que desaparezca toda distinción entre los ricos y los pobres.

Esta doctrina: 1º, es tan reprobable como las pasiones que la inspiran, porque tiene su fuente en la codicia, en la envidia, en la pereza. 2º, Es irrealizable, porque para establecer la igualdad de bienes sería necesario hacer a todos los hombres igualmente fuertes, robustos, inteligentes, laboriosos y económicos. 3º Sería desastrosa en sus resultados porque cada uno trabajaría lo menos posible si no tuviera la esperanza de gozar un día del fruto de su trabajo, y la negligencia en el trabajó acarrearía una miseria universal. (Hoy podemos ver cómo terminaron los países comunistas, especialmente Rusia).

 

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8º No levantarás falso testimonio ni mentirás

El octavo mandamiento completa nuestros deberes para con el prójimo: nos ordena respetar la verdad en nuestras palabras, porque la sinceridad y la franqueza son el fundamento de la sociedad.

Prohíbe directamente el falso testimonio, o la mentira en los juicios, e indirectamente todo lo que pueda herir al prójimo en su reputación y en su honor.

1. Deberes relativos a la verdad. Nunca es permitido faltar a la verdad, pero, en algunos casos, no hay obligación de decirla, en otros, se debe callarla absolutamente.

Se quebranta la verdad de tres maneras: 1) con falsos testimonios; 2) con la mentira; 3) violando los secretos.

1) El falso testimonio es una deposición en juicio contra, la verdad. Cuando uno es llamado como testigo ante un tribunal, debe decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad; debe contestar en conciencia a las preguntas que se le hagan.

Están dispensados de testificar: a) Los confesores respecto de sus penitentes; b) Los consanguíneos ascendientes y descendientes, los hermanos, las hermanas, los afines en primer grado del acusado; c) Las personas obligadas a secreto profesional, como médicos, abogados, etcétera, relativamente a sus clientes.

El falso testimonio es un pecado grave contra la verdad, la religión y la justicia.

El testigo falso está obligado: 1), a retractarse de su testimonio, si ha sido gravemente perjudicial; 2), a reparar todos los daños causados por su perjurio.

2) La mentira es una palabra, un signo cualquiera por el cual se da a entender lo contrario de lo que se piensa, con la intención de engañar. Para que haya mentira se requieren dos cosas: 1), que uno quiera hacer creer lo que él mismo no cree; 2), que se tenga el propósito de engañar, por tanto no se miente cuando aparece con entera claridad que lo que uno dice no puede ser tomado en serio.

La mentira siempre es mala. El mentiroso ofende a la verdad y, por consiguiente, a Dios, que es la verdad misma; pervierte el fin del lenguaje, dado por Dios al hombre para comunicar su pensamiento y no para engañar al prójimo; perturba el orden social, que reposa sobre la confianza mutua y, por último se envilece en su propio concepto y en el concepto de sus semejantes.

Se distinguen tres clases de mentira: 1), la mentira festiva, que uno dice para divertirse; 2), la mentira oficiosa, que se profiere para hacerse un servicio así mismo o para hacerlo al prójimo; 3), la mentira perniciosa, que causa perjuicio a otros.

La primera, ojo, cuando el misma mentira es tal que está diciendo que es mentira con el mismo chiste, no es pecado pero es una imperfección y un peligro de habituarse y usarlo en ocasiones serias, por tanto no conviene mentir jugando; la segunda lo es tanto para hacerse un servicio así mismo como para causar daño al prójimo[14]; la tercera es mortal cuando causa un daño considerable, y trae aparejada la obligación de reparar el daño.

La mentira por medio de actos se llama hipocresía: consiste en vestirse con las apariencias de la virtud para granjearse la estimación de los demás.

Casos en que se puede ocultar la verdad. Hay casos en que uno no está obligado a decir la verdad, por lo menos entera (que no quiere decir mentir, que jamás hay que hacerlo). Cuando una persona formula una pregunta indiscreta, está permitido contestar: No sé, dónde se sobreentiende que no se lo puede decir (lo que no una mentira sino que no quiere hablar). No se tiene entonces la intención de engañar al prójimo, sino solamente la de ocultar una cosa ,que no hay obligación de decir. El error, si se produce, es imputable a la carencia de reflexión de los que han formulado la pregunta. Por ejemplo, un gerente está atascado de trabajo y le dice a la secretaria: “hoy a la mañana no estoy para nadie” (pero está en la oficina), y llega una persona y pregunta por él, ella puede decir, el gerente no está durante la mañana (se entiende que no está disponible).

De ahí que la obligación de guardar un secreto, la necesidad de no herir al prójimo, la seguridad personal, etcétera, justifica el empleo de estas restricciones y de estos equívocos.

Sin embargo, nunca se debe usar de estas restricciones:

a) En materia de Religión, cuando hay obligación de confesar la fe.

b) En la Confesión Sacramental.

e) En los contratos onerosos, compras, ventas, etcétera.

d) En una interrogación legítimamente hecha por un juez o por un superior.

3º Violación de secretos. Se debe ocultar toda verdad que sea objeto de un secreto. Se distinguen cinco clases de secretos: 1), el secreto Sacramental; 2), el secreto natural; 3), el secreto prometido; 4), el secreto confitado; 5), el secreto de la correspondencia epistolar.

1) El secreto sacramental, relativo al Sacramento de la Penitencia o Confesión, absolutamente inviolable. Obliga, bajo pena de pecado mortal, a todo que oiga algo de la confesión de otro. Una persona que se está confesando y otro que espera escucha. Seguir escuchando ya es pecado, mucho más si habla.

2) El secreto natural tiene por objeto todo lo que no puede ser revelado sin perjudicar, más o menos gravemente, al prójimo.

3) El secreto prometido resulta del compromiso contraído de callar. La obligación de guardar este secreto cesa cuando implica un grave inconveniente para sí o para los demás.

4) El secreto confiado tiene por objeto las confidencias recibidas bajo la condición expresa o tácita de no revelarlas. Tal es el secreto profesional de los médicos, de los abogados, de los escribanos, etcétera.

La obligación de guardarlo es muy grave, y no cesa si el bien público no lo demanda.

5) El secreto de la correspondencia epistolar. Está prohibido violar con extorsión, sin un justo motivo, los secretos ajenos, leer las cartas u otros escritos privados.

Según la importancia de estos secretos, hay pecado más o menos grave en la extorsión o en la divulgación de los mismos.

II. Deberes relativos a la reputación del prójimo. Se hiere la reputación del prójimo, 1º, exteriormente con la detracción; 2º, interiormente con el juicio temerario.

1) La detracción es la difamación injusta del prójimo: se ejecuta mediante la murmuración y la calumnia. Siempre es pecado y en cosas graves es Pecado mortal.

La murmuración consiste en revelar, sin necesidad, los defectos o las faltas secretas del prójimo. No hay murmuración cuando el mal es público, ni cuando hay un motivo justo para revelar una falta secreta.

La calumnia consiste en decir del prójimo lo que es mentira o faltas que no ha cometido: La calumnia añade a la mentira la murmuración: se opone simultáneamente a la verdad, a la caridad y a la justicia.  Siempre es pecado y en cosas graves es Pecado mortal.

Los chismes o cuentos consisten en revelar a una persona los conceptos desfavorables que sobre ella, haya vertido otra. Este procedimiento detestable siembra la discordia entre amigos y turba: la paz, introduciendo la división en las familias.

Gravedad de la detracción. La detracción es un pecado de suyo mortal, porque el bien que arrebata al prójimo es más precioso que los otros bienes terrenos. La detracción no es venial sino por falta de advertencia, o por la poca importancia de la materia.

Nunca es licito murmurar; pero hay casos en que es permitido y, a veces obligatorio, revelar los vicios y defectos del prójimo (atención, siempre que sea verdad):

a) Cuando esté de por medio el interés público, para impedir que alguien haga daño a la Religión o a la sociedad.

b) En caso de interés para el prójimo, a fin de preservarle de un peligro.

c) En caso de interés personal, sea para pedir consejo o socorro en un asunto grave, sea para justificarse de una falsa acusación.

d) En interés del mismo culpable, por caridad fraterna.

En estos casos, la difamación no es injusta, porque el derecho a la reputación cede ante un derecho superior: Muchas veces hasta es deber de caridad, pero no se debe hablar sino a personas competentes y discretas, e imponerles el secreto.

¿Es preciso escuchar a los detractores? La caridad nos obliga a defender la reputación del prójimo. Por consiguiente, peca aquel que escucha la murmuración o la calumnia: 1), si pudiéndolo no la impide; 2), si goza escuchándola; 3), si coopera eficazmente en la misma. Son los oyentes curiosos y poco caritativos los que hacen a los murmuradores; sin no hubiese oyentes no habría murmuradores.

Obligación de reparar la detracción. El detractor está obligado a reparar el mal causado al prójimo. El murmurador está obligado: 1) no a retractarse (ya que lo que dijo es verdad pero no conveniente decirlo), sino a restablecer, en la medida de lo posible, la reputación del prójimo, diciendo de él el mayor bien posible; 2), reparar los males causados por su culpa. El calumniador está obligado: 1), a retractarse de sus mentiras, aun con propio perjuicio; 2), a reparar el mal causado al prójimo con sus calumnias.

2) El juicio temerario consiste en formar una mala opinión del prójimo sin pruebas suficientes. Es una detracción mental que priva injustamente al prójimo de nuestra estimación. El juicio temerario está prohibido por la ley divina: “No juzguéis, dice Nuestro Señor Jesucristo, y no seréis juzgados” (Luc. 6, 36). El juicio temerario hiere a la caridad que nos manda pensar del prójimo lo que quisiéramos que él pensara de nosotros; hiere a la justicia, que da a cada cual el derecho a la estimación de los otros, mientras uno no haya hecho nada por perderla.

Las dudas y las sospechas de los superiores, de los padres de familia, encargados de vigilar a sus inferiores, no son ni injustas ni reprobables: son, actos de prudencia: También está permitido tomar precauciones razonables respecto de personas desconocidas: la prudencia es la madre de la seguridad.

III. Deberes relativos al honor del prójimo. El honor del prójimo es el testimonio exterior de la estimación que uno tiene para con él mismo.

Se hiere el honor del prójimo haciéndole una injuria en su presencia con palabras o acciones. Con palabras: reprochándole sus faltas y sus defectos, y dirigiéndole epítetos injuriosos, burlas ofensivas; con acciones: poniéndole en ridículo, haciéndole gestos de desprecio, etc. La injuria es un pecado de suyo mortal; pero no es más que una falta leve cuando no hay intención de causar un daño grave.

Las afrentas inferidas por los superiores con prudencia y caridad, para enmienda de los culpables, son lícitas y a veces necesarias.

Conclusión. Jesucristo ha resumido todos los mandamientos en estos dos: 1), Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. 2), Amar al prójimo como a sí mismo (Mt. 22, 37-39).

Y cuando se ama a Dios, se le adora, se respeta su Santo Nombre, se santifica el día que se ha reservado para su culto, como lo ordenan los tres primeros mandamientos.

Cuando se ama al prójimo, se honra primero al padre y a la madre; no se hace agravio a persona alguna, ni en su cuerpo, ni en su alma, ni en sus bienes, ni en su reputación, ni en su honor, como lo prescriben los siete últimos mandamientos.

De esta manera, el Decálogo viene a ser el código necesario, universal e inmutable del genero humano. Contiene, en compendio, todos los deberes y todos los derechos naturales. Su observancia labra la felicidad de los hombres y la prosperidad de los pueblos y asegura a cada uno la salvación eterna. Si queréis entrar en la vida eterna, guardad los mandamientos (Mt. 19, 17).

 

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Los mandamientos o preceptos de la Iglesia

Hay cinco mandamientos principales de la Iglesia que obligan a todos los cristianos Católicos, y son:

Io Oír Misa todos los domingos y demás fiestas de guardar. El precepto de oír Misa los domingos y fiestas requiere, requiere para su debido cumplimiento, cuatro cosas, que son: 1), presencia corporal; 2), atención de la mente; 3), rito debido; 4), lugar conveniente.

1) La presencia corporal debe ser moral y continua. a) Moral, esto es, que se pueda decir que el que la oye forme parte de los asistentes. Para esto basta que distinga las partes de la Misa, o vea por lo menos a los asistentes, manteniéndose a una distancia razonable del templo; b) La  presencia debe ser continua en toda la Misa, de modo que no falte la parte notable de ella, o por el tiempo, o por la importancia y dignidad.  La parte más digna y principal de la Misa es la quo se extiende desde el Sanctus hasta la Comunión.

2) La atención de la mente debe ser tal que advierta, al menos confusamente, el Sacrificio que se ofrece, y no ponga alguna acción que excluya la atención interna. Por esta razón no cumple con el precepto quien se pone a pensar en otra cosa; quién se pone a conversar, quién se pone a leer algo que no tiene nada que ver con la Misa, o se pone a mirar la ropa de los demás, o la pintura de la pared, etc.

3) En cuanto al Rito de la Misa, se satisface el precepto con cualquier rito Católico. Maronita, Ucraniano, etc.

4) Por lo que mira al lugar, vale la Misa, ya sea al aire libre, ya en Iglesia u oratorio público o semi público, ya en capillas privadas del cementerio; pero no vale en las capillas particulares de las casas, si uno no tiene la autorización otorgada a la persona o familia, en la concesión de oratorio doméstico o privado.

Los días de fiesta, con obligación de oír Misa y de abstenerse de obras serviles son, además de todos los domingos del año, los siguientes:

de Enero: Santa María Madre de Dios, se celebra la maternidad divina de María.

15 de Agosto: La Asunción de la Santísima Virgen.

8 de Diciembre: Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen.

25 de Diciembre: Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

II. No comer Carne en los días prohibidos (o de abstinencia) y ayunar los días que está mandado.

Son días de abstinencia todos los viernes del año, excepto si ese viernes es un día de Solemnidad.

Son días de ayuno y abstinencia: El miércoles de ceniza y el Viernes Santo[15].

De la ley de la abstinencia y del ayuno puede dispensar, con justo y racional motivo, el propio confesor.

III. Confesar y comulgar, por lo menos una vez al año, en el tiempo pascual.

El tiempo pascual, en que se debe cumplir el precepto de la confesión y comunión anual, aunque por derecho común es sólo desde el domingo de Ramos hasta la octava de Pascua de Resurrección, por privilegio concedido a la América Latina e Islas Filipinas, se extiende desde Septuagésima (tres domingos antes de la Cuaresma) hasta la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús (viernes después de la octava de Corpus).

IV. Contribuir al sostenimiento de la Iglesia (culto; clero, escuelas católicas, etc.), contribuyendo según las leyes o costumbres del propio país.

V. Celebrar los Matrimonios conforme a las leyes de la Iglesia, y no tener por verdadero ni legítimo el matrimonio llamado civil, en tanto que no se celebre el eclesiástico.

 

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Lo que hay que evitar y lo que hay que hacer

La Moral encierra: 1), la observación de los mandamientos de Dios y de la Iglesia; 2), la huida del pecado; 3) la práctica, de las virtudes cristianas.

Réstanos decir una palabra sobre estos dos últimos artículos.

 

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1º Lo que hay que evitar.

Hay que evitar el pecado. El pecado es una desobediencia voluntaria a la ley de Dios. Es un pensamiento, un deseo, una palabra, una acción u omisión contraria a los mandamientos de Dios o a los de la Iglesia.

Hay dos clases de pecados: el pecado original y el pecado actual.

El pecado original es el que nos viene de nuestro origen, como consecuencia de la desobediencia de Adán, y que traemos todos al venir al mundo. Este pecado consiste en la privación de la gracia santificante, que hubiéramos recibido de Dios, de no haber mediado la desobediencia de nuestros Primeros padres. Cuando un padre pierde su herencia, la pierde para él y para sus hijos. Adán perdió para él y para  nosotros la herencia de la gracia.

El pecado actual es el que se comete por un acto libre de nuestra voluntad cuando hemos llegado al uso de razón. Todos los pecados actuales no son igualmente graves: unos son, mortales y otros veniales.

a) Un pecado es mortal cuando con él se desobedece a Dios en materia grave, con plena advertencia y pleno consentimiento. Se llama mortal porque causa la muerte del alma, quitándole la vida de la gracia. Para que haya pecado mortal se requieren tres condiciones: 1) Gravedad de la materia que debe ser apreciada ya sea en sí misma, ya sea en sus circunstancias o en sus consecuencias, o ya sea en el fin que se, propuso el legislador; 2) Advertencia plena y conocimiento perfecto de parte del espíritu; 3) Consentimiento libre de la voluntad, que también debe ser pleno y perfecto. El pecado mortal es el mayor de todos los males: a) Con relación a Dios es una rebelión abierta, un ultraje gravísimo, una fea in gratitud; b) Con relación a nosotros produce los efectos más desastrosos: nos arrebata la vida de la gracia, nos hace enemigos de Dios y acreedores a las penas eternas del infierno. Para ser condenado basta morir con un solo pecado mortal en la conciencia.

b) Un pecado es venial: 1) cuando se desobedece a Dios en cosas de poca monta; 2) cuando se le ofende en cosa grave, pero sin plena advertencia o sin pleno consentimiento.

Aunque el pecado venial sea un mal menor que el pecado mortal, sin embargo es un gran mal en sí mismo, un mal más grande que todos los males temporales. El pecado venial: a) ofende a Dios; b) nos hace tibios y perezosos en su servicio; c) nos dispone al pecado mortal, como la enfermedad conduce a la muerte; d) nos expone a las penas temporales en esta vida y en la otra. Hay que temer particularmente a los pecados veniales premeditados y habituales.

Las fuentes de todos nuestros pecados son ciertas inclinaciones al mal llamadas los siete vicios  o pecados capitales: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia, pereza. Debemos combatirlas sin cesar pon la práctica de las virtudes contrarias.

Para evitar el pecado hay que acordarse de que Dios nos ve, orar con todo fervor, rechazar todo mal pensamiento tan luego como se presente, frecuentar los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, y pensar frecuentemente en los Novísimos o Postrimerías.

 

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2º Lo que hay que hacer.

Hay que practicar las virtudes. La virtud, en general, es un buen hábito del alma, que nos lleva a hacer el bien. La virtud es lo opuesto al vicio. El vicio es una inclinación del alma que nos lleva al mal.

Se distinguen las virtudes naturales o adquiridas y las virtudes sobrenaturales o infusas, llamadas también virtudes cristianas.

A) Las virtudes naturales son las que se adquieren con las solas fuerzas: de la naturaleza y la repetición de los mismos actos. Esas virtudes perfeccionan al hombre en el orden natural. Los actos de estas virtudes humanas son naturalmente buenos, y tienen en la tierra su recompensa;  pero son estériles para el cielo. No se hacen útiles para la salvación, sino cuando se practican con el auxilio de la gracia y por motivos de fe: entonces, son sobrenaturales.

B) Las virtudes cristianas son disposiciones o aptitudes sobrenaturales que Dios nos da para perfeccionarnos y para hacernos realizar actos merecedores del cielo. Las virtudes cristianas se nos dan en el Bautismo con la gracia santificarte. Se acrecientan y desenvuelven con el ejercicio, la oración y los Sacramentos. Se debilitan por la negligencia en practicarlas; y se pierden por los actos de los vicios opuestos. Se recobran con la gracia santificarte.

C) Hay dos clases de virtudes cristianas: las virtudes teologales y las virtudes morales.

I. Se llaman virtudes teologales las que se refieren inmediatamente a Dios; morales, las que rigen nuestra conducta de acuerdo con los preceptos del Evangelio.

Hay tres virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Son absolutamente necesarias para la salvación. a) La Fe es una virtud sobrenatural que nos hace creer firmemente todas las verdades que Dios ha revelado y que la Iglesia nos enseña. La Fe es un don de Dios, una luz interior y sobrenatural, análoga, pero superior a la de la razón. Se distinguen tres clases de luces: la luz corporal, que nos hace ver los cuerpos; la luz intelectual o la razón, que nos hace conocer las verdades del orden natural; la luz de la Fe, que nos muestra las verdades sobrenaturales.

La Fe tiene por objeto las verdades reveladas. El motivo de la Fe es la suprema veracidad de Dios que ha revelado estas verdades. ¿Cómo sabemos que esas verdades vienen de Dios, que son reveladas por Dios? Lo sabemos por la Iglesia, regla infalible de nuestra fe. Y nosotros sabemos que la Iglesia es el órgano de Dios por los motivos de credibilidad.

La Esperanza es una virtud sobrenatural que nos hace esperar de Dios, con una firme confianza, la vida eterna y las gracias para merecerla. El objeto de la Esperanza es el cielo y las gracias necesarias para llegar a él. Los motivos de la Esperanza son: 1), los méritos de Jesucristo; 2), la infinita bondad de Dios; 3), su omnipotencia; 4), la fidelidad a sus promesas. La firmeza de la Esperanza se mide, por la confianza en Dios.

La Caridad es una virtud sobrenatural que nos hace amar a Dios sobre todas las cosas, por ser quien es, y a nuestro prójimo coma a nosotros mismos, por amor de Dios. El objeto de la Caridad es Dios y el prójimo. Dios amado por ser quien es y el prójimo por Dios. La Caridad es como un árbol con dos ramas que vienen de la misma savia divina. El motivo de la Caridad es Dios, considerado en sí mismo: como infinitamente digno de todo amor. Amamos a Dios soberanamente y sobre todas las cosas cuando estamos dispuestos, mediante su santa gracia, a perder y a sufrirlo todo antes que ofenderle con un pecado mortal.

II. Virtudes morales. Hay un gran número de virtudes morales; se relacionan todas con las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

La prudencia nos hace discernir lo que debemos hacer o evitan para ir al cielo.

La justicia nos hace dar a cada uno lo suyo y nos mueve al cumplimiento de todos nuestros deberes.

La fortaleza nos hace vencer, con valor todos los obstáculos que se oponen a nuestra salvación.

La templanza modera nuestros apetitos sensuales en conformidad con la razón y con la ley de Dios.

La moral cristiana comprende también los Consejos evangélicos: la pobreza voluntaria, la castidad perpetua y la obediencia perfecta. La práctica de estos consejos constituye el estado religioso, el más santo y el más sublime de todos los estados.

 

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III. El Culto o los medios establecidos por Dios para santificarnos

El Dogma nos enseña las verdades que hay que creer; la Moral los deberes que hay que cumplir para ir al cielo; el Culto comprende los medios de honrar a Dios y de santificarnos. Es la tercera parte de la doctrina cristiana.

El fin asignado al hombre es la felicidad de ver a Dios en la vida futura. Pero como este fin es sobrenatural, es decir, superior a la naturaleza humanas, el hombre no puede conseguirlo con sus solas y propias fuerzas, necesita del socorro divino que se llama Gracia.

Los medios deben ser proporcionados al fin. Si el fin del hombre es sobrenatural, es necesario también que sus actos, que son para él el medio de alcanzarlo, sean sobrenaturales, es decir, informados por un principio superior a la naturaleza. Este principio es la Gracia. Por ella, Dios eleva al hombre hasta sí mismo y le hace capaz de participar de su vida, de su gloria y de su felicidad infinita. La gracia es el medio indispensable para la salvación: la Gracia es la semilla de la gloria.

Los medios ordinarios establecidos por Jesucristo para conferir la gracia son: los Sacramentos, y la oración, que constituyen el culto Católico.

Quédanos, pues, por estudiar: 1º , la Gracia; 2º, los Sacramentos; 3º, la Oración.

 

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I. La gracia

1º Naturaleza de la gracia.

La gracia es un don sobrenatural, o un socorro que Dios nos da gratuitamente, en atención a los méritos de Jesucristo, para ayudarnos a conseguir nuestra salvación.

a) La gracia es un don gratuito que Dios nos concede por su bondad. No es un don natural, como la vida, la salud, la inteligencia, etc., sino un don sobrenatural, que nos eleva por encima de nuestra naturaleza; Como el injerto que da al árbol una naturaleza y una vida nuevas.

b) Se nos da la gracia en atención a los méritos de Jesucristo: el pecado de Adán había despojado a la naturaleza humana de esta gracia; Jesucristo, muriendo por nosotros en la cruz, ha merecido que este bien sobrenatural nos fuera devuelto por la divina bondad.

e) Se nos da la gracia Para ayudarnos a salvarnos: sin la gracia no podemos merecer nada para la vida eterna. Es la gracia para el alma lo que las alas para el pájaro, el viento para la nave.

Dios nos da su gracia, ora para ayudarnos a obrar bien, ora para hacernos vivir de su propia vida. De ahí dos clases de gracias: la gracia actual y la gracia habitual.

 

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2º Gracia actual.

La gracia actual se llama así porque nos es dada para que hagamos buenas obras. Es un socorro sobrenatural e interior que Dios nos da para que practiquemos obras de salvación.

La gracia actual es transitoria, un socorro del momento, que Dios nos da en atención a los méritos de Jesucristo, para hacer el bien y evitar el mal. Es una lux que ilumina la inteligencia, una fuerza que excita la voluntad; pero necesita de nuestra cooperación. Si correspondemos a la gracia, adquirimos un mérito; si la resistimos, somos culpables. La gracia actual tiende a establecer en nosotros la vida sobrenatural, a desenvolverla haciéndola obrar; pero no es la vida: La vida del alma es la gratia santificante.

Necesidad de la Gracia actual. La gracia actual es absolutamente necesaria al hombre para hacer obras útiles para la salvación. Nos lo prueban las palabras de Jesucristo y la razón misma.

1º Jesucristo dijo: “Sin Mí, nada podéis hacer” que valga para el cielo (Jn. 15, 5).

2º Los medios deben ser proporcionados al fin; pero el cielo es un fin sobrenatural; luego, para obtenerlo se necesitan medios sobrenaturales. Estos medios son nuestras buenas obras. Luego, es necesario que nuestras obras sean sobrenaturalizadas por la Gracia. El pájaro sin alas no puede elevarse por los aires, y el hombre sin la gracia no puede subir al cielo.

Nadie puede hacer una obra buena para la vida eterna, sin el impulso de la Gracia actual[16].

Eficacia de la Gracia. La gracia de Dios es todopoderosa. Si, nosotros por nosotros mismos nada podemos, con ella lo podemos todo.

“Yo lo puedo todo, dice San Pablo, en Aquel que me fortalece” (Filip. 4, 13).

Con el auxilio de la Gracia, los más grandes pecadores pueden convertirse, romper las cadenas de sus malos hábitos, apartarse de las ocasiones de pecar, y volver a la Gracia de Dios. Los justos, fortalecidos por la Gracia, triunfan de todas las tentaciones, de todas las persecuciones, de todos los obstáculos para el bien, y practican esas grandes virtudes que nosotros admiramos en los Mártires y en los Santos.

A pesar de su poder, la Gracia deja al hombre en el pleno ejercicio de su libertad; él puede aceptarla, si quiere, como puede rechazarla o hacerla estéril.

Distribución de la Gracia. “Dios, dice San Pablo (I Tim. 2, 44), “quiere la salvación de todos los hombres”. Por eso da a todos gracias verdaderamente suficientes para que se salven. Al que hace de su parte todo lo que puede, Dios no le niega su Gracia.

“Los más grandes pecadores, aun los que están endurecidos en el mal, mientras están en este mundo reciben a intervalos las Gracias suficientes para convertirse a Dios”.

Dios, empero, si concede a todos las Gracias necesarias para llegar al cielo, no las da en una misma medida. En el orden sobrenatural da a unos más que a otros, a fin de que haya variedad en sus obras. Y no hay injusticia en esto, porque Él es dueño de sus dones y no debe nada a nadie.

La bondad de Dios previene a las almas y da a todas, gratuitamente, una primera Gracia con la cual pueden hacer obras de vida eterna y obtener Gracias más abundantes. La primera Gracia es, ordinariamente, la Gracia de orar. La Gracia de oración es como la moneda que permite a cada cual comprar las cosas que desea. Esto nos dice cuán necesaria es la oración, aun sin el precepto de Jesucristo. Nadie será condenado por falta de Gracia, sino por no haber cooperado a la Gracia.

Cooperación a la Gracia. Cada uno es libre para cooperar o, resistir a la Gracia, como es libre para abrir o cerrar los ojos a la luz. Dios nos trata con respeto, como seres racionales y libres; no le agrada ser servido a la fuerza, Ni salvarnos sin mérito de nuestra parte. Se llama Gracia eficaz aquella a la cual uno coopera, porque ella produce su efecto; y Gracia suficiente, aquella a la cual no se coopera, pero que es suficiente por si misma para movernos a obrar el bien.

Importa absolutamente no resistir jamás a la Gracia, porque esta resistencia cierra la fuente. “La tierra, dice San Pablo, que recibe frecuentemente la lluvia del cielo y no produce nada, no está lejos de ser maldecida” (Heb. 6, 7-8). La Gracia es el fruto del amor Dios y de la Sangre de Jesucristo. Rehusarla es despreciar el don de Dios, quien acaba por abandonar a aquel que no quiere sus auxilios.

 

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3º Gracia habitual.

La Gracia habitual o santificante: es un don sobrenatural que, permaneciendo en nuestra alma, nos hace justos, santos, agradables a Dios y dignos de la vida eterna.

La Gracia santificante se llama habitual, porque permanece en el alma como un hábito (es decir, en forma permanente mientras no se la pierde por el pecado mortal); justificante, porque borra todos los pecados que nos hacían enemigos de Dios; santificante, porque nos hace: Santos y gratos a Dios.

La Gracia santificante es una Gracia divina que transforma el alma. Como el hierro en la fragua participa de las propiedades del fuego; como el cristal atravesado por los rayos solares participa de las propiedades de la luz, así el alma, adornada con la Gracia, participa de la naturaleza divina: queda deificada; vive de la vida de Dios.

La Gracia santificante difiere de la Gracia actual particularmente en dos caracteres: 1) es una cualidad que permanece en el alma y no un auxilio transitorio; 2), no tiene por fin ayudarnos a producir actos de virtud, sino darnos una vida sobrenatural, como el alma da al cuerpo la vida natural.

Efectos de la Gracia Santificante. a) Borra el pecado en nuestras almas, como la luz disipa las tinieblas; b) Nos hace justos, santos y amigos de Dios; c) Nos hace participantes de la naturaleza divina, tan semejantes a Dios, como aquí en la tierra puede serlo la criatura respecto del Creador; d) Nos hace hijos de Dios por adopción, hermanos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo; e) nos hace herederos del cielo; f) Nos hace capaces de producir obras meritorias para la vida eterna.

Los teólogos enseñan que todos los bienes de este mundo son nada comparados con el menor grado de Gracia santificante.

“Dios, dice Santo Tomás, prefiere un alma en estado de Gracia a todos los mundos, como un padre prefiere a su hijo a todas las riquezas”.

El hombre, por la Gracia, hace obras divinas. Una acción de esta especie, por insignificante que sea, vale más que las obras más brillantes de un hombre que no posee la Gracia y que obra por un principio natural.

¿Cómo se adquiere la Gracia santificante? Se adquiere por primera vez mediante el Bautismo, o por la Caridad perfecta con el deseo del Bautismo.

Se aumenta por la oración, la recepción de los Sacramentos, y todas las buenas obras.

Se conserva por la fiel observancia de la ley de Dios.

Se pierde por el pecado mortal, que causa la muerte del alma. Esta muerte del alma es la mayor de las desgracias.

Se recobra la Gracia santificante mediante una buena Confesión o por un acto de contrición perfecta con el deseo de confesarse. Todo hombre que hace un acto de caridad perfecta con el deseo, por lo menos implícito, de recibir los Sacramentos, queda justificado en el mismo instante, como lo fue el buen ladrón en le cruz.

Incertidumbre de la Gracia. Sin la revelación particular de Dios, nadie puede saber si posee la Gracia santificante con certeza. “Nadie sabe dice el Espíritu Santo (Ectes. 9, 1), si es digno de amor o de odio”. Dios quiere esta incertidumbre para mantenernos en la humildad y hacernos trabajar con empeño en nuestra salvación.

Tenemos, empero, la seguridad moral de poseer lo grada si nuestra conciencia no nos reprocha nada, si amamos a Dios, a la Santa Iglesia, al prójimo y si observamos fielmente todos los mandamientos.

 

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4º El mérito.

Se entiende por obra meritoria la que es digna de una recompensa. La Iglesia nos enseña que el hombre puede, con la Gracia de Dios, adquirir méritos para el cielo. “Alegraos, dice Jesucristo a sus Apóstoles, que vuestra recompensa es abundante en los cielos” (Mt. 5, 12).

Toda recompensa supone mérito. Hay dos clases de mérito: el mérito de justicia y el mérito de conveniencia. El primero, fundado en una promesa de Dios, da un estricto derecho a la recompensa: así, por ejemplo, el obrero, el criado, tienen derecho al salario prometido. El de conveniencia no confiere derecho alguno, pero dispone favorablemente a la bondad de Dios a concedernos sus Gracias, como la súplica del pobre… dispone al rico a darle limosna.

Condiciones del Mérito. Para todo mérito se necesita la Gracia actual; sin embargo, esta condición, que depende de Dios, no falta nunca. Aquí sólo tratamos de las condiciones que se requieren por parte del hombre. Por tanto, todo mérito requiere tres condiciones. Es necesario:

1) Que el que ha de merecer esté vivo. Nadie puede merecer después de la muerte.

2) Que el acto meritorio sea voluntario y libre.

3) Que la obra sea buena en sí misma y hecha por un motivo sobrenatural.

Estas tres condiciones bastan para el mérito de conveniencia. Para el mérito de justicia hay que estar en Gracia. “Como el sarmiento, dice Jesucristo, no puede dar fruto si no permanece unido a la vid, así tampoco vosotros si no permaneciereis en Mí” (Jn. 15, 4). La grandeza del mérito depende:

a) De la santidad de la persona que obra. Así, el mérito de Jesucristo es infinito, y el mérito de un santo es mayor que el de un cristiano tibio y negligente.

b) De la excelencia y de la dificultad de la obra. Una gran limosna es más meritoria, que una pequeña limosna dada por la misma persona; pero el óbolo de la viuda vale más que el oro dado por los ricos.

c) De la pureza de intención, del fervor y sobre todo, de la caridad que inspiran la acción. Las disposiciones del corazón pueden hacer del acto más indiferente un acto muy meritorio a los ojos de Dios.

N. B. 1) Una acción es tanto más meritoria cuanto más perfecto sea el motivo que la inspira. Obrar por amor de Dios es el más perfecto de los motivos; y cuanto más ferviente sea este amor, tanto más meritoria es la acción.

2) El motivo de una acción puede ser actual o virtud. Actual, cuando en el momento de hacer la acción se piensa en él; virtual cuando se ha pensado antes y no se ha retratado la intención. Para que nuestra intención influya en nuestras obras tiene que ser, por lo menos virtual. Una obra hecha por costumbre y de un modo maquinal no tiene valor. Por eso se recomienda tanto ofrecer a Dios las obras por la mañana y varias veces durante el día que si se hace se obtiene:

a) La gloria y la felicidad del cielo; b) Un aumento de Gracia santificarte; c) Un aumento de gloria y de felicidad.

Estas recompensas están unidas entre sí: a cada grado de Gracia en esta vida corresponde un grado de gloria en la otra.

Objeto del mérito. 1) El justo, en virtud de las promesas de Dios, puede merecer en estricta justicia; 2) El pecador no puede merecer nada en justicia, pero puede, a título de misericordia, merecer con sus oraciones, sus buenas obras y sus penitencias la Gracia de salir del pecado y volver a Dios; 3) Todos los hombres pueden merecer, especialmente por la oración y por mérito de conveniencia, las Gracias actuales necesarias para evitar el pecado y adelantar en la virtud.

Lo que no se puede merecer. 1) Nadie puede merecer por sí mismo la primera Gracia actual. Antes de recibir esta Gracia, las obras no tienen más que un mérito natural, que no puede dar ni el más mínimo derecho a una recompensa sobrenatural; 2) Nadie puede merecer de justicia la Gracia tan preciosa de la perseverancia final. El justo puede alcanzarla con mérito de conveniencia por la oración y la fidelidad a las Gracias recibidas.

¿Se puede merecer por otro? Sólo Jesucristo ha podido merecer, en justicia, por otros. El justo puede, con mérito de conveniencia, merecer, por los pecadores y los infieles, Gracias abundantes de conversión. Esta verdad descansa en el dogma de la Comunión de los Santos. Así, San Pablo fue convertido por las oraciones de San Esteban, y San Agustín por las de Santa Mónica.

 

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II. Los Sacramentos, medio de obtener la Gracia

Los medios ordinarios de obtener la Gracia son los Sacramentos y la Oración.

Los Sacramentos son unas señales sensibles, instituidas por Nuestro Señor Jesucristo para darnos por ellos la Gracia.

Para un Sacramento son necesarias tres cosas:

1) Un signo o señal sensible. Una señal es una cosa que vemos a oímos y que nos hace conocer otra que no vemos: así, el humo que se ve es la señal del fuego que no se ve. En los Sacramentos, la señal sensible se compone de dos partes esenciales: una llamada materia, y es el elemento material sensible que se emplea: el agua, el aceite, el pan; etc.; otra llamada forma, que consiste en las palabras que pronuncia el ministro, al aplicar la materia.

2) La institución divina. Jesucristo era el único que podía, como Dios, dar a una cosa material la virtud de producir la Gracia.

3) Una señal eficaz de la Gracia. Los Sacramentos no son signos sensibles de la Gracia invisible, sino señales eficaces que producen realmente la Gracia, es decir que producen aquello que significan, en virtud de la omnipotencia de Dios valiéndose de ellos como instrumentos suyos.

Jesucristo instituyó siete Sacramentos. el Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, la Penitencia o Confesión, la Extremaunción o Unción de los Enfermos, el Orden Sagrado y el Matrimonio.

¿Por qué siete Sacramentos? Para la vida espiritual, como para la material, siete cosas son necesarias al hombre: 1), nacer: el Bautismo da el nacimiento; 2), crecer y fortalecerse: la Confirmación le hace crecer y le hace fuerte; 3), alimentarse: la Eucaristía le sirve de alimentó; 4), si cae enfermo, remedios: la Penitencia o Confesión sana las llagas del alma; 5), después de la enfermedad, reparar sus fuerzas: la Extremaunción o Unción de los Enfermos le fortalece en el trance de la muerte; 6), para gobernar la sociedad, autoridades cristianas: el Orden Sagrado las crea; 7), finalmente esta sociedad debe perpetuarse hasta la consumación de los siglos: el Matrimonio cristiano la perpetúa.

 

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División de los Sacramentos:

1º Los Sacramentos se dividen en Sacramentos de muertos (muertos espirituales) y Sacramentos de vivos (es decir, los que están en gracia).

Los Sacramentos de muertos son: el Bautismo y la Penitencia, instituidos para dar o devolver la Gracia a los que están muertos a la vida espiritual.

Los otros cinco se llaman Sacramentos de vivos, porque, para recibirlos con fruto hay que poseer la vida de la Gracia. Sirven para aumentar en nosotros esta vida divina.

2º Hay Sacramentos necesarios con necesidad de medio y otros con necesidad de precepto.

Los Sacramentos absolutamente necesarios, que hay que recibir de hecho o de deseo, son: el Bautismo para todos, y la Penitencia para los que han cometido pecado mortal después del Bautismo.

3º Los Sacramentos necesarios con necesidad de precepto son: la Confirmación, la Eucaristía y la Unción de los Enfermos. El Orden Sagrado y el Matrimonio son necesarios para la sociedad cristiana, pero no para los individuos.

El primer Sacramento que hay que recibir es el Bautismo: sin él no se pueden recibir válidamete los demás.

El más grande es la Eucaristía, porque contiene a Jesucristo, autor de la Gracia.

 

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Elementos constitutivos, de los Sacramentos.

Los elementos de un Sacramento son: 1), la materia y la forma, que constituyen la señal sensible; 2), el ministro que lo confiere; 3), el sujeto que lo recibe. Sin estos cuatro elementos no existe Sacramento.

1) La materia es el elemento sensible o acto externo que, por institución de Jesucristo, puede convertirle en Sacramento: como el agua, el aceite, el pan, la acusación de los pecados, la imposición de las manos, el contrato de Matrimonio.

2) La forma de un Sacramento consiste en las palabras que el ministro aplica a la materia sacramental para convertirla en una señal eficaz de la Gracia. La unión de la materia y de la forma constituyen el Sacramento, como la unión del cuerpo y del alma constituye al hombre.

3) El ministro es la persona que ha recibido de Jesucristo el poder de conferir el Sacramento: Es necesario y basta que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia. No es necesario para la validez del Sacramento, que el que lo administra esté en Gracia, ni siquiera que tenga fe (pero tiene que tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia); pues los Sacramentos no dependen en nada de las disposiciones del ministro. Este no es más que un simple instrumento de que se sirve Jesucristo. En realidad, es Jesucristo mismo quien bautiza, quien confirma, quien absuelve, cte.

4) El sujeto del Sacramento es todo aquel que sea capaz de recibirlo.

 

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Disposiciones Requeridas.

a) Para recibir válidamente los Sacramentos se requiere, en los adultos, la voluntad, al menos implícita, de recibirlos, porque Dios no quiere santificar a los adultos sin su consentimiento. b) Para recibirlos dignamente, las disposiciones varían según la naturaleza de los Sacramentos.

Para los Sacramentos de muertos, las disposiciones consisten en la fe, la esperanza y el arrepentimiento de los pecados, con un principio de amor de Dios.

Para los Sacramentos de vivos, la disposición principal, es el estado de, Gracia.

 

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Efectos de los Sacramentos.

Todos los Sacramentos bien recibidos:

1) Dan o aumentan la Gracia santificante.

2) Confieren una Gracia sacramental especial en cada Sacramento.

3) Tres Sacramentos imprimen en el alma un carácter imborrable.

a) Gracia santificante. Unos nos dan la Gracia santificante: tales son el Bautismo y la Penitencia; otros la aumentan más o menos, según las disposiciones con que se reciben.

b) La Gracia sacramental. Cada Sacramento, confiere una Gracia especial llamada sacramental. Es el derecho de recibir, en tiempo oportuno, Gracias actuales correspondientes al fin del Sacramento.

c) Carácter. Tres Sacramentos, el Bautismo, la Confirmación y el Órden Sagrado imprimen en el alma un carácter o marca espiritual que nunca podrá borrarse. Así, un cristiano no puede dejar de ser cristiano; un confirmado no puede dejar de ser confirmado un sacerdote no puede dejar de ser sacerdote. Por tal motivo, estos Sacramentos no se pueden recibir sino una silla vez. Ese carácter no se pierde ni con el pecado mortal e incluso quedará en el cielo o en el infierno, ya que es una marca espiritual que va al alma.

 

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¿Cómo producen efectos los Sacramentos?

a) Los Sacramentos producen la Gracia por su propia virtud, ex opere operato, como el fuego produce calor; b) independientemente de las disposiciones del ministro, puesto que Jesucristo, es siempre el ministro principal; c) pero independientemente de las disposiciones del sujeto, como el sello que no puede quedar impreso sino en cera blanda.

Las disposiciones del sujeto determinan la medida de la Gracia conferida por los Sacramentos. Recibidos con disposiciones perfectas producen una Gracia abundante; con disposiciones imperfectas, la gracia se disminuye; con disposiciones malas, la recepción de los Sacramentos es una profanación, un sacrilegio.

 

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I. El Bautismo

El Bautismo es un Sacramento que borra el pecado original y los pecados actuales, si los hubiera (ej., si tiene uso de razón), haciéndonos cristianos, hijos de Dios y de la Iglesia, herederos del cielo.

 

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Necesidad del Bautismo

El Bautismo es absolutamente necesario para la salvación. Las palabras de Jesucristo son terminantes: “En verdad os digo: si alguien no renace a la vida espiritual por el agua y el  Espíritu Santo no puede entrar en el reino de los cielos” (Jn. 3, 5).

El Bautismo puede ser suplido o reemplazado por el martirio que es el Bautismo de Sangre; o por un perfecto amor de Dios, con el deseo, al menos implícito, de ser bautizado: es el Bautismo de deseo.

1) La materia del Bautismo es el agua natural, símbolo de la purificación del alma.

2) La forma consiste en estas palabras: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

3) El ministro: los Obispos, los Sacerdotes. Pero en caso de necesidad toda persona puede y debe bautizar. Porque el Bautismo es indispensable para la salvación. Dios ha querido que su recepción fuera fácil.

El que bautiza en caso de necesidad debe derramar agua natural sobre la cabeza de la criatura, diciendo, al mismo tiempo, con intención de hacer lo que hace la Iglesia: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. El agua debe echarse en la cabeza; si es posible, y si no, en otro miembro principal.

4) Sujeto del Bautismo es toda criatura humana sin distinción: Jesucristo no ha exceptuado a nadie. “Id, dice Él a sus apóstoles, y enseñad a todas las naciones, y bautizadlas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt. 28, l9).

5) Los efectos del Bautismo. El efecto general del Bautismo es la regeneración espiritual: el hombre renace a una nueva vida; la vida de los hijos de Dios. En particular, el Bautismo produce tres efectos: a) La remisión del pecado original, de los pecados actuales y de las penas debidas al pecado.

b) La infusión de la Gracia santificante acompañada de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad; de las otras virtudes infusas (prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y de los dones del Espíritu Santo.

c) La impresión del carácter, que hace al bautizado hijo de Dios y de la Iglesia, hermano de Jesucristo y heredero del cielo.

 

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Obligaciones del bautizado.

El que recibe el Bautismo se compromete a renunciar al demonio, a sus pompas, a sus obras, a creer en Jesucristo y a practicar la ley evangélica.

Objeción. Los padres, preguntan los librepensadores ¿tienen derecho para hacer cristianos a sus hijos sin su consentimiento?

R. -¿Por qué no han de tener el derecho de hacerles bien? ¿Esperan acaso su consentimiento para hacerlos curar si están enfermos o hacer una intervención quirúrgica para salvarlo? ¿Esperan que tengan uso de razón para hacerlos inscribir como ciudadanos, en el registro civil de la patria? ¿Les piden su consentimiento para ir a la escuela? ¿Y por qué habrá de ser necesario su consentimiento para hacerlos miembros de la sociedad de Jesucristo?.

 

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II. La Confirmación

La Confirmación es un Sacramento por el que se nos da el Espíritu Santo con toda la abundancia de sus dones y se nos hace perfectos cristianos.

El Bautismo da la vida espiritual: la Confirmación la fortalece. El Bautismo hace nacer los hijos de Dios; la Confirmación los transforma en soldados de Cristo.

El bautizado difiere del confirmado, como en el orden natural el niño difiere del hombre maduro. La vida a los treinta años no difiere de la de cinco, pero es mucho más intensa. Por eso el Espíritu Santo da al confirmado una fuerza enteramente viril, sea para creer espiritualmente, sea para profesar con actos exteriores, su fe.

1) La materia de este Sacramento es la imposición de las manos del Obispo y la unción con el Santo Crisma en la frente del confirmado. El Santo Crisma es una mezcla de aceite y de bálsamo consagrados por el Obispo el Jueves Santo. El aceite significa la dulzura y la fuerza que la Gracia comunica al alma; y el bálsamo, el buen olor de las virtudes que debe practicar el confirmado.

2) La forma de este Sacramento consiste en las palabras que pronuncia el Obispo al imponer las manos sobre la frente y al hacer el signo de la cruz con el pulgar y diciendo: “N:… Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo”.

3) El ministro ordinario de la Confirmación es el Obispo. Un Sacerdote delegado por el Obispo puede ser ministro extraordinario, pero debe siempre servirse del Crisma bendecido por el Obispo. En caso de peligro de muerte de una persona el Sacerdote puede confirmar sin necesidad de pedir autorización al Obispo.

Es conveniente que el obispo, que tiene la plenitud del sacerdocio, administre el Sacramento que da a los fieles la plenitud de la vida cristiana.

4) Sujeto de la Confirmación es todo cristiano bautizado. Este Sacramento no es absolutamente necesario para la salvación, pero el que por su culpa no lo recibe, comete un pecado y se priva de muchas Gracias. Para recibir dignamente la Confirmación se requiere: a) estar en estado de Gracia; b) conocer suficientemente las verdades eternas y lo que se relaciona con el Sacramento.

5) Efectos de la Confirmación: a) Este Sacramento nos da el Espíritu Santo con la plenitud de sus dones; b) aumenta la Gracia santificante; c) imprime en el alma un carácter, indeleble, el carácter de soldado de Jesucristo.

Los dones del Espíritu Santo son Gracias particulares que iluminan, fortalecen y perfeccionan el alma, ayudándonos a practicar las virtudes y facilitándonos la salvación.

Esos Dones son siete: Sabiduría (nos hace “saborear” las cosas divinas y verla como Dios las ve), Entendimiento (nos hace penetra el misterio de las cosas sagradas, entender cosas que no podríamos con nuestras solas fuerzas), Ciencia (nos ayuda a relacionar todas las cosas naturales con Dios y ver la mano de la Providencia en todo), Consejo (nos ayuda a acertar en el juicio), Fortaleza (nos da una capacidad de sufrir por Dios y por el prójimo superando nuestras capacidades naturales), Piedad (nos hace ver a Dios como Padre y a la Iglesia como Madre, despertando en nosotros profundo amor a todo lo que representa a Dios y sus cosas) y Temor de Dios (nos da una reverencia amorosa hacia Dios, tan grande que nos mueve a no ofenderle por nada del mundo).

 

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III. La Eucaristía

La Eucaristía el es el más grande y el más santo de todo los Sacramentos: En la Iglesia de Cristo representa lo que el sol en el mundo, lo que el corazón en el hombre.

Las principales figuras de la Eucaristía en el Antiguo Testamento son las siguientes:

1) El árbol de la vida, plantado en el Paraíso terrenal, cuyos frutos daban la inmortalidad.

2) El pan y el vino, ofrecidos en sacrificio por Melquisedec.

3) El Cordero pascual; cuya Sangre preservó de la muerte a los israelitas en Egipto.

4) El maná que Dios hizo llover del cielo para alimentar a su pueblo en el desierto.

5) Los panes de la proposición, que los sacerdotes colocaban en el Tabernáculo y que no podían ser comidos sino por hombres santificados.

6) El pan cosido bajo la ceniza, que dio fuerza al profeta Elías para llegar hasta el monte Horeb.

7) El milagro de las bodas de Caná.

8) El pan multiplicado por el Salvador para alimentar en el desierto a la muchedumbre hambrienta.

¿En qué contiene la Eucaristía? La Eucaristía contiene, verdadera, real y substancialmente, el Cuerpo, la, Sangre, el Alma y la Divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo, bajo las especies o apariencias del pan y  del vino.

Jesucristo instituyó la Eucaristía el Jueves Santo, la víspera de su muerte. Con su omnipotencia convirtió el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, como en otra ocasión había cambiado el agua en vino, en las bodas de Caná.

Por qué Jesucristo instituyó la Eucaristía? Jesucristo instituyó la Eucaristía: 1) Para perpetuar su presencia entre los hombres; 2) Para alimentar nuestras almas; 3º) Para renovar el sacrificio de la cruz y aplicarnos sus méritos.

Por consiguiente, la Eucaristía es, a la vez, Sacramento y Sacrificio; Sacramento cuando está conservada en el Tabernáculo o dada en comunión a los fieles; Sacrificio cuando es ofrecida en la Santa Santa Misa.

Se puede considerar en la Eucaristía: a) la Presencia Real de Jesucristo; b) el Sacramento; c) el Sacrificio.

 

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a) Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía.

En la Eucaristía, bajo las especies o apariencias del pan y del vino, está el cuerpo, la Sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo, y no una imagen o un símbolo que lo representa. Tal es el dogma de la Presencia Real.

Este dogma se apoya sobre varias pruebas inconmovibles:

1) Las palabras de la promesa y de la institución de la Eucaristía dichas por Jesucristo.

2) La enseñanza tradicional de la Iglesia, intérprete infalible de la Palabra de Dios.

3) La autoridad de los milagros obrados en el transcurso de los siglo.

4) La misma razón natural.

1) Palabras de Jesucristo.

a) La promesa. Al día siguiente de la primera multiplicación de los panes, Jesucristo dijo a la muchedumbre que le seguía: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo: todo el que comiere de esté pan vivirá eternamente… Y el pan que Yo os daré es Mi Carne…” “Los judíos, asombrados, se preguntaban: ¿Cómo puede darnos su Carne por comida?”. En vez de alejar el pensamiento de la comida Real de su Carne con una explicación fácil, que hubiera suprimido al punto el escándalo, Jesucristo insiste: “En verdad, en verdad os digo, que si no comieres la Carne del Hijo del hombre y no bebiereis su Sangre, no tendréis vida en vosotros… Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre verdadera bebida (Jn. 6, 51-54 y 56).

Y Jesús no deja a sus discípulos otra alternativa que creerle o separarse de Él. Ha prometido, pues, dar su Cuerpo como alimento y su Sangre como bebida.

b) La Institución. La víspera de su muerte, después de haber comido el cordero pascual, Jesucristo cumple su promesa. Tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándolo a sus Apóstoles, les dijo: “Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros”. “Tomó también el cáliz, lleno de vino, lo bendijo y les dijo: “Bebed todos de él porque ésta es mi Sangre, la Sangre de una Nueva Alianza, que será derramada por vosotros y por muchos, en remisión de los pecados” (Mt. 26, 26_28).

Los medios establecido por

Estas palabras: Este es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, significaban, en su sentido natural que, por su Omnipotencia, lo que era pan se había convertido en el Cuerpo de Jesucristo, y lo que era vino, en su Sangre.

Pues bien, estas palabras, que deben ser tomadas al pie de la letra:

1) Expresan un milagro fácil, para la omnipotencia de Dios.

2) Están conformes con las palabras de la promesa.

3) Fueron pronunciadas por Jesucristo en una hora solemne, la víspera de su muerte.

4) Tenían por objeto crear un dogma y establecer un Sacramento. Si Jesucristo en esa hora hubiera usado de un equívoco o de una figura, habría engañado a la Iglesia y a los fieles dé todos los siglos…

Y, corno si eso fuera poco, dejando adorar el pan y el vino habría consagrado la idolatría que Él había venido a destruir.

Por consiguiente, es imposible no tomar las palabras de Jesucristo en su sentido literal. Hay que creer en la Presencia Real.

2) La Enseñanza tradicional de la Iglesia. Los Apóstoles entendieron literalmente las palabras de Jesucristo. Testigo, San Pablo, que decía a los fieles de Corinto: “El que comiere este pan o el que bebiere el cáliz del Señor indignamente, come y bebe su propia condenación, no haciendo discernimiento del Cuerpo del Señor” (I Cor. 11, 27-29).

San Pablo no hubiera podido hablar en esta forma de una imagen figurativa de Jesucristo.

Por lo demás, desde San Pablo hasta nosotros, toda la Tradición Católica, la enseñanza de los Santos Padres y de los Doctores, los monumentos de los siglos cristianos: catacumbas, iglesias, altares, esculturas, pinturas, etc., proclaman la misma creencia. Hay que llegar a Berengario de Tours y, sobre todo al Protestantismo del siglo XVI para hallar las primeras negaciones del dogma Católico. Es el caso de repetir con Tertuliano que lo que siempre ha sido creído en todas partes y por todos, debe ser conservado: “Quod semper, quod ubique, quod ad omnibus… servandum est” (Véase Cauly, Apologética cristiana).

3) La autoridad del milagro. Frecuentemente, en el transcurso de los siglos, Dios ha hablado en favor del dogma eucarístico: Apariciones visibles de Jesucristo en la Hostia; profanadores castigados; hostias que destilan Sangre; Eucaristía conservada en las llamas; etc. (Véase Mons. De Ségur, La Presencia Real).

Los frutos de vida cristiana y de santidad producidos en la Iglesia por la Eucaristía son un milagro perpetuo en el orden moral.

4) Dogma de la Presencia Real se impone a la razón. Por una parte este dogma es tan extraordinario y tan incomprensible, que no ha podido ser inventado ni impuesto al mundo por un hombre.  Por otra parte, ha sido siempre admitido; hace más de diecinueve siglos por la Iglesia entera y por los más grandes Doctores y los ingenios más vastos y profundos. El buen sentido concluye que la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía es un hecho divino que se impone a nuestra creencia: incredibile, ergo divinum.

 

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Explicaciones de la presencio real.

1) Por virtud de las palabras de la consagración pronunciadas por el sacerdote, la substancia del pan se convierte milagrosamente en el Cuerpo de Jesucristo, y la substancia del vino, en su Sangre, y no quedan en el altar más que las especies o apariencias del pan y del vino. Este primer milagro se llama transubstanciación, o sea, conversión de una substancia en otra.

Nada hay de imposible en este primer milagro: una transformación análoga se opera diariamente en la vegetación de las plantas. El agua del cielo, el jugo de la tierra, etc., se convierten en la substancia de la planta. Esta conversión de substancias se opera asimismo en nosotros. Los diversos alimentos que ingerimos se mudan en carne, en huesos, en nervios, etc. ¿Cómo se efectúa esta transformación? Los sabios la comprueban, pero no pueden explicarla. Es un misterio de la naturaleza.

Y, sin embargo, hay que admitirla. ¿Por qué, pues, ha de ser más difícil creer en el misterio de la Transubstanciación en la Eucaristía? Nos atrevemos a afirmar que el poder de Dios es incapaz de hacer con el pan y el vino lo que hace el estómago can los alimentos y el sol con las plantas?…

2) Bajo las especies de pan y de vino está el Cuerpo substancial y real de Jesucristo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Jesucristo, pues está presente todo entero, verdadero Dios y verdadero hombre, en cada hostia consagrada. Tal es el segundo milagro de la Eucaristía. Que Jesucristo esté todo entero en una pequeña hostia se puede explicar sin suprimir el misterio. Y, a la verdad, Jesucristo está presente en la Eucaristía por su substancia. Es así que la substancia de un Cuerpo es distinta de la extensión de ese Cuerpo, es decir, de sus dimensiones: longitud, latitud, espesor, y distinta también de, sus cualidades sensibles, llamadas color, sabor, olor, etc. Luego, la substancia del agua se encuentra tanto en una gota como en el océano; la substancia del trigo se halla tanto en un grano como en un montón de espigas; la substancia del pan se halla lo mismo en una migaja que en un pan entero. “Luego, concluye Santo Tomás, puesto que el Cuerpo de Cristo está en la Eucaristía a la manera como la substancia está bajo las dimensiones, per modum substantiae (al modo de la substancia), es evidente que Cristo está contenido todo entero bajo todas las partes de las especies del pan y del vino” (III, q. 76, art. 3)[17].

3) Aunque, por virtud de las palabras sacramentales, no haya bajo las especies del pan más que el Cuerpo y bajo las especies del vino más que la Sangre del Salvador, sin embargo, Jesucristo está todo entero bajo cada especie y bajo cada una de sus partes cuando están divididas, como después de su resurrección, el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad del Salvador están inseparablemente unidos, por eso Jesucristo, vivo e inmortal, se halla todo entero donde está su Cuerpo y todo entero donde está su Sangre.

Cuando el Sacerdote parte la hostia, no se parte o divide Jesucristo, sino que queda entero en todas y en cada una de las partes de la misma hostia. De igual modo nuestra alma está toda entera en nuestro Cuerpo y en cada uno de sus miembros; y de un modo semejante un objeto se refleja todo entero en un espejo y, si éste se rompe, en cada uno de los fragmentos.

4) Jesucristo está presente, a la vez, en el cielo y en todos los lugares donde se hallan Hostias Consagradas. “No es que el Cuerpo de Jesucristo se multiplique, sino su Presencia. No hay muchas Jesucristos; sino que un solo y único. Jesucristo se halla presente en varias hostias, en varios lugares, como el sol, que hace disfrutar de su presencia a todos los habitantes del globo.

“La presencia del sol en ciertos lugares no es más que una presencia virtual; puesto que permanece en lo alto del firmamento; pero la presencia de Jesucristo es una presencia Real, puesto que baja a los altares para permanecer allí en el Sacramento, tan verdaderamente como se halla a la diestra de Dios Padre en lo más alto de los cielos.

Esta presencia simultánea del Cuerpo de Jesucristo en varios lugares a la vez es el tercer milagro que los incrédulos proclaman imposible. Una cosa análoga se nos ofrece en nuestra alma, la cual, siendo simple e indivisible, está toda entera donde se halla y, por tanto, se halla en todas las partes del Cuerpo, porque a todas ellas les comunica vida.

Para darnos una idea de esta presencia simultánea, San Agustín emplea la comparación de la palabra humana. “Tengo en mi espíritu, dice el Santo, un pensamiento, lo encaro en la palabra y lo transmito a cada uno de vosotros todo entero. De este modo, mi pensamiento, mi verbo, reside a la vez en mi inteligencia y en la de todos mis oyentes. Si pudiera hacerme oír de todos los hombres que viven en la tierra mi pensamiento, sin abandonar mi espíritu, estaría al mismo tiempo en el espíritu de todos los hombres. Pero si tal es el poder del pensamiento, del verbo del hombre, ¿debemos maravillarnos de que el Verbo de Dios encarnado en un Cuerpo, pueda hallarse en el cielo y en todas las Hostias Consagradas. Indudablemente es un milagro, un misterio, pero este misterio no es más imposible que el de la palabra humana”.

5) Jesucristo está presente en la Eucaristía de una manera permanente, y no sólo en el momento de la consagración o de la comunión, sino que permanece presente en la Santa Hostia hasta que las santas especies se alteran.

La lámpara que arde noche y día ante el Tabernáculo advierte a los hombres la presencia de Jesucristo.

Consecuencia. “La consecuencia de la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía es que le debemos el culto de la latría o de adoración: De ahí la exposición del Santísimo, la bendición y las procesiones que se hacen con Él; de ahí el respeto y la magnificencia de que se rodea en la Iglesia al Tabernáculo y los vasos sagrados; de ahí también las visitas al Santísimo Sacramento para tributar nuestro homenajes a Jesucristo y solicitar su Gracia” (Cauly).

Conclusión: Todas estas verdades son otros tantos dogmas Católicos definidos por el Concilio de Trento, y no pueden rechazarse sin incurrir en herejía. Se halla el resumen de todo esto en la hermosa secuencia Lauda Sion, debida al genio de Santo Tomás de Aquino. A los que preguntan el cómo de estos misterios que Dios impone a nuestra fe, basta contestarles: Dios es todopoderoso; Él lo puede, Él lo quiere, Él lo ha dicho: luego, hay que creerle.

 

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b) La Eucaristía como Sacramento

La Eucaristía es el Sacramento del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, bajo las especies de pan y de vino.

1) La materia de la Eucaristía es el pan de trigo y el vino de uvas: Jesucristo eligió esta materia para demostrar que la Eucaristía es el alimento de nuestra alma, como el pan y el vino son el alimento de nuestro Cuerpo.

2) La forma de la Eucaristía consiste en las palabras de la consagración empleadas por Jesucristo en el Cenáculo: “Esto es mi Cuerpo… ésta es mi Sangre…” Estas palabras tienen una virtud divina, porque Jesucristo las pronuncia por la boca del Sacerdote.

3) Ministros de la Eucaristía son los Obispos, los Sacerdotes. Sólo ellos, en la persona de los Apóstoles han recibido de Jesucristo, el poder de consagrar, en virtud de estas palabras del Salvador: “Haced esto en memoria mía” (Lc. 22, 19).

4) El sujeto de la Eucaristía. Todo hombre bautizado puede recibir válidamente éste Sacramento. La recepción de la Eucaristía se llama Comunión, porque hay Unión común entre Jesucristo y la persona que lo recibe.

Obligación de Comulgar. La Comunión es de necesidad de precepto para todos los fieles que hayan llegado al uso de razón: Jesucristo ha dicho: “Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su Sangre no tendréis vida en vosotros” (Jn. 6, 64).

Hay obligación de comulgar: 1), en la edad de la discreción; 2), por lo menos una vez al año; en el tiempo pascual; 3), en peligra de muerte.

La Iglesia desea que los fieles comulguen cada vez que asisten a la Santa Misa, es decir, los domingos y días festivos por lo menos. Los primeros cristianos comulgaban todos los días, y esta costumbre duró muchos, siglos… En nuestros días es escasa la frecuencia con que se comulga, y por eso está tan debilitada la vida cristiana en las almas…[18].

 

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Disposiciones requeridas.

1) Disposiciones del Cuerpo. a) La ley del ayuno manda actualmente, que no se tomen alimentos sólidos ni bebidas (salvo el agua) hasta una hora antes de la comunión. Para los enfermos que deben alimentarse se establecen 15 minutos de abstención antes de comulgar.

En peligro de muerte se puede comulgar sin estar en ayunas. Esta Comunión (en peligro de muerte) se llama viático, o provisión para el viaje del tiempo a la eternidad. b) Conviene estar decentemente vestido, sin lujo, pero tampoco con negligencia.

2) Disposiciones del alma. La disposición esencial para comulgar es el estado de Gracia: La Eucaristía es un Sacramento de vivos, y comulgar a sabiendas, con un pecado mortal en la conciencia, es un horrible sacrilegio.

Los que están en pecado mortal deben confesarse antes de comulgar: Así lo manda el Concilio de Trento.

Ni los pecados veniales, ni aun los mortales en caso de recordar estos últimos antes de comulgar, involuntariamente olvidados en la confesión, impiden comulgar; pero es bueno hacer un acto de contrición para no poner obstáculos a los frutos de la Comunión. Si hubo un pecado mortal olvidado involuntariamente en la Confesión queda luego la obligación grave de decirlo en la próxima, pero ha quedado en gracia.

Las otras disposiciones del alma son una fe viva, una esperanza firme, una caridad ardiente y una profunda humildad con el deseo de unirse a Jesucristo. Cuanto más perfectas sean esas disposiciones, tanto más abundantes serán los frutos de la Comunión.

¿Qué hay que hacer después de la Comunión? Hay que emplear, por lo menos, un cuarto de hora en adorar a Jesucristo, ofrecerse a Él, darle Gracias, suplicarle y conversar con Él, pasando en recogimiento el resto del día:

5) Efectos de la Comunión. La Sagrada Comunión conserva y fortifica la vida del alma, como el pan material conserva y fortifica la vida del Cuerpo. a) Nos une estrechamente a Jesucristo y aumenta la Gracia santificante. b) Da al alma Gracias actuales que la alimentan y fortalecen para resistir, al mal y practicar la virtud; c) Perdona los pecados veniales y preserva de los mortales; d) Santifica nuestro Cuerpo y deposita en nuestra carne un principio de resurrección gloriosa. e) Nos da la prenda de la vida eterna: “Aquel que come mi Carne, dice Jesucristo, y bebe mil Sangre tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día” (Jn. 6, 55).

El apego al pecado venial, la negligencia en prepararse bien, la tibieza en el servicio de Dios, disminuyen los frutos de la Comunión.

Hacer la Comunión espiritual es encender en el corazón un vivo deseo de la Comunión sacramental, acompañando este deseo con actos de fe, de humildad, de contrición. Nada más agradable a Jesucristo, ni más ventajoso para el alma que esta hermosa y piadosa práctica.

 

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c) La Eucaristía como Sacrificio

La Eucaristía, como Sacramento, ha sido instituida para nuestra santificación; como sacrificio, se relaciona directamente con el culto de Dios. Ninguna religión puede existir sin sacrificio como tampoco sin oración. La oración es en palabras, como el sacrificio en acciones, la manifestación natural de nuestras relaciones con Dios.

El sacrificio es el ofrecimiento hecho a Dios, por un ministro legítimo, de una cosa sensible que se destruye o cambia, en su honor, con el fin de reconocer su soberano dominio.

La Santa Misa. Es el sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, ofrecido sobre el altar bajo las especies de pan y de vino, para representar y continuar el sacrificio de la cruz y aplicarnos sus méritos.

La Santa Misa es un verdadero sacrificio, puesto que reúne todos los elementos del mismo:

1) Ofrecimiento hecho a Dios: a Él sólo se ofrece la Santa Misa y no a los Santos (Sí en honor de los Santos pero no para los santos).

2) De una cosa sensible: el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, hechos sensibles por las especies de pan y de vino.

3) Que se destruye o cambia: Jesucristo está sobre el Altar como en un estado de muerte. Él es místicamente inmolado por las palabras de la Consagración, en cuya virtud su Cuerpo parece separado de su Sangre, (sensiblemente) y lo sería realmente si Jesucristo resucitado no fuera inmortal; esta inmolación se completa, por la Comunión, que consume sacramentalmente a la víctima.

4) Para confesar su soberano dominio: la Santa Misa es el acto de adoración por excelencia.

El sacrificio de la Santa Misa es el mismo sacrificio de la cruz, porque en él concurre el mismo sacerdote y la misma víctima, es decir, el mismo Jesucristo que se ofrece y se inmola por nosotros.

¿Que diferencia hay entre estos dos sacrificios? Hay varias diferencias: 1) en la Cruz Jesucristo se ofreció Él mismo directamente a Dios; en el altar se ofrece por ministerio de los Sacerdotes; 2), su Sangre corrió realmente (es decir en forma cruenta), en la Cruz; mientras que no corre realmente sino místicamente (en forma incruenta) en el Altar; 3), Él sufrió en la Cruz; en el Altar no sufre. Jesucristo se ofreció de una manera sangrienta en el Calvario, y en el Altar se ofrece de una manera  no sangrienta, sino incruenta.

La Santa Misa representa y perpetúa él sacrificio de la cruz, para aplicarnos los Méritos de la Redención.

El ministro principal del sacrificio de la Santa Misa es Jesucristo mismo porque solo Él puede decir: “Este es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre”.Los ministros visibles son: los Obispos y los Sacerdotes legítimamente ordenados. Los fieles deben unirse en espíritu y corazón al Sacerdote, delegado de la Iglesia, para ofrecer en su nombre la Santa Víctima.

La Iglesia ofrece a Dios el sacrificio de la Santa Misa: a) para adorarle; b) agradecerle sus beneficios ; e) para satisface a su justicia; d) para obtener sus Gracias.

La Santa Misa en sí misma, como el sacrificio de la cruz, es de un valor infinito por causa de la dignidad infinita de la Víctima ofrecida.

Pero el fruto aplicado a los fieles no es infinito, sino proporcionado a sus disposiciones de fe, de confianza, de fervor.

Se distinguen tres partes en los frutos de la Santa Misa: 1) el fruto general es para todos los fieles vivos y difuntos, y particularmente por a aquellos que asisten al Santo Sacrificio; 2), el fruto principal pertenece a aquel por quien se dice la Santa Misa; 3), el fruto personal al celebrante.

Se ofrece la Santa Misa a Dios solo, porque el sacrificio es un acto de adoración que no es debido sino a Dios.

Pero se la puede ofrecer a Dios en honor de la Santísimo Virgen y de los Santos, para agradecerle los favores que les ha hecho y obtener Gracias por su intercesión.

Se ofrece la Santa Misa por los vivos y por los difuntos. Dios les aplica los méritos de su Hijo, según las  leyes de su Justicia y de su Misericordia.

Es preciso tener en altísima estimación al Santo Sacrificio de la Santa Misa y, si es posible, asistir a él todos los días. Es el gran ejercicio de la Religión, la mejor de todas las oraciones, un tesoro escondido de  gracias y bendiciones.

Un medio excelente para evitar las distracciones es tener un libro de Santa Misa y seguir al Sacerdote en la celebración.

 

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IV. El Sacramento de la Penitencia o Confesión.

La palabra penitencia significa arrepentimiento; expiación y designa ya una virtud, ya un Sacramento.

1) Virtud de la Penitencia. La Penitencia es una virtud sobrenatural que lleva al pecador a detestar sus pecados y a castigarse a sí mismo para reparar la injuria hecha a Dios.

El acto interno de esta virtud se llama contrición: los actos externos son las penas corporales que el penitente se inflige en satisfacción por los pecados cometidos.

Comprende, pues, asta virtud: 1) el odio y la detestación de los pecados cometidos; 2), el firme propósito de una vida mejor; 3º, la expiación de las culpas pasadas.

La Penitencia es necesaria con necesidad de medio para obtener el perdón de los pecados. Jesucristo dijo: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis” (Lc. 13, 5).

¿En qué difiere la virtud de la Penitencia del Sacramento? a) La virtud de la Penitencia ha sido necesaria en todos los tiempos para obtener el perdón de los pecados: el Sacramento no es necesario sino después de su institución por Nuestro Señor Jesucristo, y no produce su efecto sino respecto de los pecados cometidos después del Bautismo. b) La virtud de la penitencia no es más que una parte del Sacramento, que comprende, además, la confesión del penitente y la absolución del sacerdote. c) La virtud de la Penitencia puede existir sin el Sacramento, pero el Sacramento no puede existir sin la virtud de la Penitencia.

2) Sacramento de la Penitencia. _ La Penitencia es un Sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo.

 

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Necesidad del Sacramento de la Penitencia.

_El Sacramento de la Penitencia es absolutamente necesario a aquellos que han cometido un pecado mortal después del Bautismo. En caso de necesidad puede ser suplido por la contrición perfecta, unida al deseo de recibirlo. Pero, dirá alguien: ¿para qué este Sacramento, si antes de Jesucristo se obtenía el perdón de los pecados por la virtud de la penitencia?

Indudablemente; pero este Sacramento nos proporciona ventajas inmensas: 1), requiere menos disposiciones de parte del pecador; 2º, nos confiere Gracias especiales para no volver a caer; 3), nos da la certeza moral de nuestro perdón, etc.

1) La materia del Sacramento de la Penitencia. La materia remota consiste en los pecados que han de ser perdonados. La materia próxima, en los tres actos del penitente: contrición, confesión y satisfacción

2) La forma está en la absolución del sacerdote: “Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Estas palabras, unidas a los tres actos del penitente, son la señal sensible del Sacramento de la Penitencia.

3) El ministro de la Penitencia es todo Sacerdote aprobado o investido del doble poder del Orden Sagrado, y de la Jurisdicción. El Poder del Orden Sagrado es el poder de perdonar los pecados, conferido por Jesucristo a los sacerdotes: es inherente al carácter sacerdotal.

El Poder de Jurisdicción, conferido por el Obispo, señala a los Sacerdotes los sujetos a quienes pueden legítimamente absolver y los lugares donde pueden oír confesiones; así como los jueces civiles tienen su propia jurisdicción por los límites locales. En principio puede confesar en todas partes del mundo sin autorización expresa a no ser que por alguna razón ese Obispo se lo impida.

4) El sujeto de la Penitencia es todo el que haya cometido un pecado mortal o venial después del Bautismo.

 

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Disposiciones requeridas.

Para recibir bien el Sacramento de la Penitencia se necesitan cinco cosas: a) El examen de conciencia: 2) El dolor de los pecados. 3) El propósito de no cometerlos en adelante. 4) La Confesión. 5) La Satisfacción o penitencia.

Tres clases de personas profanan este Sacramento: !) Los que no tienen verdadero dolor de sus pecados. 2) Los que ocultan o disfrazan algún pecado mortal. 3) Los que no tienen propósito de enmienda, ni de apartarse de las ocasiones próximas, ni restituir lo mal adquirido, ni perdonar a sus enemigos, o cumplir la penitencia que el confesor impone.

5) Efectos del Sacramento de la Penitencia. 1) Borra todos los pecados cometidos después del Bautismo, por numerosos y enormes que sean. 2) Perdona la pena eterna y una parte más o menos grande de la pena temporal, según las disposiciones con que se le recibe. 3) Produce la Gracia santificante o la aumenta. 4) Hace revivir las virtudes infusas y los méritos perdidos. 5) Nos da Gracias sacramentales fara fortalecernos contra las recaídas, perseverar en el bien, y practicar las virtudes cristianas. 6) Da la paz a la conciencia y, a veces, un gran consuelo.

 

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Partes esenciales del Sacramento de la Penitencia.

Las partes esenciales del Sacramento de la Penitencia son: la contrición, la confesión, la satisfacción, que se refieren al penitente, y la absolución por parte del sacerdote.

Creernos útil decir algunas palabras acerca de estas diversas partes:

 

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Actos del Penitente:

1) La contrición

1) La contrición es el dolor de haber ofendido a Dios y una detestación de los pecados cometidos con el firme propósito de no volver a cometerlos. La contrición incluye dos cosas esenciales: en cuanto a lo pasado, el arrepentimiento de los pecados cometidos; por lo que toca a lo futuro, el firme propósito de no volver a caer en ellos.

2) La contrición es absolutamente necesaria para obtener el perdón. Por el pecado mortal, la voluntad del hombre se ha apartado de Dios para adherir a un bien creado. Para que Dios perdone esta ofensa es menester que la voluntad se convierta a Dios; deteste su pecado y se proponga no volver a cometerlo; éste es el efecto de la contrición. Luego, sin contrición no hay perdón. Puede uno salvarse sin la confesión cuando ésta es imposible; sin la satisfacción, cuándo se muere antes de haber expiado los pecados, pero nunca sin contrición.

3) Hay dos clases de contrición: la contrición perfecta o la contrición imperfecta o atrición. Se diferencian en sus motivos y en sus efectos. a) La contrición perfecta es el dolor de haber ofendido a Dios por ser quien es, por ser infinitamente bueno y porque el Pecado le desagrada. Esta contrición esta contrición  está fundada en el amor de Dios. b) La atrición ( con contrición imperfecta) es el dolor de haber ofendido a Dios por la vergüenza que lleva consigo el pecado o por temor a las penas con que Dios lo castiga. Esta contrición imperfecta se funda en la fealdad del pecado y en el temor al infierno. Tales motivos son imperfectos, porque en último análisis, se fundan en el amor de uno mismo.

El efecto de la contrición perfecta es borrar todos los pecados, aun antes de confesarse, siempre que se tenga el deseo sincero de hacerlo. Borra el pecado, porque incluye un acto de caridad perfecta, y el acto de amor a Dios perfecto justifica al pecador. Dios ama a los que lo aman: “Ego diligentes me diligo” (Prov. 8. 17).

La atrición basta para recibir el Sacramento de la Penitencia. No justifica al pecador, pero le dispone a recibir el perdón de sus pecados, mediante la absolución. La atrición debe ir acompañada de la esperanza del perdón y de un principio de amor de Dios. Siempre debe el penitente excitarse a la contrición perfecta, porque es más meritoria y más grata a Dios.

4) La contrición, sea perfecta, sea imperfecta, requiere cuatro cualidades indispensables; debe ser interna, sobrenatural, suprema y universal.

La verdadera contrición incluye necesariamente el firme propósito, es decir, una sincera resolución y una voluntad decidida de no volver a pecar. Nadie puede arrepentirse de los pecados cometidos si no está dispuesto a no volver a cometerlos.

La contrición es interna cuando está en el corazón, y no solamente en la imaginación o en los labios. Puesto que el corazón es el que ha pecado, él es el que debe arrepentirse. La contrición es sobrenatural cuando es excitada en nosotros por el Espíritu Santo y fundada sobre motivos de fe. El principio de la contrición es la Gracia de Dios. Los motivos de fe son: a) la bondad de Dios quién el pecado ultraja; b) la pasión de Jesucristo, que el pecado renueva; c) el paraíso, que el pecado nos hace perder; d) el infierno, a que el pecado nos conduce.

La contrición es suprema cuando se siente más haber ofendido a Dios que todos los males que nos pudieran sobrevenir. El pecado es el mal supremo; es justo, pues, que se le deteste más que a los otros. La contrición es universal cuando el arrepentimiento se refiere a todos los pecados, al menos los mortales, que se han cometido. Los motivos que nos hacen detestar un pecado mortal deben llevarnos a detestarlos a todos: conservar afecto a uno de ellos es permanecer enemigo de Dios.

5º ¿Qué hacer para tener la contrición? Hay que:

1) Pedirla a Dios con oraciones fervorosas.

2) Pensar en el cielo que nuestros pecados nos han hecho perder y en el infierno que nos han merecido.

3) Considerar que nuestros pecados son la causa de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

4) Pensar, finalmente, que con nuestros pecados hemos ultrajado a un Dios infinitamente bueno e infinitamente digno de nuestro amor. Un hijo bien nacido se arrepiente de haber disgustado a su padre; así debemos nosotros arrepentirnos de haber causado pena a nuestro Padre Celestial.

Señales de una verdadera contrición: 1), mudar de vida; 2) corregirse de sus faltas; 3), evitar las ocasiones de ofender a Dios como se ha hecho anteriormente; 4), trabajar en destruir los malos hábitos; 5), poner los medios necesarios para vivir cristianamente.

¿Cuándo hay que hacer actos de contrición? Hay Que hacerlos frecuentemente, pero de una manera especial: a) cuando nos vamos a confesar; b)_cuando hemos tenido la desgracia de caer en pecado mortal; e) cuando estamos en peligro de muerte.

Es sumamente útil hacer un acto de contrición todas las noches antes de acostarse, para estar prontos a comparecer ante Dios.

 

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2) La confesión.

1) La confesión es la acusación de los pecados propios: hecha a un sacerdote aprobado, para recibir de él la absolución.

La confesión es de institución divina.  Tenemos de ello tres pruebas absolutamente convincentes: a) las palabras de Jesucristo en el Evangelio; b) la enseñanza unánime de la Tradición y la Práctica universal de la Iglesia; c) la razón misma y el buen sentido.

A) Palabras de Jesucristo. Jesucristo instituyó la confesión cuando dijo a sus Apóstoles: “A los que perdonareis las pecados le serán perdonados y a los que se lo retuviereis le serán retenido” (Jn. 20, 23). Con estas palabras les da un doble poder el poder de perdonar y el poder de retener los pecados. Por consiguiente los estableció jueces en el tribunal de la Penitencia. Es así que un juez no puede dictar sentencia sin conocer la causa… Y como el Sacerdote, por otra parte, no puede leer en las conciencias, no puede conocer los pecados sino por la confesión del penitente. Luego, es necesario que éste haga la confesión completa y precisa de sus faltas. Por eso el Concilio de Trento declara que la confesión es necesaria, de derecho divino.

b) Enseñanza y práctica de la Iglesia. La confesión es tan antigua como la Iglesia. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos refiere que los que se convertían venían a confesar sus faltas (19, 18).  Desde aquélla época, la confesión es practicada por todo los cristianos: Emperadores, Reyes, Obispos, Sacerdotes, como por los simples fieles (Véase Mons. De Ségur, La confesión).

El historiador protestante Gibbon, a pesar de sus disposiciones hostiles, confiesa que “el hombre instruido no puede resistir el peso de la evidencia histórica que establece que la confesión ha sido uno de los principales puntos de la doctrina papista en todo el período de los cuatro primeros siglos”.

En nuestros días se han hallado, en las catacumbas de Roma, los confesonarios de que se servían los primeros cristianos.

No es, pues, el Papa Inocencio III, como afirman los protestantes, quien estableció la Confesión en el Concilio de Letrán, en el año 1215. Este Concilio, prescribiendo la confesión anual, no hizo más que precisar el precepto divino para estimular a los cristianos negligentes.

c) Prueba de la razón y del buen sentido. La confesión no puede ser una invención humana. El inventor hubiera suscitado una oposición formidable por parte de los buenos, siempre en guardia contra las innovaciones; de parte de los malos, decididos a sacudir este yugo intolerable; de parte, particularmente, de  los Sacerdotes, que la hubieran abolido como una carga, demasiado pesada, si no hubiera sido una institución divina. Sólo Dios podía imponer a los hombres una ley de esta naturaleza, y ningún poder humano hubiera podido introducirla.

La confesión, por consiguiente, es una institución, una ley divina. Establecida por Jesucristo, fue promulgada por los Apóstoles y conservada fielmente en la Iglesia.

¿Por qué Jesucristo estableció la confesión?

Nuestro Señor Jesucristo estableció la confesión para hacernos innumerables beneficios. Entre otros: 1) La confesión nos hace expiar nuestro orgullo, fuente y raíz de todos los males, practicar la humildad, principio de todos los bienes. Nos da el conocimiento de nosotros mismos, mediante el examen de la conciencia y la dirección del confesor. 3) Es una ayuda para no pecar, del que nos induce a huir para evitarnos la vergüenza de confesarlo. 4) Alivia el corazón, que tiene, naturalmente, necesidad de un confidente que le ayude a llevarlos secretos que lo oprimen. Este confidente esta obligado al secreto; se halla especialmente preparado para sus funciones, por el estudio, y es tanto más bondadosa cuanto que Él también está sujeto a las debilidades humanas y debe Confesarse (El Código de Derecho Canónico le aconseja al Obispo, Sacerdotes, Religiosos y Religiosas, y a todos los laicos que quieran llevar una vida espiritual seria, la Confesión semanal). 5) Calma las turbaciones, las inquietudes, los remordimientos… Es  luz, fuerza y consuelo.

Conclusión. El bien que produce la Confesión muestra su origen divino: por ella, la calma y la felicidad renacen en el alma purificada, la paz vuelve al hogar, el honor se recobra, se reparan las injusticias, se olvidan las enemistades, se evitan los suicidios; en una palabra, por ella se impiden todos los crímenes y se reparan los daños, de suerte que por testimonio de sus propios enemigos, la confesión sacramental es verdaderamente la salvaguardia de los individuos, de las familias y de la sociedad.

2) Examen de Conciencia. Antes de confesarse hay que examinar seriamente la conciencia: a) sobre los mandamientos de Dios y de la Iglesia; b) sobre los pecados capitales; e) sobro los deberes del propio estado. Este examen indispensable debe ser más o menos serio, según el mayor o menor tiempo que haya pasado después de la última confesión.

3) Cualidades de la Confesión. La confesión debe ser humilde, sencilla, prudente, y sobre todo, entera o íntegra.

Hay que declarar, por lo menos, los pecados mortales número y las circunstancias que varían la especie. Según el Concilio de Trento, el sacerdote en el tribunal, de la Penitencia es, a la vez, juez y médico; como juez debe conocer toda la causa para dictar una sentencia de todas las enfermedades. Para prescribir los remedios convenientes que debe dar como médico.

La confesión de los pecados veniales no es necesaria, pero es muy útil: a) para aumentar en nosotros la Gracia; b) para hacer conocer mejor el estado de nuestra alma; para no exponernos a tomar por venial lo que es mortal.

4) Confesión Sacrílega. Todo el que oculta voluntariamente un pecado mortal en la confesión, hace una confesión nula (no queda perdonado) y comete un sacrilegio.

El que ha ocultado un pecado mortal está obligado a repetir su confesión; a acusarse del sacrilegio cometido al ocultar el pecado; a volver a confesarse de todos los pecados mortales cometidos después de la última confesión bien hecha; a declarar el número de confesiones o comuniones hechas en ese triste estada.

Se reparan las malas confesiones con una confesión general de toda la vida, o bien, con una revisión que comprenda todos los pecados cometidos desde la última confesión hecha con las disposiciones requeridas.

“Nunca hay que dejarse dominar por la maldita astucia del demonio, que se esfuerza en hacernos cometer un sacrilegio por una mal entendida vergüenza. El confesor tiene siempre para sus penitentes, y particularmente para los más culpables, la dulzura y la caridad de Jesucristo, cuyo lugar ocupa.

¿Hay que temer que el confesor revele los pecados confesados? No: porque el Sacerdote, en el confesonario, hace las veces de Jesucristo y Dios nunca ha permitido que ninguno de sus ministros, revelara el secreto de la confesión. Todos los Sacerdotes, si fuera necesario, sabrían, como San Juan Nepomuceno, morir antes que violar el secreto sacramental.

El que se ha olvidado de confesar algún pecado mortal debe declararlo en la confesión siguiente, para obedecer al mandato de Jesucristo.

 

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3) La satisfacción.

La satisfacción es la reparación de la ofensa hecha a Dios y de la injuria hecha al prójimo.

a) Necesidad de la Satisfacción. Estamos obligados a satisfacer a Dios, porque la absolución que perdona el pecado y la pena eterna, deja ordinariamente una pena oral, que hay que satisfacer en este inundo o en el otro.

Sagrada Escritura nos muestra a Adán perdonado y expulsado del Paraíso; a Moisés, perdonado y excluido de la Tierra prometida; a David, perdonado y castigado con la muerte de su hijo, etc.

El deseo de de satisfacer a Dios es tan necesario como la contrición: sin él no se puede obtener el perdón de los pecados.

b) Satisfacción Sacramental. La primera satisfacción que Dios pide es la penitencia sacramental. El Concilio de Trento obliga al confesor a imponer al penitente una penitencia satisfactoria y medicinal. Es esencial para la validez del Sacramento el aceptarlo: todo el que recibe la absolución con ánimo de no cumplir la penitencia impuesta comete un sacrilegio; para la integridad del Sacramento es necesario cumplirla; pero este cumplimiento no es necesario para la validez; descuidarla es falta grave si la satisfacción ha sido impuesta por faltas graves.

Estamos obligados a cumplir la penitencia sin gran dilación y de la manera prescrita, sin cambiar nada y sin reemplazarla por otra.

c) Satisfacción extra-sacramental. Los otros medios de satisfacer a Dios son: 1), la oración, el ayuno y la limosna, que se llaman obras satisfactorias; 2), las penas y los trabajos de esta vida, aceptados con paciencia y resignación a la santa voluntad de Dios.

La Iglesia nos ofrece también un medio más fácil para expiar las penas temporales debidas por el pecado, y son las indulgencias. Indulgencia es la remisión de la pena temporal debida por el pecado ya perdonado: La Iglesia nos perdona esta pena aplicándonos los méritos superabundantes de Jesucristo, de la Santísima Virgen y de los Santos.

Para ganar las indulgencias hay que estar en Gracia de Dios y hacer las obras que la Iglesia Ordena.

d) Se debe también satisfacer al prójimo. 1), reparando el daño que se le ha causado en su honor o en sus bienes; 2), reconciliándose con él; 3), reparando los escándalos dados.

Un corazón realmente contrito no se cree completamente libre porque haya obtenido el perdón: comprende que la misericordia no puede suprimir la justicia y se esfuerza en reparar sus faltas y sus consecuencias funestas.

 

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4) La Absolución del Sacerdote

A los actos del penitente debe unirse la absolución del Sacerdote que es la forma del Sacramento.

La absolución es una sentencia que el Sacerdote pronuncia en nombre de Jesucristo para perdonar los pecados al penitente bien dispuesto. El Sacerdote no puede dar la absolución sino a aquellos a quienes juzga dignos de recibirla, y está obligado a negarla a los penitentes mal dispuestos: si la pronuncia sobre un sujeto indigno es inválida.

Además, el Sacerdote es, personalmente, responsable ante Dios del uso que haga de su poder; si hace traición a su ministerio, queriendo perdonar los pecados que debería retener, se atrae sobre sí los más terribles castigos.

¿Quiénes son indignos de recibir las absolución? 1) Los que ignoran las verdades necesarias para salvarse; 2) Los que están en pecado habitual y no hacen esfuerzo alguno para corregirse; 3º Los que no quieren dejar las ocasiones próximas de pecado mortal; 4) Los que no quieren restituir lo mal habido o reparar los daños causados al prójimo; 5º Los que se niegan a perdonar a sus enemigos…

 

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V. La Extremaunción o Unción de los Enfermos

La Unción de los Enfermos es un Sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo para el alivio espiritual y corporal de los enfermos.

Éste Sacramento es de necesidad de precepto, dispone a bien morir.

1) La materia es el aceite de oliva bendecido por el Obispo para los enfermos. Con él, el Sacerdote hace unciones en forma de cruz sobre la frente y las manos del enfermo.

2) La forma consiste en la oración que acompaña a cada unción: “Por esta santa unción, y por su bondadosa misericordia, te ayude al Señor con la gracia del Espíritu Santo. Amén. Para que, libre de tus pecaos, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. Amén”.

3) El ministro de la Unción de los Enfermos es cualquier Sacerdote.

4) El sujeto de la Unción de los Enfermos es todo cristiano gravemente enfermo.

No es necesario el peligro de muerte próxima, basta que la enfermedad de suyo sea grave.

Disposiciones requeridas. a) Hay que hallarse en estado de Gracia; por eso, antes de recibirla, el enfermo se confiesa. En caso de que, hallándose uno en pecado mortal no pudiera: Confesarse, la atrición puede bastar; b) Tener la intención, por lo menos presunta, de recibir este Sacramento; e) Gran confianza en Dios y sumisión a la divina voluntad.

5) Efectos de la Unción de los Enfermos. Este Sacramento produce dos clases de efecto, los unos, relativos: al alma; los otros, al cuerpo. Relativos al alma, la Unción de los Enfermos; a) Perdona los pecados veniales, y aun los mortales, cuando el enfermo no puede Confesarlos, con tal que en su corazón tenga, al menos la atrición; b) Borra las reliquias del pecado, es decir, una parte de las penas temporales, la languidez del alma y la tristeza causadas por el pecado; c) Fortalece al enfermo contra las luchas supremas, le ayuda a soportar sus dolores con paciencia y a ofrecer a Dios el Sacrificio de su vida.

Relativos al cuerpo, la Unción de los Enfermos mitiga los sufrimientos de los enfermos y aun les devuelve la salud del Cuerpo, si les conviene.

N. B. -“No hay que esperar, para administrar la Unción de los Enfermos al enfermo hasta que éste haya llegado al último extremo. No se participa ampliamente de las preciosas Gracias que ella confiere sino cuando se está en pleno conocimiento y se puede unir de corazón a las oraciones de la Iglesia con los sentimientos de una verdadera compunción.

“Por lo que respecto, en particular, a la salud del cuerpo, el Sacramento no tendrá ningún efecto si se retarda hasta que no haya ninguna esperanza. Porque no tiene una virtud milagrosa, sino una virtud sobrenatural que viene en auxilio de las esfuerzas de la naturaleza, cuando el cuerpo es capaz de sentir su acción benéfica” (Moulyn).

En muchos hogares que se dicen cristianos existe al respecto un prejuicio funesto y culpable. Con el pretexto de evitar al enfermo una emoción violenta, dejan de recordarle sus deberes y de llamar al Sacerdote. Es un temor absurdo:

Resulta de este abuso deplorable que el enfermo se ve privado de los beneficios de la Unción de los Enfermos, o que recibe este Sacramento en un estado de debilidad tal, que no le permite aprovecharse de todos sus frutos.

Procediendo de esta manera, la familia se convierte en el peor enemigo de aquellos a quienes cree amar.

 

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VI. EL Orden Sagrado

El Orden Sagrado es un Sacramento que confiere el poder para desempeñar las funciones sagradas y la Gracia para ejercerlas santamente.

Este Sacramento se llama Orden Sagrado: 1) porque los que lo reciben forman en la Iglesia un Orden, una clase aparte; 2), porque comprende grados u órdenes parciales. Estos diversos grados constituyen la jerarquía del Orden Sagrado.

Las principales funciones sagradas son: ofrecer el Santo Sacrificio de la Santa Misa, administrar los Sacramentos y predicar la Palabra de Dios.

Necesidad del Orden Sagrado. El Orden Sagrado es un Sacramento de libre elección: nadie está obligado a recibirlo.

Aparte de eso, no todos pueden aspirar a él. Además, de los impedimentos establecidos por Dios y por la Iglesia, a fin de alejar a los indignos, se requiere una vocación superior, un llamamiento divino. Nadie puede, si no ha sido llamado por Dios, ingerirse en estas funciones divinas, que serían sublimes aun para los Ángeles mismos.

Pecan los padres si obligan a un hijo a hacerse Sacerdote sin vocación, como pecan también si le impiden seguir esta vocación cuando es bien manifiesta.

Diferentes gradas del Orden Sagrado. Aunque sea único en su esencia, el Orden Sagrado comprende siete diversos grados de poderes, correspondientes a las diferentes funciones sagradas que se ejercen en la Iglesia. Este Sacramento grados u órdenes parciales.

Las siete órdenes se dividen en órdenes menores y órdenes mayores, hasta antes del Concilio eran:

1) Las cuatro órdenes menores: ostiario, lector, exorcista, acólito, inician al joven clérigo en el ejercicio del culto. De estas, el Concilio dejó el lectorado y el acolitado. El exorcistado lo quedó reservado al Obispo y al sacerdote delegado por él.

2) Las tres órdenes mayores son: el subdiaconado, el diaconado y el presbiterado que tiene su plenitud en el episcopado. De éstas fue eliminado el subdiaconado.

El diaconado confiere el poder de asistir al Sacerdote en el altar, de predicar, de bautizar, de exponer el Santísimo Sacramento, y aún, en caso de necesidad, de dar la Comunión.

El sacerdocio tiene dos grados: a) el presbiterado, que da el poder de ejercer las funciones sagradas; b) el episcopado; plenitud del sacerdocio, que confiere el poder de administrar todos los Sacramentos, de enseñar a la Iglesia y gobernarla.

Los obispos son, de derecho divino, superiores a los Sacerdotes; sus poderes son más extensos, son jueces de la fe, pastores de la Iglesia, etc.

1) La materia del Orden Sagrado consiste en la imposición de las manos del ministro sobre el Orden ordenado, y en la entrega de los instrumentos propios para las funciones de cada orden.

2) La forma se compone de las palabras que el ministro pronuncia al imponer las manos y al entregar los instrumentos.

3) El ministro del Orden Sagrado. Sólo el Obispo puede conferir este Sacramento. Un simple Sacerdote, podría, por delegación del Papa, conferir las Orden Sagradas menores.

4) El sujeto del Orden Sagrado. Todo hombre bautizado puede recibir válidamente este Sacramento. Las mujeres son incapaces del Orden, porque su condición dependiente no les permite ejercer mando en la Iglesia. Pero por sobre todo es por derecho divino. Por expresa voluntad de Dios manifestada en Cristo. Así lo recuerda Juan Pablo II.

Para recibir lícitamente este Sacramento se requieren tres condiciones: vocación divina, ciencia necesaria y virtud probada.

Además, es necesario: 1) hallarse en estado de gracia; 2) estar confirmado; 3) exento de toda irregularidad.

Las señales principales de una vocación divina son: 1) la atracción, el gusto constante por las funciones sagradas, 2) una aptitud suficiente para desempeñarlas, 3) el espíritu eclesiástico, es decir, el amor al retiro, a la oración, al estudio; 4) una intención recta, o el deseo de trabajar por la gloria de Dios y la salvación de las almas, 5) el llamamiento de los superiores eclesiásticos.

5) Efectos del Sacramento del Orden Sagrado. Confiere:

a) Un aumento de gracia santificante.

b) Los poderes especiales de cada Orden Sagrada.

c) Las Gracias sacramentales para desempeñar dignamente las funciones sagradas.

d) Imprime un carácter indeleble. El Orden Sagrado, una vez recibido, no se pierde nunca. El Sacerdote será siempre Sacerdote: Sacerdos in eternum.

6) Obligaciones del Orden Sagrado. El celibato. El Sacerdote está estrictamente obligado a guardar el celibato, o sea la castidad perpetua; ésta es una ley eclesiástica fundada en motivos muy graves.

1) Para dedicarse sin reserva a la salvación de las almas hay que estar libres de los cuidados de la familia. Entonces es posible dedicarse enteramente a los pobres a los enfermos, a los que sufren: no se teme exponer la vida en épocas de peste, etc.

2) Para tratar dignamente los Santos Misterios se necesita la mayor pureza. Es ésta la virtud que más acerca a Dios Incorruptio facit esse proximum Deo.

3) Jesucristo, el modelo de los Sacerdotes, fue virgen, y los Apóstoles bien pronto rompieron todo lazo para seguir sus huellas.

Dignidad del Sacerdote. La dignidad sacerdotal es la más alta y sublime de todas. Si el Sacerdote es inferior a los Ángeles por su naturaleza, tiene, en cambio, funciones y poderes superiores. El sacerdote es el mediador entre Dios y los hombres.

Representante y continuador de Jesucristo en la tierra, tiene pleno poder sobre su cuerpo natural, al que consagra en el altar, y sobre su cuerpo místico, las almas, a las que tiene la misión de iluminar, de dirigir, de perdonar, de consolar, de santificar y de conducir al cielo.

Los cristianos que, fingiendo respetar la Religión, no temen calumniar a los sacerdotes y desacreditarlos, incurren en culpa grave. Ultrajan a su Madre la Iglesia, desprecian a Jesucristo, que ha dicho, hablando de sus ministros: “El que os escucha a vosotros, me escucha a Mí, y el que os desprecia a vosotros, a Mí me desprecia” (Lc. 10, 16).

 

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VII: El Matrimonio

El Matrimonio es un Sacramento que santifica la alianza del hombre con la mujer y les da las gracias necesarias para llenar sus deberes de esposos y de padres cristianos.

1) Como unión natural del hombre y de la mujer, el Matrimonio existe desde el principio del mundo. Dios mismo lo estableció en el Paraíso terrenal cuando bendijo a Adán y a Eva, diciéndoles: “Creced y multiplicaos sobre la tierra”.

2) Como Sacramento ha sido instituido por Jesucristo, que elevó el contrato matrimonial a la dignidad de Sacramento, dándole la virtud de producir la gracia.

3) En virtud de esta institución, el Matrimonio entre esposos cristianos debe ser un Sacramento, o si no, no es contrato válido, ni verdadero Matrimonio.

“El Matrimonio, dice Pío IX, no es una cualidad accidental añadida al contrato, sino la esencia misma del contrato, fuera del cual no existe más que un puro concubinato” (“Breve” al Rey de Cerdeña).

El contrato puramente natural no existe más que para los infieles, para aquellos que no han recibido el Bautismo.

Matrimonio civil. Para los cristianos, el Matrimonio civil no es más que una simple formalidad legal, que asegura a los esposos los privilegios establecidos por las leyes civiles. Sin el Matrimonio religioso, el Matrimonio civil es un vergonzoso concubinato. Los dos cónyuges viven habitualmente en pecado mortal, son indignos de los Sacramentos y sus hijos, ante la Iglesia, son ilegítimos.

Y, a la verdad, es de fe que el Matrimonio es un Sacramento impuesto a los cristianos por Jesucristo. Ahora bien, los Sacramentos no son de la competencia de la autoridad civil; Jesucristo no ha elegido a los empleados del Estado para conferir los Sacramentos.

Montesquieu prueba que, en todos los tiempos y en todas los lugares, la Religión ha intervenido siempre en el Matrimonio”, y a la autoridad civil, que es el mayor atentado del poder público contra el poder religioso.

1) Materia y forma. La materia del Sacramento del Matrimonio consiste en la mutua entrega de sí mismo que los dos esposos hacen el uno al otro. Este mutuo consentimiento debe ser formalmente expresado ante el propio párroco, o un Sacerdote por él delegado, y dos testigos.

Lo señal sensible del Matrimonio representa: la unión indisoluble de Jesucristo con su Iglesia. Y ésta es la razón por la cual San Pablo dijo: “Este Sacramento es grande en Jesucristo yen su Iglesia”. Deduce de ahí el Apóstol que las mujeres deben estar sujetas a sus esposos, como la Iglesia está sujeta a Jesucristo. Y que los maridos deben amar a sus esposas, como Jesucristo ama a la Iglesia (Éf. 5, 22-25).

2) Los ministros de este Sacramento son los dos contrayentes: el Sacerdote es el testigo indispensable del contrato, delegado por la Iglesia para bendecir la unión de los dos esposas, contraída ante Dios y ante los hombres.

3) El sujeto del Matrimonio es toda persona bautizada, libre de impedimento.

4) Condiciones requeridas. 1) Para recibir válidamente el Sacramento del Matrimonio es necesario: a) estar bautizado; b) carecer de todo impedimento dirimeme; c) tener la intención de contraer realmente un verdadero Matrimonio (indisoluble); d) verificar el contrato matrimonial ante el cura párroco, o ante un Sacerdote autorizado por él y dos testigos. Sin estas cuatro condiciones es nulo el Matrimonia. (En caso de peligro de muerte o donde por muchos años no llega un sacerdote puede casar un laico, siendo testigo del contrato y sería un verdadero Sacramento).

2) Para casarse lícitamente se requiere:

a) Conocer suficientemente las verdades de la fe, a fin de poderlas enseñarlas a los hijos.

b) Conformarse con las prescripciones de la Iglesia relativas a las proclamas, al tiempo, y a las personas.

c) Recibir este Sacramento en estado de gracia con recta intención.

¿Cómo hay que prepararse para el Matrimonio?

Hay que prepararse: 1) con una conducta ordenada; 2) con prudencia en la elección de la persona; 3) con oraciones fervorosas; 4) con una Confesión general y una Santa Comunión. Con estos medios pueden los esposos atraer sobre su futura familia las bendiciones de Dios.

5) Impedimentos del matrimonio. Los impedimentos son obstáculos que se oponen a que un Matrimonio sea legítimo. Los unos, impedientes, lo hacen ilícito; los otros, dirimentes, lo hacen nulo.

Algunos impedimentos existen de derecho natural, y otros, de derecho eclesiástico.

La Iglesia, sociedad visible y divina, establecida por Jesucristo como directora de la humanidad, tiene el doble poder de decretar impedimentos y de dispensar de los que ha establecido cuando lo juzga conveniente. Este es un dogma de fe. La Iglesia no puede dispensar de los impedimentos que son de derecho natural o divino, como los de parentesco en sus primeros grados.

El establecimiento de los impedimentos decretados por la Iglesia es una obra muy sabia. Tiene por objeto: 1) conservar las buenas costumbres en las familias; 2) mantener la santidad del Matrimonio; 3) asegurar la salud de los niños. Se puede obtener dispensa de ciertos impedimento cuando hay razones graves para ello; pero la Iglesia no la concede sin pena, y, en este caso, impone por penitencia una limosna, más o menos considerable, de acuerdo con las facultades de los solicitantes.

Impedimentos matrimoniales: Para este tema es necesario leer el Código de Derecho Canónigo. Así también los Dirimentes y los matrimonios mixtos.

 

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Apéndice

La virginidad cristiana

La Iglesia, en el Concilio de Trento, ha definido como dogma de fe que la virginidad o celibato es un estado, a la vez más perfecto y más feliz, que el estado de Matrimonio, y que con la Gracia de Dios se puede guardar una inviolable castidad durante toda la vida.

El estado de virginidad es más perfecto, porque: 1) Nos hace más semejantes, a Jesucristo. 2) Imita más la vida de los Santos en el cielo. 3) Nos da mayor libertad para servir a Dios y al prójimo.

Por eso: un gran número de Santos ha renunciado al Matrimonios a fin de no ocuparse, según el consejo del Apóstol, sino en las cosas de Dios y en el cuidado de hacerse agradables a sus ojos ( I Cor. 7).

¡Qué hermosa es la legión de almas castas que han dedicado a Dios su virginidad!

Ángeles de la oración, unos ofrecen, a Dios, en la soledad del claustro sus vigilias, sus súplicas, sus expiaciones voluntarias, para apartar del mundo culpable los rayos de su justicia.

Ángeles de la caridad, otros son los instrumentos activos y abnegados de la misericordia: alivian todas las miserias, consuelan todas las desventuras, cuidan todas las enfermedades…

 

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III. La oración, segundo medio para obtener la Gracia

Dios puede comunicarnos sus Gracias, directamente por sí mismo y, a veces, lo hace. Pero como no quiere salvarnos sin nuestra cooperación, exige que empleemos los medios establecidos por Él para conferirnos su Gracia. Estos medios son los Sacramentos y la oración. Los Sacramentos son los canales que nos la transmiten; la oración es la fuerza que la atrae.

1) Naturaleza. La oración es una elevación de nuestra alma a Dios para cumplir nuestros deberes para con Él y pedirle sus Gracias. Se distinguen la oración vocal y la oración mental.

La oración mental es la que se hace en, el espíritu y en el corazón, sin recurrir a las palabras. Es la aplicación de nuestro espíritu y de nuestro corazón a Dios y a las verdades divinas.

La oración eleva el alma de la nada de la criatura hasta Dios Creador. Es una conversación del hombre con Dios para presentarle homenajes y pedirle gracias.

¿Qué debe el hombre a Dios? El homenaje de adoración, que consiste en anonadarse, en la presencia de Dios y, en reconocerle como a Primer Principio, Ser Soberano y Fin Último de todas las cosas. ¿Qué debe el hombre a Dios? El homenaje de acción de Gracias por todo lo que nos ha dado en el Orden Sagrado natural yen el sobrenatural. Por la oración nosotros rendimos a Dios estos dos grandes homenajes de toda criatura racional.

La oración, en cuanto súplica, Pide perdón por las faltas cometidas, solicita las Gracias necesarias para nosotros y para nuestro prójimo. La oración es la petición, para nosotros y para nuestro prójimo.

La oración es la petición de un hijo a un padre. Nada más dulce, nada más suave, nada mas poderoso que la oración.

2) Necesidad de la oración. La oración es necesaria a los adultos con necesidad de precepto y con necesidad de medio.

A) La oración es necesaria con necesidad de precepto, puesto que Dios nos ordena orar en el primer mandamiento: “Adorarás al Señor tu Dios”, etc. Jesucristo ha promulgado la gran ley de la oración: “Pedid, dice, y se os dará, buscad y hallaréis”, etc. Hay que orar siempre y no desfallecer nunca en la oración: Oportet semper orare. (Lc. 18, 1). Y el Salvador no cesa de inculcarnos la obligación de orar, mediante sus enseñanzas y ejemplos.

¿Cómo se puede orar siempre? Se ora siempre: 1), elevando con frecuencia el espíritu y el corazón a Dios; 2), haciendo todas las cosas con intención de agradarle.

B) La oración es necesaria con necesidad de medio. No podemos observar la ley de Dios sin el auxilio de la Gracia: ahora bien, de ordinario no podemos obtener la Gracia sino por la oración. Tal es, en efecto, la disposición de la divina Providencia, la cual, regularmente, no concede sus dones sino a las súplicas humildes de sus criaturas. La oración es la moneda que hay que emplear para adquirir la Gracia de Dios.

Se dice a veces: Dios conoce mis necesidades, ¿por qué le he de rezar? Dios sabe perfectamente lo que necesitamos, pero, no queriendo tratarnos como seres irracionales, que reciben sin pedir, estableció la ley de la oración, Pedid y se os dará… Él ha establecido esta ley, para obligarnos a ponernos en comunicación con Él, a adorarle, a darle gracias, a amarle, a hablarle. En estas conversaciones íntimas nuestra alma se eleva por encima de las cosas de la tierra, se purifica y se hace cada vez más parecida a Dios. La oración es la que hace Santos.

B) Eficacia y poder de la oración. La oración es todopoderosa: puede obtenerlo todo de Dios, no solamente porque glorifica sus divinas perfecciones, sino también porque se apoya en la promesa de Dios y en los méritos de Jesucristo. Podemos esperarlo todo de Dios porque Él nos ha merecido todos los bienes: “En verdad, en verdad os digo: todo lo que pidiereis a mi Padre en mi nombre, Él os lo dará” (Jn. 16, 23). “Todo lo que pidiereis a mi Padre, orando con fe, lo obtendréis” (Mt. 21, 22). Quien dice todo, nada exceptúa. San Alfonso María de Ligorio concluye: “El que reza se salva, el que no reza se condena”.

Dios difiere a veces el escucharnos, para probar nuestra fe, para castigar nuestra tibieza y para hacernos más humildes y más fervorosos. Sucede también que el que pide una gracia obtiene otra mejor que la deseada por él. Dios se porta con nosotros como una madre que niega a su hijo, aunque llore, un arma peligrosa y le calma dándole algo mejor.

Por consiguiente, si no conseguimos siempre lo que pedimos, o es porque rezamos mal, o porque pedimos lo que no conviene para nuestra salvación o, finalmente, porque no tenemos perseverancia.

C) Cualidades de la oración. Para merecer ser escuchado, la oración debe reunir las siguientes condiciones. Hay que orar: a) con atención, es decir, pensar en Dios y en lo que se le pide; alejar las distracciones para no ocuparse sino en las cosas de Dios. las distracciones voluntarias son pecados veniales.  b) Con humildad, es decir, con el sentimiento profundo de nuestra indigencia y de nuestra indignidad: “Dios resiste a los soberbios y da sus gracias a los humildes” (Sgo. 4, 6). c) Con confianza, es decir, con la seguridad de que Dios puede concedernos lo que le pedimos, y que quiere concederlo. La confianza, fundamento de la oración, se basa en las promesas de Dios y en los méritos de Jesucristo. d) Con perseverancia, es decir, con el sentimiento profundo de nuestras razones, aunque difiera el escucharnos. Dios lo ha prometido todo a la oración y todo lo concede a la perseverancia. e) En nombre de Jesucristo. Como hijos de Adán, no somos dignos de ser escuchados. Por Jesucristo, Dios nos escucha y nos ama; por sus méritos, podemos obtener la gracia. Jesucristo es nuestro Mediador, nuestro Abogado ante Dios. “En Verdad, en verdad os digo: que os dará el Padre todo lo que le pidiereis en mi nombre” (Jn. 16, 23).

D) ¿Cuándo hay que orar? El precepto de la oración obliga:

a) Apenes llegados al uso de razón.

b) Cuando se está fuertemente tentado contra alguna virtud.

c) Cuando se debe recibir algún Sacramento.

d) Cuando se está en peligro de muerte.

e) Frecuentemente durante la vida.

Los buenos cristianos oran con frecuencia, pero particularmente al levantarse y al acostarse, los domingos y los días festivos, antes y después de la comida, en las tentaciones y en los peligros, y al empezar sus principales obras. Y no dejan nunca el Rosario diario y la lectura de la Biblia, aunque sea 15 minutos diarios.

Dejar pasar varios días consecutivos sin rezar por la mañana y por la noche nos expone al peligro de perder todo sentimiento de devoción y de caer bien pronto en alguna culpa grave.

E) ¿Por quienes debemos orar? Debemos orar por todos aquellos que no se hallan todavía en la posesión de la bienaventuranza eterna, porque debemos desear la salvación de todos y procurarla en la medida de nuestras fuerzas. Debemos orar, particularmente, por nosotros mismos, por nuestros padres y parientes, por nuestros bienhechores, nuestros amigos, enemigos, vivos y difuntos; debemos orar por la Iglesia y por la Patria.

Oración por los difuntos. Numerosos motivos nos invitan a orar por los difuntos:

a) La caridad nos impone el deber de acudir en auxilio de esas almas tan queridas por Dios y con demasiada frecuencia olvidadas.

a) La justicia nos obliga a aliviar a los que sufren por causa nuestra: nuestros padres que nos han criado, las víctimas de nuestros escándalos, etc.

c) La gratitud nos prescribe socorrer a nuestros bienhechores.

d) El interés nos lo manda, porque, orando por los difuntos, nos ganamos poderosos intercesores en el cielo.

“Es, por consiguiente, un santo y laudable pensamiento el orar por los difuntos” (Il Macab. 12, 46).

F) ¿Qué bienes hay que Pedir en la oración? Debemos pedir a Dios los bienes que redundan en gloria suya, en bien nuestro y del prójimo. “Buscad primero el reino de Dios, y lo demás se os dará, por añadidura” (Mt. 6, 33).

También se pueden pedir bienes temporales como la salud, el éxito en los negocios, etc., con tal que esto sea con el buen fin, teniendo presente la gloria de Dios y con sumisión a la voluntad divina.

G) Principales fórmulas. Las mejores oraciones vocales son: el Padrenuestro, el Avemaría, los Actos de fe, esperanza, caridad y contrición, las oraciones litúrgicas de la Iglesia… La Santa Misa, La Liturgia de las Horas y el Santo Rosario, el Vía Crucis, etc.

La oración individual no basta; hay que orar en familia; es necesaria la oración nacional…

“La ración en común, la oración en la iglesia, tiene una eficacia particular. Jesucristo ha prometido estar en medio de los que oran reunidos: La unión hace la fuerza, y el fervor de los unos suple la tibieza de los otros.

“La, oración es la reina del mundo. Cubierta con humildes vestidos, baja la frente, tendida la mano, protege al mundo con su majestad suplicante. Ya, sin cesar, del corazón del débil al corazón del fuerte; cuanto de más abajo se eleva su súplica tanto más asegurado está su imperio. Si un insecto pudiera suplicarnos cuando lo vamos a aplastar, nos conmovería intensamente: Y como no hay nada tan alto como Dios, ninguna oración es tan victoriosa como la que sube a Él” (Lacordaire).

 

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Conclusión final

Tomamos de la obra del abate Moigno, Los esplendores de la fe, la conclusión que saca, de la simple exposición de la religión católica.

Hago constar el hecho de que esta exposición tan sencilla, y tan grave es por sí sola uno de los más brillantes esplendores de la fe, una prueba de la divinidad de la Religión Católica.

Estos misterios tan sublimes para la razón, de los cuales la inteligencia más elevada, la imaginación más activa no hubiera tenido, por sí misma, idea alguna: ¡el Ser divino, Simple, y al mismo tiempo, Infinito, Inmenso!, ¡la Trinidad de personas en la Unidad de naturaleza!, ¡una sola y misma persona, Dios y hombre juntamente!, ¡el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad de Jesucristo, realmente presentes bajo las apariencias de pan y de vino!, etc., estos misterios tan sublimes han sido creídos y lo son todavía, de diecinueve siglos a esta parte, por los más grandes genios. La fe de los grandes hombres de los siglos más ilustrados de la historia era y es la fe ingenua del carbonero: cosa realmente divina: A Domino, factum est istud.

“Estos preceptos tan rigurosos, estas leyes tan severas, estos concejos tan superiores a la naturaleza, han sido aceptados, observados, practicados, desde hace diecinueve siglos, por una muchedumbre innumerable de cristianos, frecuentemente santos hasta el heroísmo. Y aun hoy día, a pesar del relajamiento de las costumbres, millones y millones de cristianos llevan con gusto y santa altivez este yugo tan pesado ¿No es divino? A Domino, factum est istud.

“Estas oraciones tan ingenuas son repetidas, desde hace diecinueve siglos, por los labios más elocuentes, más puros, más dulces del linaje humano ¿No es divino esto?…

“Esta fe cristiana y Católica, tan formidable en sus misterios, tan sublime en sus dogmas, tan austera en su moral, tan heroica en sus virtudes, ha conquistado el mundo a despecho de los esfuerzos conjurados de la fuerza bruta; de las pasiones desencadenadas, del vicio triunfante, de la filosofía y de la ciencia orgullosas, y, aún hoy día, llena la tierra; permanece en pie y absolutamente una, cuando en torno suyo cae y se divide hasta lo infinito… Ahí tenéis el sello de la divinidad”.

 

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Notas:


[1] Este compendio ha sido corregido y aumentado según el vigente Código de Derecho Canónico. (N. del T.).

 

[2] Hay en la Iglesia tres Símbolo o Credos principales:     1º El de los Apóstoles, que se reza fuera de la Santa Misa y regularmente en las oraciones de la mañana y de la noche. Es la profesión de fe más antigua. Los Apóstoles lo compusieron antes de separarse para ir a predicar el Evangelio.    2º El Símbolo de Nicea, que se reza o canta en la Santa Misa. Fue compuesto el año 325 en el Concilio de Nicea, primer Concilio general, para afirmar más solemnemente la divinidad de Jesucristo.  3º El Símbolo de San Atanasio que deben rezar los Sacerdotes en el Oficio divino de ciertos domingos: expone minuciosamente los misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación.Estos diversos Símbolos no se diferencian entre sí más que por la manera de exponer los misterios de la Religión, con más o menos pormenores.

 

[3] Puede verse la explicación del Credo en el Catecismo de la Iglesia Católica.

 

[4] Además de los dones propios de la naturaleza humana, Dios concedió a nuestros primeros padres dos clases de privilegios puramente gratuitos. Los unos, preternaturales, servían para perfeccionar a la naturaleza y para hacer al hombre mas feliz; estos bienes que no eran debidos a la naturaleza hu mana eran cuatro: 1º, la ciencia infusa (dominio de la creación completa); 2º, la rectitud de la voluntad, o sea la inclinación del corazón hacia el bien (integridad); 3º, la exención de sufrimiento (impasibilidad); 4º, la exención de la muerte (inmortalidad).Los otros privilegios eran sobrenaturales, no solamente no eran debidos a nuestra naturaleza humana, sino, que la elevaban por encima de ella misma; tales son: la Gracia Santificante, las Virtudes Infusas, los Dones del Espíritu Santo.La Redención de Jesucristo nos ha merecido los bienes sobrenaturales, necesarios para entrar en el cielo; pero no nos ha devuelto los dones preternaturales, concedidos a Adán y a Eva en el Paraíso terrenal.

 

[5] Dios quiso ocultar, bajo el velo de un matrimonio virginal, la Encarnación de su Hijo, protegiendo a la vez, el honor de su Madre, la vida del Niño, el secreto de sus proyectos. Por eso María se casó con San José, descendiente de David, y unido a Dios, como ella, por el voto de virginidad. (Véase:Bossuet, Discursos sobre San José).

 

[6] La Encarnación del Hijo de Dios ocupa un lugar tan importante en los anales del género humano, que todos los pueblos cristianos datan desde ese hecho los acontecimientos de la historia. Así, en el momento en que escribirnos estas líneas, hace más de mil novecientos años que el Hijo de Dios se hizo hombre. Tres veces al día, el Ángelus, tañido por todas las campanas de la cristiandad, recuerda este gran misterio al mundo Católico.

 

[7] Jn. 20, 21-23.

 

[8] El libertador argentino, General D. José de San Martín, al formar, al pie de los Andes, aquel ejército que debía dado la libertad a medio continente; renovó las antiguas ordenanzas españolas, e hizo notificar a los cuerpos lo siguiente: 1º Todo el que blasfemare el nombre de Dios o de su adorable Madre, e insultare la religión, por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza atado a un palo en público, por el término de ocho días” (Archivo General de la República Argentina, Documentos referentes a ta guerra de la independencia y emancipación de la República Argentina, etc., pág. 442). (N. del T.).

 

[9] La traducción exacta es: No asesinarás, que no es lo mismo que No matar. Nunca se puede asesinar, en cambio, a veces es lícito matar como veremos. El mandamiento dice: No asesinarás.

 

[10] No podemos amar al prójimo por amor a Dios si primero no amamos al mismo Dios.

 

[11] Que no sea pecado no quiere decir que sea conveniente la pena de muerte. Hoy día, hay tanta injusticia por la falta de ética (por apartarse de Dios) que caerían en esta pena los justos y quedarían libres los injustos. Debido a la corrupción mundial de la sociedad, no parece sea conveniente la pena de muerte. Pero, no sería pecado, utilizándola correctamente. Puede consultarse el Catecismo de la Iglesia Católica en este punto.

 

[12] También peca quien las escucha y hace escuchar.

 

[13] Hoy deberíamos colocar en primer lugar: La televisión, tanto en sus programas como en sus propagandas, ya que es un bombardeo imposible de rechazar cuando uno está delante de ella tres, cuatro o más horas; valga también para internet. En segundo lugar los boliches que con tanta facilidad permiten los padres “cristianos” para sus hijos. La Virgen de San Nicolás, en uno de sus mensajes dice: “Ningún padre cristiano debería permitir que sus hijos estén en esos lugares; allí no se ama a Dios”. Y en cuarto lugar las provocaciones de las modas indecentes que incluso pretenden ingresar en los templos donde habita Dios.

 

[14] La llamada mentira piadosa no es PIADOSA, ya que el pecado nunca es un acto de piedad. La mentira es mentira y siempre es pecado. Por tanto, quién no busca corregir la costumbre de mentir para safar comete, además de la mentira, pecado de negligencia y este pecado de la mentira irá creciendo hasta mentir en cosas graves. ¿Cómo se corrige después de este mal hábito?

 

[15] Este precepto de ayunar que es obligatorio bajo pecado grave, no quiere decir que otros días del año no se pueda ayunar. Es recomendable el ayuno periódico como ser los días viernes en honor de la pasión y muerte de N. Señor Jesucristo,  o los martes (que se rezar los misterios dolorosos del Rosario), o ambos días, etc. Cada uno en la medida de su amor a Dios.

 

[16] La gracia actual hasta es necesaria en el orden natural, como gracia medicinal, porque, a causa del pecado original, nuestra inteligencia está sujeta a la ignorancia y nuestra voluntad debilitada. El hombre, caído y vulnerado por la culpa de origen, puede, sin el auxilio de la gracia conocer algunas verdades del orden natural, como la existencia de Dios; pero con su sola razón no puede moralmente conocer, todas las verdades del orden natural, cuyo conocimiento le es absolutamente necesario para lograr su destino. El hombre caído puede, sin el auxilio de la gracia, hacer algunas acciones naturalmente buenas, por ejemplo, amar a sus padres, dar limosna a los pobres; pero no puede moralmente observar todos los preceptos de la ley natural, ni vencer todas las tentaciones.

 

[17] La ciencia nos muestra todos los días, en la naturaleza, fenómenos análogos al que la fe Católica admite en la Eucaristía. El físico Roberto Hook ha contado en una gota de agua, del volumen de un grano de mijo, 45.000 animalitos con sus organismos completos. La fotografía concentra todos los puntos de un inmenso paisaje en una superficie extraordinariamente reducida. Recordando maravillas detesta naturaleza, el abate Moigno ha podido decir: “Todos los átomos del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo están donde está la substancia del pan y la del vino, y aunque reunidos en un espacio casi invisible, están allí todo sin confusión, perfectamente distintos el uno del otro”

[18] El Papa San Pío X, para subvenir a esta necesidad, ha establecido la comunión frecuente y diaria, aun para los niños, como en los primeros tiempos de la Iglesia, por los decretos Sacra Tridentina Synodus (1905) y Quam singulari( (1910)


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