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altarcatolico

ateos y judios convertidos

Título: Ateos y Judíos Convertidos a la Fe Católica
Autor: R. Padre Ángel Peña, O. A. R.
 

INTRODUCCIÓN


i. PRIMERA PARTE. EL ATEÍSMO
a. CONVERTIDOS
01. Agustín María Schouwaloff
02. Illemo Camelli
03. Charles de Foucauld
04. Pierre Lecompte de Noüy
05. Joannes Joergensen
06. Eva Lavallière
07. Charles Nicolle
08. Henri Ghéon
09. Joris-Karl Huymans
10. Evelyn Waugh
11. Peter Wust
12. Daniel Rops
13. Leonard Cheshire
14. Fred Copeman
15. Adolfo Retté
16. Takashi Nagaï
17. Giovanni Papini
18. Jacques Maritain
19. Gertrude von Le Fort
20. Maximo Acri
21. Francisco Orestano
22. María Meyer-Sevenich
23. Alberto Leseur
24. Paul Claudel
25. Adolf Martín Bormann
26. Regina García
27. Ignace Lepp
28. Alexis Carrel
29. Manuel García Morente
30. Pieter van der Meer de Walcheren
31. María Benedicta Daiber
32. Douglas Hyde
33. Dorothy Day
34. Svetlana Stalin
35. André Frossard
36. Sergio Peña y Lillo
37. Sandra Elam
38. Janne Haaland Matlary
39. Vladimiro Roca
40. Narciso Yepes
41. Leonardo Mondadori
42. Vittorio Messori
ii. SEGUNDA PARTE. EL JUDAÍSMO
a. CONVERTIDOS
01. Hermann Cohen
02. Teodoro de Ratisbona
03. Alfonso María de Ratisbona
04. Henri Bergson
05. Edith Stein
06. Max Jacob
07. Raphael Simon
08. Kenneth Simon
09. René Schwob
10. Jean Jacques Bernard
11. Eugenio Zolli
12. Karl Stern
13. Bernard Nathanson
14. Jeri Westerson
15. Jean Marie Lustiger
16. Martin K. Barrack
17. Padre José Cuperstein
18. Sor Mary of Carmel
b. REFLEXIONES
iii. TERCERA PARTE. CONSIDERACIONES
a. LA CIENCIA
01. Jean Guitton
b. ¿EXISTE DIOS?
01. François Mitterrand
02. Benito Mussolini
c. CATÓLICOS COMPROMETIDOS
d. EXPERIENCIA DE DIOS
iv. CONCLUSIÓN
v. BIBLIOGRAFIA
vi. NOTAS



 
>>HISTORIA<<



INTRODUCCIÓN



La conversión es un encuentro personal con Cristo, en el que se compromete toda la persona y toda la vida futura. Eso supone dejar muchos valores, muchas cosas preciosas por otras que se descubre que son mejores. A veces, supone un proceso mental largo y doloroso en el que hay que reajustar todos los valores y esquemas mentales con los que uno ha vivido tranquilamente durante años. Con frecuencia, se dan muchos casos de personas que llegan a convencerse de la verdad de la fe católica, pero no son capaces de renunciar a sus comodidades y seguridades. Convertirse, en una palabra, puede significar dejarlo todo y comenzar una vida nueva, lo que da un poco de miedo, sobre todo, cuando uno ya ha llegado a la madurez, y es más difícil cambiar de vida. Por eso, para convertirse hace falta mucha dosis de fe y de confianza en Dios para dar el salto al vacío sin importar el qué dirán, sino queriendo obedecer la voluntad de Dios. Porque llevar una doble vida y disimular las propias ideas religiosas sería un martirio del corazón y una infidelidad a Dios. Ciertamente, la fuerza de Dios y su gracia son poderosas para poder superar todas las dificultades. Por eso, hay muchos que, a pesar de todo, se arriesgan y se convierten, aunque este paso, en algunos casos, requiere años de reajuste y de convencimiento gradual. Evidentemente, cada conversión es un caso particular. No hay dos conversiones iguales. En algunos casos, la irrupción de Dios es de un modo excepcional y milagroso. Las personas se convierten instantáneamente. En otros el proceso es lento y doloroso. Por ejemplo, André Frossard se convierte milagrosamente al sentir una oleada de amor al entrar en una capilla del barrio latino de París. Manuel García Morente siente la presencia de Jesús en su habitación y es capaz de dejarlo todo y hacerse sacerdote como lo hizo Alfonso de Ratisbona, Herman Cohen y otros muchos. Pero a Paul Claudel le costó cuatro años el dar el paso definitivo. A Bernard Nathanson le costó varios años de conversaciones con el Padre O’Connor y lo mismo a Eugenio Zolli o a Karl Stern. La pregunta es: ¿Por qué no se convierten todos o, al menos, la mayoría de los no católicos? ¿Por qué hay, por el contrario, católicos que se cambian a otras religiones? Ciertamente que la falta de fe y de conocimiento de la fe católica puede llevar a actitudes negativas y a renegar de la fe verdadera por ignorancia o falta de vivencia personal. Pero otros muchos no se convierten, porque no ven un buen testimonio en los católicos comunes y corrientes. Nietzsche decía: Me gustaría que los cristianos tuvieran más pinta de haber sido salvados. Por supuesto que eso no es ni debe ser una excusa válida para los que deben convertirse, pero lo cierto es que el mensaje cristiano no brilla con toda su intensidad en el mundo. Además, hay muchos prejuicios arraigados, que tienen mucho peso sobre todo en los jóvenes. Muchos de estos prejuicios son fruto de una tradición racionalista, que ha querido crear un mundo sin Dios. Existe un anticlericalismo evidente en algunos países, que condiciona las opiniones de muchos, especialmente de los jóvenes. Se emplean argumentos contra el cristianismo y contra la Iglesia, sacando siempre a relucir el tema de las Cruzadas, Galileo, la Inquisición o la conquista de América. Estos anticlericales crean anticuerpos a través de los medios de comunicación social e influyen en la sociedad. Sin embargo, Dios tiene sus caminos y, aunque muchos no quieran verlos, de vez en cuando, suscita conversiones de gente importante, que no se pueden ocultar. En este libro presentaremos testimonios de conversiones de ateos y judíos a la fe católica. En el libro Regresando a casa hemos escrito sobre convertidos de otras iglesias cristianas. Ojalá que la lectura de este libro nos ayude a valorar nuestra fe católica y a amar a Cristo con todo nuestro corazón. IR A CONTENIDO . . i. PRIMERA PARTE. EL ATEÍSMO En esta primera parte, vamos a hablar del ateísmo, presentando algunos testimonios de ateos convertidos a nuestra fe para que podamos entender a quienes todavía siguen en ese camino y, sobre todo, para que podamos sentir un nuevo celo por compartir con ellos nuestra fe, que es un maravilloso tesoro, que Dios nos ha regalado y que no podemos ocultar y mucho menos callarlo por comodidad, temor o egoísmo personal. Hay en la actualidad muchos hombres que se dicen ateos y que, incluso, lo dicen con cierto orgullo, como si hubieran descubierto algo que los demás, por su ignorancia, todavía no conocen. Muchos de ellos quizás sean solamente ateos teóricos, pues, en la vida real, actúan como si Dios existiera y llevan una vida correcta de acuerdo a su conciencia. Ellos serán juzgados benévolamente por Dios, ya que quizás por malas experiencias o por prejuicios adquiridos, se han forjado una imagen falsa de Dios. Hablan de un Dios injusto, cruel, amigo de los ricos y olvidado de los enfermos y de los pobres, que ciertamente no existe. Pero hay otros ateos prácticos que rechazan toda idea de Dios, de moral o de religión, y viven sin perspectiva eterna, pues creen que todo termina con la muerte. Evidentemente, al no creer en Dios, no aceptan la idea del bien o del mal. Porque ¿quién ha dicho que esto es bueno y esto es malo? Si Dios no existe, todo está permitido, como diría Dostoievski. Basta repasar la historia del comunismo en Rusia y en otros países para ver a dónde han llegado los gobiernos ateos con sus crueldades y sus crímenes, con sus persecuciones y sus desprecios de los derechos humanos. El hombre sin Dios, puede volverse una bestia. Por eso, alguien ha dicho que, si Dios no existiera, habría que inventarlo. Pero ¿realmente Dios no existe? ¿Es solo una idea de la mente? Veamos lo que dice el filósofo italiano Federico Sciacca, en su obra El ateo, expresando en un monólogo, los sentimientos de un ateo, que en lo profundo de sí mismo no está seguro de lo que dice: Si Dios no existe, ¿qué más busco? ¿Qué busco todavía? Busco. Y él, él, que no existe, me sigue, me persigue. Se me ha hundido aquí, en medio de la cabeza, como un clavo. Pienso y existe el clavo; pienso y se me clava más. El pensamiento es mi martillo cruel. Dios es siempre despiadado con los ateos. Los persigue. Déjame, Dios, no te necesito; necesito echar tu sombra para estar solo conmigo. Tú eres un espectro obstinado. Yo no tengo necesidad de ti. ¿Qué quieres, pues, espectro?… ¿Niego a éste o aquel dios? No, niego a Dios. ¿Y después? Después renace como la salamandra y toma todas las formas como el camaleón… A él se le puede matar. Lo he matado. ¡El espectro! Los espectros no se pueden matar. Él está dentro, muerto, pero vivo. Yo, que le he matado, estoy muerto por él… No deja en paz ni siquiera a los muertos, los quiere resucitar… Él está vivo, vivo, pegado como un ave de rapiña al cadáver de mi conciencia. Quisiera resucitarme a picotazos. Pero yo, antes de renacer con él, prefiero vivir muerto sin él. Es más viril. ¿0 estúpido?… En resumen, Dios está en mi ateísmo. Yo no sería ateo, si él no existiese. Es una contradicción insoluble. No la resuelvo más que obedeciéndole. No la venzo, sino creyendo en el Dios que niego, afirmando a Dios. Lo quiere mi propio ateísmo, lo exige tiránicamente. Negar a Dios es la hipótesis prohibida, porque es afirmarle. Lo sé y me rebelo. Si tú no existieses, no te negaría. Y si existieses, ¿por qué esta tremenda tentación de la razón de negarte? Si tú no existieses, jamás yo hubiera podido pensar en ti… Te pido paz… Tú, el amor, eres implacable como el amor verdadero y sufrido. Nada persigue más que el amor[1]. Considero que el testimonio de ateos convertidos puede ser un buen argumento a favor de la existencia de Dios. Ellos, generalmente, después de luchas y estudios, llegaron a descubrir la luz de Dios, que dio paz y alegría a sus vidas. IR A CONTENIDO . . a. CONVERTIDOS Vamos a ver algunos de los ateos convertidos más famosos para ver qué mensajes nos dan. Ellos vivieron lejos de Dios y encontraron después en Él, la alegría y el sentido de su vida. IR A CONTENIDO . . 01. Agustín María Schouwaloff nació en 1804 en San Petersburgo, Rusia. Escribió el libro de su camino espiritual, titulado Mi conversión y mi vocación sacerdotal. Fue educado en la Iglesia ortodoxa griega. Su madre rezaba mucho por su conversión, pues él era prácticamente ateo. Uno de los libros que más le ayudaron fue el libro de las Confesiones de san Agustín. Al morir su esposa, él se hizo sacerdote católico[2]. IR A CONTENIDO . . 02. Illemo Camelli, convertido italiano, había sido socialista y ateo revolucionario, aunque había hecho de niño la primera comunión. Una conversación con el capuchino Padre Comini, le abrió su espíritu a Dios y a la Iglesia. Un día, como por intuición, descubrió a Dios y sintió algo nuevo en su corazón. Dice así: Vi, comprendí y amé. Dios es la fuerza inescrutable, oculta en todas las cosas. Él crea y sostiene la vida. Cuando en la tarde de ese mismo día, guiado por la providencia, leí las palabras del Apóstol: “En Él vivimos, nos movemos y existimos”, quedé como sin aliento, paralizado por la embriaguez de espíritu y golpeando mi frente con la mano, caí de rodillas, repitiendo entre lágrimas: “Oh Dios, Oh Dios, Oh Dios”. Tenía a Dios. Tenía la vida. Había pasado meses y meses en una apatía de pantano y, de repente, mi cerebro alcanzó una frescura y agilidad inusitadas. Mil problemas de la vida se me ofrecían y para todos veía una solución nueva, inesperada[3]. A los 29 años, el día de Navidad de 1905, se ordenó de sacerdote. IR A CONTENIDO . . 03. Charles de Foucauld (1858-1916) fue educado de niño en la fe católica, pero después de su primera comunión, perdió la fe por causa de los malos amigos. Y dice: Yo era un impío, un egoísta. De fe en el alma no me quedaba ni huella[4]. Se dedicó a la carrera militar, pero fue expulsado por su mal comportamiento a los 22 años. A partir de ahí, llevó una vida de diversión y de placer que no le daba paz a su alma. Una mañana de octubre de 1886, estando en París, fue a la iglesia de san Agustín y le pidió al Padre Huvelin que le ayudara a encontrar la paz. El Padre Huvelin le dijo que se arrodillara y se confesara. Después de una larga conversación, aceptó confesarse y así comenzó para él una nueva vida, buscando a Dios con desesperación. Quiso entrar de trapense en la abadía de Nuestra Señora des Neiges y después en la trapa de Akbes en Siria. Pero se dirigió a Palestina, donde estuvo un tiempo viviendo en Nazaret y Jerusalén, siendo empleado de las religiosas clarisas. Después volvió a Francia para prepararse al sacerdocio, que recibió el 9 de junio de 1901, a los 42 años. Decía: En cuanto creí que existía Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él. Ordenado sacerdote, se fue a vivir entre las tropas francesas del Sahara, primero en Beni-Abbes. Allí rescató esclavos y atendió a los enfermos, ayudando todo lo posible a los naturales, además de ser capellán de los soldados. Lo llamaban el hermano universal, porque era sacerdote y hermano para todos. Después se fue a vivir entre los tuáregs de Tamanrasset, tratando de acercarlos a Dios, respetando sus costumbres. A ellos también les ayudaba con sus conocimientos médicos, curando enfermos. Y el tiempo libre lo dedicaba a estar a solas en oración ante Jesús Eucaristía. Decía: ¡Qué delicia tan grande, Señor, poder pasar quince horas sin nada más que hacer que mirarte y decirte: Te amo! Allí lo asesinaron el 1 de diciembre de 1916. Cuando lo encontraron muerto, la custodia, con la hostia consagrada, estaba tirada en la arena a su lado. Actualmente, hay discípulos y seguidores de Charles de Foucauld en varios países del mundo y, concretamente, en el oasis de Beni-Abbes. Son los hermanitos y hermanitas de Foucauld. IR A CONTENIDO . . 04. Pierre Lecompte de Noüy (1883-1947), biólogo francés, que se alejó totalmente de Dios. Escribió el libro de su conversión titulado L’avenir de L’esprit (El porvenir del espíritu), que publicó en 1941. IR A CONTENIDO . . 05. Joannes Joergensen (1866-1956), danés y uno de los más grandes escritores católicos del siglo XX. En su conversión le ayudaron mucho otros dos convertidos: Mogens Ballin y Verkade, que llegó a ser monje benedictino. En su Diario de Asís cuenta su conversión. Escribió algunos libros sobre vidas de santos. IR A CONTENIDO . . 06. Eva Lavallière (1866-1929), famosa artista de teatro, que se convirtió de su vida mundana y se hizo terciaria franciscana. IR A CONTENIDO . . 07. Charles Nicolle (1866-1936), francés, premio Nóbel de Medicina. Su llegada a la fe tuvo mucho que ver con la amistad con el jesuita Padre Le Portois. Con él tuvo muchas conversaciones aclaratorias, que describe en su obra La destinée humaine (El destino humano). Se reconcilió con la Iglesia, en la que había sido bautizado de niño, el 22 de agosto de 1935. IR A CONTENIDO . . 08. Henri Ghéon (1875-1944) era médico francés. En la primera guerra mundial, al ver tanta muerte y destrucción, empezó a rezar el Padrenuestro y, poco a poco, regresó a la fe católica de su infancia. Al terminar la guerra, en 1919, publicó el libro de su conversión L’homme né de la guerre (El hombre nacido de la guerra). Se hizo terciario dominico. IR A CONTENIDO . . 09. Joris-Karl Huymans (1848-1907), gran escritor francés, gustaba ir a las abadías benedictinas a encontrar un poco de silencio y paz. Y allí, comenzó a sentir la presencia de Dios. En su libro En route (En camino), publicado en 1895, narra su conversión. También escribió el libro Las multitudes de Lourdes, donde habla de las maravillas de Lourdes. Se hizo oblato benedictino. IR A CONTENIDO . . 10. Evelyn Waugh (1903-1966), uno de los escritores ingleses más conocidos. Educado en una familia protestante, quiso ser pastor, pero perdió la fe a los 16 años. Sus conversaciones con el Padre Martín C. d’Arcy lo llevaron a la Iglesia. IR A CONTENIDO . . 11. Peter Wust (1884-1940), filósofo alemán, volvió a la Iglesia en la Pascua de 1923. Y dice: Desde el día de mi retorno al redil, todo escepticismo fue barrido de un golpe. Desde aquel día fui de nuevo ingenuamente creyente como un niño [5]. Escribió el libro de su conversión titulado Unser Weg zur Kirche (Nuestro camino a la Iglesia). IR A CONTENIDO . . 12. Daniel Rops (1901-1965) fue un gran escritor francés, que en 1955 entró a formar parte de la Academia francesa. Escribió muchas obras para llevar la fe católica a las grandes mayorías. Fue poeta, novelista e historiador. Su principal obra fue Historia de la Iglesia de Cristo en 9 volúmenes. Es importante leer sobre su camino espiritual, el libro Sourvenirs et pensées (Recuerdos y pensamientos) [6]. IR A CONTENIDO . . 13. Leonard Cheshire fue el más famoso piloto de la RAF (fuerza aérea inglesa), durante la segunda guerra mundial y recibió la Cruz de la Victoria. Fue el que tiró la bomba atómica sobre Nagasaki el 9 de agosto de 1945. Inmediatamente después, pidió la baja de la RAF y se dedicó a fundar casas para acoger a enfermos y hacer campañas contra la guerra. Fue recibido en la Iglesia católica el día de Navidad de 1948 y todas las semanas organizaba viajes aéreos a Lourdes durante el verano. Fue un católico activo y comprometido. IR A CONTENIDO . . 14. Fred Copeman (1907-1983), inglés, expulsado de la Armada británica por indisciplina, se hizo comunista. Fue jefe de la brigada inglesa de 400 hombres que luchó contra Franco en la guerra civil española de 1936. En 1938, como miembro del partido comunista inglés, visitó Rusia y su desilusión le hizo dejar el partido comunista. Fue miembro del partido laborista inglés. En su Autobiografía, titulada Reason in revolt (Razón en revuelta), explica los caminos de su vida. Sus conversaciones con el sacerdote jesuita Martindale lo llevaron a la conversión. Se bautizó pocos días antes de la Navidad de 1946. IR A CONTENIDO . . 15. Adolfo Retté (1863-1930), gran escritor, poeta y periodista, muy conocido en Francia en los primeros años del siglo XX. Él nos cuenta: Apenas llegado a la edad adulta, llegué a ser ateo convencido, un materialista militante. Me uní a los enemigos de la religión y tomé parte en todas sus acciones abominables. Desde los 18 años, comencé un período de locuras y desórdenes, de los cuales me horrorizo y reniego de todo corazón… En todas partes de Francia sembraba el odio a la Iglesia católica e insultaba a Cristo, a quien llamaba, con desprecio, el galileo[7]. Y siguió por mucho tiempo con su vida licenciosa con una mujer de ojos negros. Pero estaba insatisfecho consigo mismo. Un día de 1905, se fue a dar un paseo por el bosque y se puso a leer los primeros cantos sobre el purgatorio de la Divina comedia de Dante. De improviso, le vienen dudas: ¿No podría ser cierto lo que dice la Iglesia católica de que, cuando un pecador se arrepiente de sus pecados, llega a ser digno del cielo? ¿Será verdad que Dios existe? ¿Y si existe Dios?[8] Aquella misma tarde, le va a visitar un escritor, amigo suyo, que estaba dudando de regresar a la Iglesia católica. Él trata de disuadirlo y, cuando se va su amigo, se pone a escribir un artículo para el periódico anticlerical. Pero, en la noche, no puede dormir y se levanta de madrugada, va a su oficina y rompe en pedacitos el artículo escrito. Y dice: Sentí una gran paz y una gran alegría, y me dormí tranquilo. Sigue con sus luchas internas. Un día, en sus paseos por el bosque, piensa en los científicos y en los filósofos que, para explicar el universo, dan diversas hipótesis, que vienen continuamente descartadas por otras nuevas; sin embargo, la enseñanza de la Iglesia católica permanece inmutable. Sus dogmas comenzaron con su fundación y están de alguna manera en los evangelios. Todo esto no se explica humanamente, pues la humanidad fluctúa en diversas posiciones continuamente. ¿Y, si la Iglesia católica, realmente, ha nacido de una revelación divina, y Dios existe? Apenas pronunció estas últimas palabras, sintió una liberación y una gran paz de espíritu. Hubiera querido correr a un sacerdote para abrirle su alma, pero tenía miedo, vergüenza y temor de enfrentarse con la verdad. En 1906, regresó a París y comenzó a frecuentar los salones mundanos, pero se sentía insatisfecho, vacío y triste por dentro, hasta el punto que la idea del suicidio le rondaba cerca. Una tarde, decide entrar en la catedral Notre Dame, que estaba casi desierta, pero se queda en la puerta y dice: Dios mío, ten piedad de mí, aunque sea un grandísimo pecador. Ayudadme. En setiembre de 1906, visita el santuario de Cornebiche y le dice a la Virgen: Algo me ha empujado a venir aquí. Hasta ahora, nunca te he invocado. A ti, a quien los fieles te invocan, acudo para que le pidas a tu Hijo que me diga qué debo hacer. Entonces, oye una voz dulcísima en el interior de su alma, que le dice: Vete a encontrar un sacerdote. Libérate del fardo que te aplasta y entra sin miedo en la Iglesia católica[9]. Regresa a París y otro poeta y escritor amigo suyo y ferviente católico, Francisco Coppée, lo lleva a visitar a un sacerdote de san Sulpicio. Era un sacerdote anciano, con los ojos llenos de luz y con el rostro sereno y amablemente sonriente, con el cual se confesó. Era el 12 de octubre de 1906. Al regresar a su casa, se sentía liberado y exclamó antes de acostarse: Madre de mi Dios, me confío completamente en vuestras manos. Presentad mi alma a vuestro Hijo[10]. A partir de ese momento, su vida se convierte en un canto de alegría. Y después de su primera comunión, dice: ¿Por qué no se puede detener el tiempo en esta hora solemne de calma e inocencia? Después de mi primera comunión, vivo en una especie de sueño luminoso. Todos mis pensamientos son para el Señor. Veo el universo con nuevos ojos[11]. Había encontrado la paz, que tanto necesitaba, sin la cual no podía ser feliz. En 1907, escribió el relato de su conversión con el título Du diable a Dieu (Del diablo a Dios). En su libro Milagros de Lourdes, manifiesta un gran amor por María, nuestra Madre. IR A CONTENIDO . . 16. Takashi Nagaï (1908-1951), médico radiólogo japonés, escribió su vida en el famoso libro Las campanas de Nagasaki. Se había dejado seducir por el materialismo ateo durante sus años de estudiante, buscando la verdad solamente en la ciencia. Tuvo la suerte de alojarse, siendo estudiante, en casa de la familia Moriyama, fervorosos católicos, y se casó con una de sus hijas. En junio de 1933 recibió el bautismo. Sobrevivió a la bomba atómica que cayó sobre su ciudad de Nagasaki el 9 de agosto de 1945. Él cuenta lo ocurrido: Repentinamente el cielo se iluminó por un instante y el resplandor de una luz hizo palidecer el sol de verano. Una columna de humo blanco empezó a subir de la tierra, tomando la forma de una gigantesca seta u hongo. Una luz terrible. No hubo ruido. Pero lo que aterrorizó y heló la sangre fue el soplo inmenso que se escapó de debajo de la nube blanca. A una velocidad aterradora pasó sobre las colinas y los campos arrasándolo todo. Las casas de las cimas cedieron ante su fuerza, y cada árbol del campo fue arrancado de cuajo y sus hojas desaparecieron como por encanto. Se diría que un invisible, pero gigantesco cilindro compresor, trituraba cuanto hallaba a su paso. Un horrible ruido hirió de súbito los oídos de los que presenciamos de lejos tan terrible espectáculo. Nos sentimos levantados, tirados contra una pared de piedra a cinco metros de allí. Herido en la región de los ojos, creí que había perdido la vista. No era así, pero estaba ensangrentado. Y el edificio entero se había derrumbado. Enterrado entre los escombros, luché denodadamente hasta que terminé por salir por mi propio esfuerzo. El espectáculo que tenía ante mis ojos era apocalíptico. Entre escalofriantes masas de carne, se destacaban lentamente, a rastras, aquellos en los que había una chispa de vida .Empezamos los primeros cuidados, pero nunca me había sentido tan impotente, tan inútil para poder ayudar a aquellos seres humanos destrozados y desgarrados por el dolor. No podíamos atender a todos los que se agolpaban en torno a los escasos médicos supervivientes. Apenas habíamos mal vendado a uno, cuando se presentaba otro con la misma súplica: ¡Doctor, sálveme! Jamás me había sentido tan impotente como al mirar el terrible panorama de miedo, de agonía, de muerte y destrucción. No podía hacer nada, absolutamente nada. La sangre me corría por el rostro, desde las sienes hasta la barbilla. Los ojos parecía que me iban a estallar. A veces, queriendo incorporar un cuerpo, para ver si retenía aún señales de vida, se deshacía en mis manos como fango pegajoso. Miré al cielo y oré. Al día siguiente, siguió curando a los heridos sin darse tregua. El día 11 pudo ir a su casa, pero su casa no existía más y hasta le resultó difícil encontrarla. Buscó entre los restos a su esposa. Estaba calcinada. Recogió sus huesos y vio que, en su mano derecha, tenía un rosario. Había muerto con el rosario en la mano. Más tarde, al remover los restos de su casa, encontró el crucifijo, que la familia de Midori había conservado durante 250 años en medio de las persecuciones. Pudo decir: He sido despojado de todo y sólo he encontrado este crucifijo. El 20 de noviembre, en una misa por todos los difuntos de la ciudad, en la catedral de Urakami, el barrio católico de Nagasaki, dijo en su intervención: El holocausto de Jesucristo en el Calvario, ilumina y confiere significado a nuestras vidas. Takashi Nagaï fue un gran médico católico, que ofreció sus sufrimientos por la salvación del mundo. Murió a los 43 años, debido a los efectos de las miles de radiografías tomadas sin la debida protección. En 1949 recibió en su casa la visita del Emperador del Japón, reconociéndole sus méritos a favor de la patria[12]. IR A CONTENIDO . . 17. Giovanni Papini (1881-1956) era ateo convicto y confeso. En 1911, a los 31 años, publicó un libro Las memorias de Dios (Le memorie d’Iddio), en el que ponía irónicamente en boca de Dios estas palabras blasfemas: Hombres: haceos todos ateos, y pronto, Dios mismo, vuestro Dios, os lo pide con toda su alma. En 1912, había publicado Un hombre acabado, en el que ya daba muestras de que su alma estaba desesperada y buscaba una luz. Dice: Todo está acabado, todo perdido, todo cerrado. No hay nada que hacer. ¿Consolarse? No. ¿Llorar? Para llorar hace falta un poco de esperanza. Y yo no soy nada, no cuento nada y no quiero nada. Soy una cosa, no un hombre. Tocadme, estoy frío, frío como un sepulcro. Aquí está enterrado un hombre, que no puede llegar a ser Dios[13]. Y sigue diciendo: Yo no quiero ni pan ni gloria ni compasión. Pido, humildemente, de rodillas, con toda la fuerza y la pasión de mi alma, un poco de certeza: una pequeña fe segura, un átomo de verdad… Tengo necesidad de algo verdadero. No puedo vivir sin la verdad. No pido otra cosa, no pido nada más, pero esto que pido es mucho, es una cosa extraordinaria, lo sé. Pero lo quiero de todos modos, a todo costo. Sin esta verdad, no consigo vivir y, si nadie tiene piedad de mí, si nadie me puede responder, buscaré en la muerte, la felicidad de la plena luz o la quietud de la eterna nada[14]. Y Cristo, que lo estaba esperando, le salió al encuentro. No se sabe cuándo, pero debió ocurrir entre 1919 y 1921. Su amigo Domenico Giuliotti, buen católico, le ayudó en este caminar a Cristo. En 1921, ya era un ferviente católico, enamorado de Cristo. Y su amor lo manifestó en su gran obra Historia de Cristo, que quiere ser un acto de reparación por todos sus escritores anticristianos anteriores, en los que había insultado a Cristo con los términos más vulgares. Una vez convertido, le pidió a su hija Viola que buscara todas las copias de sus obras, especialmente, de Las Memorias de Dios para quemarlas. Y enamorado de Cristo decía: Cristo está vivo. Es una experiencia emocionante, que encuentra todo convertido: Cristo está vivo. Oh Cristo, tenemos necesidad de ti, de ti solo. Tú nos amas… Viniste para salvar, naciste para salvar, te hiciste crucificar para salvar, tu misión y tu vida es la de salvar y tenemos necesidad de ser salvados[15]. Murió el 8 de julio de 1956, siendo terciario franciscano, después de recibir la unción de los enfermos. IR A CONTENIDO . . 18. Jacques Maritain (1882-1973), gran filósofo francés, que organizó los círculos tomistas para dar a conocer la doctrina de santo Tomás de Aquino. Fue primero socialista, alejado de Dios y de la religión, hasta que se convirtió con su esposa Raissa, rusa de origen judío, y se bautizó con ella el 11 de Junio de 1906. Fue su padrino León Bloy, que había influido mucho en su conversión. En su libro Cuaderno de notas, que es como un Diario, habla de su compromiso cristiano y de cómo vivía su fe, acudiendo a misa con su esposa todos los días. IR A CONTENIDO . . Otros grandes convertidos fueron: 19. Gertrude von Le Fort, alemana, escritora, nacida en 1876; IR A CONTENIDO . . 20. Maximo Acri, oficial italiano, prisionero en varios campos de concentración en la segunda guerra mundial y que se convirtió, al ver la abnegación y sacrificio de los sacerdotes católicos prisioneros; IR A CONTENIDO . . 21. Francisco Orestano (1873-1946), escritor italiano y profesor de Universidad. Otros convertidos italianos y profesores de Universidad fueron también: Ernesto Bertarelli, Federico de María, Armando Carlini, Luis Fantappie, Adolfo Ferrabino, Francisco Carnelutti, Francisco Messina… IR A CONTENIDO . . 22. María Meyer-Sevenich nació en 1907 de padres católicos alemanes, pero cayó en el comunismo y en el ateísmo. Después de la Segunda guerra mundial se dedicó a la política y fue elegida diputada para la Dieta de la Baja Sajonia. Dice: El hecho que determinó mi conversión fue más que singular. Mis paseos, casi diarios, me conducían con regularidad a una iglesia de moderno estilo en la que permanecía muy a gusto. Encontraba ahí una paz inédita, un bienestar desconocido, al que me abandonaba sin pensar mucho sobre ello. Creía que se debía simplemente al silencio y tranquilidad del recinto, en el que permanecían silenciosas otras personas. Cuando, después de algunos años, visité nuestras iglesias católicas con la fuerza y entrega de la fe reencontrada, reconocí que aquella paz provenía de la presencia de Jesús Eucaristía, que me había atraído irresistiblemente en los agitados años de mi época marxista… En 1942 fui detenida por la Gestapo. Fui acusada de alta traición y me preparé a escuchar mi sentencia de muerte, pero eso no ocurrió. Un día, me hallaba sola en mi celda de prisionera sumida en el estudio de un tema científico. De pronto, entendí con súbita claridad: “Dios existe”. Unos minutos después: “Jesucristo es Dios”. Y finalmente: “La Iglesia católica es la única verdadera”. Conservo siempre actual y vivo el recuerdo de mi reacción. No estaba excitada ni conmovida. Había surgido en mi mente la certeza irrefutable sobre estas tres verdades ante las cuales enmudecían todas las dudas y vacilaciones… Medio año después, hice mi confesión general y recibí de nuevo la comunión. A partir de entonces, mi vida ha sido un continuo caminar hacia la Luz. Aun en medio de las miserias y sufrimientos de casi tres años de cautiverio, continuamente en peligro de muerte, en medio de la tremenda prueba de la postguerra, cada vez veía con mayor claridad y aumentaba mi fe [16]. IR A CONTENIDO . . 23. Alberto Leseur (1861-1950) era un hombre de negocios, agnóstico y antirreligioso, que había querido quitar la fe del alma de su esposa. Y dice: Elizabeth (mi esposa) había orado mucho por mi conversión. En el mes de agosto de 1914, casi cuatro meses después de su muerte, la guerra acababa de declararse y el consejo de administración de la empresa que yo dirigía me confió la misión de salvaguardar la fortuna de la compañía. Yo me puse de acuerdo con el presidente para transportar todo el dinero y cosas valiosas. Debía partir el 31 de agosto, acompañado de mi secretario y de dos mozos, pero, la salida resultó imposible… La víspera, el pánico se había apoderado de París y el éxodo masivo había comenzado. Yo estaba bloqueado en Paris sin poder salir, cuando, al último momento, todo se me facilitó contra todas las previsiones humanas, por un concurso de circunstancias demasiado extraordinarias para que la intervención de lo Alto pareciera innegable… Baste saber que llegamos a Vierzon, donde tomamos un tren para llegar a Bordeaux, después de muchas vicisitudes por Limoges, Perigueaux y Coutras. A duras penas, habíamos podido entrar en un vagón lleno, donde se iba a decidir el futuro de mi vida… Yo estaba en el tren pensando en los acontecimientos de nuestro país (en guerra), cuando, de repente, una voz interior habló a mi conciencia: “Si tú has podido dejar París de una manera tan inesperada, no creas que sea para salvaguardar tus intereses materiales, que te han sido confiados… Esto era necesario para que te sea posible ir a Lourdes, donde Dios te espera. Lourdes es el verdadero término de tu viaje. Tú debes ir a Lourdes, vete a Lourdes”. Mi primer pensamiento fue de estupor. Yo me preguntaba, si no estaba dormido o era todo un sueño. Yo, sin embargo, estaba bien seguro de que estaba despierto. Me di cuenta de que el tren estaba entre Chateauroux y Limoges, que eran las dos y media de la madrugada y yo me esforzaba en luchar contra aquello que me parecía extravagante; pero, de nuevo, se repitió la misma voz más imperativa. Yo trataba de decirme que eso no era serio, pero la llamada se hacía cada vez más repetida, precisa y determinante. Yo reconocí la voz de Elizabeth y se levantó en mi espíritu como un gran resplandor. Era lo sobrenatural que tomaba posesión de todo mi ser. Cesé de luchar, y me abandoné, me resigné y tomé la resolución y la promesa de que, después de llegar a Bordeaux para cumplir mi compromiso, iría Lourdes… Sólo a principios de octubre me fue posible ir a Lourdes. Yo llegué a donde: “Dios me esperaba”. No era el Lourdes animado por la multitud de peregrinos, ahora estaba casi vacío, un lugar propicio para la piedad individual. Yo estaba completamente solo, no hablaba con nadie, me aislaba lo más posible. Durante la semana entera, que pasé en esta santa ciudad, viví en el más absoluto recogimiento… Pero yo me sentía acompañado de Elizabeth, aunque invisible. Ella me dirigía y me conducía a Dios… Una mañana, en la Gruta, al día siguiente de mi llegada, fui súbitamente conquistado. Mi voluntad fue dominada por una voluntad todopoderosa y exterior a mí. Era la acción misteriosa e irresistible de la gracia. Caí de rodillas, movido por esta fuerza superior, y me puse a rezar de todo corazón, suplicando a la Virgen María que pidiera a su divino Hijo que me perdonara, que me diera la fe y me tomara para sí. Yo había sido vencido y, cada día, renovaba esta petición… Disfruté de la dulzura de esos momentos en los que Dios se apodera fuertemente y para siempre del alma… Elizabeth me dirigió también a Lourdes en 1918, donde pasé dos meses para madurar mi vocación religiosa, que debía llevarme a la Orden de Predicadores [17]. Leseur se hizo sacerdote dominico y vivió hasta su muerte dedicado a la predicación, amando intensamente a María y a Jesús Eucaristía. IR A CONTENIDO . . 24. Paul Claudel (1868-1955), gran poeta y dramaturgo francés, nació en 1868. Licenciado en ciencias políticas, se dedicó a la carrera diplomática, representando a Francia en diferentes países del mundo. Durante su juventud, estaba totalmente impregnado del materialismo dominante y solamente creía en la ciencia. Vivió en la oscuridad de la falta de fe, creyendo que el universo era gobernado por leyes perfectamente inflexibles y automáticas. Pero en 1886 tuvo lugar el acontecimiento clave de su vida. Él mismo lo narra, veintisiete años después en su libro Mi conversión: Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886 fue a Notre Dame (Nuestra Señora) de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces, empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía con un placer mediocre a la misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a Vísperas. Los niños del coro, vestidos de blanco… estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía. Entonces, se produjo el acontecimiento clave: en un instante, mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certeza que no dejaba lugar a ninguna clase de duda. De modo que todos los libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida no han podido sacudir mi fe ni, a decir verdad, tocarla. De repente, tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios. Era una verdadera revelación interior. Fue como un destello: “¡Dios existe y está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama!” Las lágrimas y sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del “Adeste”, aumentaba mi emoción. Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror, ya que mis convicciones filosóficas permanecían intactas… La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y hasta el asco. El edificio de mis opiniones y de mis conocimientos permanecía en pie y yo no le encontraba ningún defecto. Lo que había sucedido, simplemente, es que había salido de él. Un ser nuevo, formidable, con terribles exigencias para el joven y el artista que era yo, se había revelado, y me sentía incapaz de ponerme de acuerdo con nada de lo que me rodeaba. La única comparación que soy capaz de encontrar para expresar ese estado de desorden completo, en que me encontraba, es la de un hombre al que, de un tirón, le hubieran arrancado de golpe la piel para plantarla en otro cuerpo extraño, en medio de un mundo desconocido. Lo que para mis opiniones y para mis gustos era lo más repugnante, resultaba, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que, de buen o mal grado, tenía que acomodarme. Al menos, no sería sin que yo tratara de oponer toda la resistencia posible. Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar una tras otra las armas que de nada me servían. Ésta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: “El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres”. Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los gozos a los que tendría que renunciar, si volvía a la verdad, me retraían de todo. Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado, en cierta ocasión, a mi hermana Camille. Por primera vez, escuché el acento de esa voz tan dulce y, a la vez, tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renán la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba, incluso, que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea desmentía con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata, y me abrían los ojos… Sí, era a mí, a Paul, entre todos, a quien se dirigía y prometía su amor. Pero, al mismo tiempo, si yo no le seguía, no me dejaba otra alternativa que la condenación. Ah, no necesitaba que nadie me explicara qué era el infierno, pues en él había pasado yo mi “temporada”. Esas pocas horas bastaron para enseñarme que el infierno está allí, donde no está Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo, después de este ser nuevo y prodigioso que acababa de revelárseme? En una carta que escribió en 1904 a Gabriel Frizeau le dice: Asistía yo a Vísperas en Notre Dame y, escuchando el Magnificat, tuve la revelación de un Dios que me tendía los brazos… Pero el hombre viejo resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él… El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el respeto humano. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres… Manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos me producía un sudor frío. No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico… Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta gran Madre en cuyo regazo he aprendido todo! Pasaba los domingos y muchos días de entre semana en la iglesia de nuestra Señora… No acababa de saciarme del espectáculo de la santa misa y cada una de las acciones del sacerdote se imprimía en mi espíritu y corazón… ¡Cómo envidiaba a los cristianos que iban a comulgar! En cambio, yo apenas me atrevía a deslizarme los viernes de Cuaresma entre los que iban a besar la corona de espinas… Al fin, concentrando todo mi valor, me fui a un confesionario de san Medardo, mi parroquia. Hallé un sacerdote misericordioso y fraternal, el Padre Menard y, más tarde, al Padre Villaume, que fue mi director y mi padre amado. Aún ahora no ceso de sentir su protección desde el cielo. Hice mi segunda comunión en el mismo día de Navidad de 1890 [18]. IR A CONTENIDO . . 25. Adolf Martín Bormann nació en 1930 y era hijo de Martín Bormann, brazo derecho de Hitler. Él mismo era ahijado de Hitler. Su familia, de origen protestante, abandonó toda práctica en 1934. Después de la segunda guerra mundial, Adolf, al caer Alemania, se ocultó y se refugió en el campo en casa de unos campesinos católicos. Dice: Mi desprecio a los católicos desapareció y ya empezaba a envidiarlos un poco…, pero todavía esperaba la restauración del nacionalsocialismo… Un domingo fui hasta el santuario de la Virgen de Kirchental, un lugar de peregrinación a tres horas de camino… Casi todos los domingos empecé a ir a Ntra. Sra. de Kirchental y pedí recibir instrucción religiosa hasta que, por fin, el primer domingo de mayo de 1947 tuvo lugar mi admisión en la Iglesia católica. ¿Quién puede expresar en palabras la emoción y el júbilo que invade el corazón de un joven convertido en el momento de recibir las aguas bautismales? Siguió la confesión, la santa misa y la primera comunión. Renuncio a transcribir la íntima e inmensa alegría que me transportó al más alto grado de felicidad [19]. El verdadero amor al prójimo de los rudos montañeses me señaló el camino a la Iglesia católica. A todos aquellos que tienen la dicha de ser católicos quisiera gritarles: “Compadeceos de los que cayeron en el extravío y ayudadles con la oración y el apostolado a que encuentren también la casa del Señor “[20]. Adolf Martin Bormann se hizo católico con seis de sus hermanos, pero él siguió adelante hasta ordenarse sacerdote católico y así servir a los demás en la Iglesia para siempre. IR A CONTENIDO . . 26. Regina García, durante la guerra civil española (1936-1939), fue jefe del Departamento de prensa y propaganda del Estado Mayor general comunista, con el grado de coronel. Dice: Tuve la desdicha de ser atea. Envenenada con las falsas doctrinas del racionalismo y del materialismo. Estaba tan poseída por el error que, por amor a la justicia social, me hice miembro del partido socialista… El 4 de mayo de 1936 se propagó entre las clases pobres de Madrid la monstruosa calumnia de que las Damas catequistas, las monjas y los miembros de la Acción católica, habían repartido caramelos envenenados entre los niños de las barriadas obreras para terminar de una vez con la “raza marxista”. La reacción de las incultas masas populares no se dejó esperar. Acaudilladas por los agitadores encargados de excitar al pueblo, cargaron contra los conventos. Muchos fueron asesinados bárbaramente… Más de cien personas perecieron entonces en Madrid, sin que las autoridades intervinieran para evitarlo. También mi madre se encontró entre las víctimas… Pero mi madre no murió. No había perdido ni un solo minuto el conocimiento durante las cuatro horas que duró su martirio. Como me comunicó posteriormente, ofreció a Dios todos sus indescriptibles sufrimientos por mi conversión [21]. Yo poseía todo lo que puede hacer feliz a una persona en este mundo… Y, entonces, Dios me lo quitó todo, para que el dolor y el sufrimiento me volviesen a Él. Por lo pronto, vi fallar la doctrina que había considerado como el objeto de mi vida. Los hombres, que habían sido educados en las concepciones materialistas se transformaron en fieras tan pronto como se vieron con las armas en la mano… Mi marido cayó en las redes de una mujer depravada… Perdí mi casa y mis bienes. Lo perdí todo. Durante una temporada, apenas tuve pan para mis hijos, de los cuales el más joven había venido al mundo en plena guerra, durante el invierno de 1936… Llegó, entonces, una noche que jamás olvidaré. Fue todavía durante la guerra civil. Mi niña de seis años, mi dulce favorita, estaba enferma desde algunos días atrás. Por falta de medicamentos, empeoraba de día en día y en aquella noche temí lo peor. Quedé anonadada de miedo y de pena. Y, en esa hora terrible, me tocó la gracia. Comprendí que Dios me castigaba en la carne de mi hija predilecta y cayendo de rodillas y anegada en lágrimas, imploré: “¡Castígame a mí, Señor! Confieso que he pecado contra Ti, tanto que te negué. Pero no me castigues en mi hija inocente. Estoy dispuesta a cualquier expiación”. A la mañana siguiente, la niña había mejorado perceptiblemente y pronto quedó restablecida por completo. Fue salvada por la misericordia de Dios y hoy es una muchacha sana y vigorosa [22]. Regina García, desilusionada del comunismo, encontró en la fe católica el sentido de su vida. IR A CONTENIDO . . 27. Ignace Lepp, francés, se entregó al ideal comunista al poco tiempo de la revolución bolchevique, y se convirtió al cristianismo al iniciarse la segunda guerra mundial. En su libro De marx a Cristo va desgranando las diversas etapas de su vida agitada. Habla de sus primeras actividades como activista comunista y de sus contactos con los más altos dirigentes soviéticos y de cómo llegó a ser uno de los máximos dirigentes de los intelectuales revolucionarios de Europa. Este libro es como un Diario, donde expresa cómo, a lo largo de toda su vida, buscó desesperadamente un ideal por el que pudiera vivir y morir. Y, al final, lo encontró en Cristo, decepcionado del comunismo y de las incongruencias de sus dirigentes, que vivían a todo lujo mientras las masas obreras vivían en la miseria. Dice así: Cuando más desorientado me hallaba, se manifestó el Signo… Al volver una noche a casa, no conseguía conciliar el sueño. Para pasar el tiempo fui a buscar la novela que la hija de la casa había olvidado en la mesa del salón… Era mediodía del día siguiente, cuando acabado el libro, lo cerré. Tenía los ojos inundados de lágrimas. El título de la novela era “Quo vadis”, de un tal Sienkievicz, novelista polaco, premio Nóbel de 1905… Lo apasionante para mí fueron los numerosos datos que “Quo vadis” proporcionaba sobre la vida de las comunidades cristianas primitivas. Súbitamente, tuve la impresión de que todo aquello, a que más o menos confusamente había aspirado desde los quince años, buscándolo en vano en el comunismo, no era, a pesar de todo, pura utopía, ya que los primeros cristianos lo habían vivido… Después comencé a leer otros libros sobre el tema. Me lo tragué todo: “Los últimos días de Pompeya”, Fabiola del cardenal Wiseman, luego novelas francesas, alemanas e italianas (sobre el primitivo cristianismo). Leí la “Vida de Jesús” de Ernesto Renan… Después de Renan, leí las obras de los racionalistas Harnack, Strauss, Guignebert, Loisy, del protestante Sabatier, de los católicos Batifol, Duchesne, Prat, Lagrange… Tanto católicos como protestantes y no creyentes pintaban la primitiva comunidad cristiana casi con los mismos colores… Todos los libros leídos se referían a una misma fuente: el Evangelio. Era ya hora de que lo leyese por mi propia cuenta… A continuación, pasé varias semanas, frecuentando asiduamente reuniones de bautistas, metodistas, adventistas, pentecostales y otras iglesias… Después de haber asistido a la reunión, solía pedir una entrevista con el pastor-predicador de la comunidad. Le decía quién era y qué buscaba, rogándole que me hablase de su iglesia. En la mayoría de casos, me sorprendía desagradablemente la mediocridad intelectual de mis interlocutores, incapaces de responder con precisión a mis preguntas… También me chocaba la extraña intolerancia de todos aquellos hombres, por lo demás piadosos y caritativos, hacia las demás iglesias, especialmente, cuando se trataba de quienes ellos denominaban con desprecio los “papistas” (católicos). Era aún peor que la intolerancia de los comunistas. Entonces, comprendí el sentido exacto de la palabra sectario… Los pastores de las grandes iglesias de la Reforma: la luterana, la anglicana, la calvinista, eran hombres de una cultura más amplia y refinada. Discutir con ellos era ya harina de otro costal, porque hablábamos el mismo lenguaje… Pero tampoco el protestantismo, en ninguna de sus formas, respondía completamente a lo que del cristianismo esperaba, ni pudieron los pastores convencerme de la continuidad histórica entre el cristianismo primitivo y sus iglesias respectivas. A menudo, tuve la impresión de que les costaba comprender mi insistencia en este punto. Tales iglesias, de estructuras demasiado estrictamente nacionalistas, me parecían carentes de universalidad… Empezaba ya a desanimarme (de encontrar la verdad), cuando el azar, o si se prefiere la providencia, puso en mi camino a un sacerdote católico excepcional, un teólogo jesuita… Con gran consuelo, vi que su Iglesia daba tanta importancia como yo a la cuestión de la continuidad ininterrumpida con la Iglesia fundada por Jesús hace dos mil años en Palestina. Durante varias semanas, pasé casi cada día dos o tres horas hablando con él… Por fin, la tarde del 14 de agosto, pronuncié la fórmula de abjuración de todo error y herejía e hice mi profesión de fe católica. Inmediatamente, fui bautizado “sub conditione” (bajo condición), porque no sabía, si en mi infancia había recibido o no bautismo válido… A partir del día de mi bautizo, quedé sólidamente anclado en la fe. Apenas sabía rezar, conocía mal las exigencias de la vida cristiana, pero la gracia había comenzado ya a obrar en mí. Ahora, habiendo transcurrido desde mi bautismo muchos años, en cuyo curso, como ocurre con todos los creyentes, han alternado tantas veces períodos de gran fervor con otros de aridez, puedo considerar como una gracia particular el no haber sentido jamás lo que se llama dudas y obstáculos en la fe… De todas las Órdenes religiosas, la que mejor llegué a conocer fue la dominicana. Allí estaba el P. Bernadot, un hombre extraordinario, y allí editaban la revista “La vie spirituelle” y “La vie intellectuelle…” Estudié en la Facultad de Teología de la Universidad Católica de Lyon… y el 29 de Junio de 1941, en la basílica de Fourvière, la Iglesia me confirió el sacerdocio [23]. Ignace Lepp, comunista furibundo, que llegó a ser sacerdote por la gracia y la misericordia de Dios. IR A CONTENIDO . . 28. Alexis Carrel (1873–1944) era un joven médico francés de Lyon de 30 años, cuando reemplazó a uno de sus compañeros para ir como médico a una peregrinación de 300 enfermos al santuario de Lourdes, en julio de 1903. No creía en Dios ni en milagros. Era un científico, que sólo creía en la razón, pero era un hombre sincero y, al final del viaje, debió reconocer que existía Dios y lo sobrenatural. Él nos cuenta su aventura espiritual en su libro Viaje a Lourdes, donde él escribe sus impresiones bajo el nombre de Dr. Lerrac (el revés de Carrel). Dice así: El tren se detuvo antes de entrar en la estación de Lourdes. Las ventanillas se llenaron de cabezas pálidas, extáticas, alegres, en un saludo a la tierra elegida, donde habrían de desaparecer los males… Un gran anhelo de esperanza surgía de estos deseos, de estas angustias y de este amor [24]. Al llegar los enfermos al hospital, Lerrac se acercó a la cama que ocupaba una joven enferma de peritonitis tuberculosa… María Ferrand (su verdadero nombre era María Bailly) tenía las costillas marcadas en la piel y el vientre hinchado. La tumefacción era casi uniforme, pero algo más voluminosa hacia el lado izquierdo. El vientre parecía distendido por materias duras y, en el centro, notábase una parte más depresible llena de líquido. Era la forma clásica de la peritonitis tuberculosa… El padre y la madre de esta joven murieron tísicos; ella escupe sangre desde la edad de quince años; y a los dieciocho contrajo una pleuresía tuberculosa y le sacaron dos litros y medio de líquido del costado izquierdo; después tuvo cavernas pulmonares y, por último, desde hace ocho meses sufre esta peritonitis tuberculosa. Se encuentra en el último período de caquexia. El corazón late sin orden ni concierto. Morirá pronto, puede vivir tal vez unos días, pero está sentenciada [25]. A María Ferrand, después de hacerle unas abluciones con el agua milagrosa de la Virgen, porque su estado era sumamente grave y no se atrevieron a meterla en la piscina, la llevaron ante la imagen de la Virgen en la gruta. La mirada de Lerrac se posó en María Ferrand y le pareció que algo había cambiado su aspecto, parecía que su cutis tenía menos palidez… Lerrac se acercó a la joven y contó las pulsaciones y la respiración y comentó: La respiración es más lenta. Evidentemente, tenía ante sus ojos una mejoría rápida en el estado general. Algo iba a suceder y se resistió a dejarse llevar por la emoción. Concentró su mirada en María Ferrand sin mirar a nadie más. El rostro de la joven, con los ojos brillantes y extasiados, fijos en la gruta, seguía experimentando modificaciones. Se había producido una importante mejoría. De pronto, Lerrac se sintió palidecer al ver cómo, en el lugar correspondiente a la cintura de la enferma, el cobertor iba descendiendo, poco a poco, hasta el nivel del vientre… En la basílica acababan de dar las tres de la tarde. Algunos minutos después, la tumefacción del vientre pareció que había desaparecido por completo… Lerrac no hablaba ni pensaba. Aquel suceso inesperado estaba en contradicción con todas sus ideas y previsiones y le parecía estar soñando. Le dieron una taza llena de leche a la joven y la bebió por entero. A los pocos momentos, levantó la cabeza, miró en torno suyo, se removió algo y reclinóse sobre un costado sin dar la menor muestra de dolor. Eran ya cerca de las cuatro. Acababa de suceder lo imposible, lo inesperado, ¡el milagro! Aquella muchacha agonizante poco antes, estaba casi curada[26]. Esto no puede ser una peritonitis nerviosa, pensaba. Ofrecía síntomas demasiado acusados y absolutamente claros… Hacia las siete y media volvió al hospital, ardiendo de curiosidad y angustia… Quedóse mudo de asombro. La transformación era prodigiosa. La joven, vistiendo una camisa blanca, se hallaba sentada en la cama. Los ojos brillaban en su rostro, gris y demacrado aún, pero móvil y vibrante, con un color rosado en las mejillas. Las comisuras de sus labios en reposo, conservaban todavía un pliegue doloroso, impronta de tantos años de sufrimientos, pero de toda su persona emanaba una indefinible sensación de calma, que irradiando en torno suyo, iluminaba de alegría la triste sala. - Doctor, estoy completamente curada, dijo a Lerrac, aunque me siento débil… La curación era completa. Aquella moribunda de rostro cianótico, vientre distendido y corazón agitado, habíase convertido en pocas horas en una joven casi normal, sólamente demacrada y débil… ¡Es el milagro, el gran milagro, que hace vibrar a las multitudes, atrayéndolas alocadas a Lourdes! ¡Qué feliz casualidad ver cómo, entre tantos enfermos, ha sanado la que yo mejor conocía y a la que había observado largamente![27] Y él se fue a la gruta, a contemplar atentamente la imagen de la Virgen, las muletas que, como exvotos, llenaban las paredes iluminadas por el resplandor de los cirios, cuya incesante humareda había ennegrecido la roca… Lerrac tomó asiento en una silla al lado de un campesino anciano y permaneció inmóvil largo rato con la cabeza entre las manos, mecido por los cánticos nocturnos, mientras del fondo de su alma brotaba esta plegaria: “Virgen Santa, socorro de los desgraciados que te imploran humildemente, sálvame. Creo en ti, has querido responder a mi duda con un gran milagro. No lo comprendo y dudo todavía. Pero mi gran deseo y el objeto supremo de todas mis aspiraciones es ahora creer, creer apasionada y ciegamente sin discutir ni criticar nunca más. Tu nombre es más bello que el sol de la mañana. Acoge al inquieto pecador, que con el corazón turbado y la frente surcada por las arrugas se agita, corriendo tras las quimeras. Bajo los profundos y duros consejos de mi orgullo intelectual yace, desgraciadamente ahogado todavía, un sueño, el más seductor de todos los sueños: el de creer en ti y amarte como te aman los monjes de alma pura…” Eran las tres de la madrugada y a Lerrac le pareció que la serenidad que presidía todas las cosas había descendido también a su alma, inundándola de calma y dulzura. Las preocupaciones de la vida cotidiana, las hipótesis, las teorías y las inquietudes intelectuales habían desaparecido de su mente. Tuvo la impresión de que bajo la mano de la Virgen, había alcanzado la certidumbre y hasta creyó sentir su admirable y pacificadora dulzura de una manera tan profunda que, sin la menor inquietud, alejó la amenaza de un retorno a la duda[28]. En su libro Meditaciones escribió: “Señor, te doy gracias por haberme conservado la vida hasta el día de hoy. Mi vida ha sido un desierto, porque no te he conocido. Haz que, a pesar del otoño, este desierto florezca. Que cada minuto de los días que me queden esté consagrado a Ti. No quiero nada para mí, excepto tu gracia. Que cada minuto de mi vida esté consagrado a tu servicio. Señor, toma la dirección de mi vida, porque estoy perdido en las tinieblas. Todo lo que tu voluntad me inspire hacer, lo cumpliré. Es necesario acercarse a Ti, Señor, con toda pureza y humildad… Oh, Dios mío, cómo lamento no haber comprendido nada de la vida, haber intentado entender cosas que es inútil comprender. Y es que la vida no consiste en comprender sino en amar. Haz, Dios mío, que no sea para mí demasiado tarde. Haz que la última página del libro de mi vida no esté ya escrita. Que pueda añadirse otro capítulo a este libro tan malo. Habla, que tu indigno servidor te escucha. Te ofrezco todo cuanto me queda. Te hago el sacrificio voluntario de mi vida, como una plegaria. Te pido que me guíes por el camino verdadero, el de las gentes sencillas, el de los que aman y rezan. Perdóname todas las faltas de mi vida. Que cada minuto del tiempo, que aún me esté permitido vivir, transcurra cumpliendo tu voluntad en la senda que escojas para mí. Oh Dios mío, en este día me abandono totalmente a Ti, con el sentimiento infinito de haber pasado por la vida como un ciego. Haz, Señor, que pueda emplear el resto de mi vida en tu servicio y en el de los que sufren” [29]. María Ferrand (María Bailly), la curada por la Virgen, se hizo religiosa de la caridad, de San Vicente de Paul, y murió en 1937. Alexis Carrel (Dr. Lerrac), después del milagro, publicó algunos escritos sobre este hecho en los periódicos y revistas, pero fue marcado por el ambiente anticlerical de sus colegas, por lo que no le quisieron dar ningún trabajo. Esto fue providencial; pues, buscando empleo, fue al Instituto Rockefeller de Nueva York a investigar y, como premio de sus investigaciones, a los diez años del milagro, recibió el premio Nóbel de Medicina. Murió en París en noviembre de 1944. Según afirmó el sacerdote que lo atendió en los últimos momentos, se confesó, comulgó, recibió la unción de los enfermos y dijo: Quiero creer y creo todo lo que la Iglesia católica quiere que creamos y para ello no experimento dificultad alguna, porque no hallo nada que esté en oposición real con los datos ciertos de la ciencia [30]. IR A CONTENIDO . . 29. Manuel García Morente (1886-1942), gran filósofo español, nos cuenta en la carta que dirigió a su director espiritual Monseñor José María García Lahiguera, en setiembre de 1940, el hecho extraordinario de su conversión. Él era ateo, aunque había hecho de niño su primera comunión. Pero sus estudios de filosofía lo habían alejado de Dios y de la religión. Al comenzar la guerra civil española, tuvo que huir a Francia, porque lo buscaban para matarlo. Estaba en París, desesperado por no encontrar los medios humanos para conseguir que su familia llegara a París para estar a salvo con él. En esas circunstancias, la noche del 29 al 30 de abril de 1937, escuchó un trozo de música de Berlioz, titulada La infancia de Jesús, que lo dejó con una gran paz interior. Dice así: Cuando terminó (la música) cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido. Y por mi mente empezaron a desfilar imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. Seguí representándome otros períodos de la vida del Señor… Y, poco a poco, se fue agrandando en mi alma la visión de Cristo, de Cristo hombre, clavado en la cruz… No me cabe duda de que esta especie de visión (interior) no fue sino producto de la fantasía excitada por la dulce y penetrante música de Berlioz. Pero tuvo un efecto fulminante en mi alma. “Ése es Dios, ése es el verdadero Dios, Dios vivo; ésa es la Providencia viva” -me dije a mí mismo-. Ése es Dios, que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da aliento y les trae la salvación. A Él sí que puedo pedirle, porque sé de cierto que sabe lo que es pedir y sé de cierto que da y dará siempre, puesto que se ha dado entero a nosotros los hombres. ¡A rezar, a rezar! Y, puesto de rodillas, empecé a balbucir el Padrenuestro, pero ¡se me había olvidado! Permanecí de rodillas un gran rato, ofreciéndome mentalmente a Nuestro Señor Jesucristo con las palabras que se me ocurrían buenamente. Recordé mi niñez, recordé a mi madre, a quien perdí cuando yo contaba nueve años de edad; me representé claramente su cara, el regazo en que me recostaba, estando de rodillas para rezar con ella y, lentamente, con paciencia, fui recordando el Padrenuestro… También pude recordar el Avemaría… Una inmensa paz se había adueñado de mi alma. Es verdaderamente extraordinario e incomprensible cómo una transformación tan profunda pueda verificarse en tan poco tiempo… En el relojito de pared sonaron las doce. La noche estaba serena y muy clara. En mi alma reinaba una paz extraordinaria. Me parece que debía sonreír… Pensé: Lo primero que haré mañana será comprarme un libro devoto y algún manual de doctrina cristiana. Aprenderé las oraciones, me instruiré lo mejor que pueda en las verdades dogmáticas, procurando recibirlas con la inocencia del niño… Compraré también los santos Evangelios y una vida de Jesús. “¡Jesús, Jesús! ¡Bondad! ¡Misericordia! Una figura blanca, una sonrisa, un ademán de amor, de perdón, de universal ternura. ¡Jesús!” Debí quedarme dormido. Me puse en pie, todo tembloroso y abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro. Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. En la habitación no había más luz que la de una lámpara eléctrica, de esas diminutas de una o dos bujías en un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no tocaba nada. No tenía la menor sensación. Pero Él estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo y las letras que estoy trazando. Pero no tenía ninguna sensación ni en la vista, ni en el oído ni en el tacto ni en el olfato ni en el gusto. Sin embargo, lo percibía allí presente con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que lo percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es eso posible? Yo no lo sé. Pero sé que Él estaba allí presente y que yo, sin ver ni oír ni oler, ni gustar, ni tocar nada, lo percibía con absoluta e indubitable evidencia… No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil y como hipnotizado ante su presencia. Sí sé que no me atrevía a moverme y que hubiera deseado que todo aquello -Él allí- durara eternamente, porque su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo que nada es comparable al deleite sobrehumano que yo sentía… Era una caricia infinitamente suave, impalpable, incorpórea, que emanaba de Él y que me envolvía y me sustentaba en vilo, como la madre que tiene en sus brazos al niño… ¿Cómo terminó la estancia de Él allí? Tampoco lo sé. Terminó. En un instante desapareció. Una milésima de segundo antes estaba Él aún allí y yo lo percibía y me sentía inundado de ese gozo sobrehumano que he dicho. Una milésima de segundo después, ya Él no estaba allí, ya no había nadie en la habitación… Debió durar su presencia un poco más de una hora [31]. Y fue tal el impacto recibido que decidió dedicar toda su vida al servicio de Dios. Fue ordenado sacerdote en 1940 y murió en Madrid el 7 de diciembre de 1942. IR A CONTENIDO . . 30. Pieter van der Meer de Walcheren (1880–1970), gran poeta holandés, que vivía en un ateísmo intelectual donde no cabía la idea de Dios. En su libro Nostalgia de Dios nos habla de sus luchas interiores por querer creer, pero sin poder hacerlo hasta que llegó el momento de la gracia divina, cuando se entregó totalmente a Dios con su esposa y sus hijos. Veamos algunos de sus pensamientos, cuando todavía era ateo: La tierra, dentro de miles o millones de años, será inhabitable y por fin perecerá. Entonces, será como si este planeta no hubiese existido jamás, todo será arrinconado en el vacío del olvido. Nadie llevará ya en sí la memoria de lo que aquellos extraños seres, que un día vivieron en la tierra y se llamaban hombres, realizaron y sufrieron… Todo habrá sido perfectamente inútil y esta comedia, que habrá durado miles de años y de la que nadie habrá sido espectador, podía igualmente no haber tenido lugar. ¿No es esto de una vertiginosa ridiculez? ¿No es para aullar de angustia y refugiarse en la muerte? Por espacio de un momento, breve como el zig-zag de un relámpago, estamos en la tierra, vivos, con los ojos abiertos, atormentados por todos los deseos y por todos los ensueños, queriendo alcanzar y abarcar lo imposible, interrogamos al pasado, leemos lo que los hombres han pensado antes de nosotros, nada sacamos en claro; interrogamos a la tierra, al cielo, a las estrellas, a los abismos de los espacios y a los de nuestra propia alma, lloramos de nostalgia por la belleza, gesticulamos apasionadamente y, de repente, caemos muertos y ya no hay nada más, nada, nada, nada, nuestros ojos están cerrados para siempre, los ojos con que ahora miramos las estrellas, esas estrellas que no nos recordarán [32]. Poco a poco, empieza a dudar: ¿Qué significa la vida, a cuyo término está la muerte, ese inmenso agujero negro donde vamos cayendo uno tras otro como piedras? Decididamente es una perfecta estupidez tomarse la vida en serio si no existe el alma. Pero ¿acaso las religiones no son más que un hermoso sueño, bellas mentiras consoladoras a las que el hombre se aferra ante la perspectiva de desaparecer tragado por la noche espantosa de la muerte? ¿Contienen una realidad o no son más que quimeras? Sigo perplejo ante los enigmas. ¿Dónde puedo encontrar la verdad? [33] Y comenzó a leer los Evangelios y a pensar seriamente en las cosas espirituales, sobre todo, después de un viaje que hizo a la Trapa de West-Malle. Dice sobre esta visita: Todo era tan nuevo para mí, tan absolutamente desconocido. Nunca se me había ocurrido pensar que en nuestro tiempo existiese todavía semejante fenómeno: hombres que consagraban su vida a la oración… Si Dios no existe, ¿no es absurdo todo esto? En tal caso, sería algo propio de idiotas, de dementes, algo incluso criminal lo que hacen estos hombres, es decir, aislarse, renunciar a los placeres de la vida y adorar y glorificar algo que no existe. No obstante, en este lugar siento yo orden, paz y la atención está fija en el mundo interior, en el alma, en lo eterno [34]. He tratado de explicar a mi esposa Cristina lo que viví durante aquellas horas maravillosas (en la Trapa) y lo ha comprendido todo. Se me había revelado algo muy hermoso y muy santo. El tiempo se desvanece. La vida se halla en él iluminada por la eternidad divina. No me es posible creer que bajo la cabal belleza de estas palabras, de esta música, de estas oraciones no haya una realidad inquebrantable [35]. Esta mañana (4 de diciembre de 1909) he estado en misa en la capilla del convento de las benedictinas… Por primera vez, he experimentado la sensación de que ocurría algo inefable, cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración. No sé decir cómo o de dónde me vino ese pensamiento, pero supe que algo había cambiado y que allí había ocurrido algo de una tremenda grandeza [36]. Continuó asistiendo, siempre que podía, al convento de las benedictinas a disfrutar de aquella sensación de lo eterno. Estuve toda una noche en la capilla de las benedictinas, seguí en ella los maitines, asistí a la misa de gallo y a la misa del alba. Aún pervive en mí la emoción que me produjo el excelso esplendor de esas ceremonias. El aspecto externo de las mismas es ya hermoso, los cánticos, las palabras, la solemnidad de la misa; pero lo que, de un modo especial, me ha conmovido ha sido el mundo interior, ya que cada ademán, cada palabra, cada acto entraña un significado, es como la llama visible de un fuego invisible, una guía que conduce a los acontecimientos divinos [37]. Leo la Biblia, los místicos y los libros de León Bloy. Sé que la Biblia contiene la verdad. Los místicos, Angela de Foligno, Ruybroeck, Catalina Emmerich y las vidas de santos, como la de san Francisco, me ayudan a comprender cosas muy oscuras y maravillosas… Bloy, al que leo intensamente, me da a conocer el catolicismo en su divino y omnímodo poder, en su sublime unidad y me enseña lo que es amar a Dios sobre todas las cosas[38]. Bloy me presentó a un sacerdote para hablar con él. El sacerdote me ha entregado el catecismo y me ha aconsejado leer los capítulos referentes al Credo y a los sacramentos, especialmente el relativo al bautismo, y me ha dicho: “Usted debe orar, rezar el Padrenuestro y el Avemaría. Con estas oraciones debe usted llamar a la puerta de la Iglesia y Jesús se las abrirá. Si es usted de buena voluntad, Dios le ayudará, se lo aseguro. Y debe usted arrodillarse y hacer el signo de la cruz. Rezaré por usted”. Después he ido a postrarme ante el Santísimo sacramento que, en el Sacré Coeur (Sagrado Corazón) está expuesto durante todo el día y toda la noche. Hincado de hinojos, he puesto mi mirada en la hostia de nítidos contornos circulares, aureolada de luz, colocada en la custodia. Le he hablado a Jesús de mi zozobra espiritual y de mi miseria y le he pedido misericordia. Dadme, Oh Jesús, la fe, dadme el conocimiento y el amor para con Dios. Quitadme la ceguera de mis ojos para que pueda distinguir con toda claridad [39]. A cada momento descubro en el catolicismo nuevas maravillas. El catolicismo es como una catedral espiritual, infinitamente hermosa, y mi alma puede ahora penetrar en el interior de la misma… Cada mañana y cada noche nos arrodillamos los tres (con mi esposa e hijo) ante el pequeño crucifijo y oramos. Recitamos las plegarias en voz alta y yo me esfuerzo en rodear cada palabra de la más viva atención… Hago la señal de la cruz y la paz mora en mi corazón. No lo comprendo y no sé explicarlo. Me siento pequeño y, al mismo tiempo, inmensamente grande. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Por qué sobre mí? ¿Por qué sobre nosotros esta gracia abrumadora? Buscaba la solución a mis enigmas y es tan sencillo: ¡Postrarse de hinojos y entregar el corazón a Dios! [40] Ayer (24 de febrero de 1911) nuestro hijo y yo recibimos el bautismo. Cristina y yo nos unimos en matrimonio. Jesús nos ha purificado y hemos renacido. Al conjuro de las palabras del sacerdote, se desprendió de mí la vieja vida con sucios andrajos y se me cubrió con vestido deslumbrantemente nuevo. El sacerdote ahuyentó de mi las turbulentas tinieblas del pasado, mi cuerpo quedó puro… Nunca, nunca olvidaré aquellas horas. El acontecimiento de ayer es el centro de mi vida, por siempre. Ahora soy cristiano. No se trata de un bello juego de imaginación, no se trata de autoengaño con palabras bien sonantes, no se trata de una hermosa apariencia ni de una consoladora mentira, no, se trata de una realidad eterna. Soy cristiano por toda la eternidad [41]. He comulgado, Jesús ha visitado mi alma. Antes de la misa, he ido a confesarme y he pedido a María que me ayudara a recibir al Rey en mi pobre morada… Después de comulgar, regresé a mi lugar. Estaba solo, el Rey estaba solo en mí. Muy pronto, empero, fue descendiendo sobre mi alma, poco a poco, con gravidez y a la par de un modo extremadamente suave, una paz resplandeciente, me sentía lleno de Él, como de una nube de oro. ¡Oh delicia maravillosa y sin igual! ¡Está bien que haya venido, decía yo, ebrio de loca alegría! [42] Después de doce años, puedo decir que esta nueva vida es infinitamente más hermosa, más rica y más profunda de lo que nunca había podido sospechar ni siquiera en los primeros años de mi conversión [43]. Pieter van der Meer se entregó con su esposa totalmente a Dios y Dios le pidió todo. Primero se llevó a su hijo de tres años, el 30 de diciembre de 1917. Y, cuando su hijo Pieterke era ya monje por diez años y cinco de sacerdote, también se lo llevó con Él. Su hija se hizo religiosa, con el nombre Sor Cristina. En 1954 se llevó a su esposa y se quedó solo en este mundo, pero acompañado por Dios. Su vida fue un camino de búsqueda del sentido de su existencia. Sin saberlo, era a Dios a quien buscaba, pues tenía nostalgia de Dios. IR A CONTENIDO . . 31. María Benedicta Daiber (1913-1971) relata su conversión en su escrito Y yo te venceré. Sus padres eran de origen alemán, protestantes, aunque habían perdido la fe y fueron a residir a Chile, en donde su padre era el médico de un pequeño pueblecito llamado Puerto Octay. Dice ella: A los ocho o diez años era yo una atea consumada. Mi padre repetía continuamente en mi presencia: No hay Dios… Como en Puerto Octay, la mayoría de los habitantes eran católicos, oía hablar algunas veces de la Santísima Virgen… Un día, movida por un impulso misterioso, repetí tres veces el nombre dulcísimo: “María, María, María”. Y largo rato estuve como absorta en algo que, entonces, no sabía definir… A los doce años cayó en mis manos una Biblia. Tengo que confesar que, literalmente, devoré los Evangelios y, por primera vez, comprendí el vacío inmenso que deja en el alma la falta de fe. Me atormentaban ya estas preguntas: “¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿por qué existo?” Y la vida me parecía triste, sin sentido y vacía… Mi madre quiso enseñarme historia eclesiástica, pero era la historia vista a través del odio a la Iglesia y yo bebía a torrentes ese odio en las enseñanzas de mi madre. Era el odio al Papa, al clero… Los sacerdotes, me decía mi padre, son unos hipócritas, que explotan al pueblo y no creen lo que enseñan… Un día, tenía aproximadamente quince años, mi padre me llevó al hospital y, mientras él visitaba a sus enfermos, yo me quedé en un saloncito. Había allí un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, del cual mi padre se burlaba continuamente. Ese cuadro encarnaba para mí, por decirlo así, todo cuanto odiaba en el catolicismo. Así que, ese día, me coloqué frente a la imagen de aquel Corazón, que tanto ama a los hombres, y amenazándolo con ambas manos, le dije que lo odiaba, que odiaba a su Iglesia, a sus sacerdotes y que estaba resuelta a hacer todo el mal posible a esta Iglesia. En ese mismo instante, resonaron en el fondo de mi alma, estas palabras: “Y yo te venceré”. Aterrada y presa de espanto, volví las espaldas al cuadro y, por primera vez, comprendí que un día yo, que odiaba tanto a la Iglesia, sería católica. No confesé a nadie lo sucedido; pero, durante meses me negué a acompañar de nuevo a mi padre al hospital. No quería encontrarme otra vez a solas con Jesús. En marzo de 1922 (a los dieciocho años), mi padre me llevó a Santiago (Chile) para estudiar en el Liceo… Quise asistir a la clase de religión, pero una de las profesoras, sabiendo que no era católica, me lo impidió… Un buen sacerdote trató de probarme la existencia de Dios, pero todo fue inútil. Entonces, aprendí el Padrenuestro, el Avemaría, la Salve, el Acordaos… Sólo quería que me enseñara oraciones a la Virgen y, en las tardes, hacía mi visita a la Madre de Dios, me arrodillaba ante su altar y le repetía una y otra vez las oraciones que había aprendido. Si aquel sacerdote no logró convencerme de la existencia de Dios, obtuvo sin embargo, un resultado que no sospechó jamás. Mi convicción íntima era que los sacerdotes no creían y sólo explotaban la credulidad del pueblo, y pude observar que él se sacrificaba por mí, sin que yo le pagara nada… Lo veía frecuentemente en una iglesia cerca del Liceo en intensa oración y esto me impresionaba profundamente. Y pensé: No es cierto que todos los sacerdotes católicos sean unos hipócritas, mis padres me han engañado en este punto. ¿Será la religión católica la verdadera? Comencé a decir está oración: “Dios mío, si acaso existes, dame fe”. En setiembre de 1922 se celebró el II Congreso Eucarístico nacional en Santiago. Mi madrina me llevó a la plaza Brasil para que viera pasar a Nuestro Señor. Así vi por primera vez a Jesús hostia y al ver la hostia santa, tuve la seguridad absoluta: “Ahí está Dios”. Sentí de tal manera la presencia de Dios, que arrastré a mi pobre madrina en pos de Jesús sacramentado hasta la iglesia a la cual se dirigía la procesión. En aquel instante, creí en Dios… Aquella noche de agosto me acosté con el rosario en las manos, tranquila y feliz, porque había encontrado la fe. A las pocas horas, desperté presa de angustia indecible. Pensé en mis padres, recordé sus ideas hostiles a la Iglesia, se me presentó el profundo dolor que les causaría mi conversión y cómo interiormente me separaba de ellos. Se libró en mi alma una lucha formidable, que terminó al amanecer con la derrota de Dios. Resolví no hacerme católica y así se lo comuniqué a mi madrina… Fueron semanas y meses de indecible sufrimiento, en que mi solo consuelo era pasar largas horas de silenciosa adoración a los pies de Jesús sacramentado. Oí todas las misas que podía ir, de vez en cuando, al convento de los capuchinos. Allí un anciano sacerdote trataba con bondad paternal de sostenerme en mis luchas y consolarme… Volví a Puerto Octay a pasar mis vacaciones (con mis padres). Uno de los sufrimientos más duros fue la privación de la santa misa. En ella encontraba luz, consuelo, fuerza y paz. Una sola vez les arranqué el permiso para oír misa… Pero todas las tardes, desde mi cuarto, hacía en espíritu una visita a Jesús sacramentado y miraba por la ventana la torre de la iglesia parroquial… Para encontrar un pretexto que justificara mis actitudes (de no hacerme católica) alegaba la infalibilidad del Papa, único dogma del cual no estaba convencida. El error entre muchos protestantes, que mi madre me había enseñado, es pensar que infalible significa, a la vez, no estar sujeto a ningún error y ser impecable. ¡Yo había creído que cada palabra salida de la boca del Papa debía aceptarse como infalible! Una vez que se me explicó el verdadero sentido del dogma, lo acepté sin la mayor dificultad. Por fin, un 8 de setiembre, fecha que yo misma fijé por ser fiesta de la Santísima Virgen, me bautizaron bajo condición… Al día siguiente, hice mi primera comunión en la capilla de la Universidad Católica. Sin embargo, aunque yo tenía esa tranquilidad que se siente, cuando se cumple la voluntad de Dios, ni el día de mi bautismo, ni el de mi primera comunión tuve consuelos sensibles. Solamente, al comulgar por segunda vez, el día del Dulce Nombre de María, experimenté en toda su extensión la dicha inmensa de ser católica y ese sentimiento duró semanas y meses… Nadie en adelante podría impedir que comulgara. Simplemente, vi delante de mí una tarea, una misión: la de lograr que también mis padres participaran de mi dicha y se hicieran católicos… Escribí a todos los conventos de carmelitas para solicitar oraciones y recorrí casi todo Santiago, pidiendo oraciones a las comunidades religiosas. Me parecía que el resultado de tantas oraciones debía ser inmediato, pero Dios quiso enseñarme a ser más paciente y esperar contra toda esperanza, pues durante varios años, las oraciones no producían ningún resultado… Pero, al final, se convirtieron. ¡Qué felicidad ver a mi padre comulgar silencioso y recogido, dichoso con la visita de su Dios! ¡Cómo compensaban ampliamente esos momentos los cuatro años de angustia y temores por su salvación que había pasado!… Mi madre comulgaba diariamente y se confesaba todas las semanas y me decía: “He estado tantos años lejos de Dios, que ahora quiero recuperar el tiempo perdido…” Mi madre amaba de modo especial a Jesús sacramentado. Los domingos y fiestas casi no salía de la Iglesia. Cuando podía, asistía a la adoración nocturna. La noche del día que murió, la pasé entre mi madre y Jesús sacramentado en la iglesia del colegio del buen pastor y la pasé cantando. Nadie perturbaba mi dulce soledad. En el silencio de la noche me parecía que de lejos, de los esplendores de la gloria, me contestaban, porque para el alma que vive de fe, no hay más muerte que el pecado. Lo que el mundo llama muerte es el comienzo de la verdadera vida. ¿Por qué había yo de llorar a la que viviría eternamente? El cielo es la última palabra de amor de Dios a los hombres y allí espero cantar un día yo también eternamente las misericordias del Señor [44]. María Benedicta Daiber escribió su Diario, publicado por el arzobispado de Barcelona con el título La fuerza del amor. Su proceso de beatificación está en marcha. IR A CONTENIDO . . 32. Douglas Hyde (1911–1981) fue un gran periodista inglés, educado como metodista por sus padres, pero que en su juventud perdió la fe y se hizo comunista durante 20 años, ocho de los cuales fue director jefe del periódico Dayly Worker, el periódico del partido comunista inglés. Pero, poco a poco, fue desilusionándose del comunismo al ver las grandes incongruencias de los comunistas soviéticos, hasta que llegó a encontrar un nuevo sentido a su vida, convirtiéndose a la fe católica. Escribió un libro Respuesta al comunismo y su Autobiografía, titulada Yo creí, en la que cuenta: Yo creía que todos los sacerdotes, monjas y monjes eran inmorales, que los jesuitas eran siniestros y criminales. Y seguía conservando mis prejuicios comunistas. En el partido sosteníamos que la población católica representaba la parte más atrasada, inculta y políticamente moribunda del pueblo y que los católicos estaban hundidos en la superstición y gobernados, sin esperanza de liberación, por los curas[45]. Para los comunistas no hay valores espirituales ni consideraciones morales o éticas. Ni la más mínima piedad humana influye en su sentir marxista, ni el amor ni la compasión ni el patriotismo tienen cabida en su estructura. Para ellos no existe la verdad ni el honor, excepto dentro de su círculo inmediato de camaradas. La conciencia se ha convertido en algo que la impulsa a mentir, a engañar, a traicionar. El comunismo es el fin de sí mismo y ese fin justifica siempre los medios.[46] Un día al salir de la oficina, entré a una iglesia católica. Permanecí una hora sentado en la oscuridad, iluminada sólo por la vacilante llama de las velas del altar. A la mañana siguiente, volví teniendo cuidado de entrar, cuando no me viera nadie… Cuanto más veía aquella iglesia, más me gustaba. Pero seguía sin poder rezar. Era ridículo y degradante arrodillarse, un signo de sumisión, de rendimiento, de humildad. Era como hablar con alguien que no estaba presente, que ni siquiera existía. Pero yo seguí yendo día tras día, noche tras noche [47]. Una mañana sucedió algo. Estaba sentado en la penumbra de Santa Etheldreda en el último banco como de costumbre, cuando entró una joven de unos dieciocho años, pobremente vestida y no muy agraciada. A mi me parecía que sería una criada irlandesa. Pero, al pasar por mi lado, vi la expresión de su rostro: estaba preocupada. Como yo, tenía evidentemente alguna grave preocupación. Con paso decidido avanzó por el centro de la iglesia hacia el altar, después giró hacia la izquierda, encaminándose a un reclinatorio en el que se arrodilló delante de Nuestra Señora, después de haber encendido una vela y echado unas monedas en la alcancía. A la luz de la llama de la vela, pude ver cómo sus manos pasaban unas cuentas y cómo inclinaba la cabeza de vez en cuando. Aquella era una práctica católica que yo desconocía. Aquel era el mundo de la fe. Aquel era el mundo que yo buscaba ¿Era una superstición? ¿Era el mundo propio de los salvajes? Al pasar a mi lado, cuando salía, miré el rostro de la joven. Fuera cual fuera su preocupación había desaparecido. Sencillamente desaparecido. Y yo hacía meses y años que llevaba a cuestas el peso de la mía. Cuando estuve seguro de que nadie me veía, me encaminé casi como un perro por el centro de la iglesia como ella había hecho. Al llegar al altar, giré a la izquierda, eché unas monedas en la alcancía, encendí una vela, me arrodillé en el reclinatorio e intenté rezar a Nuestra Señora. Pero era lo mismo que me ahorcaran por una oveja que por un cordero. Si iba a ser supersticioso e iba a rezar a alguien que no estaba allí, bien podría dar un paso más en mi superstición y rezar a una imagen. Pero ¿cómo se rezaba a Nuestra Señora? Yo no lo sabía. ¿Se rezaba a Ella o por medio de Ella como si fuese una intermediaria? ¿Se contemplaba la imagen para ver la realidad que había tras ella o había que dirigir las palabras solamente a la imagen? Tampoco lo sabía. Intenté recordar alguna oración dedicada a Ella de la literatura medieval o algo de los poemas de Chesterton o Belloc. Pero fue inútil… Fuera de la iglesia traté de recordar las palabras que había pronunciado y casi me eché a reír. Eran la letra de una música de baile del año veinte de un disco de gramófono que había comprado en mi adolescencia: Oh dulce y encantadora señora, sed buena. Oh Señora, sed buena conmigo [48]. A las ocho y media de la noche del 17 de enero de 1948 telefonee al colegio de los jesuitas de nuestro barrio para bautizar a nuestros dos hijos… y nuestra instrucción comenzó bajo la dirección del Padre Joseph Corr, un santo y culto anciano jesuita del norte de Irlanda, que comenzó su tarea sin hacernos más preguntas. Tardó semanas en saber quién era yo [49]. Después de convertido, me puse a trabajar solo, escribiendo para periódicos de todo el mundo, pero conservando mi independencia. Emprendía una serie de artículos en el Catholic Herald, explicando en breves bosquejos mi conversión del comunismo al catolicismo y contando algunas anécdotas. Mis artículos despertaron gran interés y, todavía más importante, sirvieron de orientación a muchos, como demostraba la correspondencia que recibía… Algunos de mis folletos fueron distribuidos entre las guerrillas comunistas griegas y otros en China roja. Un folleto fue traducido al indonesio para su distribución entre los comunistas de aquel país… Desde todas partes de Inglaterra me llegaban invitaciones de organizaciones políticas y, desde luego, de millares de sociedades católicas para dar conferencias… Acudía a todas partes, no importaba que fuese a hablar a seis monjas en un pequeño convento o a cinco mil personas en una gran sala de una ciudad. En dos años hablé en cientos de regiones y recorrí miles de millas. La empresa primera y principal era despertar la conciencia de los cristianos, no precisamente porque fuesen anticomunistas, sino, porque había que hacerles comprender que sus acciones eran las que decidirían el curso de la historia durante las próximas centurias. En aquellos dos años, hablé probablemente a medio millón de personas por lo menos… Dormí en trenes, en monasterios, en hoteles y escribí en todas partes [50]. Douglas Hyde, un gran convertido, un gran luchador por la causa de Dios contra los comunistas, que le habían mentido y engañado durante veinte años, inculcándole odio contra Dios y los reaccionarios creyentes. Por eso, ahora no podía callarse, debía hacer conocer el amor que Cristo había venido a traer a la tierra. A veces, decía que se quedaba asombrado, cuando hablaba a sus amigos y compañeros de su fe, y ellos lo tomaban como si fuera un fanático. Dice que, cuando era comunista, procuraba estar al día para poder contar a sus amigos todo lo que descubría de nuevo en el comunismo y, cuando hacía lo mismo como católico, parecía que se reían de él, como si muchos católicos estuvieran viviendo una fe aguada, sin base ni fundamento, de rutina, que no aprovecha ni a quien la posee. Y decía: Si realmente creyeran que Jesús está vivo, ¿cómo podrían estar indiferentes para comunicar esta gran noticia a otros? Y termina con estas palabras su libro Yo creí: No me fue fácil llegar a conocer a mi nuevo Dios. El amor de Dios no me llegó automáticamente… Lentamente, yo llegué a conocer el amor de Dios. Pero una cosa es segura: mi Dios no ha fracasado[51]. IR A CONTENIDO . . 33. Dorothy Day nos cuenta en su libro La larga soledad, su Autobiografía, que desde joven se dedicó a luchar en contra de las injusticias y a favor de los más pobres. Por eso, se metió primero en el partido socialista, alejándose de su fe episcopaliana en la que había sido bautizada de niña. Organizaba mítines, estando en varias oportunidades en la cárcel por defender los derechos de los trabajadores. Pero, poco a poco, fue encontrando amigos católicos, que le hablaron de su fe. Especialmente, fue importante la lectura de algunos autores como Huysmans (católico convertido). Y empezó a asistir a una iglesia católica, aunque sin estar convencida plenamente. A veces, se decía a sí misma la frase que había oído tantas veces: La religión es el opio del pueblo, para no dejarse convencer. Además, hacerse católica significaría afrontar la vida en solitario y yo me aferraba a mi vida familiar. Resultaba duro pensar en renunciar a un marido para que mi hija y yo pudiéramos convertirnos en miembros de la Iglesia. Si yo abrazaba la religión católica, Forster no tendría nada que ver con ella ni conmigo. Por ese motivo esperé [52]. Pero decidí prepararme y la hermana Aloysia venía tres veces a la semana a darme lecciones de catecismo, que yo procuraba aprender obedientemente [53]. Hasta que un día se decidió y se bautizó bajo condición, hizo su confesión y su primera comunión. Dice: No experimenté un gozo especial al recibir estos tres sacramentos: bautismo, confesión y santa eucaristía… Yo amaba a la Iglesia, no por ella misma; pues, a menudo, era para mí motivo de escándalo, sino porque hacía visible a Cristo. Decía Romano Guardini que la Iglesia es la cruz en la que Cristo fue crucificado; y como no se puede separar a Cristo de su cruz, hay que vivir en un estado de permanente insatisfacción con la Iglesia [54]. Nunca lamenté, ni por un instante, el paso que di al hacerme católica, pero repito que, durante un año, me proporcionó muy pocas alegrías, pues la lucha continuó. Conocí a un buen sacerdote, que me ayudó a seguir mi camino [55]. Con el tiempo fundó el periódico The Catholic Worker (trabajador católico) para defender los derechos de los trabajadores y así nació el movimiento Catholic Worker. Dice: En los comienzos del The Catholic Worker, mi jornada comenzaba con la misa de madrugada y concluía, muchas veces, a medianoche [56]. La vida de Dorothy Day fue una continua búsqueda de Dios, amando a los demás, especialmente, a los más pobres y explotados. Ella nos dice en las últimas palabras de su libro: La palabra final es amor. No podemos amar a Dios, si no nos amamos unos a otros, y para amar tenemos que conocernos unos a otros. A él lo conocemos en el acto de partir el pan (misa) y unos a otros nos conocemos en el acto de partir nuestro pan. El cielo es un banquete y la vida es también un banquete, incluso con un mendrugo de pan, allí donde hay comunidad… Todos hemos conocido que la única solución es el amor y que el amor llega con la comunidad [57]. Cuando falleció en 1980, el New York Times la calificó como una militante de la no-violencia, radical en lo social, de una luminosa personalidad, que luchó en primera línea durante más de 50 años a favor de la justicia social. IR A CONTENIDO . . 34. Svetlana Stalin, conocida escritora, hija del famoso dictador comunista Joseph Stalin. Su testimonio lo ha publicado en Lettera del Foyer en 1995. dice: Los primeros 36 años de mi vida los pasé en el Estado ateo de Rusia. De Dios no se hablaba. Mi abuela materna, Olga Allilouieva, sí nos hablaba de Dios: de ella escuché por primera vez las palabras alma y Dios. En una ocasión, cuando mi hijo tenía 18 años, enfermó. No quería ir al hospital, a pesar de la insistencia del doctor. Por primera vez en mi vida, a los 36 años, pedí a Dios que lo curara. Después de su curación, un sentimiento intenso de la presencia de Dios me invadió… Dios me hizo conocer al sacerdote más maravilloso que podía encontrar, al Padre Nicolás Goloubtzov. Yo tenía necesidad de ser instruida sobre los dogmas fundamentales del cristianismo y fui bautizada el 20 de mayo de 1962 en la fe ortodoxa. Conocí a los católicos en Suiza, cinco años después de mi bautismo en la Iglesia ortodoxa rusa. Después me trasladé a USA y me casé. Pero pronto vino la turbación y la amargura y todo terminó en la separación conyugal… Durante estos años, mi vida religiosa estaba confusa como todo el resto. Me encontraba frente a un cristianismo americano múltiple. Cada denominación me invitaba. Busqué también en la Ortodoxia la solución de mi búsqueda personal. Las respuestas a mis interrogantes me parecían demasiado abstractas. Un día recibí la carta de un sacerdote católico italiano de Pennsylvania, el Padre Garvolino, que me invitó a visitar el santuario de Fátima, en Portugal, con ocasión de los 70 años de las apariciones. De momento no fue posible, pero nuestra correspondencia y amistad duró más de 20 años y me enseñó muchas cosas… En 1976 encontré en California una pareja de católicos, Rose y Michael Ginciracusa. Viví dos años con ellos. Su piedad discreta y su solicitud por mí y mi hija me conmovieron profundamente. En 1982 viajamos a Inglaterra para que mi hija recibiera allí una buena educación europea. Mis contactos con los católicos continuaron siempre alentadores, y me permitieron acercarme cada vez más a la Iglesia Católica. Y así, en un frío día de diciembre, me brotó naturalísima la decisión esperada largo tiempo de entrar en la Iglesia católica, mientras vivía en Cambridge, Inglaterra. Los años de mi conversión han sido plenos de felicidad. En la Iglesia ortodoxa oriental una confesión raramente es escuchada; generalmente, una vez al año por Pascua y sin la discreción que permite el confesionario. Ahora la Eucaristía se ha hecho para mí, viva y necesaria. El amor a la Virgen María ha crecido. Yo creía que era cosa de campesinos iletrados como mi abuela Georgiana. Me desengañé, cuando me encontré sola y sin sustento. ¿Quién otro podía ser mi abogado, sino la Madre de Jesús? Ella se me hizo cercana. Ella, a quien todas las generaciones llaman Bienaventurada entre todas las mujeres [58]. IR A CONTENIDO . . 35. André Frossard (1915-1995) ha escrito el testimonio de su conversión en su libro Dios existe, yo me lo encontré. En él nos va contando cómo era de esos ateos perfectos, de ésos que ni se preguntan por su ateísmo. Nos parecían patéticos y un poco ridículos aquellos últimos militantes anticlericales que todavía predicaban contra la religión en las reuniones públicas, al igual que lo serían unos historiadores que se esforzaran por refutar la fábula de Caperucita roja… El ateísmo perfecto no era el que negaba a Dios, sino aquel que ni siquiera se planteaba el problema [59]. Aquí sobreviene el acontecimiento que está en el centro, debería decir en el comienzo de mi vida, puesto que, por la gracia del bautismo, debía revestir la forma de un nuevo nacimiento. Un acontecimiento que iba a operar en mí una revolución tan extraordinaria, cambiando en un instante mi manera de ser, de ver, de sentir, transformando tan radicalmente mi carácter que mi familia se alarmó. Todavía la víspera era un muchacho rebelde y fácilmente insolente, es verdad, pero desde el punto de vista de la estadística, normal, gravitando en un círculo de ideas conocidas, teniendo, en materia de educación sentimental, el desorden que se decía propio de su edad… Al día siguiente, era un niño dulce, asombrado, lleno de una alegría grave, que se derramaba sobre unos allegados, desconcertados por la excentricidad de ese cardo, que inopinadamente florecía en rosas [60]. Habiendo entrado, a las cinco y diez de la tarde en una capilla del barrio latino de París en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra. Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda, volví a salir algunos minutos más tarde, católico, apostólico, romano, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable. Al entrar tenía veinte años. Al salir era un niño listo para el bautismo [61]. Sus padres, ateos y comunistas, se asustaron y le hicieron examinar por un médico amigo, ateo y buen socialista, que concluyó con que era una crisis de misticismo y que esa crisis duraba generalmente unos dos años. No había más que tener paciencia. Pero su crisis o conversión le duró toda la vida. Incluso, su hermana menor se convirtió pronto y su madre también, aunque bastantes años después. Pero veamos cómo cuenta el suceso clave del momento de su conversión. Era el 8 de julio de 1935 y su padre era el secretario general del partido comunista francés. Entró a una capilla, donde había Exposición del Santísimo Sacramento, a buscar a su amigo Willemin, pues le parecía que tardaba demasiado. Él dice así: El fondo de la capilla está vivamente iluminado. Sobre el altar mayor, revestido de blanco, hay un gran aparato de plantas, candelabros y adornos. Todo está dominado por una gran cruz de metal labrado, que lleva en el centro un disco de un blanco mate (la custodia). Ya he entrado en iglesias, por amor al arte, pero nunca he visto una custodia e ignoro que estoy ante el Santísimo Sacramento… Mi mirada pasa de la sombra a la luz, va de los fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar. Luego ignoro por qué, se fija en el segundo cirio que arde a la izquierda de la cruz. Entonces, se desencadena bruscamente la serie de prodigios, cuya inexorable violencia va a desmantelar en un instante el ser absurdo que soy y va a traer al mundo, deslumbrado, al niño que jamás he sido… No digo que el cielo se abre; no se abre, se eleva, se alza de pronto en fulguración silenciosa… Es un cristal indestructible, de una transparencia infinita, de una luminosidad casi insostenible (un grado más me aniquilaría), un mundo distinto, de un resplandor y de una densidad que despiden al nuestro a las sombras frágiles de los sueños incompletos. Él es la realidad, él es la verdad, la veo desde la rivera oscura donde aún estoy retenido. Hay un orden en el universo y en su vértice, más allá de este velo de bruma resplandeciente, la evidencia de Dios; la evidencia hecha presencia y la evidencia hecha persona de aquel mismo a quien yo habría negado un momento antes y que es dulce, con una dulzura no semejante a ninguna otra [62]. Dios estaba allí, revelado y oculto por esa embajada de luz que, sin discursos ni figuras, hacía comprenderlo todo, amarlo todo… El milagro duró un mes. Cada mañana volvía a encontrar con éxtasis esa luz que hacía palidecer al día, esa dulzura que nunca habría de olvidar y que es toda mi ciencia teológica… Sin embargo, luz y dulzura perdían cada día un poco de intensidad. Finalmente, desaparecieron sin que, por eso me viese reducido a la soledad… Un sacerdote del Espíritu Santo se hizo cargo de prepararme para el bautismo, instruyéndome en la religión de la que no he de precisar que no sabía nada. Lo que me dijo de la doctrina cristiana lo esperaba y lo recibí con alegría; la enseñanza de la Iglesia era cierta hasta la última coma, y yo tomaba parte en cada línea con un redoble de aclamaciones, como se saluda una diana en el blanco. Una sola cosa me sorprendió: la Eucaristía, y no es que me pareciese increíble; pero me maravillaba que la caridad divina hubiese encontrado ese medio inaudito de comunicarse y, sobre todo, que hubiese escogido para hacerlo el pan que es alimento del pobre y alimento preferido de los niños. De todos los dones esparcidos ante mí por el cristianismo, ése era el más hermoso[63]. Me sentía agradecido a aquellas ancianas que iban a la primera misa… Un arranque de gratitud me llevaba hacia ellas y hacia todos aquellos que habían guardado la fe; hubiera dicho, por poco, que me habían guardado la fe. La idea de que la religión habría podido desaparecer de la superficie de la tierra antes de mi llegada me daba el escalofrío de los terrores retrospectivos… ¡Qué bien estábamos bajo las vigas de piedra gris en la soledad de esos graneros donde el sacerdote, acompañado por la imperceptible música del amanecer, realizaba en el altar su milagro tranquilo![64] Su padre lo metió en la Marina, donde estuvo 10 años. Y dice: Por la mañana asistía a la primera misa. A mediodía, me iba a sacar una hora de oración a Saint Roch… Tras esa hora, pasada al sol del sagrario con las delicias habituales, me llegaba a un pequeño restaurante vecino, confiando mis pensamientos a mi ángel de la guarda. Por la tarde, entre dos parqués por encerar, recitaba el rosario, que se me hacía corto. No me cansaba la repetición de las avemarías. Terminada la jornada, me iba a recibir una bendición aquí o allá, antes de reanudar la lectura de santa Teresa de Avila, por quien tenía una admiración sin límites… Este género de vida parecerá hoy absurdo o extravagante. ¿Puede pensarse en un joven robusto, en el umbral de la vida, que pasa rezando seis horas al día y dedica el resto del tiempo a lecturas espirituales? ¿Puede pensarse en un joven, doliéndose de sus pequeñas distracciones y reprochándose no haber mantenido hasta la hora del sueño la cara vuelta a las invisibles cimas, de donde provenía su alegría? ¿Qué otra cosa podía hacer? El cielo era mi elemento natural. ¿Acaso se queja el pez de tragar demasiada agua?[65] Quiso entrar, en dos oportunidades, cartujo o trapense, pero vio que no era la voluntad de Dios y buscó en el matrimonio la vocación de su vida. Dice: Mi hijo no contaba aún tres meses y mi matrimonio no llegaba al año, cuando la Gestapo, seguida de una docena de soldados, vino a apresarme. Llevado a la prisión alemana de Fort Montluc en Francia, se me acusó de ser judío. Mi abuela materna había sido judía. En la prisión, yo rezaba, como siempre he rezado, sin muchas más palabras que las del avemaría… En lo más alto de mi oración, seguía reinando una zona azul que ni el mismo horror conseguía turbar; pero todo lo demás era tan sólo un inservible esqueleto que temblaba de la nuca a los talones. Nervioso e impaciente, estaba sujeto a brusquedades que sorprendían a mis compañeros… Aquello terminó una tarde de agosto, al día siguiente del desembarco en Provenza (de los aliados)[66]. Dos veces se abatió sobre mi hogar el sufrimiento mas grande que puede infligirse a seres humanos. Los padres me comprenderán. Las madres, mejor aún. Dos veces he tomado el camino del cementerio. Incapaz de rebeldía (contra Dios), excluyendo toda duda. ¿De qué podía dudar, sino de mí mismo? He vivido con esa pena en el pecho, sabiendo que Dios es amor[67]. Después de mi conversión, me di cuenta de que hacía mucho tiempo la Iglesia había plasmado en fórmulas lo que se me había revelado de otra manera. Los sacerdotes no habían pasado por la misma experiencia; sin embrago, sabían e, incluso, tenían todavía mucho que enseñarme[68]. Yo no vi a Dios, pero vi su luz… una luz de verdad, una luz enseñante que, al iluminar, informa y que, en un instante, enseña más sobre la religión cristiana que diez libros de doctrina… La verdad cristiana es la misma, tanto si te llega como un rayo de sol espiritual como por el canal de la fe transmitida por la tradición. La coincidencia es absoluta y perfecta… Creo que este argumento aboga con fuerza por la veracidad de la enseñanza cristiana (católica). Siento que haya sido utilizado tan pocas veces[69]. Al salir de la capilla de la calle Ulm, sabía cuatro cosas, o mejor dicho, veía cuatro cosas evidentes que todavía me asombran: hay otro mundo; Dios es una persona; estamos salvados y, paradójicamente, estamos por salvar; la Iglesia (católica) es de institución divina… La Iglesia es de institución divina, porque es Dios quien le confía las almas y no al contrario… Yo no le he dado mi adhesión; he sido conducido a ella como un niño a quien se lleva a la escuela cogido de la mano, o llevado a su familia, a quien él no conocía. Esta sensación de connivencia entre la Iglesia y lo divino ha sido tan fuerte, que siempre me retuvo, no de evaluar los errores cometidos en cada siglo por la gente de Iglesia, sino de tomar la parte por el todo… Su santidad invisible me impresiona, sus debilidades e imperfecciones de aquí abajo me tranquilizan, y me la hacen más próxima. Sucede que tampoco yo soy perfecto[70]. El conoció instantánea e intuitivamente, por revelación de Dios, las verdades de la fe católica, sobre todo, de la Eucaristía y, por eso, amó y vivió nuestra fe hasta las últimas consecuencias. Y dice: ¡Dios mío! Entro en tus iglesias desiertas, veo a lo lejos vacilar en la penumbra la lamparilla roja de tus sagrarios y recuerdo mi alegría. ¡Cómo podría olvidarlo! ¿Cómo echar en olvido el día en que se ha descubierto el amor desconocido por el que se ama y se respira; donde se ha aprendido que el hombre no está solo, que una invisible presencia le atraviesa, le rodea y le espera: que, más allá de los sentidos y de la imaginación, existe otro mundo, al lado del cual el universo material, por hermoso que sea, no es más que vapor incierto y reflejo lejano de la belleza de quien lo ha creado?[71] André Frossard, miembro de la Academia francesa y el mejor escritor católico francés del siglo XX, que ha escrito muchos libros para fomentar nuestra fe y que creía firmemente en la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Él sabía por experiencia, que Dios es Amor. Las últimas palabras, que como broche de oro, pone en el libro de su conversión son: Amor, para llamarte así, ni toda la eternidad será suficiente, que es como decir: Señor, te amo tanto que ni toda la eternidad será suficiente para decirte cuánto te amo. IR A CONTENIDO . . 36. Sergio Peña y Lillo es un siquíatra chileno, autor de muchos libros, que se convirtió en 1970, y ha escrito el relato de su conversión en su libro. En el Corazón de Cristo. Nos dice así: Nací en un hogar católico, pero me convertí en agnóstico y librepensador… Pasé brevemente por el partido comunista… Experimenté con drogas y comencé una búsqueda obsesionada por lo sagrado. Leí con pasión los autores esotéricos y herméticos del ocultismo occidental, la metafísica china, los arcanos del tarot y el budismo Zen. Pero me faltaba algo que no sabía ni lograba precisar[72]. Estando una tarde, que jamás olvidaré, en mi oficina privada de la clínica siquiátrica universitaria, me puse a leer casi por mera curiosidad los Evangelios. En Mateo me enfrenté, podría decir de improviso y a quemarropa, con el pasaje que iba a ser decisivo para el resto de mi vida, la vocación del propio Mateo. Al leer SÍGUEME, sentí una brusca sacudida. Me quedé como petrificado en el SÍGUEME. Era la alegría emocionante de un reencuentro largo tiempo anhelado. Era la irrupción repentina de lo sobrenatural… Sollocé con la pena más hermosa y dulce de toda mi vida: un llanto que brotaba de la raíz misma de mi ser. Como un rayo de luz, que visita de improviso las tinieblas, todo se me hacía más claro. Tenía la sorprendente vivencia de que el Señor a mí me decía: SÍGUEME, SÍGUEME, SÍGUEME. Se repetía la extraña voz en mi interior, con la indescriptible certeza de que, en ese preciso instante, era a mí a quien Jesús llamaba. ¡Era Cristo y era todo! Había sido siempre a ÉL a quien yo buscaba y yo no lo sabía. Me arrodillé y lloré cerca de dos horas con el llanto más puro y más sagrado que puede brotar de mí. Y repetía obsesionado en voz alta: “Eras Tú, Señor, eras Tú…” Como le ocurrió a Frossard, en un minuto se había trastocado el eje de mi existencia. Había sido ateo y ahora era cristiano para el resto de mi vida. Desde entonces hasta hoy, quedé cautivo en las redes del divino pescador… Nunca me he vuelto a sentir solo. Siempre ha estado Él conmigo, sosteniéndome en los momentos más duros y crueles de mi dolor y de mi prueba. Y ahora sé con indecible alegría y gratitud que jamás me abandonará, porque el encuentro con Él es un encuentro para siempre. Sí, Dios existe, yo también lo encontré. Sólo que no estaba donde yo suponía… Era en lo más profundo de mí mismo, donde habitaba, en lo más íntimo y cercano, en las entrañas de mi propio ser. Desde ese momento, todo me parecía diferente. Mi existencia adquiría un nuevo sentido… Era un camino de amor hacia Dios[73]. IR A CONTENIDO . . 37. Sandra Elam dice sobre su conversión: Durante 30 años fui atea y pensaba que los cristianos eran fanáticos, no podía comprender cómo alguien podía rechazar el aborto o la eutanasia, Mi padre era ateo y, desde los siete años, viví sin Dios, excepto durante unos meses en que canté en el coro de la iglesia presbiteriana. Me casé con un católico, pero no le permití que colgara un crucifijo de la pared de nuestra habitación. Yo despreciaba a los que creían en Dios. Mi camino a Dios comenzó en noviembre de 1995, cuando mis dos hijos, Kevin y Rebeca, empezaron a aprender la Biblia en una escuela cristiana. Yo también empecé a leer la Biblia, muchas de cuyas historias desconocía. En 1997, mi esposo y mis hijos iban a la misa católica los domingos, mientras yo me quedaba en casa. Un día decidí ir a la iglesia protestante, a cuya escuela iban mis hijos a estudiar la Biblia y me gustaron los sermones del pastor y la buena música. Comencé a creer en Dios, pero no a amarlo ni a servirlo. Durante seis meses, asistí a esa iglesia protestante, pero un día el profesor de Biblia dijo que el Espíritu Santo revela a cada uno el verdadero significado de cada pasaje bíblico. Yo le dije: ¿cómo puede cada uno interpretar distintas cosas, si todos están inspirados por el mismo Espíritu Santo? ¿Quién tiene la razón? Me retiré del estudio bíblico. Un amigo me prestó el libro Surprised by truth (Sorprendidos por la verdad) de Patrick Madrid, que describe la conversión de varios protestantes a la Iglesia católica, y respondía a varias de mis preguntas. Empecé a leer libros católicos y escuché cassettes. El día de Pascua de 1998, fuimos en familia a la misa de la basílica de la Inmaculada Concepción en Washington D.C. Por primera vez en mi vida, me di cuenta de que la misa no era como un servicio protestante, sino el momento en el que Jesús se hace presente en el altar, en la Eucaristía, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad bajo las apariencias de pan y vino. Ahora puedo decir que, a través del estudio, llegué a conocer que Dios existía, pero a través de la misa, llegué a convencerme del amor de Dios. La enseñanza moral que más me costó aceptar fue la contracepción. Leí el pasaje, donde se describe el pecado de Onán, que derramó su semilla antes de darle un hijo a Tamar. Y me sorprendí al saber que hasta 1930 todas las iglesias cristianas habían rechazado la contracepción, pero que ese año la Conferencia de Lambeth de la Iglesia anglicana, había aceptado permitir los métodos anticonceptivos a los matrimonios. Y, en los años sucesivos, todas las iglesias cristianas, menos la Iglesia católica, habían aceptado estos métodos artificiales de control de natalidad. Por eso, a mis 37 años, en julio de 1998, no quise usar más anticonceptivos y comencé mi preparación para hacerme católica. Después de dos años de estudios de la historia de la Iglesia y de la Biblia, llegué a convencerme de que la Iglesia católica contiene la verdad revelada en plenitud y que Jesús le dio la autoridad para dirigir la Iglesia a Pedro como obispo de Roma. El 3 de abril de 1999, vigilia pascual, fui recibida en la una, santa, católica y apostólica Iglesia[74]. IR A CONTENIDO . . 38. Janne Haaland Matlary es noruega, doctora en filosofía y profesora de política internacional en la Universidad de Oslo. Fue secretaria de Estado de Asuntos Exteriores de su país durante tres años. Formó parte de la delegación vaticana en la Conferencia mundial de la ONU sobre la mujer en Pekín y actualmente es miembro del Consejo pontificio Justicia y Paz. Está casada y tiene cuatro hijos. Es una gran mujer, que en su libro El amor escondido nos habla de su vida y de su conversión al catolicismo. A pesar de haber nacido en un ambiente cristiano luterano, desde sus primeros años, se hizo agnóstica, rechazando toda religión y, concretamente, el cristianismo, que le parecía apto para retrógrados. Pero, estudiando filosofía, pidió luces sobre la filosofía de santo Tomás de Aquino a un sacerdote dominico de Oslo. Durante año y medio, fue todas las semanas a visitarlo para hablar de santo Tomás; pero, poco a poco, se iba sintiendo atraída hacia la cultura católica. Un día tuvo su primer encuentro con Cristo de modo inesperado. Dice: Estaba sentada con el dominico, en los jardines del claustro, una tarde de agosto de 1981. Le dije que la persona de Cristo había aparecido en la escena de forma misteriosa. Nunca había rezado y a duras penas vivía fuera de los libros. Pero, de pronto, me había sucedido este hecho inquietante, intuí que el catolicismo no era un precioso sistema filosófico, sino una persona que exigía derecho a estar hoy tan vivo como hace dos mil años… De repente, empecé a interesarme por Cristo y por su vida ¿Podría ser verdad todo lo que los cristianos creían? Ahora Cristo era como una llama que me iluminaba de vez en cuando [75]. Esperaba con ilusión la misa del domingo, me dediqué a leer historias de conversiones y empezaron a interesarme los escritores místicos… La cuestión de la conversión volvía a mí continuamente, pero pensar en las reacciones negativas de una conversión me echaron para atrás. Pensaba en mis padres, en mis compañeros de estudio, en mis amigos y en el sentimiento general anticatólico de Noruega. Los católicos eran vistos todavía como extraños y papistas antinoruegos [76]. El descubrimiento de que Cristo estaba presente en la Eucaristía la lleno de alegría y dice: Yo captaba que el verdadero amor y el verdadero sentido de la vida estaban allí escondidos, frente al tabernáculo, donde la hostia consagrada se guarda en la iglesia… Después de un tiempo valoraba tanto la misa que empecé a anhelarla durante toda la semana… Uno no llega a entender nunca el misterio de la presencia real, pero se sienten sus efectos de verdad. Hay una presencia en la Iglesia para los que quieren experimentarla [77]. A finales de 1981 vinieron mis padres a una audiencia general (con el Papa en Roma). Me parece que fue el 2 de diciembre. Nos sentamos en primera fila en el gran auditorio Pablo VI. El Papa se acercó a saludarnos a todos. Nos causó una gran impresión su cariño, algo inexplicable, que nos hizo felices y que nos duró mucho tiempo. Mi madre, agnóstica, y todavía muy escéptica sobre el catolicismo, también sintió lo mismo. Después de aquel encuentro, quiere mucho al Papa, aunque no le interesa demasiado su doctrina. Pero hasta hoy, veinte años después, tiene expuesta su fotografía. Yo me convertí aquella Pascua. Era el año 1982. Tenía 25 años… Fue el amor, el estar enamorada, lo que en definitiva me llevó a convertirme, no una decisión racional. Había ido de la razón a la fe o, por lo menos, a cierta fe. Ésta no era muy sólida, pero yo amaba a la Iglesia. No sé de dónde provenía ese amor. Pero sabía que si borraba a la Iglesia de mi vida, sería una desgraciada [78]. Después de convertirme, viví durante muchos años en lo que yo llamo estado de cristiano dominguero. Iba a misa cada domingo y vivía el resto de la semana como si ese domingo no tuviese nada que ver con mi vida cotidiana. Cumplía con las obligaciones de la Iglesia y me consideraba una buena católica [79]. En 1992 fue con toda su familia a visitar la abadía benedictina de Pannonhalma, al oeste de Hungría, donde su esposo, que es húngaro, se había educado gratis. Al llegar el régimen comunista al país, su padre, que había sido general del ejército, fue destituido y privado de todos sus bienes, pero los monjes lo conocían y dieron educación gratuita a su hijo. Allí, en la abadía, ella conoció a un monje que sería su amigo y confidente durante muchos años en su camino a Dios. Dice: Era un sabio, mayor, aunque joven de espíritu y de mente abierta. Era un hombre lleno de alegría y de juventud interior, pese a su avanzada edad. Este monje era una fuente de agua viva[80]. Hablé con él. Jamás pensé que la confesión funcionaría y hubiese querido evitarla… De pronto, sucedió la cosa más asombrosa e inesperada. Me recorrió una oleada de inmensa alegría que no se parecía a nada que me hubiese ocurrido antes. No puedo explicarlo con palabras, pero fue un giro absoluto a mi vida como católica. Dios, que hasta ese momento me resultaba una entidad bastante lejana, se convirtió en un Dios personal allí y en ese momento. El brillo de aquella experiencia duró mucho tiempo. Ahora estaba suspirando por Cristo, mi amigo. Ya no era una posibilidad teológica, sino una realidad íntima y personal. Era la segunda vez que Cristo se me hacía presente de forma directa. La primera fue en el jardín de los dominicos de Oslo, con el asombro de que Cristo era una persona viva. En aquella ocasión, me quedé, no sólo sorprendida sino asustada, pero marcó en mí una diferencia que produjo una conversión formal. El segundo encuentro fue más fuerte. Igualmente sorprendente. Es casi imposible describirlo. Fue un giro aún mayor[81]. Este giro en su vida determinó que, a partir de ese momento, se dedicara a vivir en unión con Cristo las 24 horas del día, a vivir en continuo amor con Jesús y a influir en la medida de sus posibilidades en todas sus acciones como católica, sea como miembro del partido de la Democracia cristiana a la que perteneció, y en el que era la única católica, sea en actividades políticas o universitarias. A partir de ese día, ser católica para ella significaba vivir para los demás y comunicarles la alegría de ser católica. Una vez le preguntaron a Chesterton, el gran escritor inglés, convertido al catolicismo, por qué se había hecho católico y respondió: porque quiero ser feliz. Esto mismo podría haber dicho ella. Dice: Yo me hice católica, porque buscaba la verdad, pero una vez que empecé a frecuentar la misa fui inmersa en la fuente de felicidad de la Eucaristía. Siempre volvía por la alegría que podía encontrar allí de un modo completamente misterioso. Me enamoré de Cristo. Sin saber cómo ni por qué me encontré enamorada[82]. Janne Haaland, una enamorada de Jesús, que quiere hacer partícipe de su felicidad y de su amor a Cristo Eucaristía a todos los que la rodean. IR A CONTENIDO . . 39. Vladimiro Roca, hijo de Blas Roca, fundador del partido comunista de Cuba, que le puso a su hijo el nombre de Vladimiro por su admiración por Vladimir Illitch Lenin. Él nos cuenta su conversión: Trabajaba en el comité estatal de colaboración económica y tuve acceso a escritos que llegaban de la Unión soviética sobre el glasnost y la perestroika. Allí se hablaba claramente de la violencia, que se había producido en Rusia desde que Lenin tomó el poder. Entonces, me di cuenta de que se nos decía una cosa y hacían otra. Esto me llevó a analizar la situación cubana y me empecé a sentir mal. Me di cuenta de los métodos que se usan para controlar a la gente y cómo se ejerce la violencia. Así empezó una lucha muy fuerte dentro de mí. Vi que tenía que buscar un camino, pues aquello debía tener una solución… En esos días, trabé amistad con un católico, que venía a mi casa y me hablaba de Dios. Un día me dijo que fuera con él a la parroquia santa Rita… Estuve tres horas hablando con Monseñor Carlos Manuel de Céspedes. Después tuve un encuentro con Monseñor Jaime Ortega, antes de que fuera cardenal. Y así me fui dando cuenta, a la luz de la lectura de la Biblia y con mucha oración, de que Dios estaba conmigo y nunca me había abandonado. Y empecé a ir a la iglesia para prepararme para hacer la comunión, pero antes debía recibir el bautismo. Para estas fechas ya me habían despedido del trabajo en 1992 por mi manera diferente de pensar. En 1997 fui encarcelado con tres compañeros (Marta Beatriz Roque, Felix Bonne y René Gómez) por pedir democracia para Cuba y haber criticado al partido comunista… En la cárcel seguí orando y me bauticé. Fue una ceremonia sencilla, pero muy emocionante. Allí, la experiencia constante de Dios me permitió soportar el tiempo de prisión. La celda era de 1,50 m. de ancho por 1,86 de largo. Me levantaba temprano y hacía mis oraciones. Leía las lecturas de la Biblia de ese día y, cada vez que me sentía deprimido, leía la Pasión del Señor. Fue una experiencia que me ha permitido reconciliarme en un medio violento. He podido vivir en paz con los presos y con las autoridades. Ahora sé que Cristo es el único camino y quien me impulsa a buscar la reconciliación a través del amor[83]. IR A CONTENIDO . . 40. Narciso Yepes (1927-1997), el gran guitarrista español, miembro de la real Academia de Bellas Artes, cuenta algo de su historia y conversión en una entrevista concedida a Pilar Urbano, publicada en el N° 149 de la revista Época, en enero de 1998. dice así: Me bautizaron al nacer, y ya no recibí ni una sola noción que ilustrase y alimentase mi fe. ¡Con decirle que comulgué por primera vez a los veinticinco años! Desde 1927 hasta 1951 yo no practicaba ni creía ni me preocupaba lo más mínimo que hubiera o no una vida espiritual y una transcendencia y un más allá. Dios no contaba en mi existencia. Fue una conversión súbita, repentina, inesperada y muy sencilla. Yo estaba en Paris, acodado en un puente del Sena, viendo fluir el agua. Era por la mañana. Exactamente, el 18 de mayo de 1951. De pronto, le escuché dentro de mí… Fue una pregunta en apariencia, muy simple: ¿Qué estás haciendo? En ese instante, todo cambió para mí. Sentí la necesidad de plantearme por qué vivía, para quién vivía. Mi respuesta fue inmediata. Entré en la iglesia más próxima, Saint Julian le Pauvre. Es curioso, porque mi desconocimiento era tal que ni me di cuenta de que era una iglesia ortodoxa. A partir de ese día, busqué instrucción religiosa católica… Desde aquel instante, no hay nada en mi vida, ni lo más trivial, ni lo más serio, en lo que yo no cuente con Dios. Y eso en lo que es alegre y en lo que es doloroso, en el éxito, en el trabajo, en la vida familiar, en una pena honda como la de que te llame la guardia civil a media noche para decirte que tu hijo ha muerto… Sé que la vida de mi hijo Juan de la cruz estaba amorosamente en las manos de Dios. Y ahora lo está aún con más plenitud y felicidad. Por otra parte, cuando se vive con fe y de fe, se entiende mejor el misterio del dolor humano. El dolor acerca a la intimidad de Dios. Es una predilección, una confianza de Dios hacia el hombre… Con Dios todo es novedad. Él no se repite nunca. Además de creer en Dios, yo le amo. Y lo que es incomparablemente más afortunado para mí: Dios me ama. ¡Cambiaría tanto la vida de los hombres, si cayesen en la cuenta de esta espléndida realidad! Es tremendo que el hombre, por cuatro cachivaches técnicos, que ha conseguido empalmar, se haya creído que puede prescindir de Dios y trate de arreglar esta vida con su solo esfuerzo… Pero el hombre, por muy abyecto que sea, siempre está a tiempo para dejar de serlo. Vivir es eso: estar todavía a tiempo… Quizás, porque soy un converso, creo más que otros en la capacidad de regeneración y de redignificación del ser humano… Cuando doy un concierto, sea en un gran teatro, sea en un auditórium palaciego o en un monasterio o tocando sólo para el Papa, como hice una vez en Roma ante Juan Pablo II, el instante más emotivo y más feliz para mí, es ese momento de silencio, que se produce antes de empezar a tocar… Casi siempre, para quien realmente toco es para Dios. He dicho casi siempre, porque hay veces en que, por mi culpa, en pleno concierto, puedo distraerme. El público no lo advierte. Pero Dios y yo sí. A Él le encanta mi música. Pero más que mi música, lo que le gusta es que yo le dedique mi atención, mi sensibilidad, mi esfuerzo, mi arte, mi trabajo. Además, ciertamente, tocar un instrumento lo mejor que uno sabe, y ser consciente de la presencia de Dios, es una forma maravillosa de rezar, de orar. Lo tengo bien experimentado[84]. IR A CONTENIDO . . 41. Leonardo Mondadori es el presidente del principal grupo editorial italiano. En un libro titulado Conversione, publicado por la propia editorial, la famosa editrice Mandadori, cuenta su extraordinaria experiencia religiosa: de ateo sin remedio a creyente que ha decidido vivir en castidad. Otro converso, el periodista Vittorio Messori, ha sido su interlocutor en el libro-entrevista que se ha convertido en un best-seller en Italia. Su conversión no ha sido fruto de una experiencia extraordinaria como en otros casos. Ha sido un largo y pacífico proceso que le ha hecho redescubrir el amor de Dios. Todo ello a los 55 años y después de muchas peripecias personales a lo largo de su vida. El cambio comenzó en 1992, cuando su empresa se disponía a publicar Camino, en el año de la beatificación de su autor, san José María Escribá de Balaguer, fundador del Opus Dei. En una entrevista con Michelle Brambila del Corrière della Sera de Milán dice: Todo empezó en 1992. En aquella época yo no me interesaba lo más mínimo por la religión y mucho menos por la Iglesia. Pero sentía que mi vida estaba, ¿cómo decir? llena de errores. Llevaba a mis espaldas dos divorcios, tres hijos de mujeres distintas. Pippo Corigliano, responsable de relaciones públicas del Opus Dei, me dijo: “si estás abierto a estas cosas, te propongo que vayas a hablar con un sacerdote que conozco”. Era un sacerdote excepcional. Me tuvo un gran respeto. Empecé a fiarme de él y a seguir sus sugerencias. Y, poco a poco, siguiendo lo que me decía, me di cuenta de que encontraba las respuestas que buscaba. Fui presa de un gran entusiasmo. Él, con gran realismo me frenaba: “No tengas prisa, Dios no te pide imposibles, procede con calma”. No he dejado nunca a este sacerdote, que es en este momento, mi director espiritual. Lo que más me ha convencido del cristianismo es que Jesucristo es de verdad la respuesta a todos nuestros interrogantes; que sólo quien sigue a Cristo se realiza plenamente. Sé que paso por ser una persona extravagante, cuando por ejemplo, hablo de castidad prematrimonial. Pero ¿acaso darse entero a sí mismo por primera vez, sólo después de la boda, no es un cemento extraordinario para un matrimonio? ¿Es que la lógica de hoy por la cual todo está permitido en este campo, ha hecho a los hombres más felices? También aquí la realidad de la vida me ha demostrado que quien sigue la ortodoxia católica, presente desde hace 2.000 años, no es defraudado[85]. En su libro dice textualmente: La vida para algunos es oscura, para otros, gris. Para mí es luminosa. Son muchos los elementos que hacen luminosa mi vida actual. Hace cuatro años, una mañana, descubrí de golpe, que tenía un tumor a la tiroides y un carcinoma al páncreas y al hígado. Debido a esto, debo someterme al tratamiento de interferon. Pero ahora gozo de una vida cristiana vibrante. Y esta fe es la que, a pesar de todo, hace luminosa mi existencia[86]. Siento que la misa me da fuerza y esperanza. Es el centro de mi vida religiosa, que me recuerda que la muerte ha sido vencida, que Jesús ha resucitado de verdad, que las tinieblas no tendrán la última palabra y que más allá de lo que nuestros sentidos ven, hay una realidad maravillosa, de la cual nosotros formaremos parte. Y por toda la eternidad[87]. La confesión bien hecha, sincera, completa, es una de las fuentes de mayor alegría que un hombre puede experimentar. Tienes la certeza de ser recibido en la casa del Padre, reconciliado con Él, contigo mismo y con los otros… Después de muchos años, hice mi primera confesión y mi primera comunión en Nueva York, en la vigilia de Navidad, en la catedral de san Patricio, en 1993. Sentí una emoción muy fuerte de alegría[88]. Nosotros los creyentes debemos tener coraje de proponer nuestras perspectivas (de fe) que, siendo verdaderas, no pueden hacer mal sino bien a nuestros hermanos. Debemos tener el coraje de mostrar alegría y de sentir el orgullo de ser católicos[89]. Leonardo Mondadori, un hombre que ha sabido entregar su vida a Cristo, que siente el orgullo de ser católico y desea para todos la alegría que él experimenta en Cristo, a pesar de su enfermedad. IR A CONTENIDO . . 42. Vittorio Messori es un periodista italiano, conocido internacionalmente por haber publicado un libro de entrevistas a Juan Pablo II, titulado Cruzando el umbral de la esperanza, y otro con el cardenal Ratzinger: Informe sobre la fe. Pero no ha sido católico de toda la vida. Él dice: Mis padres me inculcaron la aversión, no al Evangelio o al cristianismo, sino al clero, a la Iglesia institucional. Me habían bautizado como si fuera una especie de rito supersticioso, sociológico, pero después no tuve ningún contacto con la Iglesia… Después de la guerra, asistí a un colegio público, donde no se hablaba de religión más que para inculcarnos el desprecio hacia ella… Me comprometí con los partidos de izquierda… El Evangelio era par mí un objeto desconocido; nunca lo había abierto, pese a tenerlo en mi biblioteca, porque pensaba que formaba parte del folklore oriental, del mito y de la leyenda. Pero un día sucedió… Mi hallazgo de la fe fue muy protestante. Fue un encuentro directo con la misteriosa figura de Jesús, a través de las palabras griegas del Nuevo Testamento. No vi luces ni oí cantos de ángeles. Pero la lectura de ese texto, hecha probablemente en un momento sicológico particular, fue algo que todavía hoy me tiene aturdido. Cambió mi vida, obligándome a darme cuenta de que allí había un misterio, al que valía la pena dedicar la vida. De inmediato, me vino una gran alegría, pero a la vez un miedo terrible por varios motivos. Por una parte, mi vida debía cambiar, sobre todo, mi orientación intelectual… Me hacía sufrir, especialmente, que mi familia se enterara de lo que me sucedía y me echasen de casa. De hecho, cuando mi madre supo que asistía a misa a escondidas, telefoneó al médico y le dijo: Venga, doctor. Mi hijo padece una fuerte depresión nerviosa. - ¿Qué síntomas tiene? - Un síntoma gravísimo, he descubierto que va a misa. ¿Cuándo decidí aceptar a la Iglesia? Cuando al reflexionar sobre el Evangelio para intentar conocer mejor el mensaje de Jesús, me di cuenta de que el Dios de Jesús es un Dios que quiso necesitar al hombre, que no quiso hacerlo todo solo, sino que quiso confiar su mensaje y signos de su gracia (los sacramentos) a una comunidad humana. Es decir, si uno reflexiona bien, acepta la Iglesia, no porque la ame, sino porque forma parte del proyecto de Dios. Me ha costado muchos años, pero ahora estoy convencido de que sin la mediación de una grupo humano, en el fondo, no tomaríamos en serio la mediación de Jesús… Mi aventura fue solitaria, porque era uno de los pocos que andaba contracorriente. Entraba a la Iglesia, cuando tantos clericales salían de ella gritando: ¡Qué maravilla, finalmente la tierra prometida! ¡Hemos descubierto la cultura laicista! Y yo, asombrado, intentaba pararlos: ¿Qué hacéis? ¡La verdadera cultura está aquí dentro, en la Iglesia! Por eso, algunos me han acusado de ser un reaccionario, un nostálgico. Es absurdo. Yo no he conocido la Iglesia preconciliar, no he escuchado jamás una misa en latín, porque antes del concilio nunca había asistido a misa y, cuando comencé a ir, era ya en italiano… Lo que sí he conocido de cerca es la cultura laicista. Y luego el encuentro misterioso y fulgurante con el Evangelio, con una persona: Jesucristo; y después con la Iglesia[90]. *** Ciertamente, los ateos convertidos asumen su nueva fe con entusiasmo. Se han enamorado de Cristo y no pueden dejar de hablar de Él. Cristo, que antes era un desconocido o a quien rechazaban de plano, llega a convertirse en el centro de su vida. Su encuentro con Cristo es como una luz resplandeciente, que ilumina toda su existencia y hace brillar estrellas de luz, amor y paz en su corazón. Imitemos a los ateos convertidos en su entusiasmo por Cristo Eucaristía y en su ardor por comunicar a todos la fe. IR A CONTENIDO . . ii. SEGUNDA PARTE. EL JUDAÍSMO En esta segunda parte, presentaremos algunos testimonios significativos de judíos convertidos al catolicismo. Ellos, mejor que nadie, pueden ayudarnos a comprender que el cristianismo es la plenitud del judaísmo y que el judío que se hace cristiano, no pierde nada, sino que encuentra todo lo que Dios quiso dar a su pueblo en el Mesías prometido por medio de Jesús. Podemos decir que el judaísmo es el padre del cristianismo. Los cristianos hemos heredado del judaísmo el Antiguo Testamento y muchas cosas de su auténtica espiritualidad. Un judío, que se hace cristiano, no es un renegado de su patria o de su fe. Más bien, podríamos decir, que es un judío en plenitud, pues Jesucristo lleva al judaísmo a la plenitud, y es el Mesías prometido durante siglos al pueblo de Israel. Un verdadero judío debe sentirse orgulloso de que Jesucristo fue judío y lo mismo la Virgen María y san José. Los apóstoles y los primeros cristianos, con tantos santos y mártires, fueron judíos en su mayoría. Los de raza judía, superando el nacionalismo, deben abrirse a todos los pueblos. Ser judío de verdad debe significar ser universal. Ser judío, en sentido auténtico, significa ahora haber sido llamado desde Abrahám para formar un pueblo universal, en el que lo judío llega a su plenitud. Los judíos deben sentirse orgullosos de haber sido llamados, en sus antepasados, para dar luz al nuevo pueblo cristiano, que salió de sus entrañas. Por eso, cuando un judío se convierte y se hace cristiano, debe sentirse como en su propia casa. No debe irse lejos, no debe renunciar a su vocación ancestral de ser pueblo de Dios; simplemente, debe aceptar en su casa a otros pueblos y a otras gentes sin cerrarse en sí mismo, como si la salvación de Dios fuera exclusivamente para ellos. Ser judío de verdad es ser judío en plenitud, de acuerdo al plan de Dios, es decir, significa hacerse cristiano para vivir con Cristo, el Mesías, y con todos los pueblos la salvación, que Dios vino a traer al mundo por medio del pueblo de Israel. Esto lo comprendieron muy bien muchos judíos que, a lo largo de la historia, se han convertido al cristianismo. Ellos han podido decir en conciencia: El judaísmo era la promesa y el cristianismo es el cumplimiento de la promesa. No nos alejamos de casa, sino que descubrimos todo lo que teníamos en casa, asumiendo la fe judía hasta sus últimas consecuencias en Cristo y con Cristo, nuestro hermano común. IR A CONTENIDO . . a. CONVERTIDOS Veamos ahora algunos judíos convertidos a nuestra fe católica. IR A CONTENIDO . . 01. Hermann Cohen (1820-1871) fue un famoso músico y pianista judío, nacido en Hamburgo (Alemania), aunque vivió casi toda su vida en Francia. Desde niño fue considerado como un niño prodigio de la música, pero sus triunfos musicales hicieron de él un joven caprichoso e inmoral. Escribe en su Diario: Las lecciones de música me proporcionaban dinero y el dinero me proporcionaba placeres. Mi vida fue entonces el abandono completo a todos los caprichos y a todas las fantasías ¿Era más feliz? No, Dios mío, la sed de felicidad que me abrasaba no se saciaba con esto[91]. Me permitía a mí mismo toda licencia… Esta era la vida de casi todos los jóvenes de la buena sociedad, de las tertulias elegantes y del mundo artístico. No exagero, todos los jóvenes que conocía vivían como yo, buscando el placer dondequiera que se ofreciere, deseando la riqueza con ardor, a fin de poder seguir todas sus inclinaciones y satisfacer cualquier capricho. En cuanto al pensamiento de Dios, no se presentaba jamás a la mente [92]. Pero Dios lo estaba esperando. Tenía veintiséis años. Un viernes de mayo de 1847 fue a la iglesia de santa Valeria de París, situada en la calle Borgoña, cercana a su domicilio. Tenía que dirigir el coro de la iglesia, porque su amigo, el príncipe de la Moscowa, le había pedido que lo reemplazara, ya que él no podía asistir. Y, en el momento de la bendición con el Santísimo Sacramento, sintió una gran emoción y una gran paz. Volvió los viernes siguientes y, en el momento de la bendición con el Santísimo, sentía la misma emoción con una paz inmensa. Pasado el mes de mayo, volvió cada domingo a la misa a la iglesia de santa Valeria, como si un fuerte instinto lo guiara hasta allí. Buscó un sacerdote, el Padre Legrand, para que le hablara de la religión católica y dice: La benévola acogida del sacerdote me impresionó vivamente e hizo caer de un golpe uno de los prejuicios más sólidamente arraigados en mi mente: Tenía miedo a los sacerdotes. Sólo los conocía por las novelas, que los representaban como hombres intolerantes, que sin cesar tenían en los labios las amenazas de la excomunión y las llamas del infierno. Y me encontré con un hombre instruido, modesto, bueno, franco, que lo esperaba todo de Dios [93]. A principios de agosto de ese año 1847, tuvo que hacer un viaje a Alemania y el domingo 8 de agosto fue a misa a la parroquia de Ems. Allí la presencia invisible, pero sentida por mí, de un poder sobrehumano, empezaron a agitarme. La gracia divina se complacía en derramarse sobre mí con toda su fuerza. En el acto de la elevación (de la hostia y del cáliz) a través de mis párpados sentí, de pronto, brotar un diluvio de lágrimas, que no cesaban de correr… ¡Oh momento por siempre jamás memorable para la salud de mi alma! Te tengo presente en mi mente con todas las sensaciones celestiales que me trajiste de lo Alto… Experimenté, entonces, lo que sin duda san Agustín debió sentir en su jardín de Casicíaco al oír el famoso Toma y lee… De pronto y espontáneamente, como por intuición, empecé a manifestar a Dios una confesión general interior y rápida de todas las enormes faltas cometidas desde mi infancia… Y, al mismo tiempo, sentía también una calma desconocida, que pronto vino a extenderse sobre mi alma como bálsamo consolador… Al salir de la iglesia de Ems, era ya cristiano. Sí, tan cristiano como es posible serlo, cuando no se ha recibido aún el santo bautismo[94]. A partir de ese día, estaba hambriento de la comunión eucarística. Regresó a París y el día 15 de ese mes de agosto, asistió en la capilla de la calle Regard al bautismo de cuatro judíos convertidos. El bautismo lo administraba el Padre Teodoro de Ratisbona, también judío convertido. Para él la ceremonia fue de gran emoción y le hizo suspirar por su propio bautismo, que se realizó el 28 de agosto, fiesta de san Agustín. Y en el momento de la ceremonia, dice él mismo: Mi cuerpo se estremeció y sentí una conmoción tan viva y tan fuerte que no sabría compararla mejor que al choque de una máquina eléctrica. Los ojos de mi cuerpo se cerraron, al mismo tiempo que los del alma se abrían a una luz sobrenatural y divina. Me encontré como sumido en un éxtasis de amor y me pareció participar de los gozos del paraíso y beber el torrente de delicias con las que el Señor inunda en la tierra a sus elegidos [95]. Su entrega a Jesús era total. Por eso, entró en el convento de los Padres carmelitas descalzos, tomando el nombre religioso de fray Agustín del Santísimo Sacramento. Y se ordenó de sacerdote el 20 de abril de 1851. A partir de ese día, toda su actividad sacerdotal la enfocó en fomentar el culto a Jesús Eucaristía. Por eso, se le llama el apóstol de la Eucaristía. Se había comprometido ante Dios con voto a predicar siempre sobre la Eucaristía. Toda su vida fue amar y hacer amar a Jesús Eucaristía, lo que no quiere decir que no amara también a María… Precisamente, decía después de convertido: Todos los pasos, todos los adelantos, los debo de manera bien evidente a nuestra Madre común, a la buena y santa Virgen María, refugio de pecadores, a quien cada día he implorado con fervor [96]. Una de sus grandes obras fue la fundación de la Adoración nocturna a Jesús Eucaristía. Murió el 20 de enero de 1871 en Spandau, cerca de Berlín, atendiendo a los prisioneros franceses allí confinados, durante la guerra franco-prusiana. IR A CONTENIDO . . 02. Teodoro de Ratisbona nació en 1802. Era hijo de un banquero judío de Estrasburgo y consideraba al cristianismo como una especie de idolatría. Escribe: ¡Cuántos combates tuve que sostener contra mis prejuicios y mis repugnancias anticristianas! ¡Más que dificultades de orden intelectual eran las torturas de una conciencia judaica las que había de superar! ¡Yo creía en Jesucristo, pero no podía invocarlo ni pronunciar su Nombre! ¡Tan profunda e inveterada es la aversión que sienten los judíos hacia Él! Estando enfermo, no me atrevía a invocar al Dios de la fe cristiana por temor de ofender al Dios de Abraham. La oscuridad era terrible, pero triunfó la gracia. El nombre de Jesús brotó de mi boca como un grito de angustia. Esto era en la tarde, a la mañana siguiente, mi fiebre había desaparecido y estaba totalmente restablecido. Desde entonces, me fue dulce invocar el Nombre de Jesús. También me atreví a invocar a la Virgen santa y llamarla mi Madre [97]. Oh, ¡cómo suspiraba por ser cristiano! ¡Cómo temblaba de gozo al asistir a una solemnidad católica! ¡No puedo olvidar la impresión primera que recibí en la celebración de una misa, cuando oí los cánticos sagrados, cuyos acordes resonaban en mi alma, colmándola de paz y recogimiento! [98] Teodoro de Ratisbona se convirtió y se ordenó sacerdote, trabajando incansablemente en la conversión de muchos otros judíos, por medio de la Congregación de Nuestra Señora de Sión, que él mismo fundó. IR A CONTENIDO . . 03. Alfonso María de Ratisbona (1814-1884) es hermano del anterior y es otro gran judío convertido. A los quince años había sufrido al ver convertirse a su hermano Teodoro, que al poco tiempo se hizo sacerdote. A los veintiocho años, siendo un banquero exitoso, anticristiano y sólo preocupado de las cosas y placeres del mundo, acepta el reto de su amigo católico, Teodoro de Bussières, de llevar la llamada medalla milagrosa y rezar cada día la oración Acordaos a la Virgen María (compuesta por san Bernardo). En esos días, estaba en Roma a punto de casarse. Entra con su amigo a la iglesia Sant’Andrea delle Fratte de Roma y ocurre el milagro. Mientras miraba la iglesia, desde un punto de vista artístico, se le aparece la Virgen María. Dice así: Paseé maquinalmente la mirada en torno a mí, sin detenerme en ningún pensamiento; recuerdo tan sólo a un perro negro que saltaba y brincaba ante mis pasos… En seguida, el perro desapareció, la iglesia entera desapareció, ya no vi, o más bien, ¡Oh Dios mío, vi una sola cosa! ¿Cómo sería posible explicar lo que es inexplicable? Cualquier descripción, por sublime que fuera, no sería más que una profanación de la inefable verdad. Yo estaba allí, prosternado, en lágrimas, con el corazón fuera de mí mismo, cuando M. de Bussières me devolvió a la vida. Al fin, tomé la medalla, que había colgado sobre mi pecho, besé efusivamente la imagen de la Virgen, radiante de gracia… ¡Oh, era, sin duda, Ella! No sabía dónde estaba; si yo era Alfonso u otro distinto; sentí un cambio tan total que me creía otro yo mismo… Buscaba cómo reencontrarme y no daba conmigo. La más ardiente alegría estalló en el fondo de mi alma… Sentí en mí algo solemne y sagrado que me hizo pedir un sacerdote. Se me condujo ante él y, sólo después de recibir su positiva orden, hablé como pude: de rodillas y con el corazón estremecido[99]. Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba todo; que saliendo de ella, veía claro. No puedo explicar ese cambio, sino comparándolo a un hombre a quien se despertara súbitamente de un profundo sueño; o por analogía, con un ciego de nacimiento que, de golpe, viera la luz del día; ve, pero no puede definir la luz que le ilumina y en cuyo ámbito contempla los objetos de su admiración. Si no se puede explicar la luz física ¿cómo podría explicarse la luz que, en el fondo, es la verdad misma? Creo permanecer en la verdad, diciendo que yo no tenía ciencia alguna de la letra, pero “entreveía el sentido y el espíritu de los dogmas”. Sentía, más que veía, esas cosas; y las sentía por los efectos inexpresables que produjeron en mí. Todo ocurría en mi interior; y esas impresiones, mil veces más rápidas que el pensamiento, no habían tan sólo conmocionado mi alma, sino que la habían como vuelto al revés, dirigiéndola en otro sentido, hacia otro fin y hacia una nueva vida. A partir de ese momento, mis prevenciones contra el cristianismo se borraron sin dejar rastro, lo mismo que los prejuicios de mi infancia. El amor de Dios ocupaba el lugar de cualquier otro amor[100]. A su amigo Teodoro, que escribió un libro sobre su conversión, le pudo decir al salir de la iglesia: La he visto, la he visto. Todo el edificio desapareció de mi vista, vi un gran resplandor y en medio de aquel resplandor sobre el altar, se me apareció erguida, espléndida, llena de majestad y de dulzura la Virgen María y me sonrió, no me dijo nada, pero yo lo comprendí todo [101]. Tal como su hermano Teodoro, se hizo un sacerdote ejemplar y hoy es un santo conocido como san Alfonso de Ratisbona. En la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte hay una inscripción que recuerda el milagro y donde se leen estas palabras en la capilla de la Virgen: El 20 de enero de 1842, Alfonso de Ratisbona de Estrasburgo, vino aquí judío empedernido. La Virgen se le apareció como la ves. Cayó judío y se levantó cristiano. Extranjero, lleva contigo este preciso recuerdo de la misericordia de Dios y de la Santísima Virgen. IR A CONTENIDO . . 04. Henri Bergson (1859-1941) ha sido el mejor filósofo francés. Su camino hacia la Iglesia lo hizo desde el materialismo científico y ateo hasta encontrar a Cristo como plenitud de la fe judía en la Iglesia. Sus libros La evolución creadora y Las dos fuentes de la moral y de la religión, marcaron su descubrimiento de la existencia del alma y de lo espiritual. No llegó a ser bautizado públicamente por no querer traicionar a sus hermanos judíos en tiempos de persecución, pero era totalmente católico de corazón. En su testamento, escrito el 8 de febrero de 1937, dice así: ¡Mis reflexiones me han llevado cada vez más cerca del catolicismo, donde yo veo el cumplimiento total del judaísmo. Me habría convertido, si no hubiera visto que se prepara una formidable ola de antiseminismo. Yo he querido quedarme entre los que serán perseguidos. Pero yo espero que un sacerdote católico querrá, si el cardenal arzobispo de París lo autoriza, venir a orar ante mis restos. En caso de que no sea posible esta autorización, habría que dirigirse a un rabino sin ocultarle y sin ocultar a nadie mi adhesión moral al catolicismo así como el deseo manifestado por mí de tener en primer lugar las oraciones de un sacerdote católico [102]. El sacerdote católico vino y él, como diría el Padre Sertillanges, recibió un bautismo de deseo, siendo así católico de corazón. IR A CONTENIDO . . 05. Edith Stein (1891-1948) nació en Breslau, Alemania, en 1891. Era de familia judía. Destacó en el colegio y fue a Göttingen a estudiar filosofía. Allí conoció a Husserl y quedó deslumbrada por la nueva fenomenología. En 1914, en tiempo de la primera guerra mundial, se apuntó como enfermera voluntaria. La enviaron a un hospital austríaco. Atendió a soldados con tifus y heridas de toda clase, recibiendo la medalla al valor por su trabajo en el hospital. Con el tiempo, algunas conversiones de amigos suyos le impresionaron y empezó a leer obras sobre el cristianismo. Cuando murió su profesor de filosofía Adolfo Reinach, fue a visitar a la viuda, de la que era amiga, y al ver su fortaleza espiritual, dice: Allí encontré por primera vez la cruz y el poder divino que comunica a los que la llevan. Fue mi primer vislumbre de la Iglesia, nacida de la pasión redentora de Cristo, de su victoria sobre la mordedura de la muerte. En ese momento, mi incredulidad se derrumbó; el judaísmo palideció ante la aurora de Cristo, Cristo en el misterio de la cruz [103]. Su fe en Cristo se acrecentó de forma decisiva al leer la Vida de santa Teresa de Jesús, escrita por la misma santa. Dice: Empecé a leer y fui cautivada inmediatamente, sin poder dejar de leer hasta el fin. Cuando cerré el libro, me dije: Ésta es la verdad [104]. A la mañana siguiente, se compró un catecismo católico y un misal y se puso a estudiarlos rápidamente. Después, se decidió a asistir en Bergzabern a la misa parroquial por primera vez. He aquí sus impresiones: Nada me parecía extraño. Gracias al estudio que había hecho previamente, seguía todas las ceremonias hasta el último detalle. Un sacerdote venerable se llegó al altar y celebró el santo sacrificio con profundo fervor. Terminada la misa, esperé que acabara su acción de gracias. Luego, le seguí hasta la casa parroquial. Allí le pedí el bautismo… El sacerdote me hizo un examen. Mis contestaciones eran perfectas. Pasó revista a toda la doctrina católica. El buen sacerdote, lleno de admiración, ya no se atrevía a rechazar mi bautismo. El 1 de enero de 1922 renacía a una nueva vida con el bautismo y recibía la comunión. Su madrina Hedwig Conrad-Martius, recuerda aquel día con estas palabras: Lo más bello de todo era su alegría radiante, una alegría infantil [105]. A partir de ese día, con permiso, pudo comulgar todos los días. Pero fue tanto su entusiasmo por su nueva fe, que se decidió a entregar su vida totalmente a Dios y entró en las carmelitas descalzas de Colonia el 15 de octubre de 1933, a los 42 años de edad, con el nombre de Sor Teresa Benedicta de la Cruz. Así terminaba su itinerario, desde la filosofía fenomenológica de Husserl hasta el Carmelo. Pero la situación de los judíos de Alemania se hacía cada vez más difícil, así que salió de su convento de Colonia para ir al Carmelo de Echt, en Holanda. Cuando, en la primavera de 1940, Holanda fue ocupada por los nazis, la jerarquía católica holandesa escribió una carta al comisario del Reich, Seyss Inquart, protestando contra el trato vejatorio a los judíos. Se oyeron protestas en los púlpitos como la del obispo de Utrecht. Las SS. alemanas reaccionaron con represalias, deteniendo a todos los católicos de origen hebreo. El 2 de agosto de 1942, se presentaron al convento de Echt en busca de Edith Stein y su hermana Rosa, refugiada allí. Se las llevaron de Holanda con destino desconocido. Más tarde se supo que el destino final de Edith (…) fue Auschwitz. Allí entregó su alma a Dios el 9 de agosto de 1942. El Papa Juan Pablo II la canonizó el 11 de octubre de 1998. Ahora es santa Edith Stein[106]. IR A CONTENIDO . . 06. Max Jacob (1876-1944) fue un gran pintor y poeta de familia judía. Su juventud estuvo llena de desórdenes y placeres, pero en el interior de su alma estaba insatisfecho consigo mismo y buscaba, como por intuición, un mundo espiritual. Y Dios le sale al encuentro. Dice así: Era el 7 de setiembre de 1909. Al volver de la Biblioteca nacional, he dejado mi cartera, he buscado mis zapatillas y, al volver la cabeza, había alguien delante de la pared. Sí, había alguien. Mi carne se ha desplomado en tierra. El cuerpo celeste estaba sobre la pared de la alcoba. ¿Por qué, Señor? ¡Oh, perdóname! Se hallaba en un paisaje que yo había dibujado hace tiempo… pero Él ¡qué belleza, qué elegancia y dulzura! ¡Sus hombros, su andar! Llevaba una túnica de seda amarilla con adornos azules. ¡Se ha vuelto y he visto su rostro apacible, resplandeciente! [107] Él aseguró haber visto a Jesucristo. Y presentó siempre este acontecimiento como la causa de su conversión. Al día siguiente, va a la iglesia a pedir el bautismo, pero fue despachado con buenas palabras. El pobre Max no había llegado al extremo de sus penas y desilusiones. La ruta de la conversión era más ardua de lo que él pensaba. No bastaba creer, hacía falta también reajustar su vida entera, lo que no le resultaba fácil, pero el 17 de diciembre de 1914, otra vez se le presenta la aparición en un cine. Él dice: ¿Por qué a mí y no a los otros? ¡Es imposible y con todo es verdad! En el cine, de repente, estoy seguro que era Él, con su túnica blanca, sus largos cabellos negros y ondulados, recogidos un poco en la nuca, ¡Oh Dios mío, yo os amo! [108] A partir de ese día, insiste tanto en el bautismo que el 18 de febrero de 1915 recibe este sacramento. Como todo convertido, tenía una gran devoción a María, en cuyo honor compuso una letanía. El 24 de febrero de 1944 era detenido por los alemanes y llevado al campo de concentración de Drancy. Murió el 5 de marzo. En su bolsillo le encontraron un rosario. IR A CONTENIDO . . 07. Raphael Simon, siquíatra judío, nacido en 1907 en Nueva York. En el escrito sobre su conversión, titulado The road to Damascus (El camino a Damasco), dice: Un día, abrí el Nuevo Testamento y leí: “No os inquietéis por vuestra vida, qué comeréis ni por vuestro cuerpo con qué os vestiréis. Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan ni tienen graneros y vuestro Padre celestial las alimenta… Buscad primero el reino de Dios y su justicia que todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 24-34). Aquí estaba la respuesta de Dios a mis atormentadas preguntas. Una gran paz me invadió. Y decidí dedicar todos los días cierto tiempo para la lectura del Nuevo Testamento… Se me habían abierto los ojos del alma, al descubrir cuán digno de amor es Jesús. Él era verdaderamente el hijo de Dios y había venido a la tierra en forma carnal, habiendo tomado la naturaleza humana en el seno de la Virgen María. Yo había llegado al convencimiento de la divinidad de Jesucristo. Mi origen judío no era ningún obstáculo. ¿No fue su fundador Jesucristo, un judío? ¿No fueron judíos su madre y sus apóstoles? ¿No se formó con judíos la primera comunidad de Jerusalén?… Después de recibir mi bautismo el 6 de noviembre de 1936, encontré en abundancia todo aquello que había esperado. En la Iglesia hallé lo que faltaba en el moderno judaísmo. Dios vivía en medio de su pueblo, los semitas espirituales [109]. Al final de su vida, se hizo sacerdote y religioso cisterciense. IR A CONTENIDO . . 08. Kenneth Simon, médico y científico judío, nació en 1909. Escribió su historia y conversión en el libro The glory of the people (La gloria del pueblo). Se hizo sacerdote en la Trapa de Nuestra Señora del Valle en el estado norteamericano de Rhode Island. IR A CONTENIDO . . 09. René Schwob (1895-1946) escribió su conversión en el libro Yo judío. En su otro libro Lourdes, ciudad de oración habla de su gran amor a María. IR A CONTENIDO . . 10. Jean Jacques Bernard (1888-1972), escritor y dramaturgo francés de familia judía. Cuando fue detenido en diciembre de 1941, no era todavía católico, pero en el campo de concentración encontró a Cristo a través de auténticos cristianos y, entonces, se dio cuenta de que Cristo es la culminación del judaísmo, que, en vez de alejarlo de su pueblo, lo había acercado más a él. Dice: Un judío es un hombre de la raza de Cristo, de la raza de la madre de Cristo. Y démonos cuenta también de que un cristiano es un hombre que lleva a Cristo en sí. Cristo se perpetúa sobre la tierra en cada cristiano. Así, un judío que llega a ser cristiano, completa en sí toda una evolución; compensa en cierta medida, la ceguera de aquellos que no han reconocido al Dios anunciado. Y esto exige que un judío hecho cristiano, hecho Cristo sobre la tierra, podrá ser crucificado por los hermanos aún extraviados, aunque él, en su corazón cristiano, no dejará de amarles y de rezar por ellos… Nunca repetirá bastante que el Dios de Israel es nuestro Dios, los profetas de Israel son nuestros profetas y los salmos de Israel impregnan toda nuestra liturgia. El cristianismo se asienta en el judaísmo; igual que una encina echa raíces en el suelo donde fue plantada su simiente… Antes de mi conversión, iba hacia la Iglesia sin sospechar que iba, al mismo tiempo, hacia Israel. La Iglesia e Israel son una misma y única religión. La religión madre y el complemento. El Antiguo y el Nuevo Testamento. ¡Un mismo Dios! ¡Una misma fe! Después de esto, el sentimiento de mi deuda respecto a los judíos no ha cesado de aumentar… Sé bien lo que venimos a buscar los hijos de Israel en la Iglesia. Por encima de todos los errores, las cegueras, las incomprensiones y las deformaciones, por encima también de los olvidos y de las rutinas, de la pereza y de las somnolencias, venimos a buscar la palabra verdadera de nuestro común hermano, de Jesús, que siempre está vivo [110]. IR A CONTENIDO . . 11. Eugenio Zolli (1881-1956) nació en 1881 en Polonia. En 1904 va a Viena a seguir la carrera de rabino, fiel a la tradición familiar, ya que por vía materna se habían sucedido rabinos por más de dos siglos. En 1913 se casa con Adela Litwak, una judía polaca muy religiosa, que muere en 1917, dejando una hija: Dora. En 1920 es nombrado jefe rabino de Trieste (Italia) y, ese mismo año, se casa con Emma Majonica, de la que tuvo otra hija: Myriam. En 1933 adquiere la ciudadanía italiana y se cambia el apellido Zoller por Zolli. Fue nombrado profesor de lengua y literatura hebraica en la Universidad de Padua. En 1935 escribió una carta al rabino jefe de Roma sobre los actos inhumanos cometidos contra los hebreos en Alemania, para que informara a Mussolini. En 1938, ante las leyes racistas, introducidas en Italia, Zolli protestó públicamente. Pero el gobierno italiano le quitó la nacionalidad italiana. En 1940 recibió el cargo de rabino jefe de Roma. Los judíos de Roma estaban divididos entre filofascistas y sionistas. En Roma, durante los primeros meses de su cargo, procuró defender a los hebreos de las leyes antisemitas. Pero la situación empeoró con la llegada de los alemanes a Roma en setiembre de 1943. El 26 de setiembre, el comandante Herbert Kappler impone a los judíos de Roma el pago de cincuenta kilos de oro para no deportar a 300 de ellos, que estaban fichados. La comunidad judía reúne 35 kilos. Zolli acude al Vaticano para pedir el resto y la respuesta es positiva. Al final, los quince kilos del Vaticano no harán falta, porque se habían conseguido por otros medios. Pero el oro no sirvió de nada, pues las deportaciones comenzaron. Sólo se frenaron por intervención del Papa Pío XII. Por eso, dice él que el hebraísmo mundial tiene una gran deuda de gratitud con el Papa Pío XII. En 1944, presentó su renuncia al cargo de rabino de Roma por motivos personales. ¿Qué había pasado? Había decidido convertirse al catolicismo. Su conversión no fue cosa de un día, sino un largo proceso, que fue madurando a lo largo de los años. Él cuenta en su Autobiografía algunos de estos momentos importantes, en su camino hacia su conversión o hacia la plenitud de su amor a Jesús. Hacia fines de 1917 o principios de 1918, una tarde, estaba en casa solo, escribiendo uno de los acostumbrados artículos para la Lehrerstime. De pronto, dejé la pluma sobre la mesa y, como arrobado, comencé a invocar el nombre de Jesús, encontrando mucha paz. Entonces, apareció Jesús en un gran cuadro sin marco, en el ángulo oscuro de la habitación. Lo contemplé durante largo tiempo sin ningún nerviosismo, con perfecta serenidad de espíritu. Ni entonces ni ahora, después de más de treinta años, sabría decir qué pasó en mi alma para producir un fenómeno semejante. ¿De qué se trataba? Ni entonces ni ahora me hago problemas. Para mí, me bastaba saber que era la presencia cercana de Jesús. Entonces, no se me presentó el deseo de hablar de ello con nadie y tampoco me planteé el problema de mi conversión… Jesús había entrado en mi vida interior como un dulce huésped, invocado y bien acogido. El amor de Jesús no significaba renegar de mi fe judía ni abrazar al cristianismo… Yo me sentía judío, naturalmente judío, y amaba naturalmente a Jesucristo. Y, en este amor mío por Jesús, no debían entrar ni el judaísmo ni el cristianismo. Yo con Jesús y Jesús en mí[111]. Una vez invoqué a Jesús y a María para pedirles la curación de mi esposa, gravemente enferma. Delante de una imagen de la Piedad, dije: “Tú eres madre, madre toda santa, toda santa en el dolor y en el amor. La mujer enferma es madre. Y callé. Vuelto hacia Jesús, le dije: Señor, tú sabes todo. ¿Me ayudarás? Sí, me dijo”. Me sentía con deseos de correr a casa para ver a la enferma. Pero tenía que trabajar y hasta me olvidé de haber rezado. Olvidé hasta el sí del Señor. Al llegar a casa, la fiebre y el delirio estaban llegando a su grado máximo y yo hacía de enfermero, porque estábamos solos. Pero, a medianoche, de un momento al otro, todo cambió de improviso. No podía creerme a mí mismo. Toqué la mano de la enferma y era una ex-enferma. Comenzamos a hablar… y razonaba perfectamente. Me sentí inquieto, como si me faltara algo, descubriendo que era el Sí de Jesús[112]. Yo amaba a Jesús y lo amaba cada vez más. Por muchos años, me parecía que se podía unir el judaísmo y el cristianismo. ¿Era esto una ilusión?, ¿una idea absurda? Yo amaba a ambos. ¿Qué podía hacer? El “Día de la Expiación” (Yom Kippur), de otoño de 1944, estaba presidiendo las liturgias religiosas en el Templo (sinagoga de Roma). Estaba en medio de una multitud de personas y comencé a sentir como una niebla espesa en mi alma, y perdiendo contacto con las personas y cosas que me rodeaban… Era la última función litúrgica y yo estaba con dos asistentes, uno a mi derecha y el otro a mi izquierda; pero les dejé recitar a ellos solos las oraciones y el canto. No sentía ni alegría ni dolor. Y, de pronto, vi con los ojos de la mente un prado con hierba luminosa, pero sin flores. En ese prado, vi a Jesucristo, vestido con un manto blanco y sobre su cabeza el cielo azul. Entonces, experimenté una inmensa paz interior. Si tuviera que dar una imagen del estado de mi alma, diría que era un límpido lago cristalino entre altas montañas. Dentro de mi corazón, escuché las palabras: “Tú estás aquí por última vez”. Las tomé en consideración con la más grande serenidad de espíritu. Y yo respondí. Amén. Así es, así será, así debe ser. Al llegar a casa, mi esposa me dijo: “Hoy mientras estabas delante del Arca de la Ley, me pareció, como si la blanca figura de Jesús, te impusiera las manos sobre tu cabeza, como si te estuviera bendiciendo”. Yo me quedé sorprendido, pero muy tranquilo. E hice como si no hubiera entendido. Y ella volvió a repetírmelo palabra por palabra. En ese momento, nuestra hija Myriam, que estaba en su habitación, nos llamó y nos dijo: “Esta noche estaba soñando y veía a Jesús muy alto, blanco, pero no recuerdo nada más”. Unos días después, renuncié a mi cargo de rabino de la Comunidad judía y busqué un sacerdote (Padre Dezza) para que me preparara para el bautismo[113]. Mi conversión fue motivada por el amor a Jesucristo, un amor que vino, poco a poco, por mis meditaciones de la Escritura[114]. En su libro Mi encuentro con Cristo, dice claramente: Yo había llegado hasta los confines extremos del reino de la Sagrada Escritura del Antiguo Pacto. Yo me dije: ¿no era Jesucristo un hijo de mi pueblo? ¿No era espíritu de mi mismo espíritu? Volví a emprender el difícil camino, camino sembrado de zarzas, que herían la planta del pie e iba dejando a lo largo de todas las sendas huellas de mi sangre bermeja, sangre que brotaba de heridas antiguas no cicatrizadas y de otras que se iban abriendo. Y yo no sabía que ésta era la sangre del Pacto Nuevo, que gracias a esta sangre yo encontraría el camino y la vida en un lejano mañana [115]. Toda mi vida pasada, ahora lo comprendo, no era más que un fatigoso, largo y doloroso camino hacia la gran luz de Jesucristo y yo doy gracias a Dios por su caridad infinita [116]. Jesucristo es el camino y el guía sublime. ¡Qué dulzura! ¡Qué suave es nuestro Señor! ¡Soy tan feliz en este mi amor hacia Jesús! Lo quiero y lo debo decir: “Yo amo mucho a Jesús. Yo quisiera que todos lo amaran. ¡Qué hermosa sería la vida! ¡Oh, si el amor de Jesús encendiese e iluminase todos los corazones! En un mundo así, todos serían felices. Los hombres se amarían todos. Todos seríamos hermanos y más que hermanos. ¡Dulce Jesús, difunde el amor! Tú, que eres la Bondad, haznos dignos de amarte y concédenos el don celestial de tu amor. Jesús mío, yo te amo. Te amo siempre más, siempre mejor. Acoge, acoge, acoge este pobre corazón. Es tuyo, es todo tuyo. El mismo amor con que te amo, es tuyo. Soy todo tuyo. Soy feliz de ser tuyo. Quiero serlo siempre, ahora y siempre, ahora y en la hora de la muerte” [117]. El Padre Dezza, jesuita, rector de la Universidad gregoriana de Roma, fue quien tomó a su cargo prepararlo para el bautismo. Fue bautizado con su esposa Emma por Mons. Traglia el 13 de febrero de 1945 con el nombre de Eugenio en honor del Papa Pío XII. El padre Dezza le dio la primera comunión. Su hija Myriam se convirtió y se bautizó un año después. Pero, a raíz de su conversión, llovieron sobre él toda clase de amenazas y calumnias. Los judíos lo excomulgaron y declararon apóstata; guardaron ayuno varios días y llevaron luto, como si hubiese muerto. Algunos judíos americanos hasta le ofrecieron dinero para que regresara a su antigua fe. Pero él decía: Después del santo bautismo, no soy capaz de odiar a nadie. Perdono a todos. Perdono, como Cristo me ha enseñado. Algunos protestantes también se le acercaron para ofrecerle dinero, si con su estudio de la Escritura, encontraba una justificación de las tesis protestantes contra el primado del Papa. Oscar Cullmann, teólogo protestante, en una entrevista al periódico 30 días, declaró que le hubiera gustado poder ofrecerle una cátedra en la Universidad de Basilea. Zolli no sólo rechazó la idea sino que se puso a escribir un libro para probar el primado del Papa, titulado La confesión y el drama de Pedro, que quedó inconcluso a su muerte. Cuando le preguntaron algunos por qué no se había hecho protestante, respondió: Protestar no es testimoniar. ¿Para qué han esperado 1500 años para protestar? La Iglesia católica fue reconocida por el mundo cristiano como la verdadera Iglesia durante quince siglos seguidos. Después de estos quince siglos nadie puede decir que la Iglesia católica no es la Iglesia de Cristo sin plantearse serios problemas. Yo admito la autenticidad de una sola Iglesia, aquella que fue anunciada a todos por mis propios antepasados, los doce apóstoles, que, como yo, han salido de la Sinagoga[118]. El Padre Dezza le ofreció alojamiento a él y a su familia dentro de la Universidad gregoriana y allí se desempeñó, varios años, como profesor del Instituto bíblico. El mismo Padre Dezza dice que, siendo profesor, cada mañana asistía a la misa en la capilla, comulgaba y se quedaba largo tiempo en oración. Cuando, una vez, le dije que era hora de desayunar, me dijo: “Se está tan bien en la capilla con el Señor que no quisiera salir jamás”. Y les decía a los católicos: Vosotros, que habéis nacido en la religión católica, no sois conscientes de la riqueza que habéis recibido desde la infancia por la fe y la gracia de Cristo, pero yo, que he llegado a la fe después de un largo trabajo de años y años, aprecio la grandeza del don de la fe y siento toda la alegría de ser cristiano[119]. Murió el 2 de marzo de 1956 a los 75 años y sus restos descansan en el cementerio de Verano de Roma. El gran mensaje que nos deja a todos es: El judaísmo es la promesa y el catolicismo el cumplimiento de la promesa; el Mesías, prometido al pueblo judío, ya vino en la persona adorable de Jesús, nuestro Dios y Señor; a quien él tanto amó, incluso antes de convertirse. IR A CONTENIDO . . 12. Karl Stern (1905-1975), de familia judía, nació en Alemania, pero pudo huir, cuando comenzaron las persecuciones contra los judíos por los nazis. Su proceso de conversión comenzó poco a poco, cuando estaba trabajando en el Instituto de Siquiatría de Munich. Por las noches, se reunía a estudiar la Biblia con una mujer católica, Frau Flamm, y una pareja de esposos japoneses, los Yamagiwa, que eran protestantes. Un día de diciembre de 1933 fue por primera vez a una iglesia católica a oír el tema Judaísmo y cristianismo, que iba a ser dictado por el cardenal de la ciudad. Esto tuvo un efecto muy positivo. Dice: El sermón me vino como especialmente pensado y dicho para mí y dejó una huella imborrable en mi alma. Recuerdo que las ligeras alusiones al pensamiento paulino con respecto al judaísmo postcristiano, descubrieron ante mi vista un mundo nuevo[120]. Debo confesar aquí, anticipadamente, que me costó mucho tiempo (aproximadamente diez años) el aceptar la divinidad de Jesucristo. Cuanto más creía en Él como Mesías, más me veía arrastrado hacia una especie de arrianismo, considerándolo simplemente como el personaje histórico o el profeta, que cumplía y rebasaba todas las profecías[121]. Fue una sensación dolorosísima para mí el ver que, precisamente, cuando acababa de redescubrir al judaísmo, cuando comenzaba a sentir en mi corazón el inmenso orgullo de mi rica herencia espiritual, en medio de un mundo de vulgar estupidez, cuando apenas había logrado la posesión de una verdad absoluta, tenía que abandonar lo que había hallado. Hoy día veo que, realmente, no tenía que abandonar nada. En el plano espiritual, el cristianismo es judaísmo, judaísmo llevado a su consumación. No hay una sola verdad esencial del Antiguo Testamento que rechace el cristianismo[122]. Vi, entonces, que la suerte de mi pueblo estaba estrechamente asociada a la suerte de Cristo en el mundo, que había gentes en torno mío que llevaban en su corazón al Dios de Israel, aunque no eran judíos; y, en la intensidad y profundidad de sus vidas, vi cumplida la profecía mesiánica de Isaías. Esto fue para mí el principio de una nueva perspectiva de la vida. Se había roto en pedazos algo de lo antiguo, aunque yo me empeñaba en que no era así, y había brotado algo nuevo. No veía aún claro adónde era conducido, pero sentía que nuevas luces significaban nuevos deberes y barruntaba que llegaría la hora en que tendría que dar el tremendo salto hacia lo desconocido[123]. Empecé a pensar: Si fuera cierto que Dios se hizo hombre por nosotros y que su vida y muerte tienen sentido personal para cada uno de los millones de seres humanos que se gastan en la hediondez de los tugurios, en un mundo sin horizontes, en sofocante angustia de odio, enfermedades y muerte; si fuera eso cierto, aún habría algo que da a la vida un valor infinito. ¡Pensar que llama a las puertas de esos millones de oscuras moradas, quien puede ofrecer promesas seguras a cada uno de sus habitantes! Cristo salva el caos de la historia y, al mismo tiempo, salva la mezquindad de cada existencia personal[124]. Un día de 1938, estando ya en Londres, entré a una iglesia católica a orar. Era la iglesia de los padres dominicos de Hampstead, cerca de nuestra casa. Iba todas las mañanas antes del trabajo. Oraba en el altar derecho. No tenía idea exacta de ello, pero creía, de algún modo, en el poder de la oración. No recuerdo de qué forma había llegado a esa convicción, pero aceptaba la eficacia de la oración como una verdad incuestionable. Y ponía en ella mucha fuerza, por no saber qué otro socorro práctico podía ofrecer a mi padre y a mi hermano (lejanos)[125]. La providencia me había hecho judío. Me sentía tal con todas las fibras de mi corazón. Sentía en el judaísmo el calor protector de la sangre. ¿Cómo podría dudar nunca de que mi deber estaba entre ellos? Sin embargo, lejos, a mi espalda, oía voces apagadas que me recordaban otra lealtad. Aquellos cristianos de Munich, que habían sufrido por nosotros en la noche de la aniquilación y con los cuales había visto, por primera vez, un Israel supranacional, parecían hacerme señas de que no los traicionara. También aquello me imponía una obligación. Sabía que había sacerdotes y ministros en los campos de concentración; sabía que, entre tanta ruindad y brutalidad, había infinidad de inestimables sacrificios anónimos, que se llevaban a cabo en nombre de Jesús de Nazaret, el ungido de Israel; sacrificios realizados por quienes no pertenecían a nosotros por la carne… Durante bastante tiempo pensé que me sería posible permanecer judío, conservando el secreto de Jesús… Imposible que Cristo exigiera de nosotros la deserción en el momento preciso en que nuestro pueblo se debatía entre espasmos de agonía. La mayor parte de los judíos, que se mantienen con el pie en el umbral de la Iglesia, creen que ni Jesús hubiera abandonado la comunidad judía del dolor en un momento tan crítico de la historia. Sin embargo, había algo oscuro en este pensamiento y es que, por primera vez en la historia desde Cristo, en esta persecución nazi, no se acosaba a los judíos a causa de su religión, sino únicamente a causa de su raza. En rigor, había visto que los cristianos judíos de Alemania lo pasaban, frecuentemente, peor que los judíos de religión, repudiados por los cristianos por judíos, y por los judíos por renegados. Participaban en esto de la suerte de Cristo, de quien dice Pascal que era, igualmente, indeseado por paganos y por judíos. Por este tiempo, pasé muchas tardes en conversación con una monja del Sagrado Corazón[126]. La Iglesia católica está formada por la masa de la humanidad y de aquí que, el extraño que se acerca a ella, tropiece con una espesa corteza de mediocridad… Nos costó también a nosotros tiempo y trabajo el ver el inmenso tesoro escondido de santidad anónima, que hay en la Iglesia; el poder espiritual que fluye y refluye a diario en millones de almas desconocidas, los ríos de sacrificios que hacen por motivos sobrenaturales multitudes de humildes obreros, religiosos de comunidad, sacerdotes y laicos juntamente. Bajo un aspecto superficial, hay otra vez aquí una extraña semejanza entre el judaísmo y la Iglesia: la mala conducta de un miembro se hace más pública que la santidad de cien[127]. En Londres escuché a predicadores no católicos de diversas denominaciones. Varias cosas me causaron sorpresa en ellos. No les oí jamás nada positivo, incompatible con la doctrina católica. Todos, me parecía, que recalcaban ideas que había ya encontrado en la Iglesia. Los únicos puntos en que no se expresaban como católicos eran negaciones. Lo que en sus orígenes fueron anhelos de libertad los ha conducido a un extraordinario subjetivismo… la Iglesia refleja facetas diversas de la historia. El Evangelio es siempre el mismo, pero la vida del Evangelio, en la barahúnda del siglo IV se echa de ver en san Agustín. La vida del Evangelio en las alturas de los siglos medievales, se contempla en santo Tomás de Aquino. En el siglo XIX, la Iglesia comenzó a exaltar el caminito (de infancia espiritual de santa Teresita), la vida mística de las almas humildes. Ésta era la única respuesta apropiada a la amenaza de la época de los negocios. Cristo tiene siempre la respuesta más propia a flor de labios y nos la da por medio de sus santos… La Iglesia no hace más que reafirmar un aspecto de su doctrina eterna. Cada siglo, la Iglesia toma un lápiz rojo en la mano y subraya ciertas palabras del Evangelio, que resultan ser las más a propósito para las circunstancias del momento[128]. No olvidaré jamás la mañana de mi bautismo y primera comunión (21 de diciembre de 1943). Exteriormente todo parecía igual que todas las mañanas de diciembre. Al entrar en la iglesia de los padres franciscanos de Montreal, afuera era todavía oscuro. Dentro estaba la aglomeración de pueblo que uno encuentra siempre en todas las iglesias católicas en los distritos más poblados de las grandes ciudades. Eran hombres y mujeres de las pequeñas viviendas contiguas a los andenes del tren y de las vecindades del núcleo comercial de la ciudad. Algunos parecían empleados de un hospital vecino. Iban a misa temprano, después de trabajar toda la noche. Nuestras vidas, la de mi esposa y de mis amigos, habían llevado una marcha convergente con la de aquellos desconocidos, que nos rodeaban. También sentí como si estuvieran con nosotros: mis padres, Kaspar Russ, Jacques Maritain, Dorothy Day y las piadosas sirvientas de casa de nuestra infancia. Sobre una cosa no tenía la menor duda: nosotros habíamos corrido acercándonos o alejándonos de Cristo, pero Él había estado siempre en el punto céntrico de los acontecimientos[129]. Karl Stern, gran siquíatra canadiense de origen alemán, que encontró en Cristo al Mesías prometido al pueblo judío durante siglos. IR A CONTENIDO . . 13. Bernard Nathanson, considerado el rey del aborto, porque había dirigido la clínica abortista más grande del mundo en Nueva York, era de familia judía, aunque había perdido la fe y era prácticamente ateo. En su libro autobiográfico La mano de Dios, nos cuenta su conversión. He trabajado como nadie para hacer el aborto legal y disponible a petición (en USA). En 1968 fui uno de los tres fundadores de la liga de acción nacional por el derecho al aborto. Dirigí la mayor clínica abortista de Estados Unidos y, como director, supervisé decenas de miles de abortos (más de 70.000)[130]. Nuestra línea de conducta favorita era achacar a la Iglesia cada muerte producida por abortos caseros. Se daban cada año unas trescientas muertes por abortos delictivos en los años sesenta en USA, pero Naral y sus notas de prensa afirmaban tener datos que apoyaban la cifra de cinco mil… Cuando la nueva normativa (del aborto legal) entró en vigor el 1 de julio de 1970, organicé y puse en escena un amplio simposio sobre técnicas abortistas en el centro médico de la Universidad de Nueva York… El negocio se disparó. En seis meses, la clínica, cuyo nombre oficial era “Centro para la salud reproductora y sexual”, pero se conocía vulgarmente como Servicios a mujeres, aumentó su cuenta diaria de abortos pasando de 10 a 120[131]. Yo mismo realicé el aborto de mi propio hijo… A mitad de los años sesenta, dejé en cinta a una mujer que me quería mucho. Me rogó seguir adelante con el embarazo y tener a nuestro hijo… Yo ya había tenido dos matrimonios fracasados, ambos destruidos, sobre todo por mi narcisismo egoísta y mi incapacidad de amar… No veía salida a la situación y le dije que no me casaría con ella y que, de momento, tampoco me llegaba para mantener un hijo y no sólo exigí que acabara con el embarazo como condición para continuar nuestras relaciones, sino que también le informé fríamente que yo mismo realizaría el aborto. Y lo hice[132]. Había realizado muchos miles de abortos a niños inocentes y había fallado a mis seres queridos. De mi segundo y tercer matrimonio no puedo escribir en detalle, todavía es demasiado doloroso para mí. Cuando escribo esto, yo he pasado por toda la panoplia de remedios seculares: alcohol, tranquilizantes, libros de autoasistencia, consejeros. Incluso me he permitido cuatro años de psicoanálisis a principios de los setenta… Yo me despreciaba a mí mismo. Quizás había llegado por fin al principio de la búsqueda de la dignidad humana. Había empezado a hacer un autoexamen serio… Yo sabía que la enfermedad principal consistía en cortar los lazos entre el pecado y la culpa… Necesitaba ser llamado al orden y educado[133]. Cuando a principios de los años setenta, los ultrasonidos me mostraron a un embrión en el vientre materno, sencillamente perdí la fe en el aborto a petición… Quedé estremecido hasta el fondo del alma por lo que vi. Las cintas eran asombrosas. Algunas no eran de mucha calidad, pero seleccioné una de mejor calidad que el resto y empecé a ponerla en encuentros pro-vida por todo el país… Don Smith quiso convertir mi video en una película y así es como acabó haciéndose “El grito silencioso”, que tanto furor había de causar… El grito silencioso mostraba cómo se despedazaba en el útero un feto de doce semanas con una combinación de succión e instrumental de aplastamiento por parte del abortista… El grito silencioso era un arma poderosa. No consiguió cambiar la mente de los legisladores, pero creo, y lo digo humildemente, que ha salvado la vida de algunos bebés. Al menos, espero que así haya sido[134]. Y, por primera vez, en toda mi vida adulta, empecé a considerar seriamente la noción de Dios, un Dios que me había conducido inexplicablemente por todos los intricados círculos del infierno, sólo para enseñarme el camino de la redención y la misericordia a través de su gracia… No experimenté una instantánea epifanía cegadora ni empecé a rezar Avemarías… En mi caso, fui llevado a una búsqueda, revisando las literaturas de las conversiones, incluyendo “El pilar de fuego” de Karl Stern. También leí a Malcolm Muggeridge, Walter Percy, Graham Greene, C.S. Lewis, al cardenal Newman y a otros más[135]. Por fin se bautizó en la catedral de San Patricio de Nueva York, el 9 de diciembre de 1996. Fue un momento muy difícil. Estaba completamente emocionado. Y, después, cayó esa fría agua purificadora sobre mí y voces suaves y un inexpresable sentimiento de paz… Soy optimista ante el futuro, independientemente, de lo que puede traer consigo, porque he vuelto mi vida hacia Cristo. Ya no tengo control de mi vida ni quiero tenerlo. Nadie puede hacerlo peor de lo que yo lo hice. Ahora estoy, simplemente, en las manos de Dios[136]. Bernard Nathanson se dedicó hasta su muerte a practicar la ginecología en las zonas más pobres de Nueva York para ayudar a los más necesitados. Un hombre que nació de nuevo por el bautismo y a quien Dios dio una nueva oportunidad de ser feliz, como te la da también a ti. IR A CONTENIDO . . 14. Jeri Westerson, periodista, escritora y novelista. Dice sobre su conversión: Yo era judía, pero sólo de nombre. Me consideraba atea y actuaba como tal, pero crecí en la tradición del judaísmo americano… Yo quería ser novelista y estaba escribiendo mi última novela sobre los monjes de la Edad Media. Por eso, fui a entrevistar a monjes reales a un monasterio benedictino. Yo no sabía si sería bien recibida como mujer y como judía… Tenía muchos prejuicios y equivocadas ideas sobre la Iglesia como muchos no-católicos. En el monasterio me dieron una habitación para alojarme. Sobre mi cama, había en la pared un crucifijo. Algunos años antes, la presencia de tal símbolo me habría vuelto nerviosa, pero ahora no estaba nerviosa. ¿Era familiaridad? ¿Era otra cosa? Pero en medio de mis reflexiones sobre la vida de los monjes, aquella primera noche sucedió algo. Es difícil describirlo con palabras, aunque lo he intentado varias veces. Yo sentí, de repente, una presencia inmensa, que venía de fuera y que me rodeó y llegó a lo más profundo de mi ser. Y una voz, que no era voz, dijo dos simples palabras: “Wake up” (Despierta). Yo me sentía como un vaso vacío que es llenado al instante. En aquel momento, la atea judía se dio cuenta de que aquella voz no era imaginación, sino que era la verdadera voz del Espíritu de Dios… ¿Era aquello una experiencia cristiana? ¿Estaba aceptando a Dios y a Jesucristo? Decidí intentar dormir, pero, después de una noche sin dormir, me levanté a las 4,45 a.m., la hora en que los monjes van a rezar… En la misa, fui de nuevo tocada por una emoción que no podía comprender. Me senté y lloré sin comprender la gran magnitud de lo que el Espíritu Santo estaba haciendo en mí. En mi camino a casa, mientras manejaba mi coche, me preguntaba qué pensaría mi esposo de estos sentimientos que estaba teniendo. Yo pensaba que estos sentimientos podrían desaparecer en un mes y los olvidaría como un sueño agradable. Pero, para mi sorpresa, después de un mes, los sentimientos eran aún más intensos, hasta que le dije a mi esposo que estaba pensando en convertirme a la Iglesia católica… Tuve que rehacer toda la novela y comencé a leer los Evangelios y a ir a misa… Busqué hablar con un sacerdote, Fr. Gerard McGuinness, quien me llevó a su oficina y escuchó toda mi historia. Empecé a leer libros sobre la Iglesia, pues no podía aceptar todo fácilmente. Escuchaba misa todos los días… Después de varios meses de oír misa todos los días, comenzó mi preparación llamada “Iniciación cristiana de adultos”. Algunas doctrinas, como la Trinidad o la Eucaristía, no fueron difíciles de aceptar, pero la devoción a María y rezar rosarios fue algo más duro… Fui bautizada en Pentecostés, y ese día recibí la Eucaristía. Yo me emocioné muchísimo… Mi hijo fue bautizado seis meses después de mí y, dos años más tarde, mi esposo. En mi primer año de católica, fui lectora y ministro de la Eucaristía, me uní al coro y llegué a ser profesora de educación religiosa. En mi segundo año, me nombraron directora del coro y ahora soy coordinadora y enseño en el programa de Iniciación cristiana de adultos. Me siento muy agradecida de haber vuelto a casa en la Iglesia católica[137]. IR A CONTENIDO . . 15. Jean Marie Lustiger, nacido en París en 1926 de familia judía, originaria de Polonia, relata en su libro La elección de Dios los recuerdos de su infancia y juventud hasta su conversión al catolicismo. También responde a una serie de preguntas que le hacen los periodistas, Missika y Wolton, escéptico uno y agnóstico el otro respectivamente. Cuenta Lustiger la desesperación de sus padres, cuando quiso hacerse católico y los esfuerzos que hicieron para desanimarlo de esta decisión, que tomó junto con su hermana. Había comenzado hacía tiempo a leer a escondidas el Evangelio y algunos libros cristianos. También influyeron en su decisión algunos amigos católicos. Él cuenta así el momento clave: Entré un día en la catedral (de Orleans). Era un día que hoy sé que era Jueves Santo. Me detuve en el crucero sur, donde brillaban un amontonamiento ordenado de flores y luces. Permanecí un buen rato absorto. Yo ignoraba el significado de lo que veía. No sabía qué fiesta se celebraba ni qué hacía aquella gente allí en silencio. Volví a mi habitación. No dije nada a nadie. Al día siguiente, volví a la catedral. Quería volver a ver aquel lugar. La iglesia estaba vacía. Espiritualmente vacía también. Sufrí la prueba de aquel vacío: no sabía que era viernes santo. No hago más que describir la materialidad de las cosas y, en aquel momento, fue cuando pensé: quiero que me bauticen… La persona de la casa, donde nos hospedábamos, me dirigió al obispo de Orleans, Monseñor Courcoux. Era un oratoriano muy culto; me instruyó en la doctrina cristiana mediante clases particulares. Desde el comienzo de nuestros encuentros, me aconsejó que pidiera permiso a mis padres. El día que hablé con mis padres fue una escena muy dolorosa, totalmente insoportable. Al final, aceptaron… Yo no tenía en absoluto la sensación de traicionar (la condición judía) ni de esconderme ni de abandonar algo, sino, por el contrario, de haber descubierto el alcance, el significado de lo que había recibido al nacer. Pero a ellos les parecía incomprensible, absurdo, era lo peor de todo, la peor desgracia que podía haberles sucedido… Para ser exacto, creí en Jesucristo, el Mesías de Israel. Cristalizó en mí algo que llevaba dentro desde hacía años y que no había explicado a nadie. Supe que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios[138]. A su madre la deportaron y murió en el campo de concentración de Auschwitz. Él empezó a ir a misa todos los días. Y en 1946, a los veinte años, ingresa al Seminario, porque quiere ser sacerdote. Es ordenado sacerdote en 1954 y, durante quince años, se dedica a trabajar como capellán de universitarios. En 1969, es nombrado párroco. En 1979 es nombrado obispo de Orleans y dice: El hecho de encontrarme en la catedral de Orleans, exactamente en el mismo lugar en el que por primera vez tuve la intuición del Mesías sufriente, la ofrenda del cuerpo y la sangre derramada, y su presencia en la Eucaristía, aquello daba a mi existencia en Orleans una intensidad extraordinaria… El despacho donde el obispo Monseñor Courcoux me había instruido en la doctrina cristiana, se convertía en mi despacho; celebraba la misa en la misma capilla donde me habían bautizado. Me encontraba con sacerdotes y laicos que habían sido mis compañeros de clase y ahora era yo su pastor. Dios me pedía que les diera lo que yo había recibido de ellos[139]. Al año y tres meses de ser obispo de Orleans, lo nombraron arzobispo de París y después cardenal. Jean Marie Lustiger, un hombre de gran cultura y mucha apertura a todas las culturas, que vivió en propia carne la discriminación por ser judío y que aprendió que el Mesías prometido al pueblo de Israel era un Mesías sufriente, que se nos presentó en la persona de Jesús. IR A CONTENIDO . . 16. Martin K. Barrack escribe sobre su conversión: Yo nací en una familia judía. Cristo y los católicos eran las cosas más lejanas de mi mente. Conocí a Irene, una católica fervorosa, y me casé con ella. Durante los siguientes veinte años, ella vivió como católica y yo como judío. Yo la llevaba a misa los domingos, cuando hacía mal tiempo, y ella me preparaba cariñosamente comidas judías en las fiestas. Un día, cuando yo tenía 43 años, caminaba hacia un centro comercial, cuando sentí una paz muy grande según me acercaba a la iglesia católica cercana, y una voz interior me decía: “Yo te amo, siempre te he amado. Ven a casa…” Cuando pasé la iglesia, el sentido de paz disminuyó. Yo lo atribuí todo eso a mi imaginación y no le di importancia, pues desapareció al llegar al centro comercial. Pero lo mismo sucedió al regresar. Según me acercaba a la iglesia, tenía el mismo sentimiento de paz. Unas semanas más tarde, hice el mismo recorrido. Ya había olvidado lo ocurrido y me sucedió lo mismo, y vino a mí la misma voz interior. Entonces, empecé a pensar que Dios me llamaba para algo. Una noche, Irene y yo vimos un documental sobre la Sábana Santa de Turín. Estudié el asunto y me convencí de que allí, en la Sábana Santa, había estado el cuerpo de Jesús y que su imagen se había grabado en el momento de la resurrección, según decían también algunos científicos. Entonces, empecé a pensar: Si Jesús resucitó, Jesús es Dios. Así empecé a pensar seriamente en hacerme cristiano. Leí el catecismo de la Iglesia con todas las enseñanzas de la fe católica y comencé a asistir a clases para la formación cristiana de adultos. Así comprendí que el catolicismo completa al judaísmo, y que hacerse católico era llegar a casa. La Vigilia de Pascua de 1989 fue el día más grande de mi vida. Recibí los tres sacramentos: bautismo, confirmación y comunión. A mi familia judía les decía que aceptaba a Jesús como el Mesías prometido y, aceptaba toda la herencia judía. Que así como en la sinagoga hay un tabernáculo con la Palabra de Dios escrita, así en la Iglesia católica hay un tabernáculo con la Palabra de Dios hecha carne, Jesús Eucaristía[140]. IR A CONTENIDO . . 17. Padre José Cuperstein es un amigo personal. Él me manifestaba así su testimonio: Yo soy de familia judía y practicaba la religión judía. Estaba casado y tengo dos hijos. Después de algunas desavenencias con mi esposa, decidimos divorciarnos y yo le di el libelo de repudio según nuestra religión. El 24 de setiembre de 1982, fui a cenar a un restaurante en compañía de mis padres. Este restaurante Agua viva estaba dirigido por unas laicas consagradas. A la entrada, me impactó una linda imagen de María y, por un impulso interior, le pedí que ayudara a mi padre enfermo. Al final de la cena, las hermanas cantaron el Ave María y esto me emocionó. Aquí comenzó el proceso de mi conversión, pues la Virgen Santísima me concedió lo que le pedí y, a partir de entonces, todos los meses le llevaba flores para su imagen. En febrero de 1983 tuve un sueño decisivo. Soñé que me perseguían y me refugié en una casa antigua colonial. Llegué a un salón grande, donde había un crucifijo. Me postré ante el Cristo crucificado y vi cómo desaparecieron mis enemigos. Sentí tanta paz al despertar que, desde entonces, comencé a amar a Jesús. Ese mismo año pedí que me prepararan en la iglesia de San Pedro, del centro de Lima, y me bauticé. Después de mi bautismo, acostumbraba a ir a esa misma iglesia a rezar el rosario, oír misa y comulgar todos los días, después del trabajo. Era mi encuentro diario y personal con Jesús. Así, sin darme cuenta, empezó mi deseo de ser sacerdote. Por supuesto que no fue fácil, tuve que dejarlo todo. Mis hijos ni me hablan. Pero mi amor a Cristo fue más fuerte y me preparé en el Seminario hasta que el 7 de octubre de 1993 me ordené de sacerdote. El Padre Cuperstein, como muchos otros convertidos, llegó a Cristo por medio de María. Y ha hecho de la Eucaristía el centro de su vida. Actualmente, es párroco en una parroquia de la periferia de Lima. IR A CONTENIDO . . 18. Sor Mary of Carmel me contaba su conversión en una carta personal. Me escribía así: Yo nací en Londres, en una familia judía. A los 11 años, mis padres me enviaron a estudiar a una escuela, regentada por unas religiosas católicas. Un día, una amiga católica me invitó a visitar la capilla del colegio y, al entrar, instantáneamente, sin pensarlo, sentí, con una fuerte claridad, que allí en el sagrario, que yo llamaba Box (caja), allí estaba Dios. No sabría explicarlo, pero esto mismo me pasó en las dos siguientes iglesias católicas que visité. Entonces, me di cuenta de que la Iglesia católica tenía la presencia de Dios y que yo debía hacerme católica y ser religiosa como las hermanas de mi colegio. Me bauticé a los 14 años. Al día siguiente, hice mi primera comunión. Mis padres se bautizaron y se casaron por la Iglesia cuatro años más tarde. Yo, por mi parte, decidí ser religiosa carmelita descalza, después de leer la Autobiografía de santa Teresita. Sor Mary of Carmel me sigue escribiendo desde Up Holland, Inglaterra, donde vive en su convento. Ya tiene 80 años, pero es feliz en su vida religiosa, amando a Jesús, que siempre la sigue esperando en la Eucaristía. IR A CONTENIDO . . b. REFLEXIONES Los convertidos del judaísmo han visto en Cristo al Mesías de Israel, al Dios hecho hombre que vino a cumplir las esperanzas de Israel. Esto lo explica muy bien san Pablo de sí mismo: Circuncidado al octavo día, de la raza de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo, hijo de hebreos, y según la Ley un fariseo; por el celo de ella, perseguidor de la Iglesia y, según la justicia de la Ley, intachable. Pero lo que tenía como ganancia, ahora lo tengo por Cristo como pérdida y todo lo tengo por pérdida a causa del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor todo lo sacrifiqué y todo lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo (Fil 3,5-8). Para Pablo, una vez convertido, Cristo es el centro de su vida. Todo lo demás no vale nada, es como basura. Si sois de Cristo, sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa (Gál 3,29). Por eso, la Iglesia es la continuación del Israel de Dios, el cristiano es un judío en plenitud, y Cristo es el Mesías prometido a través del cual Dios da la salvación al mundo entero. De ahí que, cuando un judío se convierte, no tiene que dejar de ser judío sino asumir su herencia y vivirla plenamente en Cristo y por Cristo. Todos los católicos somos espiritualmente judíos y participamos de la herencia espiritual del pueblo judío. Ojalá aprendamos nosotros de los judíos convertidos ese amor a Jesucristo como Mesías, como Dios y Señor, a quien debemos entregar nuestra vida entera con todo lo que somos y tenemos. Jesús quiere transformarnos en sus testigos y predicadores de su Palabra a través del mundo. ¿Estás dispuesto? Él te necesita. *** Sólo hay dos clases de personas razonables: las que sirven a Dios de todo corazón, porque lo conocen y las que le buscan de todo corazón, porque no lo conocen (Blas Pascal) IR A CONTENIDO . . iii. TERCERA PARTE. CONSIDERACIONES En cierta ocasión, un ateo me preguntó: ¿Qué haría, si la ciencia demostrara que Dios no existe? Yo respondí: Y ¿qué haría usted, si la ciencia demostrara que sí existe? Al fin de cuentas, según las leyes conocidas, la materia no es eterna, el mundo no es eterno, luego ha tenido un principio creador, a quien podemos llamar Dios. André Frossard, el gran convertido, ante esta misma pregunta respondió: Para demostrar que Dios no existe, sería necesario que eso que llaman “ciencia” descubriera un elemento primero que existiera sin causa, que existiera por sí mismo, cuya presencia explicara todo lo demás, aboliendo todo interrogante. Ese elemento es justamente al que llamamos Dios[141]. IR A CONTENIDO . . a. LA CIENCIA Frecuentemente, hay muchos que hablan de ciencia, como si fuera un nuevo dios ante el que hay que inclinar la cabeza y aceptarlo todo sin duda ni murmuración. Pero, en nombre de la ciencia, se han cometido muchos errores, porque se toma por ciencia lo que no es sino una teoría que hoy está de moda y mañana se cambia por otra. Veamos: En 1903, el astrónomo y matemático Newcomb Simon publicó un estudio científico en el que demostraba la imposibilidad científica de que el hombre pudiera volar, porque era más pesado que el aire. Ese mismo año de 1903 los hermanos Wright volaron 266 metros en su primer biplano[142]. Los positivistas del siglo XVIII y del XIX hablaban con toda convicción, como si fuera una verdad científica, de la inferioridad natural de la mujer respecto al hombre[143]. Hoy día esta opinión nos parecería poco menos que descabellada. Durante muchos años, la teoría darwinista de la evolución de las especies fue considerada como una verdad absoluta, científicamente comprobada. Y era, frecuentemente, usada como un argumento claro de que Dios no existe, pues el hombre no habría sido creado por Dios, sino que vendría del mono. En 1912 se encontró lo que se estaba buscando: el eslabón perdido, la especie intermedia entre el orangután y el homo sapiens. En unas canteras de piedra, en el condado de Sussex, en Inglaterra, junto al pueblo de Piltdown, se encontró la parte superior de un cráneo con una capacidad cerebral superior a la de un mono, pero inferior a la de un hombre moderno. A su lado había un mandíbula, sin duda alguna, de mono y que, realmente, había estado unida a aquel cráneo. El mundo científico, comenzando por los paleontólogos del Museo británico de Londres, se llenaron de alegría. A los tres científicos autores del descubrimiento se les otorgó el título de barones de la Corona inglesa y en el pueblo de Piltdown se erigió un monumento en el lugar del hallazgo. Al final, resultó que todo era una falsificación, pero esto se descubrió en 1953, después de 40 años. Durante cuarenta años, los científicos se gozaban de haber encontrado al mono-hombre, llamado científicamente Eoanthropus. Al descubrirse la mentira, se presentó entonces al hombre de Neanderthal como el eslabón perdido, a pesar de que se ha descubierto también que no es un antepasado nuestro, como se había asegurado durante más de siglo y medio. Es sólo un ejemplar de una especie extinguida de mono antropomorfo. Actualmente, las teorías darwinistas están puestas en tela de juicio por los científicos. En el libro Evolution: a theory in crisis, se dice: El misterio de los misterios, el origen de las especies sobre la tierra, es hoy tan misterioso como en aquel 1831, cuando el joven Darwin se embarcaba en el bergantín Beagle para dar la vuelta al mundo. Como diría Isaac Bashevis Singer, premio Nóbel de literatura de 1978: Son muchos los pensadores que han atribuido al ciego mecanismo de la evolución muchos más milagros que todos los que le han sido atribuidos a Dios por todos lo teólogos del mundo[144]. Luigi Luca Cavalli-Sforza, profesor de genética de la Universidad de Standford, responsable del proyecto genoma humano, un programa científico internacional que se propone catalogar el ADN de todas las etnias del mundo, dice en su libro: En la actualidad muchos biólogos creen que la vida en la tierra tiene un origen único, dada la existencia en las células vivas de un único tipo de aminoácidos, lo cual no sería posible si existieran dos tipos con distinta composición química. Algunos lingüistas internacionales como Merrit Ruhlen o Greenberg dicen que todas las lenguas habladas hoy en el mundo, más de cincuenta mil, todas tienen una raíz común. De hecho, el darwinismo, con su teoría de la lucha por la vida, ha desencadenado muchas concepciones erróneas, como la creación de una raza superior. Ya sabemos a dónde llegó Hitler con sus teorías del hombre ario, matando a los no arios, viendo las guerras como algo necesario e indispensable en la evolución del ser humano. Así se pueden justificar las guerras como factor de selección natural o de progreso. Según esta mentalidad anticristiana, la lucha a muerte sería un principio de vida y progreso de los pueblos. Por eso, el evolucionismo ateo con todas las consecuencias extraídas de él, ha hecho mucho daño a la humanidad. ¿Cómo puede atribuirse al azar de la simple selección natural o evolución las maravillas del Universo? La belleza de los paisajes en los mares y en el mundo submarino, la aurora y el ocaso, los ríos, los valles y montañas; el firmamento, el sol, la luna y las estrellas… Pensemos también en la belleza de los árboles, plantas, flores, frutos, los peces en su mundo submarino, las aves, los animales terrestres y sobre todo, el ser humano. No hay cosa más hermosa que el cuerpo humano animado por la vida inteligente, que se transparenta y expresa en los ojos, en el rostro, en todos sus miembros… Pues bien, para los ateos y materialistas toda esa inmensa hermosura, toda esa prodigiosa belleza, que embelesa la mente y el corazón humanos, se deben únicamente a la casualidad, a las fuerzas ciegas de la materia, que operan por medio de la selección natural en el proceso de la evolución… Yo creo, y lo dice la lógica más elemental y consistente, que toda esa belleza natural hay que atribuírsela en definitiva a un “artista” omnipotente[145]. Desde las órbitas infinitas de las estrellas hasta el pequeño mundo del átomo, la naturaleza se rige por unas leyes de orden. Por ejemplo, por cada cuatro partes de nitrógeno hay una parte de oxígeno en la composición del aire. Otras mezclas serían peligrosas… Los enormes océanos, con sus billones de seres vivos, comenzarían a podrirse, si la sal no los preservara de la corrupción. Para esto se requiere un 4 por ciento, más o menos, de sal en el agua. Es la proporción que encontramos en los mares… En cuanto a los animales, pensemos en las abejas, en las golondrinas, en las marmotas, en el vuelo de los pájaros, en la construcción del nido, en la búsqueda de alimentos y en la defensa contra los enemigos. ¿Por qué la gallina remueve los huevos cada dos horas durante la incubación? Porque sólo así salen los pollitos sanos. ¿Por qué los animales del fondo de los mares son luminosos? Porque a seiscientos metros de profundidad, dominan las tinieblas. La historia natural animal abunda en mil ejemplos. Y podíamos hablar de la maravilla del cuerpo humano y del Universo entero… Dondequiera se mire, reina un orden, que no ha podido ser creado por simple azar. El azar no explica nada. Dice el gran científico F. Hoyle que el que la vida haya surgido por azar es menos probable que el que un huracán reconstruya un boeing 747 despiezado en una cacharrería[146]. La Iglesia puede aceptar el evolucionismo, pero aceptando la intervención de Dios en la creación del alma humana. Lo que no se puede aceptar es que las fuerzas ciegas de la naturaleza hayan dado lugar al hombre sin intervención divina. Por eso, el Papa Juan Pablo II en su mensaje a los miembros de la Academia pontificia de Ciencias, el 22-10-1996, les decía: Las teorías de la evolución, que consideran que el espíritu surge de las fuerzas de la materia viva o que se trata de un simple epifenómeno de esta materia, son incompatibles con la verdad sobre el hombre; estas teorías son incapaces de fundar la dignidad de la persona humana. Al llegar al hombre, nos encontramos con una diferencia de orden ontológico ante un salto ontologico, podríamos decir. El momento del paso a lo espiritual no es objeto de observación… Compete a la teología deducir el sentido del hombre según los designios del Creador. IR A CONTENIDO . . 01. Jean Guitton (1901-1999), gran filósofo y miembro de la Academia francesa, en su libro Dios y la ciencia nos recuerda que una célula viva está compuesta de una veintena de aminoácidos, que forman una cadena compacta. La función de estos aminoácidos depende, a su vez, de 2000 enzimas específicas. Los biólogos han calculado que la probabilidad de que un millar de enzimas diferentes, durante miles de millones de años, se unan ordenadamente para formar una célula viva es del orden de 1 entre 101000, que es tanto como decir que la probabilidad es nula. Por eso, Francis Crack, premio Nóbel de biología, por el descubrimiento del ADN, dijo: “Un hombre honesto, que estuviera provisto de todo el saber que hoy está a nuestro alcance, debería afirmar que el origen de la vida parece un milagro, a juzgar por tantas condiciones como es preciso reunir para establecerla”. Y, una vez originadas estas células arcaicas, viene el problema de la reproducción. Aquí el azar se descarta de nuevo. Para que la unión de los nucleótidos produzca por azar una molécula de ARN utilizable, es necesario que la naturaleza multiplique a ciegas los ensayos durante al menos 1015 años, es decir, un tiempo cien mil veces más largo que la edad total del nuestro universo. Si en un principio, alguna de las grandes constantes universales como la gravitación, la velocidad de la luz o la constante de Planck, hubieran sufrido una mínima alteración, el Universo no habría tenido ninguna posibilidad de albergar seres vivos e inteligentes… Tengo entre mis manos esta sencilla flor. Algo espantosamente complejo: la danza de miles y miles de millones de átomos (cuyo número supera al de todos los posibles seres que se puedan contar sobre nuestro planeta, el de los granos de arena de todas las playas, átomos que vibran y oscilan en equilibrios inestables). Miro la flor y pienso: Ninguno de los elementos que componen un átomo puede explicar por qué y cómo existen tales equilibrios. Estos se apoyan en una causa, que, en sentido estricto, no me parece que pertenezca a este mundo[147]. La evolución es perfectamente conciliable con la religión y la Biblia. Sin embargo, no olvidemos que la evolución es sólo una teoría. Evidentemente, si todo es fruto del azar, no hay Dios. Pero si es fruto de un proyecto querido por Dios, que ha puesto en las cosas su capacidad de desarrollo y ha dirigido todo hacia el hombre, entonces, podemos creer en Dios como creador del universo. IR A CONTENIDO . . b. ¿EXISTE DIOS? Quizás los creyentes no sean capaces de demostrar que Dios existe, pero lo que sí es cierto es que los ateos nunca podrán demostrar que no exista. Decía Pascal: la última etapa de la razón es reconocer que hay infinidad de cosas que la superan. André Gide decía: No creer en Dios es mucho más difícil de lo que se piensa. Por de pronto, para seguir haciéndolo es absolutamente necesario abstenerse de mirar a la naturaleza y reflexionar sobre lo que vemos. Para Marx la materia existe por sí misma, se autocrea y autoevoluciona, no depende de nada, ella misma es la que ha creado y organizado la vida y la que crea sin descanso los instrumentos necesarios para que los organismos no sólo sobrevivan sino que se perfeccionen cada vez más (son citas textuales de Marx). ¿Podrán demostrar esto los ateos? Los científicos marxistas de la URSS sostenían que la fe cristiana había tenido su origen en un movimiento de esclavos, proletarios oprimidos, que al desesperar de una redención materialista, inventaron, a modo de consuelo, una redención espiritual. Y estos doctores marxistas publicaron con el dinero del pueblo, estudios científicos sobre la insostenible teoría de que Cristo nunca existió. Los nazis publicaron muchos libros con muchas citas con la teoría de que Cristo sí había existido, pero que no era judío sino ario y había nacido del adulterio de María con un soldado romano, por supuesto germano. En el museo del Instituto para el Ateísmo científico de Leningrado, que cada año recibía millones de visitantes forzosos, había secciones para desacreditar la religión cristiana con una serie de razones científicas y se editaban folletos y libros en muchos idiomas para repartirlos en el mundo entero. Ha sido el mayor empeño mundial, sin escatimar medios y hombres, para destruir la religión y, al final, cuando ha venido la libertad, nos damos cuenta de que todo ha sido un auténtico fracaso y de que los jóvenes rusos están hambrientos de Dios. Los setenta años de educación atea no ha dado lugar al supuesto superhombre, sino a hombres llenos de miedo por la represión policial. El ateísmo no ha perdurado ni se ha incrustado en la sociedad rusa o de otros países comunistas, porque en el ser humano hay un anhelo de libertad y un sentido de Dios que le llevan a creer a pesar de la educación atea. ¿Acaso el azar puede ser capaz de producir un universo tan perfecto y ordenado como el nuestro? ¿Acaso el sentido del bien y del mal, que tienen todos los hombres, que se manifiesta a través de la conciencia, se debe a fuerzas automáticas físico-químicas? ¿Por qué entonces es un sentimiento universal en todos los hombres de todos los pueblos, que consideran ciertas cosas unánimemente como buenas y otras como malas? ¿Acaso se puede explicar por la simple casualidad? ¿Se puede argumentar que Dios no existe simplemente, porque no lo han visto? ¿Acaso sólo existe lo que se ve y se toca? ¿Acaso las ondas de radio o de televisión no existen, porque no se ven? ¿Cómo pueden explicar que algunos grandes ateos como Alexis Carrel, André Frossard o García Morente se hayan convertido y hayan dado fe de que Dios existe y que existen los milagros? ¿Acaso son menos inteligentes que ellos? Produce lástima, por decir lo menos, el que algún militante ateo, como Puente Ojea, en su libro Elogio del ateísmo considere a los creyentes poco menos que tontos por creer en algo inexistente. La mayoría de los más grandes científicos de todos los tiempos han sido y son creyentes. Veamos algunos como Keppler (1571-1630) y Copérnico (1473-1543) astrónomos; Newton (1643-1727), fundador de la física teórica clásica; Linneo (1707-1778), fundador de la botánica sistemática; Volta (1745-1827), descubridor de las nociones básicas de electricidad; Ampère (1775-1836), descubridor de la ley fundamental de la corriente eléctrica; Cauchy (1789-1857), insigne matemático; Gauss (1777-1855), gran científico y matemático alemán; Liebig (1803-1873), célebre químico; Darwin (1809-1882), fundador de la teoría de la evolución y que siempre creyó en Dios; Edison (1847-1931), el inventor más fecundo del mundo con 1.200 patentes; Marconi (1874-1937), inventor del telégrafo sin hilos; Einstein (1879-1955), fundador de la teoría de la relatividad; Planck (1858-1947), creador de la teoría de los cuanta y premio Nóbel de 1918; Schrödinger, premio Nóbel de 1933, creador de la mecánica ondulatoria y Wernher von Braun, constructor de los cohetes. Decía el gran filósofo alemán Kant y está escrito sobre su tumba: Hay dos cosas que llenan mi mente cada vez más de admiración y respeto: el cielo estrellado encima de mí y la ley moral dentro de mí. Son para mí las pruebas de que hay un Dios por encima de mí y un Dios dentro de mí[148]. IR A CONTENIDO . . 01. François Mitterrand, presidente de Francia, hermano del gran maestro de la Gran Logia masónica de ese país, encarnizado anticlerical, agnóstico furibundo, sólo creía en el poder. Cuando la edad y la enfermedad se manifestaron en él con todo su poder, se atrevió a buscar ayuda en la Iglesia, tan vilipendiada por él durante toda su vida. Quería morir con los sacramentos de los que antes se reía. En su testamento, redactado en sus últimos días, dejó escrito para sus funerales que se le celebrara una misa. IR A CONTENIDO . . 02. Benito Mussolini, militante socialista y blasfemo, había desafiado a Dios desde lo alto de una tribuna electoral, dándole un minuto de reloj para fulminarlo. Él había dicho que Jesús nunca había existido y que, si había existido, había sido un hombre pequeño y mezquino. Él, en sus años de triunfo, miraba con lástima la moral de esclavos del Evangelio. Cuando cayó el fascismo, el 25 de julio de 1943, pidió a sus carceleros la vida de Cristo y un sacerdote para confesarse. En su última conversación con el cardenal Schuster, arzobispo de Milán, reivindicó su catolicismo. Algo parecido, según algunos, le sucedió al gran Napoleón, que quiso destruir la Iglesia. Pascal decía: Tú debes apostar. Estás embarcado y debes decidir: “o Dios existe o no existe”. ¿Qué escoges? Tú debes escoger necesariamente, no puedes eludir la cuestión. Piensa bien lo que ganas o pierdes en la apuesta. Si ganas, ganas todo; si pierdes, pierdes todo. Apuesta porque Dios existe sin vacilar[149]. Dios existe o no existe. Si yo creo que existe y, en realidad, no existe, no he perdido nada, porque, al final, todos moriremos y todo terminará en la nada. Más bien, habré ganado algo, pues el creer en Dios, según enseña la experiencia, me ha hecho ser mejor y servicial con los demás y me ha dado mucha paz. Pero, si yo creo que Dios no existe y Él existe de verdad, lo he perdido todo. ¿Qué podría decir yo a mi Padre Dios creador, si realmente me encuentro con Él en el momento de la muerte? ¿Lo seguiría rechazando para pasarme toda una eternidad sin Él, en el más completo vacío, en un verdadero infierno, fabricado por mi egoísmo? ¿O preferiré aceptarlo, reconocer mi gravísimo error y amarlo para siempre en el cielo, aunque sea en el último rincón, porque ya no hay tiempo para rectificar los errores? ¿Me atreveré a decirle que Él es malo, porque hace sufrir a los niños inocentes y no tiene compasión del sufrimiento de tantos seres humanos enfermos o castigados injustamente? ¿Estoy seguro de que Dios es el culpable de todos los sufrimientos del mundo? Si Dios no hubiera sufrido, como uno de nosotros y más que cualquiera de nosotros en la persona de Jesús, quizás tendríamos derecho a increparle que se ha olvidado de nosotros y se lo pasa muy bien disfrutando de su felicidad en el cielo. Pero Jesús ha sufrido para dar sentido a nuestro sufrimiento. Por eso, como diría Nicolás Wolterstorff: Él sufre al ver nuestro mundo pecaminoso lleno de sufrimiento. Las lágrimas de Dios son el secreto de la historia humana, porque Dios es amor y nos ama y quiere lo mejor para nosotros. Por eso, no esperes al final, aprovecha este tiempo de vida, que todavía te queda, para amarlo y creer en Él. La vida sin Dios es como un arpa sin sonidos, una flor sin aroma, un pájaro sin alas, un desierto sin palmeras, una vida sin sentido y sin luz en el camino. Y ahora piensa: ¿Quién nivela y dirige en el vacío la legión de los astros numerosa? ¿Quién opone a la noche tenebrosa la luz del día y el calor al frío? ¿Quién las nieves engendra y el rocío? ¿Quién desata la fuente bulliciosa? ¿Quién tiñe en el vergel la fresca rosa? ¿Quién platea a los peces en el río? ¿Quién da instinto a los brutos y a las aves? ¿Quién modera las aguas turbulentas, que son terror a las cansadas naves? ¿Quién apaga la voz de las tormentas? ¿Quién te habla en la voz de tu conciencia? Responde a mis preguntas, si lo sabes, Y, si no crees en Dios, calla y no mientas. (Raimundo de Miguel) IR A CONTENIDO . . c. CATÓLICOS COMPROMETIDOS En un pueblecito de la Sierra peruana, en el Departamento de Cajamarca, en la provincia de Cutervo, había cuatro campesinos que, después de haber vivido alejados de Dios y de toda práctica religiosa, empezaron a sentir inquietud de amar al Señor. Un día, del año 1963, se presentaron al párroco de la parroquia de Sócota para pedirle confesión y que les diera unas charlas para que ellos pudieran conocer más la fe católica y así poder transmitirla a sus hermanos de los caseríos. Al cabo de seis meses, habían conseguido que otros doce (en total dieciséis) fueran juntos a pedirle de nuevo al Padre que los confesara y que, una vez por semana, les diera una charla para ellos darla en sus comunidades del campo. El sacerdote acogió la idea con beneplácito y comenzaron así a recibir formación católica y ellos daban los temas recibidos en sus caseríos. Poco a poco, se enamoraron de Jesús y de nuestra fe. Aquellos primeros dieciséis fueron convirtiendo a otros y cada día aumentaban más los que deseaban recibir formación espiritual. Y empezaron a construir capillas en todos los caseríos y a reunirse una vez por semana. Así surgieron los primeros catequistas, que se comprometieron a reunirse una vez al año con el obispo, el día del Corazón de Jesús, y, una vez al mes, como mínimo, en la parroquia, el día de primer viernes para confesar y comulgar. Este movimiento de catequistas, que surgió de aquellos cuatro pioneros, se fue extendiendo sin parar. En todas las parroquias de la Prelatura de Chota, comenzaron a surgir nuevos catequistas y personas comprometidas con la promesa de confesar y comulgar los primeros viernes de cada mes. Era como un movimiento incontenible, avivado por el Espíritu Santo. Cuando visité aquellas comunidades por primera vez el año 1972, el movimiento de catequistas y laicos comprometidos era una hermosa realidad. En mi propia parroquia de Pimpincos, se reunían los primeros viernes unos 300 hombres y mujeres. Algunos llegaban descalzos, otros con sus llanques o sandalias, pero todos con mucho fervor, con lluvia o con sol, de cerca o de lejos, de hasta cinco horas de camino. Era hermoso ver a todo un pueblo ponerse en camino hacia Dios. La iglesia se llenaba ese día. El sacerdote debía confesar durante horas y la misa era una fiesta con Jesús. Y Dios bendecía a aquellos campesinos pobres, pero con mucha fe. El amor a María era muy fuerte entre ellos, pero, sobre todo, Jesús Eucaristía era el centro de sus vidas y esperaban con ansia el primer viernes para ir a comulgar. Pronto se organizaron cursillos con distintas etapas de crecimiento para conocer mejor la Biblia y todos los temas importantes de nuestra fe. Actualmente, hay unos 1.600 catequistas en la Prelatura de Chota y un número inmenso de católicos comprometidos. En todos los caseríos hay capilla y catequista, que reúne a los fieles un día a la semana. Realmente, Dios ha bendecido y sigue bendiciendo a la Prelatura de Chota, que es uno de los lugares del mundo con más número de vocaciones. Y todo comenzó con cuatro hermanos, que tuvieron la osadía de cambiar de vida, de confesarse después de muchos años y de dedicarse con todo su fervor a convertir a sus hermanos. Ellos se habían enamorado de Jesús y no podían quedarse callados, debían compartir su fe y su amor a Jesús con los demás. Ahora yo te pregunto: ¿Eres tú apóstol entre los que te rodean? ¿Das testimonio de tu fe ante los demás? ¿Qué has hecho hasta ahora? ¿Qué piensas hacer? ¿Estás dispuesto a servir al Señor? Tu fe es un regalo hermoso, que Dios te ha dado, y debes compartirla con los demás. IR A CONTENIDO . . d. EXPERIENCIA DE DIOS Para terminar este libro, quisiera citar unas palabras del gran ateo, convertido, André Frossard. Él fue un gran apóstol y misionero compartiendo nuestra fe a través de sus escritos, como periodista católico. Dice así: Me he convertido, más valdría decir yo he sido convertido, al cristianismo en ese momento casi imperceptible de la historia en que los cristianos comenzaban a convertirse al mundo; y he roto con el ambiente marxista de mi infancia, justamente a tiempo para oír a los religiosos hablarme de Karl Marx. Nuestros caminos discurrían en sentido inverso. Nos cruzamos cortésmente, pero vi con claridad que, en su interior, se sorprendían de que yo hubiera abandonado tan cómodamente un sistema completamente nuevo y con su material científico, por creencias de dos mil años de edad, que ellos se preparaban a poner en tela de juicio unas tras otras. No comprendían que el marxismo es una religión estrictamente, nada más, y que esta religión era ya más fuerte que lo que les quedaba de la suya… ¿Cambiaríamos la milagrosa dádiva divina de la Eucaristía, que contiene el objeto mismo de nuestra fe, la última de nuestras esperanzas y el principio de toda caridad, por la moneda falsa de las mentirosas ideologías que, como torres de humo, se elevan sobre las ruinas del pensamiento cristiano?[150] Lo que voy a contarles no es la historia de un descubrimiento intelectual. Es el relato de una experiencia física, casi de una experiencia de laboratorio. Al empujar el portón de hierro del convento (de las Adoratrices), yo era ateo… Yo era todavía ateo al pasar la puerta de la capilla y lo era aún en el interior de ella. La gente a contraluz no me ofrecía más que sombras, entre las cuales no podía distinguir a mi amigo, y una especie de sol brillaba en el fondo del recinto, pero no sabía que se trataba del Santísimo sacramento. Yo no tenía ni penas de amor, ni inquietudes ni curiosidad. La religión era una vieja quimera, los cristianos, una especie retrasada en el camino de la evolución: la historia se había pronunciado por nosotros, la izquierda, y el problema de la existencia de Dios estaba resuelto por la negativa desde hacía por lo menos dos o tres siglos. En mi ambiente, la religión aparecía tan superada que uno ya no era ni siquiera anticlerical, salvo en los días de elecciones… Veo todavía a ese muchacho de veinte años que era yo entonces (año 1935). No he olvidado el estupor que sintió, cuando súbitamente se alzó ante él desde el fondo de esa modesta capilla, un mundo, otro mundo, de un esplendor imposible de soportar, de una densidad prodigiosa, cuya luz revelaba y encubría al mismo tiempo la presencia de Dios, de ese Dios respecto del cual él habría jurado, un momento antes, que jamás había existido salvo en la imaginación de los hombres. Y, al mismo tiempo, lo recubría una oleada fulgurante de dulzura y alegría entremezcladas de una potencia capaz de destrozar el corazón y cuyo recuerdo jamás perdió, ni siquiera en los peores momentos de una vida, más de una vez atravesada por el horror y la desgracia; ese muchacho que, desde entonces, no tiene otra tarea que ensalzar esa dulzura y esa desgarradora pureza de Dios después de que aquel día, por contraste, le mostró de qué barro estaba hecho… Esa luz que no vi con los ojos del cuerpo, no era la que nos ilumina o la que nos broncea. Era una luz espiritual, es decir, una luz orientadora como la incandescencia de la verdad. Desde que la entreví, casi podría decir que para mí sólo existe Dios, y que lo demás no es más que hipótesis… Insisto. Fue aquella una experiencia objetiva, casi del orden de la física y no tengo nada más precioso para transmitirles que eso: más allá hay otra realidad, infinitamente más concreta que aquella a la que por lo general damos crédito y que es la última realidad[151]. Yo no he soñado. Por lo demás, si hubiera soñado, la vida se habría encargado de despertarme. No he imaginado nada… Fue una experiencia objetiva. Quiero decir que la alegría… me cayó encima como una onda luminosa de potencia irresistible y dulce, cuya irrupción me cogió de repente. Fue como la ola que puede sorprender al bañista en la playa sin que éste la haya visto formarse; además, debo añadir que ignoraba encontrarme al borde de ese océano[152]. Hay otro mundo. Su tiempo no es nuestro tiempo; su espacio no es nuestro espacio, pero existe. No se le puede situar ni fijar su residencia en ningún lugar de nuestro universo sensible: sus leyes no son nuestras leyes, pero existe. Con la mirada del espíritu, yo lo he visto alzarse como fulguración silenciosa y como transcendencia en la insospechable capilla de la calle Ulm, donde ese mundo se encontraba misteriosamente incluido. En parecida circunstancia, el espíritu ve, dentro de una claridad cegadora, lo que no ven los ojos del cuerpo… Ese mundo existe. Es más bello que lo que llamamos belleza, más luminoso que lo que llamamos luz… Hacia ese mundo, donde tiene lugar la resurrección de los cuerpos, todos nos dirigimos; en él se realizará en un instante imperceptible, esa parte esencial de nosotros mismos que el bautismo alumbra en unos, la intuición espiritual en otros, y en todos la caridad. En él volvemos a encontrar a quienes creíamos haber perdido y que han sido salvados. No entraremos en una forma etérea, sino en el corazón de la vida misma, y allí experimentaremos una inaudita alegría[153]. Si, hay otro mundo. Y no hablo de él por hipótesis, por razonamientos o de oídas. Hablo por experiencia[154]. IR A CONTENIDO . .

iv. CONCLUSIÓN Después de haber visto algunos testimonios de ateos y judíos convertidos, podemos decir que en la Iglesia católica, se encuentra la plenitud de la verdad. Como diría Chesterton, el gran escritor convertido: Me he hecho católico, porque la fe católica es la verdad. Hoy, cuando millones de ateos y agnósticos por todas partes, y miles de sectas y grupos de todo tipo, van pregonando por todas partes ser dueños de la verdad; hoy cuando hay muchos grupos que propagan la idea de que ellos solos tienen la salvación de Dios y que los demás se van a condenar…, debemos levantar la voz y decir con toda la fuerza de nuestra fe católica: Cristo es la VERDAD. Ahora bien, la plenitud de la verdad que Cristo vino a enseñarnos sólo la encontraremos en la Iglesia católica. La fe cristiana encuentra su mayor esplendor, belleza y plenitud en la Iglesia católica. Ser católico es ser cristiano en plenitud. Amar a la Iglesia es amar a Cristo que la fundó. Vivir en la Iglesia es vivir en el pueblo de Dios, en el Israel del nuevo Pacto, en el pueblo que cumple hoy las promesas de Israel. A todos los lectores, les deseo una vida llena de fe, de amor y de verdad en plenitud con Cristo en la Iglesia católica. ¡Buen viaje! ¡Jesús los espera! Los que se hayan alejado de la Iglesia, pueden regresar a casa, Jesús los sigue esperando en su Iglesia. Que Él los bendiga por medio de María. Su amigo y hermano para siempre, Ángel Peña OAR. Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia nos acerca a Él (Pasteur) IR A CONTENIDO . .

v. BIBLIOGRAFIA Ayllón José Ramón, Dios y los náufragos, Ed.. Belacqua, Barcelona, 2004. Bussières Teodoro de, Conversión de Alfonso María de Ratisbona, Ed. Balmes, Barcelona, 1951. Capánaga Victorino, La Eucaristía en la historia de las conversiones, Ed. Studium, Madrid, 1934. Capánaga Victorino, La Virgen en la historia de las conversiones, Ed. Uriarte, Zaragoza, 1934. Carrel Alexis, Viaje a Lourdes, Ed. Iberia, Barcelona, 1957. Comastri Angelo, Dov’è il tuo Dio, Ed. san Paolo, Milano, 2003. Daiber María Benedicta, Y yo te venceré, Ed. José Ignacio Alemany, Lima. Day Dorothy, La larga soledad, Ed. Sal terrae, Santander, 2000. Faber Guillermo, Un convertito di Maria, Ed. Casale, 1928. Frossard André, ¿Hay otro mundo?, Ed. Rialp, Madrid, 1981. Frossard André, Dios en preguntas, Ed. Atlántida, Buenos Aires, 1998. Frossard André, Dios existe, yo me lo encontré, Ed. Rialp, Madrid, 2001. Frossard André, No tengáis miedo, Ed. Plaza Janes, Barcelona, 1982. 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Casterman, Paris, 1955, 2º vol., p. 56. [5] Nedoncelle y Girault, Testimonios de fe, Ed. Rialp, Madrid, 1953, p. 166-191. [6] Está en Ed. Desclée de Brouwer, 1945. [7] Comastri Angelo, Dov’è il tuo Dio, Ed. san Paolo, Milano, 2003, p. 12. [8] ib. p. 15. [9] ib. p. 18. [10] ib. p. 19. [11] ib. p. 20. [12] Recomiendo su libro Les cloches de Nagasaki, Ed. Casterman, Paris, 1953. Puede leerse este testimonio en internet http://www.unav.es/capellaniauniversitaria/testimonios/nagasaki.htm [13] Papini Giovanni, Un uomo finito, Ed. Vallechi, Firenze, 1926, p. 202. [14] ib. pp. 246-250. [15] Comastri Angelo, o.c., pp. 44-45. [16] Bruno Schafer, Ellos oyeron mi voz, Ed. Epesa, 1957, p. 63-66. [17] Escribió estos detalles de su conversión en su libro Lourdes, ciudad santa, Ed. L’arbalete, citado por L’Abbé Gastón, Lourdes, Ed. Fleurus, 1958, pp. 101-108. También puede leerse El Diario Secreto de Elizabeth. [18] Ma conversion, en Les Temoins de la revista Renouveau Catholique de Th. Mainage, pp. 63-71. También puede verse este testimonio en internet http://www.capellania.org [19] Bruno Schafer, o.c. p.36-37. [20] ib. p. 38. [21] ib. p. 219. [22] ib. p. 222-223. [23] Ignace Lepp, De marx a Cristo, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1968, pp. 198-217. [24] Alexis Carrel, Viaje a Lourdes, Ed. Iberia, Barcelona, 1957, p. 57. [25] ib. p. 50. [26] ib. p. 60-61. [27] ib. p. 64-66. [28] ib. p. 79-80. [29] ib. p. 128-130. [30] ib. p. 13. [31] Manuel García Morante, El hecho extraordinario, Ed. Rialp, Madrid, 2002, p. 36-43. [32] Pieter van der Meer, Nostalgia de Dios, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1955, p. 48. [33] ib. p. 60. [34] ib. p. 80. [35] ib. p. 83. [36] ib. p. 162. [37] ib. p. 164. [38] ib. p. 173. [39] ib. p. 187. [40] ib. p. 194. [41] Ib. p. 214. [42] ib. p. 227. [43] ib. p. 238. [44] María Benedicta Daiber, Y yo te venceré, publicado por Mons. José Ignacio Alemany, Lima. [45] Douglas Hyde, Yo creí, Luis de Caralt, Barcelona, 1952, p. 284. [46] ib. p. 323. [47] ib. p. 288. [48] ib. p. 290. [49] ib. p. 299. [50] ib. p. 328-329. [51] ib. p. 336. [52] Dorothy Day, La larga soledad, Ed. Sal Terrae, Santander, 2000 p. 147. [53] ib. p. 154. [54] ib. p. 161. [55] ib. p. 163. [56] ib. p. 252. [57] ib. p. 302. [58] Este testimonio puede encontrarse en internet: http://www.unav.es/capellaniauniversitaria/testimonios. [59] André Frossard, Dios existe, yo me lo encontré, Ed. Rialp, Madrid, 2001, p. 26. [60] ib. p. 133. [61] ib. p. 6. [62] ib. p. 155-158. [63] ib. p. 162-164. [64] ib. p. 137. [65] Frossard André, ¿Hay otro mundo?, Ed. Rialp, Madrid, 1981, pp. 100-102. [66] ib. pp. 138-139. [67] Dios existe, yo me lo encontré, o.c., p. 166. [68] ib. P. 154. [69] Frossard André, No tengáis miedo, Ed. Plaza Janes, Barcelona, 1982, p. 49. [70] Frossard André, ¿Hay otro mundo?, o.c., pp. 51-52. [71] ib. p. 11. [72] Peña y Lillo Sergio, En el Corazón de Cristo, Ed. Paulinas, Santiago de Chile, 1992, 4ª Edición, pp.36-37. [73] ib. pp.38-40. [74] Es un resumen del testimonio que se puede encontrar en internet en http://www.chnetwork.org/converts.htm [75] Janne Haaland Matlary, El amor escondido, Ed. Belacqua, Barcelona, 2002, p 39. [76] ib. p. 40. [77] ib. p. 43. [78] ib. pp. 45-46. [79] ib. p. 88. [80] ib. p. 90. [81] ib. p. 93. [82] ib. p. 120. [83] Puede verse su testimonio en internet http://www.unav.es/capellaniauniversitaria/testimonios. [84] Ayllón José Ramón, Dios y los náufragos, Ed. Belacqua, Barcelona, 2004, pp. 199-205. [85] Puede verse un artículo sobre esta entrevista y su conversión en http://www.ezboard.com [86] Mondadori Leonardo, Conversione, Ed. Mondadori, Milán, 2002, p. 3. [87] ib. p. 62. [88] ib. pp. 66-67. [89] ib. p. 85. [90] Puede verse este artículo, tomado de una entrevista con José R. Peréz Arangüena, en internet http://www.fluvium,org. También puede leerse el libro de Vittorio Mesori Algunas razones para creer, Ed. Planeta, Barcelona, 2000. [91] Charles Sylvain, Hermann Cohen, apóstol de la Eucaristía, Ed. Gratis date, Pamplona, 1998, p. 18 [92] ib p. 22. [93] ib. p. 24. [94] ib. p. 24. [95] ib. p. 27. [96] ib. p. 25. [97] Rosenthal, convertitenbilder, tomo III, I, p. 145. [98] ib. p. 149. [99] André Frossard, ¿Hay otro mundo?, o.c., p. 34. [100] ib. p. 35-36. [101] Teodoro de Bussières, Conversión de Alfonso María Ratisbone, Ed. Balmes, Barcelona, 1951. [102] F. Lelotte, Convertis du XX Siècle, Ed. Casterman, Paris, 1955, tercer volumen, p. 21. [103] Oesterreicher John, Siete filósofos judíos encuentran a Cristo, Ed. Aguilar, Madrid, 1961, p. 435. [104] ib. p. 436. [105] E. de Miribel, Edith Stein, Ed. Taurus, Madrid, 1956, p. 66 [106] Puede leerse el libro de Edith Stein, Estrellas amarillas, Ed. espiritualidad, Madrid, 1992 [107] Lelotte F., Convertidos del siglo XX, Ed. Studium, Madrid, 1961, p. 59 [108] ib. p. 63. [109] Bruno Schafer, o.c., pp. 72-76. [110] M. Nedoncelle y R. Girault, Testimonios de la fe, Ed. Rialp, Madrid, 1953 p. 70-84. [111] Zolli Eugenio, Prima dell’alba, Ed. san Paolo, Milano, 2004, p. 109. [112] ib. p. 255. [113] ib. p. 275. [114] ib. p. 267. [115] Eugenio Zolli, Mi encuentro con Cristo, Ed. Rialp, Madrid, 1957, p. 71. [116] ib. p. 78. [117] ib. pp. 92-93. [118] Comastri Angelo, o.c., p. 88. [119] Dezza, Eugenio Zolli, da gran rabino a testimone de Cristo en la revista Civiltà católica, 21 de febrero de 1981, pp. 340-347. [120] Karl Stern, El pilar de fuego, Ed. Criterio, Buenos Aires, 1954, p. 193. [121] ib. p. 201. [122] ib. p. 211. [123] ib. p. 213. [124] ib. p. 256. [125] ib. p. 258. [126] ib. pp. 272-273. [127] ib. p.275. [128] ib. p. 332-333. [129] ib. p. 334-335. [130] Nathanson Bernard, La mano de Dios, Ed. MC, Madrid, 1997, p. 12. [131] ib. pp. 114 y 129 [132] ib. p.74. [133] ib. pp. 232-233. [134] ib pp. 173,174-175,178. [135] ib. p. 237. [136] ib. p. 246. [137] Moss Rosalind, Home at last, Ed. Catholic Answers, San Diego, 2000, pp. 60-70. Se puede contactar con la escritora Jeri Westerson al mail writer@earthlink.net [138] Lustiger Jean–Marie, La elección de Dios, Ed. planeta, Barcelona, 1989, p. 35-38. [139] ib. p. 331. [140] Resumen del artículo escrito por el autor en Surprised by truth (vol 2), Ed. Sophia institute press, Manchester, 2000, pp. 261-278. [141] Frossard André, Dios en preguntas, Ed. Atlántida, Buenos Aires, 1998, p. 64. [142] Messori Vittorio, Ipotesi su Gesù, Ed. internazionale, Torino, 1977, p. 135. [143] ib. p. 270. [144] ib. p. 292. [145] Galindo José Antonio, Dios no ha muerto, Ed. San Pablo, Madrid, 1996, p. 74. [146] F. Hoyle, El Universo inteligente, Ed. Grijalbo, Barcelona, 1985, pp. 11-19. [147] Ayllón José Ramón, Dios y los náufragos, Ed. Belacqua, 2004, pp. 129-130. [148] Crítica de la razón práctica, citado por Gaarder, El mundo de Sofía, Ed. Siruela, Madrid, 1996, p. 408. [149] Pensamientos de Pascal, sec 3,233. [150] Frossard André, ¿Hay otro mundo?, o.c., pp. 79-81. [151] Frossard André, Dios en preguntas, o.c., pp. 24-25. [152] Frossard André, ¿Hay otro mundo?, o.c., p. 48. [153] ib. pp. 152-153. [154] ib. p.11.




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