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el pecado de Onan revisado

EL PECADO DE ONAN REVISADO

Título: El pecado de Onán revisado
Autor: R. P. Brian W. Harrison, O. S.

PREGUNTA SIMPLE:

¿La sobrepoblación es la razón de la crisis económica mundial? No hay empleo para todos?

RESPUESTA CONCRETA:

Creo que se confunde las causas con los efectos, para comenzar, ¿es la falta de empleos la causa de la crisis económica o es la crisis económica culpable de la falta de empleos? Porque si comenzamos desde un escenario (al parecer perenne) donde prevalece una falta de empleos, es que algo no ha estado funcionando bien desde los fundamentos y que tenemos una visión de la situación ya viciada. En México ese parece ser el diagnóstico desde hace 100 años, por lo menos, el problema es que hace 100 años nadie culpaba a la “sobrepoblación”, lo cual evidencia un problema menos difícil de comprobar. En la época de los cristeros, según se cuenta en el libro “No volverá a suceder”, ya existía la queja de que (parafraseo) había varios millones de mexicanos emigrando a EE. UU., precisamente porque los gobiernos liberales opresores tenían la consigna de ahorcar a la población con políticas empobrecedoras (algo que nuestros priístas siguieron al pie de la letra durante 70 años).
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Es cierto que la economía actual está diseñada para que nos conformemos con esa explicación tan simplista, del fantasma de la sobrepoblación, pero afirmar eso, como “verdad incontrovertible” tan sólo podría ser el reconocimiento a los esfuerzos anticristianos que promueven el NOM, pero lo cierto es que aún no podemos ser tan ciegos como para tragárnoslo entero. La razón de la crisis económica mundial es, en primer lugar, la descristianización del mundo, no nos confundamos, la Providencia de Dios no está garantizada a sociedades ingratas. Malthus no tuvo razón, el crecimiento poblacional nunca rebasó la producción del alimento. En 2006 se daba el dato que la población había aumentado 38 veces, mientras que la producción de alimentos creció 133 veces, desde que hizo su predicción incumplida, aunque todavía difundida. ¿Es la crisis económica producto de una supuesta sobrepoblación o del abandono que se hace de Dios?, ¿nos hemos entregado a Dios o a los economistas que tienen el poder de controlar la macroeconomí
a para mantener cierto nivel de ganancias en las cúpulas y cierto nivel en las bases? Tampoco podemos menospreciar el componente ideológico que se sirve de las economías para lograr sus objetivos, como elementos de presión. Me parece que creer en ello, es sólo hacerse cómplice de la decadencia actual, y donde todo lo que nos rodea grita que no es cierto, porque prevalece el egoísmo exacerbado, prevalece el despilfarro (en sociedades de obesos, sin ánimo de ofender a nadie, tan sólo ver la situación de EE. UU. y México al respecto, según cifras oficiales) y prevalece el abandono a Dios y la entrega al hedonismo.
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Sodoma y Gomorra: Pueblos que mostraban soberbia excesiva, tenían hartura de pan y abundancia de ociosidad, y no ayudaron ni al pobre ni al necesitado (parafraseando Ez. XVI, 49). Eso me suena mucho a nuestras sociedades actuales.



 
Título: El pecado de Onán revisado Autor: R. P. Brian W. Harrison, O. S. “Onanismo” es un término derivado de la narración del Libro del Génesis, capítulo XXXVIII, versículos 9-10, el cual, dentro del uso cristiano tradicional ha designado tanto la masturbación como las relaciones sexuales innaturales [donde no se busca la procreación] entre un hombre y una mujer. Este no es un tema agradable de tratar, y en cierto sentido, este texto en sí representa una respuesta breve hacia aquellos quienes claman que esta clase de actos son éticamente indiferentes o inocentes. En otras palabras, la reacción ordinaria espontánea y negativa, que la gente decente tiene hacia tales prácticas es realmente un “mensaje” de Dios, quien les habla a través de la persistente voz de la conciencia moral. La mayoría de los lectores recordarán que el tema de la masturbación estuvo en los titulares de los periódicos no hace mucho, cuando el presidente estadounidense, Bill Clinton, despidió a la Dra. Joycelyn Elders de su puesto de Directora General de Sanidad o Salubridad de los EE. UU., debido a su declaración pública, durante la presente crisis de SIDA, haciendo apología del “sexo en solitario” y para ser discutido con simpatía en las aulas escolares, como parte de la educación en la salud. La controversia rápidamente se esparció por todo Puerto Rico, donde reside el que escribe. Mientras que la Secretaria de Salud de la isla [de Puerto Rico], la Dra. Carmen Feliciano, expresando su apoyo al punto de vista de Elders, no perdió su trabajo por su declaración, a pesar de haber recibido muchas llamadas solicitando su despido por parte del portavoz de la Iglesia de Puerto Rico. Aunque la mayor parte de la atención de los medios se dedicó a cuestionar si el punto de vista de Elders y Feliciano merecían el despido, debido a sus afirmaciones “liberales” acerca de la masturbación, el tema sustancial fue, por supuesto, si esta práctica debía ser discutida como una opción de “sexo seguro” para los escolares. Y sobre este punto, el gobernador de Puerto Rico, Pedro Roselló tomó rápidamente la misma posición que la del presidente Clinton, asegurando al electorado de la isla que toda discusión sobre ese tema estaba “definitivamente ausente de la agenda” para las escuelas públicas de Puerto Rico. Como todos saben, vivimos tiempos en que los académicos “iluminados” y los medios de comunicación masivos expresan sus opiniones de forma indulgente y “sin prejuicios” hacia la masturbación, como fue el caso de la mencionada controversia del Prof. José R. Echevarría en el diario puertorriqueño, editado en inglés, San Juan Star [1]. Parece significativo, por lo tanto, que a pesar del permisivismo tan elocuente y ampliamente divulgado por parte de las élites culturales, y nuestros líderes políticos, no obstante exista el discernimiento firme y diligente de los votantes ordinarios, quienes no están dispuestos a tolerar el uso de sus impuestos para manchar la inocencia de sus niños, aprobando como benigno lo que es simplemente un vicio solitario. Ahora, ya que las élites “progresistas” niegan que existan objeciones convincentes contra la masturbación, fundamentadas en la razón o la ley moral natural, entonces han tratado de atribuir su extendido “estigma” popular en contra de esta práctica a las influencias puramente fortuitas y externas: esto es, al “condicionamiento social” o al “lavado de cerebro” originado por los moralistas cristianos (y cuyas enseñanzas ellos frecuentemente distorsionan, como Echevarría distorsiona la opinión de San Agustín sobre el sexo antes del pecado original [2]). Pero la verdad es exactamente lo opuesto. Lo que ha sido manipulado artificialmente por el condicionamiento social, no es la creencia de que la masturbación es mala y auto degradante, sino la creencia de que es buena y natural [énfasis del P. Harrison]. Es decir, la experiencia de repugnancia y/o la culpa en respuesta a la perversión del orgasmo auto inducido, es natural, razonable y es una profunda reacción humana, y le sucede a cualquiera cuya conciencia moral no haya sido anestesiada por las influencias culturales decadentes o por un comportamiento lascivo habitual, y quienes son suficientemente maduros como para comprender que los órganos sexuales fueron diseñados naturalmente para una potencial unión procreativa y amorosa con otra persona del sexo opuesto. Con todo respeto al Prof. Echevarría, es nuestra propia anatomía la que nos enseña esta lección, ¡y no alguna teoría filosófica kantiana sobre hábitos sexuales de los animales! [3] Igualmente engañoso es el argumento de Echavarría fundamentado en el “silencio” de la Biblia: él insinúa que los cristianos no deberían relacionar con ningún “estigma” la “auto-estimulación”, ya que “la condenación a la masturbación”, dice él, “no es un tema de las Escrituras”. ¿Nos llevaría él a las mismas conclusiones permisivas a partir del silencio de la Biblia respecto a la sodomía entre un hombre y una mujer, la pornografía, el sadomasoquismo y la necrofilia? Todas estas formas de degradación humana fueron bien conocidas en el mundo decadente grecorromano del tiempo del Nuevo Testamento, y por el sentido común, por no mencionar la decencia común, y que nos lleva a comprender que la Biblia, incluso prescindiendo de Gen. XXXVIII, los condena implícitamente, incluida la masturbación, en su repetida condena global y general a la “inmundicia” o la “impureza” [4]. La Escritura, en cualquier caso, no es la única depositaria de la doctrina cristiana: los católicos creemos que la Palabra de Dios también nos ha llegado a través de la Sagrada Tradición, la cual, como es claro en el Catecismo de la Iglesia Católica [5], firme y constantemente ha condenado la masturbación. Es la Escritura, sin embargo, con la cual deseo fundamentar este ensayo, regresando al caso particular de Onán relatado en Gen. XXXVIII, 7-8. Argumentaré que todos aquellos estudiosos de la Biblia, de cuyos trabajos dependen comentadores como Echavarría, están muy lejos de considerarse confiables en su exégesis a este pasaje. El texto dice así: «Er, primogénito de Judá, fue malo a los ojos de Yavé, y Yavé le mató. Entonces dijo Judá a Onán: “entra a la mujer de tu hermano, y tómala, como cuñado que eres, para suscitar prole a tu hermano”. Pero Onán, sabiendo que la prole no sería suya, cuando entraba a la mujer de su hermano se derramaba en tierra para no dar prole a su hermano. Era malo a los ojos de Yavé lo que hacía Onán, y le mató también a él.» [Nácar-Colunga –N. C.-]. Ahora, ha sido ya costumbre entre los exégetas del siglo veinte el mantener que en estos versículos, la Biblia condena el coitus interruptus de Onán en la medida en que se haya sido violado, de forma efectiva, el llamado levirato, costumbre aprobada por la ley de Moisés, del tiempo cuando la poligamia no era prohibida [7]. Según esta antigua práctica oriental, un hombre, ya sea que estuviese casado o no, se esperaba que se tomara como su mujer a la viuda de su hermano, si ella no había tenido hijos de su esposo muerto. En otras palabras, según estos exégetas que concentran su atención sólo en esta costumbre, en su lectura del Gen. XXXVIII, el pecado de Onán se presenta aquí consistiendo sólo en su intento egoísta de negarle descendencia a Tamar, la viuda de su hermano, y ni siquiera en considerar parcialmente el método innatural que empleó [énfasis del P. Harrison]. Pero, como espero mostrar, esta lectura del Génesis tiene una exégesis tan poco recomendable, que uno sólo puede asumir que su popularidad en décadas recientes ha sido debido a los prejuicios modernos de teólogos y exégetas quienes ven, intrínsecamente, a las actividades sexuales del tipo estéril, como algo moralmente inobjetables en sí mismas, o incluso necesarias de vez en cuando, y quienes, por lo tanto, tienen un fuerte interés en minimizar cualquier evidencia bíblica que pueda estar contra estas prácticas. Los comentadores clásicos judíos, a quienes apenas podría acusárseles de ignorancia sobre el lenguaje, costumbres, leyes y géneros literarios bíblicos hebreos, ciertamente ven en este pasaje de la Escritura, tanto la condenación de las relaciones sexuales innaturales, como de la masturbación como tal [8]. El típico comentario judío tradicional es el siguiente: «(Onán) hizo mal uso de los órganos que Dios le dio para propagar la raza, satisfaciendo su propia lujuria, y por lo tanto él mereció la muerte.» [9] Y esto, indudablemente, está de acuerdo con la impresión natural que la mayoría de los lectores sin prejuicios puedan tener del texto del Génesis XXXVIII. Pero, ¿es esta primera impresión correcta?, ¿realmente la verdad es más sutil?, ¿fue muerto Onán solamente por negarse a darle descendencia a la viuda de su hermano, como la mayoría de los exégetas contemporáneos sostienen? Para responder estas preguntas uno debe tener conocimiento del siguiente hecho significativo: la pena o castigo especificado en la ley de Moisés por negarse a cumplir el precepto del levirato constituía de una humillación pública, relativamente leve, en la forma de una breve ceremonia de indignación. La viuda sin hijos, en la presencia de los ancianos del pueblo, era autorizada a quitarle una sandalia a su poco cooperativo cuñado y a escupirle en la cara, por su negativa a tomarla como esposa. Nota de B&T: Halizah, quitarle o despojarle de un zapato (o sandalia), simboliza el acto de transferir o de renunciar, como es descrito en el libro de Rut (IV, 7): «Había en Israel la costumbre, en caso de compra o de cambio, para convalidar el contrato, de quitarse el uno un zapato y dárselo al otro, esto servía de prueba en Israel»… el acto de halizah (en el levirato) era una demostración pública de desacreditación ante la comunidad, cara a cara, hacia el levir [hermano del marido, en latín] o yavam [en hebreo], quien se ha negado a “llevar el apellido de un difunto en Israel”. Jewish Heritage Online Magazine. Entonces, supuestamente él recibiría un apodo poco halagüeño: “el Descalzo” [10]. Sin embargo, ya que se convertía en el único propietario de la casa y los bienes de su difunto hermano [11], es evidente que su ofensa difícilmente era considerada un delito serio, y que por supuesto, no merecía la muerte. La muerte, sin embargo, es precisamente lo que Onán mereció, según el Génesis. Se sigue entonces, que aquellos quienes sostienen que su única ofensa fue el infringir la costumbre del levirato, necesitan explicar la razón por la que tal ofensa fue castigada por el Señor de forma mucho más drástica en el caso de Onán, que en la forma en que subsecuentemente se hizo durante la ley de Moisés. En todo caso, deberíamos esperar lo opuesto, es decir, que después que la ley fue formalizada como parte del código del Deuteronomio, su violación podría haber sido castigada más severamente que antes, no de forma más indulgente. Mientras que es verdad que de la narrativa del Génesis es claro que la práctica del levirato ya existía en el tiempo de Onán, no existe evidencia bíblica de que él hubiese estado consciente de algún precepto divino para observar esa práctica [12]. Este problema parece haber sido simplemente ignorado, no confrontado, por aquellos exégetas quienes no pueden o no quieren ver en este pasaje, ningún fundamento escritural para la doctrina judeo-cristiana en contra de la masturbación y la anticoncepción. Por supuesto, existe un problema más que deben enfrentar con esta lectura convencional moderna a este pasaje. Si la simple negativa a dar descendencia legal a su difunto hermano fuese, según el Génesis XXXVIII, la única ofensa de Onán, parecería extremadamente improbable que el texto hubiese entrado en tan crudos detalles físicos sobre este acto de anticoncepción (cf. v. 9). La delicadeza y modestia de los antiguos hebreos devotos, al referirse hacia alguna actividad sexual moralmente recta o correcta nos ayuda a distinguir esto. Como es bien conocido, la Escritura siempre se refiere a las relaciones sexuales lícitas, dentro del matrimonio, sólo de una manera indirecta: «entrar en» [13] la propia esposa, esto es, entrar en su tienda o en su lecho, (cf. vv. 8 y 9 del texto del Génesis citado antes, así como Gen. VI, 4; 2Sam. XVI, 22; 1Cron. XXII, 7), o «conociendo a la propia esposa» (exempli gratia: Gen. IV, 17; Lucas I, 34). Cuando el lenguaje se vuelve algo más explícito «yacer con» o «acostarse con» alguien [14], o «descubriendo la desnudez» [15], la referencia es, sin excepción, hacia un acto sexual pecaminoso y vergonzoso. Y aparte de este versículo que estamos considerando, la única mención explícita en la Biblia donde menciona el acto genital de la emisión voluntaria de semilla, es dentro de un contexto profético y alegórico donde la infidelidad de Israel hacia Yavé es denunciado de forma incisiva, en términos de la vergonzosa lujuria de una prostituta (Ez. XIII, 20). De este análisis de diferentes textos bíblicos refiriéndose al acto sexual, se revela claramente la relación existente entre la cuidadosa elección de las palabras, con la evaluación moral, en la mentalidad hebrea: hablando en general, la desaprobación de los escritores sagrados hacia las diferentes clases de actividad genital se incrementa con el grado de explicitud con que lo describen. A la inversa, cuando la sexualidad es tratada en su carácter más sublime, esto es, dentro del matrimonio, como un sagrado misterio simbolizando el pacto de amor de Dios con Su pueblo, las alusiones de la Biblia hacia el acto conyugal son predominantemente indirectas y alegóricas [16]. Las implicaciones de esto, para el Génesis XXXVIII, donde el acto sexual de Onán es descrito en términos crudos y explícitos, son claras. Debe recordarse también que aquí estamos tratando con una cultura en la cual se aborreció otra forma de “desperdiciar la semilla”, el acto homosexual, para el cual se prescribía la pena de muerte para los trasgresores [17]. A la luz de este y otros factores que hemos considerado, estimo que la exégesis moderna no sólo es injustificada, sino bastante anacrónica, para sugerir que el autor del Génesis está en línea con la ideología “políticamente correcta” de finales del siglo XX del liberalismo occidental, y que habría tenido una visión relajada e indulgente ante el método de Onán para evitar la concepción, con su “derramar la semilla al suelo”. Debemos notar también el paralelo entre la descripción entre los actos homosexuales como “malvados” o “abominables” en los textos del Levítico [18] y la calificación similar hacia lo que Onán hizo en Génesis XXXVIII, 10 [19]. Además, en la visión de los exégetas revisionistas, el pecado de Onán es presentado esencialmente como uno de omisión. Con lo cual se nos pide que creamos que, según el Génesis, Onán no cometió ningún acto pecaminoso, sino que su pecado fue negarse a actuar apropiadamente hacia su difunto hermano debido a alguna clase de disposición egoísta interior. Pero, en tal caso, ¿por qué el texto describe el pecado de Onán como una acción positiva [i. e., que se cometió] («Era malo a los ojos de Yavé lo que hacía Onán»)? Expresión que viene directamente después de que el autor hubo mencionado lo que ciertamente es un acto exterior («derramar la semilla»), estas palabras del versículo 10 claramente indican una relación causal entre ese acto sexual y la ira y castigo de Dios. Después de todo, no es como si el vocabulario del Antiguo Testamento adoleciera de conceptos o palabras para expresar los pecados de actitudes interiores, cuando ese fuese el pecado que los autores tuvieran en mente. El “corazón” del hombre, ya sea justo o malvado, es un término común e importante en la referencia de la antropología hebrea [21], y en la medida en que esta falta de Onán fuese, en realidad, un pecado de omisión, tal ausencia de piedad hacia su hermano fallecido hubiese sido un ejemplo de lo que los israelitas llamaron “dureza de corazón” (cf. Ex. VII, 13, 22; VIII, 15; Sal. XCV, 7), quizás motivado en el fondo por una vanidad personal, no queriendo ser el padre de ningún niño que no fuese legalmente suyo, o incluso por codicia pura sobre los bienes de su hermano y que contravenía el Décimo Mandamiento y a muchos otros pasajes del Antiguo Testamento [22]. Una vez más, sin embargo, debemos pedir evidencias, para concluir que se trata de este grado de “dureza del corazón” lo que hubiese sido visto en el tiempo de Onán y que fue suficiente para ameritar su muerte. Si los exégetas revisionistas actuales están en lo correcto al afirmar que “derramar la semilla en la tierra” no es, per se, censurado en este texto, se seguiría, incluso, que si Onán hubiese simplemente declinado a tomar como esposa a Tamar, y se hubiese abstenido a tener intimidad de cualquier clase con ella, está absoluta abstinencia no hubiese sido vista por el autor del Génesis como algo menos ofensivo a Dios que el curso de los hechos que realmente sucedieron con Onán, ¡y los cuales le acarrearon la sentencia divina de la muerte! Pero ya hemos apuntado que tal conclusión deja sin explicar la relativa falta de severidad del Deuteronomio XXV al castigar tales ofensas en contra la costumbre del levirato. Por otro lado, y como siempre insistió la doctrina judeo-cristiana, “desaprovechar la semilla” por medio de los diferentes actos sexuales estériles, viola la ley natural, la cual todos los hombres, judíos y gentiles, siempre han podido conocer por virtud de su humanidad, (cf. Rom. I, 26-27; II, 14), esto explicaría perfectamente la razón por la que el acto sexual de Onán, en sí mismo, sería presentado en la Escritura como algo meritorio del más severo juicio divino: fue un acto de perversión, de lujuria que suprime la vida. Por supuesto, por sobre esta prohibición de la ley natural, tal búsqueda del placer estéril bien pudo haber sido entendido como una forma de contravenir uno de los pocos preceptos divinos que ya habían sido solemnemente revelados en la tradición anterior al Sinaí, y repetida de forma positiva y verbal: “Procread y multiplicaos” (Gen. I, 27-28; IX, 1) [N. C.]. Nuestro comentario a este pasaje puede ser ahora resumido. El peso acumulado de la evidencia: la estructura y la narrativa explícita sobre el acto sexual, en el mismo texto, y la gran severidad del castigo a Onán, que supera el castigo que se prescribía en caso de infringir el levirato en Deut. XV, 5-6, nos lleva a concluir que, mientras el Gen. XXXVIII, 9-10 muy probablemente incluye la desaprobación a la falta de piedad de Onán hacia su difunto hermano, no obstante es el acto sexual innatural, el cual es presentado como el aspecto más grave de la falta de este hombre en su trato hacia Tamar, el aspecto por el que Dios corta su vida. Si el autor inspirado, mientras que conocía los mismos hechos históricos, los hubiese evaluado en la forma en que la mayoría de los modernos exégetas dicen que fue, esto es, con una absoluta indiferencia moral hacia el acto anticonceptivo de Onán, como tal, entonces hubiésemos esperado que escogiese diferentes palabras a “derramar la semilla”, siendo irrelevante en el interés del autor, sobre tal hipótesis, probablemente ni siquiera lo hubiese mencionado, y en su lugar, hubiésemos esperado una narración con afirmaciones más discretas donde dijera que Onán tomó legalmente a esa mujer pero se negó a cooperar para que concibiera, así que Dios lo mató por su “dureza de corazón”, por su orgullo, o quizás por su avaricia, al desear los bienes que eran propiedad de su hermano, deseándolos para sí y no para sus propios hijos. Así, la interpretación tradicional de este pasaje como una condenación divinamente revelada hacia los actos que impiden la concepción, no es una mera provisión de ley positiva, del culto o disciplinaria, dada temporalmente para un contexto cultural específico y antiguo, sino como una manifestación particular de la voluntad divina para toda la especie humana, a la que ya se la había revelado a través de la naturaleza, desde la Creación, y debe ser vista como algo apoyado por serios argumentos de la exégesis. En realidad, muy aparte de estos argumentos e incluso sin apelar al principio de la teología católica que dice que la tradición católica debe ser nuestra guía en la interpretación de la Escritura, el sólo consentimiento histórico de la unanimidad de la tradición judía, sobre este punto, pone de relieve cuán implausibles y anacrónicas son las visiones que la critican. Esta visión incluye la sugerencia injustificada de que el antiguo autor del Génesis XXXVIII fue un “liberal” quien, al contrario de todo comentador judío conocido hasta los tiempos recientes, fue inexplicablemente permisivo acerca de los actos sexuales innaturales, mientras que al mismo tiempo, paradójicamente, se mostraba, y mostraba a Dios, incomprensiblemente [y excepcionalmente] severo en el caso de la infracción a la costumbre del levirato. Los testigos cristianos, así como la tradición judía, en este punto deben enfatizar su conclusión, que el acto innatural de Onán, como tal, está condenado como pecaminoso en el Génesis XXXVIII, 9-10, y ésta fue una interpretación sostenida por los Padres y Doctores de la Iglesia, por los reformadores protestantes, y por casi todos los teólogos, célibes y casados, de todas las denominaciones cristianas, hasta los años recientes, de principio de este siglo (s. XX), cuando algunos exégetas comenzaron a aproximarse al texto con preconcepciones derivadas de la decadencia sexual de la cultura moderna occidental y su exagerada preocupación por la “sobrepoblación”. Es triste mencionar que estas preconcepciones, desde entonces, se han atrincherado como una nueva exégesis “ortodoxa”, la cual, ya no ve con ningún rastro de indignación, en este pasaje de la Escritura, las formas intrínsecamente estériles de actividad sexual y meramente genitales. Cederemos la última palabra aquí, al Papa Pío XI, quien, al citar a los grandes Padres de la Iglesia, resumió y reafirmó esta invariable tradición, en su encíclica sobre el matrimonio cristiano, Casti Connubii, del 31 de diciembre de 1930. Después de condenar rotundamente, como intrínsecamente contrario a la moral y la ley natural, todas las prácticas que intentan privar al acto conyugal de su poder procreador, el Pontífice ofreció su autorizada interpretación al texto bíblico, la cual no sólo confirma la tradición, sino que es confirmada a su vez por las exégesis imparciales y bien fundamentadas, conformes a la historia: «No es extraño, por consiguiente, que hasta las mismas Sagradas Escrituras testifiquen el odio implacable con que la divina Majestad detesta, sobre todo, este nefando crimen, habiendo llegado a castigarlo a, veces incluso con la muerte, según recuerda San Agustín: «Porque se cohabita ilícita y torpemente incluso con la esposa legítima cuando se evita la concepción de la prole. Lo cual hacía Onán, hijo de Judas, y por ello Dios lo mató.» (Cf. Gen. XXXVIII, 8-10) [23]


 
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